🖤 Capítulo 8 –Maldita sea, no sé si te odio o te deseo má

1384 Words
—No digas una palabra —gruñó Ethan, con su respiración descontrolada y los ojos clavados en los de Lia. Ella ni siquiera podía pestañear. Su espalda chocó contra la pared y su cuerpo tembló, no de miedo, sino de anticipación… de ese deseo maldito que solo él sabía despertar. —No me mires así… —susurró ella, como si eso pudiera detenerlo. —¿Así cómo? —replicó él, apoyando una mano a cada lado de su cabeza—. ¿Como si quisiera arrancarte la ropa con los dientes? —Sí… —murmuró con la voz quebrada. —Entonces no me mires tú como si quisieras que lo hiciera. Silencio. Sus respiraciones eran lo único que se escuchaba… y el latido salvaje de dos corazones que no sabían si matarse o comerse vivos. Ethan bajó la mirada a sus labios. Lia no se movió. No se atrevió. Pero tampoco se alejó. Y entonces sucedió. La besó. No fue un beso dulce. No fue un beso de disculpa. Fue un beso que la rompió por dentro. Un beso que sabía a rabia, deseo, traición y fuego. Sus manos subieron por su cintura como si ya la hubiera memorizado mil veces. Ella lo apretó de la camisa, como si sujetarlo fuera la única forma de no desmoronarse. —Dime que me detenga —murmuró contra su cuello. —No quiero —jadeó ella—. Jódeme la vida si es necesario… pero no te vayas. Y él no se fue. La levantó como si fuera suya, su boca devorándola como un animal que lleva días sin probar placer. Los gemidos de Lia se perdieron entre los besos, entre las manos que subían sin pedir permiso, entre la tensión que llevaba demasiado tiempo sin estallar. —Eres un problema —susurró ella. —Y tú… —le respondió, bajando una mano por su espalda— eres mi maldita adicción. Pero cuando la mano de Ethan ya rozaba el límite entre el pecado y el cielo... TOC, TOC. —Señor Blackwell —interrumpió la voz de un empleado al otro lado del pasillo—. Su abogado lo espera en el despacho. Ethan cerró los ojos con furia contenida. Lia se quedó quieta, con la respiración rota, los labios hinchados, el deseo a flor de piel. Él la bajó lentamente, pero no se alejó. Le acarició la mejilla con el dorso de los dedos y dijo: —Esto no ha terminado. —Nunca termina contigo… —susurró ella, temblando por dentro. --- Minutos después… Lia entró a su habitación como un huracán emocional. Cerró la puerta, se apoyó en ella y se rió. Una risa nerviosa, llena de rabia… y ganas. —¿Qué carajos estoy haciendo contigo, Ethan? Se miró al espejo. Su cabello despeinado. Su boca hinchada. Sus ojos más vivos que nunca. Se tocó los labios y no pudo evitar morderse uno. —No puedo seguir así… Pero mientras se decía eso, su cuerpo solo pensaba en volver a sentirlo. --- Mientras tanto, en el despacho… Ethan escuchaba a su abogado hablar, pero no oía nada. Su mente estaba en otra parte. En otra boca. En otra piel. Se levantó de golpe y caminó hasta la ventana. El mundo podía venirse abajo, pero nada de eso se comparaba con lo que sentía cuando Lia lo miraba así. —Maldita sea —murmuró—. Me estás jodiendo la cabeza… --- Esa noche… nadie durmió. Cada vez que Lia cerraba los ojos, lo sentía otra vez. El peso de su cuerpo. El roce de su boca. El temblor que le provocaba el solo hecho de que la llamara por su nombre con esa voz grave, sucia… maldita voz que la hacía derretirse. Y Ethan… Desde su cuarto, pensaba en cómo había perdido el control, en cómo sus dedos aún ardían, en cómo esa mujer era el único fuego que no quería apagar. --- Te dije que no me provocaras...” A la mañana siguiente… Lia se despertó con el cuerpo aún tenso, como si no hubiese dormido del todo, como si en sueños Ethan la hubiera tocado otra