La noche cayó sobre Kairuma con un peso extraño.
La niebla era más espesa, y el viento soplaba sin dirección. Daniela se arropó con una manta junto a la ventana de la habitación, mirando el bosque. Desde que llegó, había sentido esa presencia. Un susurro constante que no venía del viento ni de la lógica.
Desde que encontró el dije, dormir se volvió difícil.
Y cuando por fin el sueño la alcanzó, no era descanso lo que encontraba.
Era memoria.
El fuego crepitaba a su alrededor. El cielo era rojo, como si la luna misma ardiera. Gritos. Lobos y hombres luchaban entre árboles caídos. Una figura corría entre la niebla. Ella.
Pero no era Daniela.
Era Aruma, más joven, con los pies descalzos, el cabello cubierto de ceniza. En sus manos sangraban las raíces de una planta que usaba como sanación, y en su pecho, colgaba el mismo dije de esmeralda, brillando con desesperación.
Buscaba a alguien.
—¡Kael! —gritaba entre lágrimas—. ¡Dónde estás, por favor…!
Y de pronto, lo vio.
Él luchaba con tres sombras a la vez, medio transformado, su rostro humano apenas visible entre el pelaje n***o. Sus ojos verdes —los mismos que Daniela vio en el lobo del río— la buscaron en el caos.
—¡No! —gritó Kael— ¡Aruma, vete!
Pero ella no lo hizo.
La sombra que se alzaba detrás de él… no era bestia. No era humana. Era otra cosa. Un ser sin rostro que se movía como humo. Con una luna rota dibujada en el pecho.
Y en el instante en que la lanza fue lanzada, Aruma se interpuso.
El impacto fue brutal.
El mundo se apagó.
Daniela se sentó de golpe en la cama, jadeando. Su cuerpo estaba empapado en sudor. El pecho le dolía como si realmente la hubieran golpeado.
Sus manos temblaban.
No era un sueño cualquiera.
Había sentido el dolor, el miedo, el amor. Había sentido el nombre.
Kael.
Se lo llevó a los labios sin pensarlo.
—Kael…
Lo susurró como si fuera lo más sagrado del mundo.
A la mañana siguiente, no dijo nada a su madre. Salió temprano, con el dije escondido bajo la ropa. Caminó hasta el borde del bosque y se detuvo frente a un árbol cubierto de musgo.
—¿Qué me estás haciendo…? —preguntó al aire, al bosque, al universo.
Nadie respondió.
Pero el viento cambió.
Y entonces, otra visión la golpeó como una ola.
Estaba en un claro. El mismo claro que Kael visitaba en sus noches de soledad. Daniela —Aruma— danzaba descalza, riendo, mientras él, en forma humana, la observaba desde una roca. La luna rota brillaba sobre ellos.
—No puedo quedarme aquí para siempre —decía ella.
—Pero puedes volver cada noche —respondía él.
Y se besaban. Un beso que Daniela sintió en su presente. En su piel. En su corazón.
La visión desapareció.
Pero la sensación no.
Ahora lo sabía con certeza.
Ella había vivido eso. Ella había sido Aruma.
Y Kael… Kael no era un sueño. Era real.
Y la estaba esperando.
Esa noche, Daniela escribió en un cuaderno palabras que no recordaba haber aprendido.
Nombres antiguos.
Símbolos que había visto en los sueños.
Y al final de la página, una frase apareció sin que ella la pensara conscientemente:
"La luna no llama dos veces sin razón."
Se quedó mirando esa línea.
Sabía lo que venía.
Iba a recordar todo.
Pero no sería fácil.
Porque algo, allá afuera, no quería que lo hiciera.