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Divorciados en secreto

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Blurb

Casarme con Bastian Montague fue el mayor golpe de suerte de mi vida, hasta que en nuestra noche de bodas, me susurró al oído que me odiaba.

Lo había amado en silencio durante tres años. Lo había esperado, deseado, idealizado. Pero su indiferencia convirtió ese amor en algo más oscuro, más peligroso. Amarlo con todo mi odio.

Creí que nada podía doler más, hasta que una noche me entregó los papeles de divorcio como si yo no hubiera sido nada. Los firmé sin pensarlo. Sin lágrimas, pero con mucha dignidad.

Lo que ninguno de los dos imaginó fue que el destino tenía otros planes. Porque cuando el mundo nos obligó a fingir que seguíamos casados, el odio volvió a mezclarse con el deseo... Y esta vez, ninguno de los dos estábamos preparados.

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La esposa perfecta
BRIANNA Fui la envidia de todas las mujeres del bendito país cuando me casé con Bastian Montague, el hombre más guapo, más codiciado, más inteligente, y uno de los más ricos de la nación. Yo era la mujer más feliz del mundo, o al menos eso era lo que los medios de comunicación decían. Sonreía incluso con la mirada cada vez que aparecía a su lado, como si la felicidad fuera parte de mi contrato. Mis vestidos siempre hacían juego con sus trajes de gala. Asistíamos juntos a todos los eventos importantes, posando como la pareja perfecta. Las mujeres me miraban con envidia, convencidas de que yo había ganado la lotería de la vida. Y yo me esforcé en ser la esposa perfecta con el peinado adecuado, la sonrisa correcta, amorosa frente a todos, e incluso lo intentaba en privado. Inteligente cuando se me pedía, discreta cuando se me exigía. Pero no fue suficiente. Esa imagen cálida que el mundo veía estaba muy lejos de la realidad que me envolvía. Porque Bastian Montague no era frío conmigo. Era cruel. — Entonces, ¿no has sabido de él en cuánto tiempo? —Me preguntó mi hermana por tercera ocasión. Tomó su taza de café y le dio un sorbo. — Desde Navidad. La última vez que lo vi fue en la cena en casa de su familia. Desde entonces no he sabido nada de él. — Car**amba, Brianna ya casi es tu cumpleaños y el hombre ni se digna en volver ¿Al menos una llamada en Año Nuevo? — Siempre ha sido así, Ina. Es como si yo fuera más un mueble en su casa. Siempre soy premiada con su ausencia. — ¿Has pensando en divorciarte? — A veces me pasa la idea, pero el maldito contrato me detiene. —Le di un trago a la mimosa que me había pedido. Suspiré y me recargué en el respaldo de mi silla mientras veía el sol de mediodía sobre el ventanal del restaurante. Sabía que era cuestión de tiempo para que mi final feliz terminara de verdad. Como si siempre hubiera sido feliz. — ¿Lo odias? Sonreí con amargura. Recordar aquella noche que supuestamente sería la mejor de mi vida. Aquella noche de bodas que fue más amargo que un trago de cianuro. — Él a mí, sí. La gente solía vernos como esas parejas de cine: bellos, exitosos, intocables. La realidad era otra. Yo había hecho de todo por atraer su atención. Clases de cocina para perfeccionar su platillo favorito. Etiqueta impecable para no hacerlo quedar mal. Vestidos recatados, elegantes, dignos de una “buena esposa”. Nunca fue suficiente. — ¿Sabes, hermanita? Para ser un hombre tan guapo, es bastante estúpido por como te trata. —Ina siempre había sido mi mejor amiga, a parte de ser mi hermana menor. No soportaba hablar de mi marido ultimamente. Estaba cabreada de verdad por haber desaparecido durante mucho tiempo. — No lo pienso defender. La gente piensa que es un ser de luz, pero no tienen idea del mal carácter que se carga. Parece una pu**ta cabra loca cada vez que me ve. Grita como si le metieran un palo en el cu**lo. — ¡Briana! ¡Esa boca! —Me reprendió escandalosa. — Es la verdad. Y antes de que me de gastritis por solo acordarme de su carácter de perro rabioso, mejor paguemos la cuenta. Tengo que regresar a casa porque tengo unos asuntos pendientes por hacer. — ¿Es sobre tu proyecto? — Sí, y espero que no le digas a nadie. — Eres incorregible. Pagamos la cuenta y me levanté de mi lugar. Tomé mi bolsa de mano acomodándola al hombro, y tomé a mi hermana del brazo para ir a la salida por nuestros coches. — Ina, no le digas a papá sobre mi situación con Bastian. — Tu secreto está a salvo conmigo, Bri. —Me sonrió Ina—. Aunque no sé si puedas ocultárselo por más tiempo. Cada día se cuestiona más cosas. * Regresé a la guarida del diablo, la casa de Bastian, que habitaba desde que me había casado con él. Un