El demonio de cabello blanco (2)

2827 Words
Le dimos a Isako sus regalos y se puso muy contenta. El aya también. Para Isako, la felicidad era doble porque eran presentes de Yamagishi. Yo estaba muy deprimido, así que me despedí y me fui a mi cuarto. En la casa de las Horikawa había cinco habitaciones en el primer piso y dos en la planta baja. Yamagishi vivía abajo, en un cuarto de seis tatamis. Yo me alojaba en la primera planta, en un dormitorio de cuatro tatamis y medio orientado al norte en el que nunca daba el sol. Hacía mucho frío y cuando había mucho viento, como aquella noche, uno se congelaba con solo oír el crujir de las ventanas. Como no me apetecía ponerme a estudiar, me metí en la cama, pero no logré dormirme. No podía conciliar el sueño, aunque no había esperado otra cosa. No dejaba de pensar en la conversación de aquella noche. ¿Quién era la mujer del pelo blanco? Yamagishi creía que era un fantasma, pero yo no podía creer que un espectro apareciera de día y con tanta gente presente. No parecía posible. Además, su padre había actuado de un modo extraño al enterarse, lo que indicaba que había algo más. ¡El padre de Yamagishi sabía algo más! Iba a dejar la abogacía y había aconsejado a su hijo que no hiciera el examen. Debía haber alguna relación. Suponía que estaría relacionado con la profesión del padre, con algún secreto de su trabajo, pero Yamagishi no me había revelado más detalles. Puede que su padre le hubiera desvelado el secreto en aquella última carta. Era plausible que aquella fuera la razón por la que se había rendido y decidido abandonar la ciudad. Mi mente comenzó a imaginar. Ya que el padre de Yamagishi era abogado, aquello tendría que estar relacionado con algún litigio. No debió ser un juicio penal, probablemente fuera civil. Fuera la demandante o la demandada, el resultado había sido perjudicial para una mujer, una de cabello blanco. O bien se había suicidado o había muerto en gran agonía; eso era lo de menos. Lo importante era que antes de morir maldijo al padre de Yamagishi, y el producto de esa animadversión estaba haciendo sufrir a su hijo. Así planteada, la historia cumplía con todos los requisitos del típico cuento de fantasmas. Pero ¿sería posible que algo tan asombroso ocurriera en la vida real? Tenía que admitirlo, era imposible. Había olvidado un detalle: tenía que averiguar si la mujer del cabello blanco aparecía solo durante el examen o si lo hacía en cualquier otro lugar. Por lo que me había contado no era así, pero tenía que asegurarme bien. Mientras pensaba todo eso oí el canto de un gallo, el de la tienda de arroz del vecindario. A la mañana siguiente, el viento era tan frío que parecía que ya estábamos en invierno. Yo no había conseguido conciliar el sueño, pero a pesar de ello desayuné apresuradamente y me fui a clase. Para entonces el viento había cesado, el cielo estaba azul y despejado. Temía que algo ocurriera en mi ausencia; era una corazonada. Cuando regresé aquella tarde no noté ningún cambio: Isako estaba atareada y Yamagishi leía en su cuarto. Gran parte de mi angustia desapareció. A las seis, cuando Isako me trajo la cena a la habitación, era casi de noche; ya se sabe que en noviembre es casi de noche a esa hora. Solo iluminaba mi cuarto la farola del exterior. —Hoy hace mucho frío, ¿no te parece? —me dijo Isako. Estaba tan pálida como siempre. Su piel era casi transparente. —Sí. ¡Menudo invierno nos espera! Isako siempre dejaba la bandeja y se iba, pero aquella noche se sentó junto a la puerta. —Suda, ayer saliste con Yamagishi, ¿verdad? —Sí… Claro —contesté sin dar detalles. Me resultaba un poco incómodo que me preguntara sobre Yamagishi. —¿Te contó algo? —me preguntó, como si supiera la verdad. —¿Algo? ¿A qué te refieres? —Últimamente recibe muchas noticias de su familia. Este mes han llegado tres telegramas y varias cartas. —¿En serio? —dije como si no lo