Soy una persona a la que no interesan los cuentos de fantasmas. No busco que me los cuenten y tampoco me gusta narrarlos, pero en mi juventud me topé con un extraño acontecimiento. Han pasado los años, pero todavía no he conseguido entenderlo. Hace quince años viví en una casa de huéspedes en K ō jimachi, cerca de la puerta Hanz ō , pues asistía a la facultad de Derecho que se encontraba en el noroeste, en Kanda, al otro lado del Palacio Imperial. Era una casa de huéspedes ordinaria, una vivienda normal. Habían hecho algunas reformas en el edificio, que tenía siete habitaciones. Era, como quien dice, una casa común y corriente. La dueña era una mujer agradable de unos cincuenta años, quizá un poco mayor. Vivían con ella su hija, de veintiocho o veintinueve años, y una sirvienta. Las tres se ocupaban de atender a los huéspedes. Un tiempo después nos enteramos de que tenía mucho dinero; como su hijo estudiaba en Kioto y sin él se aburría y se sentía sola, había decidido alquilar las habitaciones hasta su graduación. Era un pasatiempo para ella. Por lo tanto, a diferencia de otras arrendatarias, la nuestra era muy amable con nosotros. Nos trataba como si fuéramos de la familia y todos los huéspedes estábamos muy satisfechos. Por esa razón la llamábamos «aya» en lugar de «casera». Sé que es un poco raro que la llamáramos así, pero como he dicho se trataba de una mujer cariñosa y amable, y «casera» nos parecía un poco frío. Su hija se llamaba Isako. Su apellido… No puedo revelarlo. Lo dejaremos en Horikawa, un apellido ficticio. Todo comenzó una noche despejada a principios de noviembre. Acudí al templo de Ō torisan que estaba en Yotsuya Sugacho, al oeste de mi casa. Era la festividad de Tori no Machi y también la primera vez que la pasaba en Tokio. Como no tenía ganas de ir a Asakusa, pensé en acercarme a Yotsuya, que estaba más cerca. Después de cenar, me dirigí allí dando un paseo. No tenía mucha fe, debo admitirlo. Como acababa de comenzar noviembre, hacía buen tiempo y había mucha gente de compras. Dejé atrás la muchedumbre y entré en el templo a rezar. Cuando volví a salir, seguía habiendo mucha gente. Una voz se dirigió a mí entre el gentío: —Buenas noches, Suda. ¿Tú también estás aquí? —¿Has venido a rezar al templo? —Bueno, algo así. Riéndose, el joven me enseñó un pequeño rastrillo para la arena y una piedra envuelta en una hoja de bambú: amuletos que venden durante el Tori no Ichi . Se llamaba Takeo Yamagishi, aunque este también es un nombre ficticio. Vivía en la misma casa de huéspedes que yo. Como nos dirigíamos al mismo lugar, comenzamos a caminar juntos. —Cuánta gente, ¿no te parece? —le dije—. ¿Qué vas a hacer con lo que has comprado? —Es un regalo para Isako —me contó Yamagishi—. El año pasado también se los compré, así que este año he decidido seguir con la costumbre. —¿No son caros? —le pregunté, pues no conocía el valor de esas cosas. —Bueno, he intentado regatear, pero como estamos a principios de noviembre los vendedores no dan su brazo a torcer. Nos dirigíamos a Yotsuya Mitsuke cuando Yamagishi se detuvo frente a una cafetería. —¿Te apetece un té? Entró sin esperar respuesta, así que tuve que seguirlo. Nos sentamos en una mesa vacía que hacía esquina. Pedimos un té inglés y unos pastelillos. —Suda, tú no tomas alcohol, ¿verdad? —No, no bebo. —¿Nada de nada? —Absolutamente nada. —Yo tampoco. Y mira que lo he intentado, ¿eh? —me dijo con aire pensativo—. Pero me ha sido imposible. ¿Por qué quería beber si no le sentaba bien? Me parecía curioso. Al verme sonreír, Yamagishi suspiró: —Bueno, en tu caso quizá es mejor que no bebas, pero a mí me vendría bien poder beber un poco… —repitió antes de añadir, con una