Un camino entre las dunas conducía al mar salvaje. A ambos lados había sendos acantilados que se encontraban en el punto central como las cabezas unidas de dos terribles bestias. Justo al lado del camino, casi pegada a uno de los despeñaderos, se hallaba una pequeña casa donde vivía un pescador con su familia.
Uno de estos acantilados se había enfrentado a las olas desde tiempos remotos con la firmeza de un escudo metálico, protegiendo el lugar de la marea, tan fuerte allí que deshacía la nieve, y el carrizo había desaparecido por completo de las dunas.
Matsugorō caminaba por el acantilado cuya fachada detenía el golpe de las olas como si estuviera preso entre dos peligrosas fieras. Había dejado esperando en casa a su amada y bella esposa, Onami, así como a un tierno bebé. A continuación bajó a la playa de las dunas, se adentró en el mar, y remó a través del mar salvaje como una gaviota cruzando el cielo al amparo de las nubes.
El viento transportaba desde la playa el olor de las algas y de los lirios japoneses e impregnaba las mangas del kimono de Onami. En ausencia de su marido, pasaba el día en soledad, cantando nanas a su hijita y atareada con las labores del hogar, tejiendo, cosiendo o cocinando.
Ya estaba acostumbrada al sonido de las olas, pero en ocasiones la despertaba el cloqueo de las gallinas. Una noche, un ruido interrumpió el sueño que compartía con su bebé y salió a la puerta. Los insectos cantaban bajo la luna llena. Pensó en su amado esposo y tomó unas gotas de rocío para humedecerse el pecho bajo la ropa. Prestó atención sobre el susurro del viento entre las hojas, por si escuchaba alguna embarcación, pero solo oyó un cuco. Las enormes ballenas del invierno impactaban contra los colmillos del mar que se arremolinaban en dirección contraria. Volvió a la cama, acunó al bebé y lloró hasta que sus lágrimas quedaron congeladas sobre la almohada.
Mientras, su marido estaba en la oscura noche, sobreviviendo a la lluvia y el viento, con el remo en la mano y las nubes sobre la cabeza, rodeado de los peces y las olas del mar.
Para ganarse la vida, el pescador viajaba de puerto en puerto y de bahía en bahía. El sur era caluroso y el norte, frío; en el trayecto a veces hacía sol y otras estaba nublado. Al oeste de Boshū, en la intersección con Tateyama-Hokujō, donde se encontraban Maehara, Kamogawa, Furukawa, Shirako y Kotto, y también en la orilla de Senkura o en las playas de Emi-Wada solían aparecer espíritus marinos. Rodeado de agua por todas partes, más allá de la blanca vela no había nada más que océano. Era sabido por todos que aquella extensa masa de agua era un lugar de grandes corrientes.
La casa del pescador estaba en la costa de Emi. Se habían mudado allí tras casarse, con apenas veintitrés años. Estaba construida de madera, con vistas a la orilla y rodeada de carrizo entre los imponentes acantilados de piedra que se alzaban como los muros de un castillo.
Aquel otoño, su mujer había dado a luz a la pequeña Ohama, que en esos momentos dormía plácidamente impregnando de ternura toda la casa: el tatami, los futones, y el perro de papel maché y el tentetieso que tenía como juguetes. Onami estaba fuera, tendiendo la ropa con las mangas remangadas sin miedo a que el sol quemara su blanca piel urbana. El sonido de las olas parecía el de las cuerdas de un koto[3]. Sonaba de un modo tan familiar que resultaba dulce.
Sobre las tres apareció una silueta entre los árboles. La figura se acercó al huerto, donde volaban unas libélulas rojas, y gritó:
—¡Extra, extra!
II
—Sannosuke, ¿qué hay de nuevo? —preguntó Onami al niño mientras cosía. Lo conocía bien, pues pasaba por allí todos los días al volver de la lonja.
