Capítulo 13 — “Lo que el silencio oculta”

1561 Words
El viento golpeaba los ventanales como si quisiera colarse entre ellos, igual que la culpa que ninguno sabía cómo callar. Lia seguía frente a Ethan, con la respiración entrecortada y el corazón al borde de estallar. Él la miraba en silencio, con esa mezcla de arrepentimiento y deseo que siempre la hacía dudar de todo. —¿Por qué es tan fácil mentirme, Ethan? —susurró ella, apenas sosteniendo su propia voz—. ¿Por qué cada vez que intento alejarme, terminas convenciéndome con una sola mirada? Ethan avanzó un paso, despacio, como si temiera romperla. —Porque tú también mientes, Lia —dijo con voz baja—. Finges que me odias, pero cada vez que lo dices... tiemblas. Lia apartó la vista, sintiendo cómo se le helaban las manos. —No hables como si me conocieras. —Te conozco más de lo que tú te soportas —respondió él, con esa calma peligrosa que la desarmaba—. Sé cuándo mientes, cuándo dudas... y sé que sigues esperándome, aunque jures que me odias. Un silencio se coló entre los dos. Un silencio denso, lleno de cosas no dichas. Ella se giró hacia la ventana. La tormenta afuera era un espejo perfecto del caos que llevaba dentro. —No entiendes nada, Ethan —dijo con un hilo de voz—. No es que te odie... es que no sé cómo seguir queriéndote sin destruirme. Ethan cerró los ojos, respiró hondo y caminó hasta quedar detrás de ella. No la tocó, pero su cercanía la envolvió como una confesión muda. —Entonces déjame ser quien cargue con eso —susurró él—. Si hay destrucción... que sea mía. Lia apretó los puños. —Siempre hablas como si doler fuera suficiente para arreglar las cosas. Pero no puedes borrar lo que hiciste. Él levantó la mirada, la voz le salió rota. —No quiero borrarlo. Quiero entenderlo contigo. Por primera vez, Lia volteó. Sus ojos se encontraron, y el mundo pareció detenerse. El amor entre ellos no era ternura. Era una herida viva. Un secreto que los unía tanto como los destruía. Y allí, bajo el rugido del trueno, ambos comprendieron que la verdad que tanto temían estaba a punto de salir a la luz. Porque esa noche... alguien más los había estado observando. --- La lluvia no había parado. Golpeaba los ventanales como si buscara entrar, como si también quisiera presenciar lo que pasaba entre ellos. Lia permanecía de pie, envuelta en su propia tormenta. Ethan, en cambio, seguía allí, observándola con esa mezcla de rabia contenida y deseo que siempre lo volvía peligroso. —¿De verdad crees que todo lo que hice fue una mentira? —preguntó él, su voz ronca, quebrada por algo que ni él entendía. Lia lo fulminó con la mirada. —No lo creo. Lo sé. Ethan sonrió sin alegría. —Entonces dime, ¿qué parte de esto fue falsa? —dio un paso hacia ella, y otro, acorralándola contra la pared—. ¿El modo en que te busqué? ¿El modo en que temblabas cuando te tocaba? ¿O la forma en que decías mi nombre como si fuera lo único real que te quedaba? Ella lo empujó, aunque su cuerpo traicionó su voz. —No mezcles las cosas, Ethan. Una cosa es lo que pasa entre nosotros… y otra lo que escondes. El silencio se espesó. Solo se oía la respiración de ambos, el rugido lejano de un trueno, y el pulso del miedo latiendo en el aire. Él la miró con una intensidad casi insoportable. —No estoy escondiendo nada que no haya hecho por ti. —¿Por mí? —Lia soltó una carcajada amarga—. No me uses de excusa. No conviertas tu culpa en sacrificio. Ethan bajó la mirada por un instante, como si el peso de sus decisiones se le clavara en la nuca. Luego la alzó de nuevo, y sus ojos tenían ese brillo oscuro que anticipaba el desastre. —No lo entiendes. Todo lo que soy, Lia… se volvió tuyo el día que decidiste quedarte. Ella dio un paso atrás. —Y ese fue mi error. Las palabras lo golpearon como una bala. No lo mostró, pero lo sintió. Su mandíbula se tensó. —¿Eso piensas? —Eso sé. —Lia lo miró directamente, su voz temblando—. Desde que te conocí, todo se volvió una guerra. Y no sé si estoy del lado correcto. Él la observó como si intentara memorizarla antes del caos. —A veces, Lia, el lado correcto es el que uno elige… aunque duela. Ella