Kael regresó a la cueva antes del amanecer. El trozo de tela con la luna rota aún colgaba de sus mandíbulas. Lo dejó caer sobre una roca y volvió a su forma humana, respirando con dificultad.
No por cansancio físico, sino por lo que acababa de sentir.
Aquello no pertenecía al bosque.
El símbolo le revolvía el estómago. No era un signo natural, ni algo que se encontrara en los límites de Kairuma. Era antiguo, sí… pero no sagrado. Era una marca de ruptura, una advertencia. Algo que decía: la luna se parte una sola vez, pero puede quebrarse del todo.
Unos pasos firmes se acercaron desde la entrada. Era Rhelan, uno de los más viejos de la manada, lobo gris con cicatrices que hablaban de muchas lunas de lucha. Cambió a forma humana con un movimiento fluido y miró el trozo de tela sin sorpresa.
—Entonces es cierto —murmuró—. Los Velkanar oscuros han despertado.
Kael alzó la mirada.
—Pensé que eran solo historia. Pesadillas para mantenernos fieles a las Leyes de la Luna.
—Lo eran —dijo Rhelan, con la mirada fija en el símbolo—. Hasta que algo los llamó de vuelta.
Kael no necesitaba que lo dijeran.
Sabía lo que todos estaban empezando a pensar.
El regreso de Aruma. O lo que queda de ella.
La cueva principal de la manada, escondida en lo profundo del bosque, estaba llena de murmullos. Los lobos más jóvenes olfateaban el aire con inquietud, mientras los mayores discutían en susurros. Algunos hablaban del símbolo, otros de los sueños que habían empezado a tener. Todos lo sentían: algo había cambiado.
Cuando Kael entró, el silencio cayó como una piedra en un lago.
Todos lo miraron.
Él ya no era solo un líder dormido en su tristeza. Ahora sus ojos ardían con preguntas.
—Los Velkanar oscuros no son una leyenda —dijo sin rodeos—. Están aquí. Han cruzado los límites del bosque. Y no vienen por territorio. Vienen por lo que despertó.
—¿Ella? —preguntó una voz, aguda, firme. Era Dreya, una loba joven de mirada feroz—. ¿La humana que llevas observando? ¿La que lleva el alma de la que una vez amaste?
El tono estaba cargado de juicio.
Kael no contestó de inmediato.
—No es solo una humana —dijo, al fin—. Es parte del ciclo. Parte de lo que somos.
—¿O parte de lo que nos destruyó una vez? —disparó otro—. ¡Aruma murió por ti, Kael! ¿Y ahora traes su sombra de regreso justo cuando los enemigos de la luna se alzan?
La tensión era espesa como la niebla.
Kael cerró los ojos un instante. La culpa no era nueva. La había llevado durante años. Pero esta vez, no tenía espacio para el miedo.
—Nadie la trajo —dijo—. Ella volvió porque así fue prometido. Porque su alma pertenece a este bosque tanto como la nuestra. Si los Velkanar oscuros despiertan, es porque temen lo que puede pasar si ella recuerda todo lo que fue.
Un murmullo inquieto recorrió la cueva.
Rhelan se adelantó.
—El bosque no olvida. Si ella ha regresado, también lo hará todo lo que su regreso activa. Amor, sí. Pero también... deuda. Y poder.
Kael asintió.
—Debemos protegerla. No porque sea frágil… sino porque el bosque aún decide a través de ella. Y si no lo hacemos, ellos lo harán.
Esa noche, Kael volvió al claro donde la vio por última vez. El aire estaba tenso, cargado con la energía de algo por ocurrir. Los árboles crujían como si discutieran entre sí.
No fue un sueño esta vez.
Kael vio el símbolo marcado en la corteza de un árbol cercano.
Quemado.
La luna rota.
Y junto a él, huellas que no eran humanas, ni de bestia. Algo híbrido. Algo que nunca debió caminar sobre Kairuma.
Kael aulló. Pero no fue un llamado a la manada. Fue un juramento al bosque.
“No dejaré que ella muera otra vez. No dejaré que destruyan lo que aún no ha despertado del todo.”
La luna, partida como siempre, brillaba tenue en lo alto.
Pero esta vez, una de sus mitades parecía parpadear.
Como si también estuviera despertando.