El chico, que tenía trece años, llevaba una mano metida dentro del kimono; al parecer había comprado una bolsa de dulces y la llevaba allí guardada. Sacó una caña de azúcar, la mordió con los dientes delanteros y empezó a masticarla. Parecía un fukusuke[4], de esos a los que se tiran dardos en los puestos de las ferias. Llevaba un trapo atado a la frente y un kimono azul marino un poco desvaído; su cinturón amarillo se encontraba medio roto y se lo había sujetado con un lazo.
El padre del muchacho era muy devoto de Amitababha y llevaba siempre un rosario budista, incluso mientras reparaba sus redes rotas. Los cuervos se posaban en el tejado para observar al hombre. Este siempre tenía a mano el rifle que había pertenecido a su familia desde hacía tres generaciones. Sentado con las piernas cruzadas, mostrando sus rodillas desnudas, tomaba con cuidado el arma y, después de inhalar profundamente, se incorporaba. Aunque le entrara polvo en los ojos y se le saltaran las lágrimas, no fallaba ningún disparo; los pájaros negros siempre caían. «Recógelos», decía a su hijo sin inmutarse. Luego rezaba el namuamidabutsu y seguía reparando sus redes.
Cenaban los cuervos asados. Debían haberse comido unos treinta y tres mil trescientos. Como creía que Sannosuke podía ser la reencarnación de alguno de ellos, el padre lo había apodado «Pequeño Cuervo».
El niño movió las cejas de arriba abajo y sonrió a Onami mostrando sus dientes blancos.
—Oye, ¿sabes lo que me ha pasado? Esta mañana me dolía la barriga y el Inaba-Maru partió sin mí, pero se me pasó enseguida.
—Vaya, menudo incordio. ¿Estás recuperado del todo? —le preguntó la mujer mientras tiraba de las puntas de su kimono carmín.
—Ah, sí. Ya no tengo nada.
—Oye, pero si te comes todo eso te dolerá de nuevo la barriga, ¿sabes?
—¿Por qué dices eso?
—Es lo que ocurrirá si te das un atracón de dulces.
—Ah, ¿te refieres a estos?
Entrecerró los ojos y se lamió el labio inferior.
—¡Qué tiene de malo que coma un poco! Los compré en la tienda de la abuela para regalárselos a mi novia, pero parecían deliciosos y no pude evitar comer uno. Solo uno, ¿eh? Voy a darle el resto a ella. —Apoyó las manos en la baranda y, señalando el lugar donde estaba la cama del bebé, preguntó—: ¿Está dormida?
—Sí. Acabo de ponerla a echar la siesta.
—Qué poca consideración, encima de que le he traído los dulces. Oye, Ohama, ¿por qué no te despiertas? —exclamó con el ceño fruncido—. No te preocupes, Onami, no voy a despertarla, pero, mira, hay unas moscas revoloteando a su alrededor.
—¡Qué moscas tan molestas! Hay que tener la mosquitera puesta aunque sea mediodía y no haya mosquitos. ¡Pobre hija mía, qué cariño le tienen esos bichos! He puesto pegamento, pero se quedan pegadas y hacen mucho ruido. Oye, Sannosuke, ¿a qué has venido?
—A capturar unas cañadillas para añadirlas a la sopa de pasta de soja —contestó el muchacho con gesto serio.
III
El muchacho era hogareño, pese a su edad y a vivir en circunstancias humildes en una casa siempre cubierta por la neblina de las salinas.
—Me sorprende, Sannosuke, que seas tan familiar. Tratas muy bien a la niña —le dijo Onami con una sonrisa.
El chico se rio con timidez.
—No es para tanto. Desde que Ohama nació no gastó ningún dinero en mí, y ahorro todas las monedas que llegan a mis manos. Por eso puedo comprarle juguetes y dulces.
La mujer observó la labor que tenía en la mano.
—¿Por qué eres así? —le preguntó con tristeza—. A tu edad, en vez de traer cosas a un bebé, deberías gastar el dinero en lo que quisieras. Me haces muy feliz pero, en serio, me gustaría que gastaras tus ahorros en ti.
Sannosuke bajó los ojos, contento.
