Capítulo 9 –La mentira que rompió el encanto”

1386 Words
No me toques, Ethan… porque si lo haces, ya no voy a querer que pares.” --- La puerta seguía cerrada. El pasillo, en silencio. Y su voz aún resonaba en los huesos de Lia. > —Tú no eres una más. —Tú… eres el problema que me quiero quedar. Ella se quedó quieta, pegada a la puerta, con el corazón galopando en el pecho como si le hubieran disparado desde dentro. ¿Ethan Blackwell acababa de decirle eso? ¿Después de besarla, provocarla… y destruirla en silencio? Sí. Y esa era la jodida verdad. Pero Lia ya no era la misma niña que se deshacía con palabras bonitas. No. Ella aprendió a desconfiar de todo lo que suene bien. Tomó aire. Abrió la puerta. Y ahí estaba él. Apoyado contra el marco, con los ojos clavados en ella, con esa mirada que decía “voy a hacerte pedazos, pero con amor”. —No quiero hablar —dijo ella de inmediato. —¿Y si yo sí? —Entonces habla contigo mismo. —Lia… —No me mires así. —¿Cómo? —Como si tuvieras derecho. —¿Y si lo tengo? Silencio. Ella quiso golpearlo. O besarlo. O las dos cosas. —Te odio, Ethan —susurró ella con la voz temblorosa. Él dio un paso. Y otro. Y otro. Hasta que estuvo tan cerca que podía sentir su aliento en la boca. —Entonces bésame con odio. —No juegues conmigo. —No estoy jugando. Estoy harto de fingir. Y ahí… la tocó. Solo una caricia en la mejilla. Solo un roce en la cintura. Pero fue suficiente para que el mundo desapareciera. —¿Por qué me haces esto? —murmuró ella. —Porque no sé cómo no hacerlo. La tomó del rostro, la miró a los ojos… y entonces soltó la bomba: —Tú no eres solo una atracción, Lia. No lo fuiste nunca. —¿Entonces qué soy? —Lo que no puedo tener, pero tampoco puedo soltar. Ella cerró los ojos, sintiendo las lágrimas traicioneras llegar sin permiso. Pero cuando habló, su voz fue firme: —No me toques, Ethan… porque si lo haces, ya no voy a querer que pares. Él se detuvo. Solo por un segundo. Y entonces… bajó la cabeza, rozó su frente con la de ella, y susurró: —Ya no pienso parar. --- “No te vayas, y no me prometas que vas a quedarte… Solo quédate ahora.” --- Y entonces… la besó. No hubo dudas esta vez. No hubo silencios ni preguntas ni excusas. Solo dos bocas rompiéndose. Solo dos almas rendidas al deseo que llevaban aguantando demasiado. Los labios de Ethan se apoderaron de los de Lia con una mezcla de urgencia y ternura rabiosa. Su mano la sostuvo por la nuca, como si tuviera miedo de que desapareciera. Ella respondió sin pensarlo, sin temerlo, sin negarlo. Porque si había algo más fuerte que el miedo… era él. —¿Por qué tardaste tanto? —jadeó ella entre beso y beso. —Porque no sabía si era valiente… —¿Y ahora? —Ahora soy adicto. A ti. Lia lo empujó hacia adentro, cerrando la puerta de su habitación con el pie, sin dejar de besarlo. El cuarto se llenó de respiraciones agitadas, de ropa que se deslizaba, de manos que hablaban más que las bocas. Sus cuerpos se buscaban como si ya supieran el camino. Como si hubieran nacido para encontrarse. Pero entonces… Él se detuvo. —No quiero que pienses que esto es solo sexo —dijo, sin apartarse, con la frente contra la de ella. —¿Y si lo es? —preguntó Lia, mordiéndose el labio. —Entonces hazme creer que no. BOOM. La empujó suavemente hacia la cama, pero sin brusquedad. Como si cada movimiento tuviera intención. Como si cada segundo fuera una promesa callada. Se tumbó junto a ella. No encima. Al lado. La miró. Solo la miró. Y eso la quebró más que mil caricias. —¿Qué estás haciendo? —preguntó ella. —Algo que no hago nunca. —¿Y qué es eso? —Esperar. —¿Esperar