lugar minimalista con toques neg**ros, que parecía más la residencia de Drácula en la época moderna, que a la de un hogar de un hombre casado y exitoso. Nada más entrar, me encontré con las maletas de Bastian en la entrada, pero no había rastro alguno de él ¿Cuándo había llegado a la casa? Busqué mi teléfono para ver si tenía algún mensaje de él, pero no tenía absolutamente nada. — Señora, qué bueno que llega. El señor Montague me dijo que la espera en la oficina. —Licha se acercó a mí para ayudarme con el abrigo. — ¿Cuándo llegó? — Hace una media hora. —Se acercó a mí—. Está de muy buen humor. Creo que le fue muy bien en sus negociaciones en Italia y Francia. — Muchas gracias, Licha. — ¿Quiere que le avise al señor que ya está aquí? Digo, para preparar el terreno. —Sonrió con cierto nerviosismo. — No, yo me encargo de él. Me dirigí al despacho de Bastian, un lugar al que tenía prohibido entrar a menos de que él estuviera ahí. La casa estaba en silencio, así como nuestro mantrimonio siempre fue, muerto. Lo único que podía escuchar era a los empleados, mientras trabajaban en mantener aquel lugar frío. Me detuve frente a la puerta y aspiré aire, adoptando una postura indiferente, antes de tocar la puerta. — Pasa. —Se escuchó una voz grave del otro lado de la puerta. Abrí la puerta y entré. Me quedé sorprendida al ver que Bastian tenía las cortinas de su despacho abiertas. Dejaba pasar la luz natural a través de las ventanas. Él se veía más guapo que de costumbre. Tenía el cabello y la barba ne**gra retocado con algún corte como si fuera algún modelo de revista. Lo noté. . . Diferente. — Ah, Brianna. Qué bueno que llegas. Me gustaría tocar algunos asuntos contigo. —Se notaba un tanto acelerado. — Dime. —Dije con absoluta indiferencia. Él caminó hacia su escritorio y tomó algunos documentos. Se detuvo en una carpeta, que sostuvo por un instante en el aire. — ¿Pasa algo? —Alcé una ceja al ver que la mano bajaba lentamente. — No. Me dijo Licha que pronto va a ser tu cumpleaños ¿Te parece si cenamos hoy? — ¿Cenar? —La invitación me extrañaba, aunque debo admitir que por dentro había un poco de esperanza. — Sí, cenar, Brianna. —Me miró por primera vez a los ojos— ¿Tiene algo de malo querer invitarte a cenar? — Tiene todo de raro. Me has dejado claro que te provoco asco y repulsión ¿Por qué querrías invitarme a cenar después de pasar tres años a tu lado desapercibida? — No hagas el drama más grande, Brianna. Solo vístete para la cena. Resevé un privado en el Libanés. Sé que es tu favorito. El libanés. Dios mío, con este hombre. Suspiré resignada después de todo a él no le importaba nada que estuviera relacionado conmigo. — Está bien, Bastian. Aunque mi restaurante favorito siempre ha sido Greek Garden. Es griego. —Me di la media vuelta y salí de ahí con la frente en alto. * Me había puesto un vestido de Valentino en color morado, con unas zapatillas en color marfil de Manolo Blahnik. Dejé mi cabello suelto, peinado con ondas naturales y unos aretes con un collar de Tiffany, que hacía juego con mi outfit. Bajé las escaleras cuando vi que Bastian estaba en la puerta del vestíbulo terminando una llamada de manera abrupta. — Vamos. No hay tiempo que perder. —Dijo Bastian dándome la espalda tan pronto bajé las escaleras. Por un momento no sé si fue mi imaginación que él me haya volteado a ver, porque la misma actitud hostil apareción de nuevo. Llegamos al restaurante veinte minutos más tarde. Durante todo el trayecto estuvimos en silencio. Sin embargo, tan pronto llegamos a la vida pública, se portó como todo un caballero al abrirme la puerta del auto y tenderme la mano. — Señores Montague, bienvenidos. El área privada ya está lista para ustedes ¿Alguna celebración en especial? —Preguntó el gerente mientras caminábamos entre las mesas hacia el salón privado. — Nada en particular. Sentí un pesar, pues creí que iríamos a celebrar mi cumpleaños. Nos sentamos en la mesa. El mesero encargado de nosotros nos ofreció vino. Bastian ordenó el primero que el mesero encontrara. Nos sirvieron la cena y todo estaba en silencio, excepto por el hecho de que mi esposo estaba viendo su teléfono. Partí mi carne y fue cuando el alzó la mirada. — Son negocios. —Dejó su teléfono a un lado y empezó a comer. — Y bien, ¿me vas a decir por qué estamos aquí? Porque evidentemente no es por mi cumpleaños. —No pude evitar decirlo con cierto sarcasmo. — Por favor, Brianna. No creo que haga falta que celebres tu cumpleaños en este momento. Hay asuntos más importantes que atender. Lo vi con una frialdad que podría jurar que congeló la comida. — ¿Y bien? Supongo que entonces quieres hablar de