—No importa, no te preocupes. Prefiero que disfrute de ello mi futura esposa.
—Caramba, ¡qué cosas dices! —exclamó Onami, sonriendo—. ¡Eres muy generoso!
Sannosuke asintió.
—Todos los hombres somos iguales; también tu marido, Marugorō, es así. Aunque deba enfrentarse a grandes tormentas, gana dinero para mantener el hogar y que Ohama y tú tengáis lo necesario. Por eso no le importa pasar frío.
—No digas tonterías —le respondió la mujer, que no pudo evitar ruborizarse al oír sus palabras.
—No es ninguna tontería. A cambio, tú trabajas en casa, ¿no? Cuando me case, también me gustaría que mi mujer se quedara cosiendo mientras yo salgo a pescar.
—Claro. Voy a hacer algo para ti, Sannosuke. ¿Qué te gustaría?
—Bueno, mejor en otro momento. Ahora estoy bien con lo que llevo puesto.
El joven puso la bolsa de dulces sobre la baranda, pero estaba tan nervioso que un par de caramelos salieron rodando.
—¡Vaya! —exclamó, y se puso de rodillas para recogerlos. Se metió uno en la boca y lo saboreó—. Está delicioso.
La mujer dejó su labor y se incorporó.
—Sannosuke…
—Dime.
—El cinturón que llevas está hecho un desastre. Aprovechando que estás aquí, te lo voy a arreglar.
—No te molestes —contestó, dando un paso atrás.
—¡Pero si se te cae a trozos!
El niño silbó, dio media vuelta y echó a correr a toda velocidad, tarareando el principio de una canción popular.
—¡Oh!
Un perro de color café que estaba tomando el sol se asustó y salió huyendo, levantando arena con sus patas al correr.
IV
—¡Te lo tienes bien merecido, chucho debilucho! —le gritó al perro—. ¿Es que no sabes quién soy? ¡Te enfrentas, nada más y nada menos, que a Sannosuke, el Pequeño Cuervo!
—¡Qué susto me has dado, caray! —exclamó Onami—. ¿Por qué gritas de repente? Ay, en serio, casi se me sale el corazón.
La mujer se sentó en el porche. Se colocó bien los talones de las sandalias y se puso una mano en la espalda. Contempló el cielo un instante, cansada, mientras se masajeaba el pecho.
—¡Qué perro tan cobarde! Seguro que te has escapado de una gran casa de Tokio, una de esas donde las mujeres caminan arrastrando sus kimonos.
Onami tomó la labor que había dejado, se secó un poco los ojos y se metió un mechón de cabello detrás de la sonrosada oreja.
—¡Qué ruidoso eres! Deja ya de gritar al perro, no seas malo. ¡Qué sabrás tú de mujeres!
—He visto las que aparecen en los nishiki-e[5]. Y a todas les arrastra el kimono.
—Esas son princesas de otras épocas. Yo serví en la mansión del señor Inaba y a nadie le arrastraba el kimono.
—No quiero que me arregles el cinturón. Si fueras una sirvienta, o mi esposa, no me importaría, pero la esposa de otro hombre no debe mostrarse tan sumisa. No quiero que Ohama se críe así.
Sannosuke tenía una expresión altanera que no encajaba con su rostro infantil; parecía un muñeco con la tripa llena de engranajes.
Onami lo miró con seriedad.
—Presumes de ser muy valiente, pero creo que en realidad no tienes agallas. ¿Es que ya no recuerdas lo que pasó en mayo?
—¿En mayo? —repitió Sannosuke, poniendo los ojos en blanco.
—Creo que fue en esa época. Genji, Senta y el viejo Riemon dejaron de llamarte Pequeño Cuervo y empezaron a decirte Sannosuke el Llorica, el Llorón, el Quejica. Te dijeron que iban a cambiarte el nombre porque te asustas con facilidad y siempre estás llorando —le dijo con tono burlón. El muchacho hizo una mueca mientras jugueteaba con su cinturón y bajó la mirada—. ¿Ves? Eres un llorón.
