BRIANNA No regresé a la sala de juntas. El murmullo corporativo seguía flotando en el piso ejecutivo como si nada hubiera ocurrido, como si dos imperios no estuvieran sostenidos por un hilo invisible y una rodilla marcada contra el suelo. Caminé por el pasillo con la cabeza en alto. Mis tacones resonaban con un ritmo constante, medido, como si cada paso fuera una firma invisible sobre un nuevo contrato que aún no existía. Sin embargo, era un contrato que pronto nacería. Era inevitable sabiendo que mi papá también sufriría las consecuencias por Visconti. La puerta del elevador se abrió justo cuando Inna salió casi corriendo del otro extremo del pasillo, el cabello ligeramente desordenado y el teléfono todavía en la mano. — Llegué tarde, lo sé, —dijo sin aliento—. El tráfico fue un desa