sonrisa—: Te estarás preguntando por qué. La razón es que, si no bebo, Isako me rechazará. No sé por qué creía eso Yamagishi, ya que Isako parecía mirarlo con buenos ojos. Todos los huéspedes pensábamos que la muchacha intentaba conquistarlo. Isako era la hija mayor; su hermano, el que estaba en Kioto, era menor que ella. La joven se había casado a los veintiún años, pero su marido enfermó y murió poco después de la boda. Tras quedarse viuda regresó a la casa familiar, donde llevaba siete u ocho años viviendo en soledad. Era una pena. Nosotros conocíamos la historia, aunque solo de forma superficial. Debo decir que la muchacha no era fea, todo lo contrario. Como su madre, era una mujer amable y refinada. Puede que fuera cosa mía, pero tras su apariencia delicada y elegante se escondía una gran soledad. Yamagishi rondaba los treinta años. Era fornido y gozaba de buena salud. Tenía una presencia muy masculina y vestía muy bien, ya que provenía de una familia adinerada. Cada mes recibía dinero extra, aunque fuese poco, y lo ahorraba. Desde cualquier punto de vista, de los siete huéspedes él era el mejor partido, así que nos parecía lógico que Isako se interesara por él. La madre también sabía que su hija estaba enamorada de Yamagishi, e incluso se rumoreaba que había dado su visto bueno a la relación. Así que cuando mencionó a Isako no me sorprendió, y por supuesto tampoco sentí celos. —¿Isako bebe? —le pregunté con una sonrisa. —¿Quién sabe? —me contestó él, negando con la cabeza—. No estoy seguro, pero probablemente no. Es más, ella me ha advertido que no lo haga… —Pero ¿no acabas de decirme que si no bebes te va a rechazar? Empezó a reír a carcajadas, tan fuerte que el resto de clientes de la cafetería se asustó y se giró para miramos. Me sentí un poco avergonzado, así que bebimos y comimos rápido; Yamagishi pagó la cuenta y salimos a la calle de nuevo. Una gran luna de invierno había aparecido sobre los pinos del embarcadero. Aunque hacía buena noche, el viento soplaba desde el noroeste como si nos acompañara. Dejamos atrás Yotsuya Mitsuke y seguimos hacia el este en dirección a la avenida que llevaba a Kojimachi. Después de atravesar el puente, el silencio se hizo entre nosotros. Mientras miraba la luz de la estación de bomberos, Yamagishi me preguntó de pronto: —¿Tú crees en los fantasmas? No esperaba ese tipo de pregunta. Titubeé un poco, pero contesté con sinceridad. —No. La ciencia no ha conseguido probar su existencia, así que no creo en ellos. —Haces bien —asintió Yamagishi—. A mí me gustaría no creer, pues tu postura es la más razonable. Dicho esto, se calló de nuevo. Aunque mi trabajo actual me exige hablar mucho, en la universidad era muy reservado. Si mi interlocutor no decía nada, yo tampoco abría la boca. De modo que seguimos caminando en silencio, pisando las hojas caídas. —Suda, ¿te apetece comer anguila? —me preguntó Yamagishi un rato después. —¿Qué? Miré a Yamagishi. Acabábamos de tomar té en Yotsuya; era extraño que se le antojara cenar anguila. —Has cenado antes de marcharte de casa, ¿verdad? —me dijo, como si leyera mis pensamientos—. Yo salí temprano y no he comido nada. Pensaba picar algo en la cafetería, pero no tenían nada salado. Al parecer había estado fuera desde aquella tarde y los dos pastelillos que se había comido en Yotsuya no fueron suficientes para quitarle el hambre. Sin embargo, comer anguila era un lujo. Bueno, no para alguien con tanto dinero como él, pero para un estudiante como yo era un antojo demasiado caro. Actualmente se encuentra en la carta de cualquier restaurante o fonda, pero en aquella época era un manjar escaso. Además, el restaurante donde él quería entrar era muy lujoso; yo no