—Es que… Es que… Eso no es verdad —dijo Sannosuke, con rabia reflejada en el rostro—. No hay nadie de mi edad que pueda manejar un atunero, ¿sabes? Los mocosos de esta zona se pasan el día jugando en la playa. Solo saben pescar medakas en las presas o atrapar las carpas que chapotean en las zonas poco profundas del río Furukawa. En cuanto te adentras en el mar, el oleaje es fuerte. Las olas se alzan hasta el cielo, altas como una montaña. Y eso cuando el día es bueno. Si encuentras tormenta, todo se oscurece por completo y no puedes distinguir las olas de las cascadas. El agua dulce se mezcla con la salada.
Y a través de las redes llenas de sal se escucha un cantar, como si alguien llorara en la costa.
Le temblaron los hombros y agitó con fuerza los brazos.
—Entonces, ¿por qué? ¿Por qué te llaman Sannosuke el Llorón?
El muchacho hizo una mueca y siguió toqueteando el cinturón.
—Es que… ¡Tengo que irme!
V
Onami intentó detenerlo.
—Oye, espera. Tengo algo que pedirte.
El niño ya había emprendido la huida, pero se detuvo.
—Es que tengo prisa.
—Oye, escúchame. ¡Espera un momento, caray!
Se puso de pie para perseguirlo, pero el niño, después de cinco pasos, dio media vuelta de un salto y se detuvo ante Onami.
—¿Qué quieres? —le preguntó, levantando la barbilla.
La mujer retrocedió, sobresaltada.
—Caramba, has vuelto a asustarme.
—Siempre igual. Qué cobarde eres.
—Ah, claro, como si usted fuera muy valiente, don Sannosuke. Cuéntame por qué te pusiste a llorar.
—Si no es posible ser valiente y llorar, entonces será cierto que soy un cobarde —dijo el muchacho, parpadeando varias veces—. ¿Hay alguien en este mundo que sea fuerte y llorón a la vez?
—No lo creo.
—Tú también habrías llorado. Lo que pasó fue que unas luces fantasmagóricas, unos fuegos espectrales, rodearon el barco durante toda la noche. El viejo Riemon es un desgraciado. Dijo que yo había llorado, pero no contó que él se había pasado toda la noche rezando —le dijo, con los ojos bien abiertos.
La mujer no sabía si era verdad, pero escondió su ansiedad y cambió el tono de sus palabras.
—¿Dices que unos fuegos fantasmagóricos rodearon el barco?
—Oh, no… —Sannosuke intentó taparse la boca—. Mejor me callo.
Apartó la mirada con una leve sonrisa, pero parecía asustado.
La mujer fingió desinterés, pero en realidad quería saber más.
—Está bien, no somos familia y no tienes obligación de contarme nada. Pero, dado que eres una persona ajena a esta casa, ya no serás el prometido de Ohama.
Juntó las mangas para retirarse y le dio la espalda.
El niño se golpeó la cabeza con las manos, como si se castigara.
—¡He metido la pata! Onami, no quería esconderte nada. Tanto Matsugorō como el viejo Riemon me dijeron que mantuviera el secreto y no te lo contara. Me advirtieron que, si lo hacía, te asustarías.
—Nadie me ha dicho nada. Me habría gustado que, al menos tú, me lo contaras.
—De acuerdo, te lo contaré. Pero no digas a nadie que he sido yo quien ha abierto la boca.
—¿Cómo voy a decirlo?
—Ohama tampoco debe saberlo, ¿de acuerdo?
Sigilosamente, miró desde la veranda el mosquitero que cubría la cama del bebé.
—¿Qué va a saber la niña?
—Bueno, no me gustaría que tuviera pesadillas.
—Oye, ¿tan terrorífico es lo que os pasó? —le preguntó Onami, agarrándose a una de las columnas del porche.