vez. Pero no era un sueño. Era una maldita realidad. Se incorporó en la cama, se abrazó las rodillas y suspiró. Él la estaba consumiendo. Y no solo el cuerpo. Le estaba jodiendo el alma. Cuando bajó las escaleras, lo vio. Apoyado en la cocina, con una taza de café y la mirada fija en la pantalla de su portátil, Ethan se veía como una maldita pintura en movimiento. Camisa blanca, cabello alborotado, mandíbula marcada. Y ella… tragando saliva como si fuera un pecado mirarlo. —Buenos días —dijo ella, intentando sonar indiferente. —¿Lo son? —respondió él sin levantar la vista. —Para algunos… sí. —No para mí. Finalmente, la miró. Y en esa mirada había todo menos paz. —¿Estás enojado? —preguntó ella, cruzando los brazos. —Estoy confundido. —¿Por qué? —Porque anoche casi te desnudé en el pasillo… y no me arrepiento. BOOM. La taza en sus manos tembló un poco. Él lo notó. Y eso lo hizo sonreír, con ese gesto peligroso que decía: Sé exactamente lo que te hago. —¿Y qué planeas hacer con eso? —le preguntó ella, mordiéndose el labio. —Terminar lo que empecé… —dijo acercándose lentamente—. Pero no aquí. No ahora. No mientras tengas esa mirada de “me muero por ti pero no debo”. Ella no respondió. Porque era cierto. Lo deseaba. Maldita sea, lo deseaba. Pero algo en su pecho gritaba que si cedía del todo… ya no habría vuelta atrás. —Tengo una reunión en una hora —susurró él, rozando su mejilla con los labios—. Pero cuando vuelva… —¿Qué? —Te vas a encargar de explicarme por qué cada vez que te miro, tengo que recordarme que no puedo besarte frente a todos. Y se fue. Sin tocarla más. Sin besarla. Y eso dolía más. --- Horas más tarde… Lia decidió salir a tomar aire. Caminó hasta un parque cercano, como si el oxígeno de fuera pudiera aliviar el calor interno que le dejaba Ethan a cada segundo. Pero al girar la esquina… se encontró con la escena que no esperaba ver. Ethan. Con otra. Una mujer alta, rubia, elegante. Hablaban. Reían. Se conocían. Y en ese momento, a Lia no le dolió el pecho. Le dolió el estómago. La rabia subió como un volcán. No porque lo quisiera para ella, no porque fueran pareja, no porque él le hubiera prometido algo… Sino porque la había besado como si fuera suya. Y ahora estaba ahí… como si Lia nunca hubiera existido. Volvió a casa temblando, sin decir una palabra, sin escribirle, sin responder llamadas. Se encerró en su cuarto y cerró la puerta con seguro. Y lloró. Lloró sin hacer ruido. Lloró como quien no tiene derecho a reclamar nada… pero igual se rompe. --- Esa noche… Ethan volvió tarde. Y al subir, tocó la puerta de su habitación. —Lia —dijo en voz baja—. Ábreme. Silencio. —Sé que estás ahí. Vi tu cartera en el pasillo. Más silencio. —¿Estás bien? Ella tragó saliva. Se limpió las lágrimas y respiró hondo. No iba a mostrarse débil. —Estoy ocupada. No puedo hablar. —¿Ocupada… o molesta? —Las dos. Boom. Él se apoyó en la puerta y suspiró. —Si viste a Madison esta tarde… no fue lo que parece. Ella no contestó. Porque si lo hacía, la voz le temblaría. —No estás obligada a confiar en mí, Lia —agregó él—. Pero no me juzgues sin preguntarme primero. Y entonces lo dijo. —Me besaste anoche. Me tocaste como si fuera tuya. —Lo eres —respondió él con voz firme, desde el otro lado. Silencio. —Pero no puedes decirme eso y al otro día estar con otra. No puedes besarme así… y luego dejarme sintiéndome como una estúpida. —Tienes razón. —Entonces vete. Un segundo. Dos. Tres. Y entonces Ethan respondió: —No. —¿Qué? —No me voy. No hasta que entiendas que tú no eres una más. Tú… eres el problema que me quiero quedar. ---
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