Kael corrÃa entre los árboles con la velocidad de una flecha, su pelaje n***o fundiéndose con la oscuridad del bosque. Aún podÃa sentir el calor de la mirada de Daniela en su pecho, como si una parte de él se hubiera quedado allÃ, junto al rÃo, mirando esos ojos grises que contenÃan siglos de amor dormido.
Pero no habÃa tiempo para sentimientos. El llamado habÃa sido claro. La manada estaba en peligro.
El aullido provenÃa del este, cerca del lÃmite del bosque. Una zona que los Velkanar evitaban desde hacÃa años. No por miedo, sino por respeto. Era territorio muerto, tierra seca donde los árboles ya no susurraban y los animales callaban.
Kael llegó al claro agrietado justo cuando los primeros miembros de la manada salÃan de entre los arbustos. Eran cinco, en su forma de lobo. Uno de ellos, un joven de pelaje pardo llamado Lenar, jadeaba con el costado herido.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Kael mentalmente, sin cambiar de forma.
La respuesta vino como una imagen, no como palabras. Un destello oscuro, una figura que no era humana ni criatura, que se movÃa con una velocidad antinatural. Una sombra que no pertenecÃa a la luna ni al bosque.
Lenar temblaba mientras se mantenÃa en pie.
—No era uno de nosotros. Ni de los nuestros… —su voz mental era frágil, como si el recuerdo mismo lo desgarrara—. Nos observaba. No tenÃa olor. Solo… silencio.
Kael se acercó y lo olfateó. La herida no era profunda, pero sà inusual. No habÃa marcas de garras ni colmillos. Solo una especie de quemadura. Algo extraño habÃa tocado a Lenar. Algo que el bosque no conocÃa.
El resto de la manada lo miraba, esperando una decisión.
—Nadie más regresa solo a esta zona —ordenó Kael mentalmente—. Y tú, Lenar, descansa. Has hecho bien en avisar.
Pero en su interior, Kael sentÃa una alerta que no decÃa en voz alta.
El regreso de Aruma… no habÃa sido ignorado.
Esa noche, Daniela no podÃa dormir. Se revolvÃa en la cama como si algo dentro de ella se despertara por partes. Recordaba los ojos del lobo. Su silencio. La manera en que la miró, como si hubiese esperado ese encuentro toda la vida.
Y lo más extraño… el lobo le parecÃa más humano que muchas personas que conocÃa.
Apretó el dije contra su pecho. SentÃa que el objeto tenÃa vida propia. Que cuando lo sostenÃa, algo le hablaba desde dentro.
De pronto, una sensación de frÃo llenó la habitación. No era fÃsico. Era algo más profundo. Como si una sombra la atravesara sin tocarla. Se sentó, alerta.
Por la ventana, el bosque se veÃa quieto.
Demasiado quieto.
Daniela sintió que algo no estaba bien.
Lejos de allÃ, Kael caminaba solo entre los árboles. Se habÃa separado de la manada para investigar. Algo en el aire lo inquietaba. No era solo el regreso de Aruma. Era como si otra fuerza hubiera despertado junto a ella.
Y entonces lo sintió.
Una ráfaga helada le atravesó el lomo.
Se giró.
Nada.
Ni un movimiento.
Pero el bosque… ya no le hablaba. No como antes.
Una figura surgió de entre la niebla.
No tenÃa rostro.
No tenÃa forma clara.
Pero Kael la reconoció.
No por lo que era… sino por lo que le faltaba.
Luz.
—Tú no eres del bosque —gruñó, con voz apenas audible en su forma de lobo.
La figura no respondió. Solo retrocedió hacia la sombra.
Pero antes de desvanecerse, dejó algo caer al suelo: un pedazo de tela, oscuro, con un sÃmbolo grabado en rojo. Era una media luna… pero rota.
Kael la olfateó.
No tenÃa olor.
Y eso era lo más peligroso de todo.
Daniela despertó sobresaltada. HabÃa tenido un nuevo sueño.
Un claro. Una batalla. Fuego. Y esa figura sin rostro avanzando hacia ella mientras Kael —o quien fuera aquel hombre-lobo— gritaba su nombre: ¡Aruma!
El dije brillaba con intensidad.
Y al mirar por la ventana, por un segundo, creyó ver unos ojos verdes observándola desde los árboles.
No estaba sola.
Y ya nada serÃa igual.