supiera. —Creo que pasa algo importante. ¿Tú no sabes nada? —Ni idea. —¿Él no te contó nada ayer? Tengo la corazonada de que se marchará pronto. No hablasteis de eso, ¿verdad? Estaba sorprendido, pero había prometido guardar el secreto y no podía contar nada. Como si me leyera la mente, Isako insistió. —Tú siempre estás con él. Sois muy amigos. Sabes algo, ¿verdad? No me mientas. ¡Dímelo, por favor! En otras circunstancias se lo hubiera contado, pero sabía que eso solo traería más problemas. Además, no sabía hasta qué punto había avanzado la relación entre Isako y Yamagishi y no quería meter la pata. Tenía que cumplir mi palabra. Resistí el interrogatorio y me hice el tonto. Pero Isako palideció, hizo una mueca y dijo algo inverosímil: —¡Yamagishi es un hombre horrible! ¡Me da miedo! —¿Por qué? —¿Recuerdas la anguila que me trajo anoche? Entonces Isako me contó lo siguiente: como era muy tarde había dejado la anguila en una de las alacenas de la cocina para comérsela hoy. En el vecindario había un gato n***o callejero que por la mañana aprovechó un descuido de la sirvienta para comerse una de las brochetas de anguila. Pensaron que se la habría llevado al patio trasero para comérsela pero, cuando fueron a buscarlo, lo encontraron vomitando. El gato estaba envenenado. Y había muerto. Al escuchar su relato, sentí que no podía seguir eludiendo aquella conversación. —¿Estás segura de que el gato se envenenó con la anguila? —le pregunté, negando con la cabeza—. ¿Y el resto de brochetas? —Estaba asustada, así que se lo conté a mi madre y decidimos tirarlas. Además, rompimos el rastrillo y tiramos el amuleto. —Pero nosotros comimos anguila y míranos, estamos bien… —¡Por eso digo que es un hombre horrible! —exclamó con la mirada brillante—. Me dijo que era un regalo, pero su intención era envenenarme. Si no fue así, ¿cómo es posible que vuestras anguilas no tuvieran nada y las nuestras estuviesen envenenadas? ¿No te parece raro? —Estoy de acuerdo, es muy raro, pero… Eso no es totalmente correcto. Las anguilas no las compramos para regalártelas sino para comerlas; como sobraron, las pedimos para llevar. Yo estuve todo el tiempo con Yamagishi y no vi que les pusiera nada. Te doy mi palabra. O la anguila se pudrió por la noche, o el gato se envenenó con otra cosa. Esta es la explicación más convincente. Ni Yamagishi ni yo tenemos nada que ver en esto. A pesar de mi acalorada defensa, no conseguí convencer a Isako. Además, había empezado a mirarme mal y eso me hizo enfadar. —¿A qué vienen todas estas sospechas? ¡Solo ha muerto un gato! ¿Hay alguna otra razón? —le pregunté. —Hay otras razones, sin duda. —¿Cuáles? —¡No te las voy a decir! —me contestó Isako. Era evidente que no pensaba responder ninguna pregunta. Estaba enfadado, pero no era prudente discutir con Isako en aquel estado de histeria. Habría sido una pérdida de tiempo, así que decidí callarme. En ese momento escuchamos la voz de su madre e Isako se retiró en silencio. Mientras comía no dejé de dar vueltas a lo ocurrido. A diferencia del asunto del fantasma, lo del veneno parecía ser cierto. Tanto Isako como el aya creían que Yamagishi había intentado envenenarlas así que, por su bien, era mi deber resolver aquel embrollo. Mi duda era: ¿sabrá él todo el alboroto que se ha armado? Tenía que enterarme de eso primero, así que cené y bajé de inmediato. Me dirigí al cuarto de Yamagishi para preguntarle, pero no lo encontré. Después de cenar había salido a pasear. Mi cabeza era un caos. No tenía ganas de subir a mi habitación, así que me marché de casa. Al salir, el aya me vio y me llamó. —¡Suda! ¡Suda! Me detuve junto al buzón al escuchar mi nombre. El aya se acercó corriendo. Tras asegurarse de que nadie nos oía, me preguntó en voz baja: —¿Isako te ha dicho algo? No sabía qué responder, así que no dije nada. —¿No te ha contado nada sobre la anguila de anoche? —Sí, lo ha hecho —contesté