Miguel, con los ojos desorbitados, intentó comprender lo que acababa de suceder. Su mente, aún nublada por la rabia y el ego herido, tardó en procesar el cambio en la situación. Pero no tuvo tiempo para reaccionar. Antes de que pudiera pronunciar una palabra, Lexter dejó de apuntar hacia Davina y giró la pistola directamente hacia él. El disparo resonó como un trueno en la noche, ensordecedor y definitivo. El eco se propagó por la carretera desierta, paralizando el tiempo. Davina cerró los ojos, temblando de pies a cabeza, un grito ahogado atrapado en su garganta. El miedo le recorrió el cuerpo como un veneno, congelándola en su lugar. Su mente repetía una sola frase: Es el final. Todo ha terminado. Cuando finalmente reunió el coraje para abrir los ojos, lo que vio la dejó desconcerta