lo miró, confusa. —¿Qué estás diciendo? Ethan suspiró. —Que puede que mañana no me veas igual. Y quiero que recuerdes esto antes de juzgarme. Lia sintió el nudo en el estómago hacerse insoportable. —¿Qué hiciste, Ethan? Él no respondió. Solo la tomó de la mano, la llevó hasta la ventana y la obligó a mirar hacia afuera. A través de la lluvia, una luz roja parpadeaba entre la oscuridad. No era un relámpago. Era una señal. —¿Qué es eso? —preguntó ella, alarmada. Ethan la miró, con la voz apenas audible: —La consecuencia. La sirena empezó a sonar en la distancia. Lia lo miró, pálida, comprendiendo que algo —quizá todo— estaba a punto de derrumbarse. Y en ese instante, cuando el miedo empezó a morderle la piel, Ethan le susurró: —No me odies por lo que estás a punto de descubrir. --- Lia lo miraba sin entender. La luz roja seguía parpadeando, cortando la oscuridad como una advertencia viva. —¿Qué hiciste, Ethan? —repitió, esta vez con un tono que ya no era de enojo, sino de miedo. Él tragó saliva. Sus ojos, siempre tan firmes, titubearon. —Lo que debía hacer para protegerte. Lia lo tomó por el cuello de la camisa, temblando. —¡Protegerme de qué! ¿De quién? ¡Dímelo! Ethan la sostuvo de las muñecas con fuerza. No con violencia, sino con desesperación. —De ellos, Lia. De la gente que nunca iba a dejarte libre. Un rayo iluminó el cielo, revelando el rostro de él en sombras, con esa mezcla de culpa y decisión que solo tienen los hombres que ya cruzaron una línea sin retorno. —¿Qué hiciste, Ethan? —insistió ella, casi gritando. Él bajó la voz. —Llamé a alguien. A alguien que puede terminar esto. Pero... va a costar. Lia dio un paso atrás, negando con la cabeza. —No. No me digas que volviste a eso. No después de todo lo que prometiste. —No tenía opción. —Su voz era grave, firme—. Tú no entiendes lo que está en juego. —¡Claro que lo entiendo! —gritó ella—. ¡Entiendo que cada vez que dices “no tengo opción”, alguien termina destruido! El silencio se quebró con otro trueno. Ethan cerró los ojos un segundo, respirando como si intentara contener algo más que dolor. —Esto no se trata solo de ti o de mí, Lia. Es más grande. Ella lo miró, furiosa. —No me interesa lo grande, Ethan. Me interesa lo que me estás ocultando. Entonces él la tomó del rostro, con una ternura extraña, casi trágica. —Si te lo digo… no vas a poder mirar atrás. —Entonces dímelo —susurró—. Ya no tengo nada que perder. Ethan se acercó, tan cerca que ella sintió el roce de su respiración. —La noche que desapareció tu hermano… —sus palabras se quebraron un instante— …yo estaba ahí. El tiempo se detuvo. Lia parpadeó, como si no hubiera escuchado bien. —¿Qué… dijiste? Él dio un paso atrás. —No fue un accidente. Yo… —trató de seguir, pero la voz le falló—. Yo lo entregué. El aire se volvió denso, irrespirable. Lia sintió cómo el suelo se le movía bajo los pies. —No… —susurró, negando con la cabeza—. No… no puedes estar diciendo eso. Ethan la miró, los ojos vidriosos. —Fue la única forma de mantenerte viva. El sonido de la sirena se acercaba más. Lia retrocedió, el cuerpo temblándole, el corazón rompiéndose en mil pedazos. —No… no te atrevas a justificarlo con eso. ¡Era mi hermano, Ethan! ¡Mi hermano! Él avanzó, desesperado. —Lia, escúchame. Ellos lo iban a usar para llegar a ti. Tenía que decidir. Y elegí salvarte. —¡Me condenaste! —gritó ella, rompiendo a llorar—. Me condenaste con cada mentira, con cada beso… Ethan trató de acercarse, pero ella lo detuvo, alzando la mano. —No me toques. Su voz era fría, rota, pero cargada de algo nuevo: odio. La lluvia golpeaba con furia los cristales. Afuera, las luces rojas se multiplicaban. Ethan bajó la cabeza, derrotado. —Ya es tarde, Lia. Ellos vienen por mí ahora. —Y por una vez —dijo ella, con voz baja pero firme—, no pienso detenerlos. Ethan levantó la vista, sabiendo que esa era la última vez que la vería con el alma encendida. Y cuando las luces de los autos iluminaron la entrada, ambos comprendieron que el amor no siempre termina en fuego. A veces termina en silencio. ---
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