con decisión—. Algo de un gato n***o que murió tras comerse la anguila. —El gato se ha muerto, eso es verdad, pero… Estoy muy preocupada por Isako. —¡Sus sospechas no tienen fundamento! ¡Yamagishi jamás haría nada que la dañara! Estaba tan alterado que el aya se quedó anonadada, pero volvió a mirar sobre su hombro y susurró: —No sé si lo sabes, pero últimamente no dejamos de recibir telegramas y cartas para Yamagishi. Eso está afectando mucho a mi hija. Teme que vaya a regresar a su pueblo… —Aunque eso fuera cierto, ¿qué le importa a ella? ¿Es que Yamagishi tiene algún compromiso con Isako? —le pregunté, ya sin ningún respeto. El aya parecía molesta. No respondió y se quedó un momento callada. Eso me confirmó que las sospechas del resto de huéspedes eran ciertas: había algo entre Yamagishi e Isako. Además, era obvio que el aya había dado su consentimiento. —Ya sabes cómo es Yamagishi; aunque regrese a su casa, no creo que lo haga sin avisar. Todo esto tiene fácil arreglo, no es necesario preocuparse tanto. Y, diga lo que diga Isako, esto no tiene nada que ver con el asunto de la anguila. A continuación le expliqué al aya lo ocurrido, como había hecho con Isako. La mujer lo entendió y asintió. —Tienes razón, Yamagishi no pudo hacer algo así. Isako es muy tranquila normalmente, pero últimamente está bajo mucha presión. —¿No estará sufriendo un ataque de histeria? —Es posible —dijo la dueña con tristeza. Aunque seguía un poco enfadado, al ver la expresión preocupada del aya, que siempre había sido tan buena conmigo, me apené mucho. Quería consolarla. En ese momento vino el cartero a recoger la correspondencia y tuvimos que alejamos de allí. Cuando nos giramos, vi que Isako estaba en la puerta. Nos estaba mirando. Apenas podía distinguirla, pues la luz de la farola era muy tenue. La joven se dio cuenta de que la habíamos visto y entró en la casa de inmediato. V Me despedí del aya y caminé en dirección a Kojimachi. En ese momento, un coche pasó de largo. Estaba oscuro, pero tenía encendidos los faros delanteros. Me pareció raro. En el interior iba una señora que parecía tener el pelo blanco. Me recorrió un escalofrío y me detuve. El coche pasó como el viento. No sé a dónde se dirigía, simplemente desapareció. Es posible que fuera una alucinación. Tenía que serlo. Yamagishi me había hablado mucho sobre el fantasma, sobre aquella mujer de cabello blanco, y por eso había creído que la ocupante del coche era ella. Aunque hubiera tenido el pelo blanco, son muchas las ancianas que tienen canas. Era solo una mujer de cabello blanco, no la que estaba atormentando a Yamagishi. Era absurdo, ¿por qué iba a ser la misma persona? De todos modos, aquella tétrica visión me había asustado un poco. —Madre mía, qué miedoso. Soy un auténtico cobarde —me dije, socarronamente. Seguí caminando por la calle iluminada, junto a las vías del tren. No soplaba el viento, pero hacía mucho frío. Cuando llegué a Yotsuya Mitsuke comencé a andar cada vez más deprisa. No llevaba sombrero ni abrigo y el frío me atravesaba los huesos, pero tenía la sensación de que había pasado algo siniestro en mi ausencia. Mis pasos se hicieron más rápidos al acercarme a la casa. Crucé la calle. La luz de la luna alumbraba el asfalto cubierto de escarcha. En algún lugar de la ciudad ladraba un perro. Atravesé la puerta de la casa de las Horikawa y me quedé paralizado. Mientras yo daba la vuelta a Yotsuya Mitsuke, Isako había ingerido un veneno o un medicamento fuerte y estaba muerta. Yamagishi no había regresado todavía. La joven se había quitado la vida en su cuarto y había dejado una nota en el cinturón de su kimono. Estaba dirigida a su madre: «Yamagishi me ha asesinado». Solo ponía eso. El aya estaba desconsolada. La policía y los peritos estaban ya allí, investigando el lugar donde había ocurrido. La sirvienta les contó lo del gato muerto y me interrogaron. Cuando Yamagishi