El día transcurría con esa lentitud peculiar de Kairuma, donde el tiempo parecía más antiguo y el viento más denso. Daniela regresó al bosque, arrastrada por una mezcla de impulso y necesidad. Aquel lugar donde encontró el dije la llamaba con fuerza silenciosa. Desde el momento en que lo sostuvo en su mano, todo en su interior había cambiado. Soñaba con otros rostros, escuchaba nombres desconocidos y, lo más inquietante, sentía emociones que no le pertenecían… o al menos no a esta vida.
La luna verde que colgaba de su cuello parecía más que una joya. Era un corazón ajeno latiendo junto al suyo.
Se adentró sin dirección fija, guiada por ese extraño instinto que le decía cuándo doblar entre los árboles o cuándo detenerse a respirar profundamente el aroma de la tierra húmeda. El bosque parecía abrirse ante ella, reconociéndola, susurrándole secretos que aún no podía entender del todo.
Fue entonces, al acercarse al río por segunda vez, que lo sintió.
Primero fue una vibración en el pecho. Luego, un escalofrío por la espalda. Y finalmente, el mundo pareció detenerse cuando lo vio.
En la otra orilla, apenas visible entre la bruma, un lobo n***o se alzaba majestuoso. Alto, fuerte, de pelaje brillante como el ónix, con ojos verdes que no pertenecían a ninguna bestia. Eran ojos humanos. O quizás más que humanos.
Daniela contuvo el aliento. Todo en su cuerpo le gritaba que huyera, que ese no era un encuentro natural. Pero su alma… su alma tembló de reconocimiento.
No sabía cómo, pero ya lo había visto antes. En sus sueños. En ese espacio onírico donde el dolor y el amor se mezclaban como niebla.
El lobo no se movió. Solo la miró. Largamente. Con una intensidad que la hizo estremecer. Era como si la observara desde más allá del presente. Como si mirara a través de ella y viera a otra. A la que fue antes.
Kael sintió cómo el mundo se quebraba en su interior.
No era solo el reconocimiento. Era la memoria misma ardiendo como un fuego contenido durante siglos. Verla de nuevo, aunque en otro cuerpo, en otra forma, removió cada fibra de lo que quedaba de su humanidad. El dolor, que lo había dormido por tanto tiempo, despertó junto al amor que había creído perdido.
Imágenes cruzaron su mente como relámpagos:
La sonrisa de Aruma al sostener una flor entre los dedos.
Sus pasos descalzos en la hierba húmeda.
La risa que brotaba como agua cuando él, aún en forma humana, intentaba trenzarle el cabello sin éxito.
El beso bajo la lluvia, la promesa bajo la luna partida.
"Siempre volveré a ti…"
Su corazón, tan acostumbrado al silencio, latía ahora como tambor de guerra. La quería tocar. Acercarse. Decirle su verdadero nombre. No el que usaba ahora. El que le había dado la luna.
Dio un paso hacia el río.
Daniela no se movió. Su cuerpo estaba congelado, pero no de miedo. Lo que sentía era un respeto profundo, una emoción sin nombre. Era como si ese lobo no fuera un simple animal, sino una historia completa. Una vida entera que esperaba ser recordada.
Sus ojos se encontraron en el aire.
Y en ese instante, no hubo duda: ya se habían amado antes.
Kael se acercó más. Sentía el borde de su alma desbordarse por la mirada de ella. Todo en él gritaba por tocarla, por hablarle, por decirle que no estaba loca, que lo que sentía era real.
Pero entonces, un aullido cortó el aire.
Agudo. Doloroso. Urgente.
La manada.
Kael se detuvo. Su cuerpo reaccionó antes que su corazón pudiera procesarlo. Era una llamada clara: peligro. Uno de los suyos necesitaba ayuda. Y aunque toda su alma deseaba quedarse, el guardián no podía ignorar el llamado.
Era parte del pacto.
Parte de lo que aún lo ataba a este mundo.
Volvió la vista hacia Daniela, y por un momento sus ojos se llenaron de una súplica silenciosa. Como si pidiera perdón por irse. Como si prometiera que no era un adiós, sino solo una pausa.
Daniela dio un paso hacia él, con la respiración contenida.
—Espera… —susurró.
Pero el lobo ya se había desvanecido entre la bruma.
El bosque pareció cerrar el velo detrás de él, ocultándolo, protegiéndolo. Solo quedaron las ondas suaves del río y el sonido lejano de hojas agitadas por el viento.
Daniela se quedó allí, inmóvil, con el dije apretado contra el pecho. Las lágrimas no cayeron. Solo una emoción sorda y densa le llenó el pecho, como si hubiera perdido algo que recién empezaba a encontrar.
Lo que fuera que acababa de ocurrir… no era un encuentro casual.
Ese lobo… no era un animal.
Era un fragmento de un todo que comenzaba a recordar.
Muy lejos, en un claro oculto por la niebla, Kael corrió con todo su poder, dejando atrás la orilla del río. Sus patas golpeaban la tierra con una urgencia ancestral, pero su mente seguía anclada a los ojos de ella. No era solo Daniela. Era Aruma. Era su alma, su rastro, su promesa.
Los otros lo esperaban. Podía sentir su miedo. Uno de los más jóvenes se había perdido. Algo oscuro se movía cerca del límite del bosque, algo que no reconocía.
Pero incluso mientras respondía al llamado, una parte de él se quedó junto al río.
Volvería.
Tenía que hacerlo.
Porque ya no era solo el guardián de Kairuma.
Ahora, tenía un propósito nuevo. O tal vez… el mismo de siempre.