qué? —A que me digas que sí. Con todo. Con el cuerpo… pero también con lo que hay detrás de tus ojos. Lia se quedó en silencio. Y entonces… habló. No con palabras, sino con un gesto: Se acercó a él. Se acurrucó contra su pecho. Le tomó la mano. —No te vayas, y no me prometas que vas a quedarte… —¿Entonces? —Solo quédate ahora. Y él se quedó. --- Horas después… Ethan estaba dormido. O eso pensaba Lia. Ella lo miraba en silencio, sintiendo una paz rara, peligrosa… casi dolorosa. > “No te enamores”, se había prometido. Pero el problema no era enamorarse… El problema era hacerlo de alguien como él. Se levantó con cuidado, fue al baño, y cuando volvió… Vio algo en el suelo. Un documento. Con su nombre. Con el nombre de su padre. Con el nombre de Ethan. Y ahí… la paz se rompió. Porque había cosas que él no le había dicho. Y ahora… todo cambiaría. Lia apretó el documento entre los dedos. El papel temblaba. Pero no por el frío. Sino por la traición que gritaba desde cada línea. Allí estaba su nombre. Su apellido. Información personal que ni ella misma recordaba haber compartido. Y ahí, como una daga helada: “Investigación privada. Solicitud de antecedentes. Solicitante: Ethan Blackwell.” Sintió que el suelo se le iba. Como si cada beso, cada mirada, cada palabra dulce… hubiera sido parte de un juego. ¿Era eso lo que era? ¿Un objetivo? ¿Una pieza? ¿Un capricho más? Se giró con el corazón en la garganta. Ethan aún dormía. Ajeno. Sereno. Hermoso. Falso. Caminó lento. No quería gritar. No quería llorar. Solo quería respuestas. Reales. Brutales. Sin adornos. Se sentó al borde de la cama y lo llamó con una voz que ya no era la de antes. —Ethan. Él se removió y abrió los ojos. —¿Qué pasa? —murmuró con voz ronca, somnoliento. —Dime la verdad. —¿Qué? Ella lanzó el documento a su pecho. —¿Desde cuándo sabías quién era yo? Él parpadeó. Leyó. Y el silencio que vino después… la mató. —Lia… —¿DESDE CUÁNDO? Se incorporó, pero ella ya se había alejado de la cama. Lo miraba como si fuera un enemigo. Como si le doliera respirar el mismo aire. —Desde antes de conocerte… —confesó por fin. BOOM. Ella soltó una carcajada rota. —Perfecto. Entonces fui tu plan desde el principio. ¿Así juegas tú, Ethan? —No. ¡No fue así! —¿Entonces cómo fue? —Sí, te investigué. Al principio. Por negocios. Por obligación. Pero después… —¿Después qué? —Te vi. —¿Y? —Y todo se fue a la mierda. Él se acercó, pero ella retrocedió. —¿Qué esperabas? ¿Que me quedara callada? ¿Que me acostara contigo mientras tú sabías todo de mí y yo nada de ti? —Lia, yo… —¿Me querías? ¿O querías tener control sobre mí? Silencio. El tipo de silencio que suena más fuerte que un grito. —No sé cuándo cambió —susurró él, mirándola a los ojos—. No sé en qué momento pasé de estudiarte a necesitarte… —Pues déjame ayudarte a recordarlo. Fue justo en el momento en que cruzaste la línea. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Pero esta vez no de dolor. Sino de furia. —¿Y sabes qué es lo peor? —continuó ella, con la voz quebrada—. Que a pesar de todo esto… aún te quiero. Ethan la miró. Desnudo de palabras. Muerto de miedo. —Pero ya no sé si eso es amor… —¿Entonces qué es? —Tal vez… una maldición. Y Lia se fue. Sin mirar atrás. Sin escuchar su nombre. Sin dejarle espacio para disculpas. --- Mientras tanto, Ethan se quedó solo. Solo con las sábanas desordenadas. Con su pecho vacío. Con la culpa clavada entre los dientes. La perdió. Y no porque no la quisiera. Sino porque no supo cómo ser honesto antes de enamorarse. ---
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