podía acompañarlo. —Entonces me despido aquí. Tendrás que cenar tú solo, si no te importa. Ya nos veremos. Yamagishi no dejó que me fuera. —No me parece bien. Anda, acompáñame. Me apetece comer anguila, pero también quiero contarte una cosa. Hablo en serio, hay algo de lo que quiero hablar contigo. No pude negarme y, cuando quise darme cuenta, estaba en la segunda planta del restaurante. II Antes de seguir con mi relato es necesario que explique cómo era mi relación con Yamagishi. Vivíamos en la misma casa de huéspedes, pero aparte de eso teníamos una conexión especial: los dos queríamos ser abogados. Era como mi hermano mayor, mi senpai [1] , y yo lo respetaba. Existía una gran diferencia entre su capacidad intelectual y la mía, lo cual fortalecía mi sensación de inferioridad; Yamagishi dominaba todos los tecnicismos legales y, además de inglés, hablaba alemán y francés. Yo me alegraba mucho de conocer a alguien con tanto talento. Acudí a su habitación multitud de veces para preguntarle mis dudas, y él siempre se mostró amable conmigo. Para mí, Yamagishi era casi un maestro. Lo respetaba y admiraba, y él me tenía cariño. Sin embargo, había un detalle que siempre me había parecido extraño: Yamagishi había suspendido cuatro veces el examen de abogacía. ¿Por qué no lo había logrado, habida cuenta de sus cualidades intelectuales? Hasta donde yo sabía, otros menos brillantes lo habían pasado sin ningún problema. Los exámenes eran una especie de ruleta, no siempre los superaban los más capaces, pero suspender no una ni dos, sino cuatro veces, no tenía explicación. —Mi problema es que soy nervioso y cobarde —se excusaba siempre Yamagishi. Pero, desde mi punto de vista, no era en ningún sentido un hombre cobarde. No parecía creíble que le pudiera el miedo o la presión de un examen. Era un misterio. No había otra palabra para definirlo. A pesar de eso, recibía una jugosa paga de sus padres y no parecía deprimido por sus múltiples fracasos. Estaba tranquilo y seguía viviendo en la casa de huéspedes. De hecho, hasta ese momento me había invitado dos o tres veces a comer anguila. —Eres joven, seguro que ya tienes el estómago vacío. No te preocupes por mí, come. No te cortes, por favor. Decidí tomarle la palabra y comencé a comer. Nos trajeron sake pero, como ninguno de los dos bebía, nos dedicamos solamente a comer. Mientras esperábamos nuestra segunda porción de anguila asada con salsa de soja me dijo en voz baja: —Mira, he decidido que este será mi último año aquí. Estoy pensando regresar a mi tierra. Me quedé anonadado, tanto que no pude contestarle de inmediato. —Ya sé que es repentino. Entiendo que te sorprenda, pero creo que ha llegado el momento de desistir y volver a casa. No tengo suerte, estoy gafado. Parece que la abogacía no es lo mío. —Eso no es cierto. —Yo antes pensaba lo mismo. Me decía: «¡No puede ser! ¡Si los fantasmas no existen…!». ¿Había escuchado bien? ¿Fantasmas? Un poco antes había dicho lo mismo, pero fingí que no lo había escuchado. —Me has dicho que no crees en los fantasmas, ¿verdad? —me preguntó—. Yo tampoco creía en ellos. De hecho, me reía cada vez que alguien me contaba una de esas historias. Pero precisamente yo, que no creía en ellos, estoy siendo ahora mismo acosado por uno. Y aquí estoy, a punto de renunciar al que siempre ha sido mi sueño. Tú, que eres escéptico, creerás que estoy diciendo una estupidez. ¡Ríete si quieres! No podía reírme. Si Yamagishi decía tal cosa era porque existía una evidencia clara que lo demostraba. ¡Pero era imposible! Los fantasmas no existían. Me quedé callado, dudando de lo que había oído mientras Yamagishi miraba uno de los focos del techo. Estábamos sentados en un reservado