—Sí, tanto que yo lloré y Riemon rezó. En mayo embarcamos tres días para pescar bonito, así que pasamos dos noches en el mar. Esto sucedió a medianoche, después de cenar. Había tanta niebla que no sabíamos dónde estaba la costa, ni tampoco las montañas. Llevaba lloviznando desde el mediodía y Senta manejaba el timón mientras el resto nos resguardábamos. De pronto nos dijo: «Tengo mucho frío y hace mucho viento, que alguien me releve», y abandonó su puesto. El barco se tambaleó, pero de pronto se detuvo el oleaje y comenzamos a avanzar sin saber a dónde nos dirigíamos.
La mujer encorvó la espalda y se agarró el pecho.
VI
—«La verdura de la cena estaba demasiado salada y quiero refrescarme la garganta. No me importa que sea con agua de lluvia», dijo el viejo Riemon, y relevó a Senta. Un poco más tarde, el viejo le dijo: «Oye, eres un zorro astuto. Te has ido porque has visto algo, ¿verdad?». El otro le contestó: «No digas tonterías. En serio, solo tenía frío». En ese momento, desde las olas, alguien comenzó a llamarnos: «Joi, ajoi». No sabíamos de dónde venía ese sonido. Parecía estar cerca, pero también se escuchaba lejos. Media hora después oímos al viejo gritar. «¡Venid! Maldita sea, ¡qué noche tan horrible! Creo que me ha dado un cólico. ¡Que venga alguien, que no me puedo mover!». «Ve y agarra el remo, que me duele la cabeza», se excusaba uno. «Ve tú, maldita sea, que yo tengo beriberi», contestaba otro. Nadie quería salir. Matsugorō se dirigió a mí con la brújula en la mano: «Que se ocupe el niño». Nos dimos cuenta de que, dadas las circunstancias, yo era el único preparado para hacerlo. Así que grité: «¡Dejadlo en mis manos!».
Después de decir esas palabras, el muchacho se apretó con fuerza el cinturón.
—Cuando salí, las olas golpeaban el barco y la lluvia lo había dejado todo resbaladizo. Me armé de valor, tomé el enorme remo de zekolva y remé con todas mis fuerzas. La lluvia me calaba la ropa y no sabía dónde empezaba el cielo ni dónde terminaba el mar. Era como si flotara sobre las montañas que se ven a lo lejos a mediodía. Noté un gran estruendo debajo del barco. «Ajoi, joi, ajoi». Una extraña voz vibraba en todos los rincones de aquel mar n***o. «Si buscas el oeste, ve hacia poniente; si prefieres el sur, ve hacia ese lado», escuché decir. Las olas bramaban y aquella voz flotaba y se sumergía; un momento parecía lejana, al siguiente la sentía al lado. Al cabo de un rato aparecieron los fuegos. Entre el barco y la costa, a unos dos kilómetros en medio del mar n***o, se alzaban en fila unas llamas grandes y brillantes. En ese momento me asusté y no lo pude evitar: lloré.
—Oh —exclamó Onami.
—«Guarda silencio, no se lo cuentes a nadie», me ordenó el viejo Riemon desde abajo. «Esas son las almas de las personas de tierra firme. Dicen que, si a los quince años no las has visto, jamás las verás. Eres afortunado; tú solo tienes trece años», me explicó Senta. Al escucharlo sentí frío en las muñecas y agarré el remo con fuerza.
—Es normal que lloraras por eso. Tuviste miedo.
La brisa agitó el cabello de Onami y ella también sintió miedo. El sol del atardecer brillaba sobre la cara del muchacho, las libélulas rojas y el mijo.
—Soy el prometido de Ohama, no lloraría solo por eso. Aquellas extrañas llamas se acercaban a nosotros. Remé cuanto pude. En ese momento cambiaron de apariencia; formaron una gran ola, se alzaron sobre nuestras cabezas y a continuación se hundieron bajo el barco como un acantilado. Entonces asumieron la forma de una especie de serpiente marina. Y, mientras tanto, seguían escuchándose las voces: «Ajoi, joi, ajoi». Flotaban, se hundían, emergían, se alejaban, subían, bajaban…