Ya debería saber que no puede arrojarle semejante guante a un hombre como yo. Gano siempre. Aprieto los dientes y me obligo a acercarme a la estantería, como si fuera a ponerme a leer uno de los libros, coño. El leve sonido de la chimenea al girarse hace que me dé media vuelta. Casi espero ver a una diosa pelirroja enfurecida, que aparece para cantarme las cuarenta de nuevo. Algo que, en mi sucia cabeza, acabaría con ella doblada sobre uno de los reposabrazos del sillón, con las manos inmovilizadas a la espalda, mientras me la follo. Pero no lo es. Se trata de J, mi mano derecha. —Tenemos un problema, y es delicado. Me encargaría en persona, pero sé que querrás dar tu opinión. —¿Qué pasa? —pregunto, aliviado por la distracción. —Al lugarteniente de uno de los jefes de los cárteles y

