Capítulo 12 -Amor envenenado”

1518 Words
El eco del portazo aún vibraba en las paredes de la suite cuando Lia se dejó caer de rodillas, el corazón latiéndole tan fuerte que parecía quererse escapar de su pecho. Las palabras de Ethan... su verdad... todo había cambiado. No eran solo mentiras lo que había entre ellos. Era una historia escrita con cicatrices, con secretos escondidos bajo la piel, y Lia sentía que el suelo se desvanecía bajo sus pies. Pero no lloró. No esta vez. ¡Ya había llorado suficiente por él! Se levantó. Lenta. Firme. Como quien recoge los pedazos de un alma rota y decide volverlos armas. —Bien, Ethan —murmuró, mirando el espejo como si hablara con un reflejo que ya no reconocía—. Si querías guerra... la vas a tener. --- En otra parte de la ciudad, Ethan se golpeaba el volante de su auto con frustración. Había cometido un error. Uno que no sabía si podría enmendar. Lia no era como las demás. Lia era fuego disfrazado de calma. Y él había encendido el infierno. Marcó su número. Una vez. Dos. Tres. Buzón. —Mierda —gruñó, arrojando el teléfono al asiento. Sabía que la había perdido. Pero también sabía que no podía dejarla ir. No después de todo lo que compartieron. No después de la forma en que ella lo miraba cuando bajaba la guardia. Cuando lo desnudaba sin tocarlo. --- Lia, por su parte, ya tenía un plan. Se presentó en la fiesta del senador Valverde con un vestido que parecía diseñado por el pecado. n***o, ceñido, con una abertura que dejaba poco a la imaginación y un escote lo suficientemente osado para hacer perder el equilibrio a cualquier hombre con poder. Ella sabía que él estaría allí. Sabía que la buscaría entre la multitud. Y también sabía que esta vez no se lo pondría fácil. Cuando sus ojos se encontraron, el aire se electrificó. —Pensé que no volverías a hablarme —dijo Ethan, con la voz ronca. —Y pensaste bien —respondí ella, sonriendo con un veneno dulce en la voz—. No estoy aquí para hablar. La música sonaba. La gente reía. Pero para ellos el mundo se había detenido. La tensión entre ambos podía cortarse con una mirada. Lia se acercó, pegando sus labios al oído de él: —Estoy aquí para que veas lo que perdiste. Para que sepas que ya no me perteneces. Y que nunca más vas a tener este cuerpo temblando por ti. Ethan tragó saliva. Sabía que había cruzado un límite. Y que ella también. Pero el juego apenas comenzaba. --- Al salir al balcón, Lia sintió el frío de la noche como una caricia. Encendió un cigarro que no pensaba fumar. Solo quería algo en las manos. Algo que no fuera él. Una voz la sobresaltó: —Jugando con fuego otra vez, Lia. Se giró. Era Gael. El ex de su mejor amiga. Y también, casualmente, el hombre que Ethan más odiaba en este mundo. —Siempre lo he hecho bien, Gael. El truco es no quemarse. Él la miró como si pudiera leer su alma. —O quizás solo estás esperando que alguien lo haga por ti. --- Dentro, Ethan los observaba desde lejos, los puños cerrados, los celos devorándolo vivo. Sabía que Lia quería hacerlo sufrir. Pero no tenía idea cuánto estaba dispuesto a arriesgar para recuperarla. Porque cuando Lia se iba... el mundo se volvía gris. Y él no estaba listo para vivir en sombras. El silencio pesaba más que cualquier palabra. En la habitación apenas se escuchaba el golpeteo de la lluvia contra los ventanales, como si la tormenta fuera cómplice de lo que acababa de suceder. Lia aún tenía la respiración entrecortada, su pecho subía y bajaba con desesperación, y Ethan, de pie frente a ella, parecía debatirse entre el arrepentimiento y la necesidad de poseerla otra vez. —¿Vas a seguir callado? —Lia lo retó, con la voz ronca y los labios aún enrojecidos por los besos que habían compartido. —Si te digo la verdad… puede que me odies más de lo que ya lo haces. Ella soltó una risa amarga. —¿Más? No creo que quede espacio para eso, Ethan. Él dio un paso hacia adelante, sus ojos se hundieron en los de ella, y Lia retrocedió apenas un instante… pero ya no era la misma. No estaba dispuesta a temblar frente a él, no después de todo. —Tú no entiendes —dijo Ethan, con un hilo de desesperación en la voz—. Yo nunca quise que las cosas fueran así. Cuando apareciste