negocios ¿Cómo te fue con Manolo Visconti? — Excelente. Tu contacto hizo que las ganancias de la empresa se duplicaran. Vamos a estar exportando en dos países, por lo que eso me da cierta autonomía. — Visconti es un contacto muy valioso. Así que espero que sepas ser agradecido, porque me costó mucho trabajo volver a contactarlo. Bastian dejó la servilleta a un lado y sacó una carpeta que traía guardada en el saco de su traje. No entendía cómo había sostenido los papeles ahí. Los dejó sobre la mesa deslizándolos frente a mí. — Sí que estoy muy agradecido con eso, Brianna. Por eso no vamos a esperar más. Te doy tu libertad sin tener que esperar los cinco años que se supone que debemos esperar. Firma el divorcio. — ¿Qué? — Por Dios, Brianna, no nos hagamos tontos. Nuestro matrimonio nunca funcionó y nunca va a funcionar. No perdamos el tiempo y firma ya. Cerré los ojos con una sonrisa llena de sacasmo. Quería gritarle y tirarlo de la silla con un puñetazo, pero ante todo era la elegancia. — O sea que te largas durante meses sin saber de ti, utilizas mis contactos para hacer crecer la empresa de tu familia, y ahora regresas para invitarme una miserable cena, pretendiendo que el divorcio es un premio. . . — Para el drama, jod**er. Tú y yo nunca hemos tenido nada más allá de una simple imagen que ya me cansé de sostener. — ¿Te cansaste de sostener despues de que cerraste el negocio con Visconti? —Solté un intentó de risa—. Wow, qué considerado Bastian. Te aguantaste tres malditos años, para ahora venir y darme una patada en las nal**gas. — Brianna, sé que las cosas no son las ideales, pero voy a ser honesto contigo. —Era la primera vez que lo veía a los ojos con hartazgo. Cerró los ojos por un instante. Tenía la mandíbula tan dura que temí que se le tronaría en cualquier momento—. Escucha, quiero ser claro en esto. No pretendo seguir contigo porque no quiero jugar con fuego. —Abrió los ojos y por primera vez me vio directo, con una seriedad que me dio escalofríos—. Conocí a una mujer durante mi viaje. No quiero cortejarla mientras estoy casado. Sentí que me habían enterrado una espada enorme en el pecho, porque sentí dolor y falta de aire. No había nada que hablar, él había conocido a una mujer. Una mujer que le había bastado cautivarlos unas cuantas semanas. Lo que yo nunca logré en tres años. — Vaya, ahora entiendo el por qué tardaste. — No ha pasado nada con Isadora. Pero no pretendo esperar a que pasen dos años para que luche por ella. —Traté de ser fuerte. No podía darme el lujo de que la dignidad se me escapara de las manos—. No voy a pelear nada de bienes. Lo tuyo es tuyo y lo mío es mío. Lo único que te voy a pedir es la casa, tienes un mes para salirte. Pretendo hacerle unas remodelaciones. Me quedé en silencio. Luché con el llanto que rascaba detrás de mis ojos, desesperado por salir y gritar. — Solo respóndeme una cosa, Bastian. —Alcé la mirada con los labios temblando, pero la dignidad intacta— ¿Por qué me has aborecido durante todo este tiempo? Bufó con burla. — Porque no me casé con la mujer que creí que eras. Me ocultaste quién eras de verdad, y lo que representaba tu apellido. Cuando lo descubrí, ya era demasiado tarde. Tragué saliva con mucho dolor. Tomé la pluma, acerqué los documentos, y firmé. Me levanté de mi lugar y le di un sorbo a mi copa de vino. — Y aún así, no te importó utilizar mis influencias para hacer crecer tu negocio. —Esta vez no me contuve, le vacié con brusquedad la copa de vino tinto sobre su pantalón. — ¡Pero que mierda. . . ! — ¡Tuviste pocos huevos como para dejarme cuando te enteraste de quién realmente soy! ¡Y ahora que te sientes todo poderoso me corres hasta de tu maldita casa de mal gusto! —Le aventé los papeles a la cara— ¡Ahí está tu libertad! Me acomodé mi bolsa de mano al hombro, y caminé hacia la puerta hecha una furia rabiosa. — ¡Brianna! ¡Brianna, maldita sea! —Gritó Bastian a mis espaldas. Estaba a punto de abrir la puerta cuando esta se movió. El mesero se asomó un poco nervioso. — ¿Se les ofrece algo, señora Montague? — Sí, el señor tuvo un susto tan fuerte que se orinó encima. —Arrugué la nariz. El mesero volteó a ver con discresión hacia Bastian, que se estaba secando con una sevilleta de tela—. La cuenta la paga él. Le guiñé un ojo y me fui del lugar, con las llaves del auto en la mano, y la cartera de Bastian. Esa noche regresé a la casa, derrotada y divorciada. Me encerré en mi habitación, y para sorpresa mía, Bastian no me reclamó, ni me buscó. Me permití llorar finalmente, y me prometí a mí misma que sería la última vez que lo haría por él.

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