regresó, lo arrestaron. Isako se había suicidado, pero aún no se había aclarado el asunto del gato. Además, la nota culpaba directamente a Yamagishi. Era comprensible que lo hicieran. En el interrogatorio, Yamagishi negó su relación con Isako. —Solo nos vimos una vez, a principios de verano. Yo estaba dando un paseo bajo los cerezos de la embajada inglesa. Isako me estaba siguiendo, y cuando me di cuenta la invité a acompañarme. Hablamos durante una hora, pero eso fue lo único que hicimos. En cierto momento me preguntó: «¿Por qué no te has casado?». Yo le contesté con una sonrisa: «Nadie se casaría con un hombre que no es capaz de aprobar el examen de abogacía». Ella insistió: «Pero supón que alguien quisiera. ¿Te casarías?». Yo contesté: «Si hubiese una persona tan amable, lo haría con mucho gusto». Eso es todo lo que recuerdo. Solo eso. Isako no volvió a decirme nada más. Yo tampoco lo hice. El aya lo constató: —Yo sabía más o menos que mi hija estaba enamorada de Yamagishi. De ser posible habría querido cumplir ese deseo, pero no creo que haya habido una relación amorosa entre ellos dos. Tras analizar sus declaraciones, la policía llegó a una conclusión: Isako se había deprimido al descubrir que Yamagishi iba a marcharse y fue el desamor lo que la llevó a suicidarse. No había otra explicación. Ella misma mató al gato; quería probar el efecto del veneno y lo puso adrede en la anguila. Le hicieron una autopsia al gato y descubrieron que se trataba del mismo veneno que había usado para suicidarse. Lo que no quedó claro fue por qué dejó el gato muerto como prueba, y por qué acusó a Yamagishi de querer envenenarla. Puede que fuera una reacción de su ataque de histeria, producto del desamor. No había que tenerlo en consideración. Así, Yamagishi fue puesto en libertad. No hubo más escándalo y todo se solucionó de manera normal. Pero había un detalle que seguía siendo un misterio: el cabello del c*****r de Isako se había vuelto blanco de manera natural. Cuando la metieron en el féretro, tenía el cabello cano como el de una anciana. Dicen que fue debido al veneno que ingirió pero, en el velatorio, su madre contó lo siguiente: —Esa noche, cuando me despedí de Suda y regresé a casa, no encontré a Isako. No sabía dónde se había metido. Me senté junto a la estufa y escuché que un coche se detenía ante la casa. Pensé que alguien había venido. Salí a ver quién era pero no había ni rastro de ningún coche. Me pareció raro, así que eché un vistazo en los alrededores y fue entonces cuando la sirvienta empezó a gritar: «¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia!». Regresé a casa, asustada. Isako estaba muerta en la habitación de Yamagishi. Todos estábamos escuchando en silencio, Yamagishi incluido. Yo era el único que no podía callarme, o eso creía. Estuve a punto de decir: «Ese coche…», pero me contuve. No me pareció buena idea decirlo delante del aya, que no sabía nada. Al día siguiente, cuando terminó el funeral, Yamagishi tomó el tren nocturno. Regresaba a su tierra. Yo lo acompañé hasta la estación de Tokio. Era una noche sin estrellas, oscura y fría. Mientras aguardábamos en la sala de espera, le conté rápidamente el incidente del coche. Yamagishi asintió y le pregunté: —¿Solo veías a la mujer del pelo blanco durante el examen? Dime, ¿no la veías en ningún otro sitio? —Desde que comencé a vivir en la casa de las Horikawa la veía a menudo —me contestó sin titubear—. Ahora te lo puedo contar: la cara de ese fantasma, de ese demonio de cabello blanco, era muy parecida a la de Isako. Me contaron que después de su muerte su cabello se volvió blanco, pero voy a decirte una cosa que no contaré a nadie más: para mí siempre fue de ese color. Blanco. Me quedé paralizado y un escalofrío atravesó mi espalda. Justo en ese momento sonó la campana que anunciaba la salida del tren.
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