en mi vida, ya había demasiadas mentiras construidas… demasiado en juego. Lia lo observó, tratando de descifrar dónde terminaba la excusa y dónde empezaba la confesión. —Entonces habla. Dime de una vez qué fue tan importante como para romperme en pedazos. Ethan cerró los ojos un segundo, como si buscara el valor que tantas veces había fingido tener. Luego la miró de nuevo. —Me usaron, Lia. Yo… fui parte de todo. Y lo peor es que lo supe desde el principio. Las palabras cayeron como cuchillas. El aire pareció evaporarse en la habitación, y Lia apretó los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en la piel. —¿Parte de qué? —escupió ella, con los ojos brillando de rabia y lágrimas contenidas. —De la mentira que te cambió la vida —respondió Ethan, bajando la voz hasta un susurro—. Yo sabía quién eras… incluso antes de que tú lo descubrieras. El corazón de Lia se detuvo por un segundo. La revelación era un golpe que no había previsto, una bofetada que la dejaba sin aire. —¿Sabías? —repitió, incrédula—. ¿Sabías y aun así… jugaste conmigo? Ethan dio un paso más, pero Lia lo detuvo con la mirada. Esa chispa helada en sus ojos era más poderosa que cualquier barrera física. —No jugué contigo. Maldita sea, nunca se trató de eso. Lo que sentí por ti… lo que siento por ti, es lo único real en medio de toda esta mierda. Lia negó con la cabeza, pero su voz se quebró en el proceso. —No me digas eso, Ethan. No me lo digas cuando tú mismo admites que fuiste parte de todo. Él alargó la mano, como si pudiera borrar con un roce todo el veneno que sus palabras habían dejado. Pero Lia se apartó, temblando de furia. —¡No me toques! —gritó, y por un instante, su fuerza resonó más fuerte que la tormenta afuera. Ethan apretó la mandíbula, sus ojos se llenaron de un dolor que nunca había permitido mostrar. —Si pudiera retroceder el tiempo, lo haría. Pero ahora… lo único que me queda es luchar porque no me odies más de lo necesario. El silencio volvió, pero esta vez estaba cargado de algo distinto. Lia respiró hondo, intentando contener la avalancha de emociones que amenazaba con devorarla. Ella lo amaba, lo odiaba, lo deseaba y lo repudiaba… todo al mismo tiempo. Y esa mezcla era tan peligrosa como explosiva. De pronto, Ethan dio un paso más cerca, desafiando la distancia que ella intentaba imponer. —No voy a rendirme, Lia. Ni aunque me mates con la mirada, ni aunque me escupas tu odio todos los días. Porque lo único que me aterra más que tus reproches… es perderte. Ella lo observó, y por primera vez en mucho tiempo, dudó. Su cuerpo seguía ardiendo por el contacto reciente, sus labios aún recordaban la pasión que él despertaba en ella… y su corazón, aunque herido, no podía negar lo que todavía sentía. Lia cerró los ojos, intentando recuperar el control. Pero Ethan la conocía demasiado bien. En un movimiento rápido, acortó la distancia y atrapó su rostro entre sus manos. Ella quiso resistirse, quiso empujarlo… pero cuando sus labios se encontraron, toda su voluntad se hizo cenizas. El beso fue brutal, desesperado, lleno de rabia y deseo mezclados. Lia respondió con la misma intensidad, como si cada caricia fuera una forma de castigarlo y al mismo tiempo de entregarse. Sus cuerpos volvieron a buscarse con urgencia, la tensión entre ellos era demasiado fuerte para ignorarla. Pero justo cuando la pasión parecía devorarlos otra vez, Lia lo empujó con todas sus fuerzas. Sus ojos ardían, no solo por el deseo, sino por el dolor. —No, Ethan… no otra vez. No voy a dejar que uses mi piel como excusa para callar la verdad. Él respiraba agitado, con el cabello revuelto y los labios hinchados por el beso. —Entonces déjame demostrártelo. No con palabras, Lia… con todo lo que soy. Ella lo miró, temblando, sabiendo que lo que él proponía era una trampa tan peligrosa como tentadora. La tormenta afuera rugió con más fuerza, como si el universo supiera que nada volvería a ser igual después de esa noche. Y mientras sus miradas se clavaban la una en la otra, ambos comprendieron lo inevitable: el juego estaba lejos de terminar… y lo que se avecinaba era aún más oscuro.
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