amplio del segundo piso, solos. Nuestra única compañía era el frío de la noche. Debían ser las nueve de la noche. Oímos el sonido del tren que pasaba frente al mesón y el agitar de los abanicos que estaban usando abajo para airear las anguilas. ¿Era mi imaginación, o parecía que el foco sobre mi cabeza se había oscurecido? La sombra blanca de la flor de té, colocada en el tokonoma [2] , parecía triste y pálida, pero no lo suficiente para recrear el ambiente de los relatos de fantasmas. Un poco después, Yamagishi reanudó su explicación. —No me enorgullece, pero he estudiado mucho. Tenía la certeza de que pasaría el examen de abogacía sin ningún problema. Puede que sea vanidoso, pero creía que podía. —Claro, yo tampoco lo dudo —contesté rápidamente—. No hay razón para que alguien como tú no pase ese examen. —Sin embargo, no lo paso —dijo, sonriendo con tristeza—. Tú lo sabes mejor que nadie. Esta es la cuarta vez que suspendo. —Lo sé, y es muy extraño. ¿Por qué será? —Ya te he dicho por qué: me acosa un fantasma. ¡Es una estupidez, lo sé! Sé que no tiene sentido, pero esa es la verdad. No puedo hacer nada al respecto. Nunca se lo he contado a nadie, pero recuerdo la primera vez que hice el examen, ese maldito examen. Mientras lo realizaba apareció ante mis ojos la imagen borrosa de una mujer. Era imposible que estuviera allí, no podía ser cierto. Estaba esquelética y era muy alta, tenía el cabello blanco. No sé si llevaba kimono, pero veía su rostro con claridad. Habrás creído que era una anciana porque te he dicho que tenía el pelo blanco, pero no debía tener más de treinta años. La mujer estaba ante mi pupitre, mirando fijamente mi examen. Y no pude escribir nada. Tenía la mente tan nublada que prácticamente no sabía dónde estaba. ¿Quién sería esa mujer? ¿Tú qué crees? —Pero… —dije, confuso—. No estabas solo, ¿verdad? Había otros muchos aspirantes, cada uno en su pupitre, y además el examen tuvo lugar durante el día, ¿no? —Sí, en efecto. Así fue —asintió Yamagishi—. Era mediodía y el sol entraba por las ventanas. En la sala había muchos otros examinándose. Y, sin embargo, nadie más vio a aquella mujer de cabello albino. Estaba ante mí, pero los demás escribían sin inmutarse a mi lado; solo me acosaba a mí. Al final entregué un examen lleno de respuestas sin sentido. Fue un desastre. Los examinadores habrían tenido que estar ciegos para aprobarme. Así fue como suspendí la primera vez, pero no me desanimé, ya que soy optimista por naturaleza. Además, mi familia podía permitirse pagar mis gastos un año más.
—¿Quién crees que era esa mujer? ¿Tienes alguna teoría?
—Pensé que había sufrido una crisis nerviosa —me contestó Yamagishi—. Había estudiado mucho para aquel examen, me acostaba cada noche a las dos o las tres de la madrugada, repasando, y la tensión debió pasarme factura. Me autodiagnostiqué neurastenia. Por tanto, no consideré que fuese nada raro.
—¿Volviste a verla? —le pregunté incisivamente.
—La historia no acabó ahí. En aquella época vivía en una casa de huéspedes en Kanda, pero era muy ruidosa y yo tenía los nervios crispados, así que me mudé a Koishikawa, cerca de la Universidad de Tokio. El año siguiente hice el segundo examen y el resultado fue el mismo: ¡la mujer apareció ante mi pupitre! Con el cabello blanco, mirando fijamente mi hoja de respuestas. «¡Maldición! ¡Ha vuelto!», pensé, pero no me atreví a enfrentarme a ella. Sentí que se me nublaba la vista, estaba confuso… Era como estar en un sueño. Para no aburrirte: volví a suspender. Pero no me desanimé. Seguía culpando a mis nervios, así que decidí cambiar de aires. Pasé tres meses en la playa de Shōnan, descansando, y me sentía mucho mejor. Cuando regresé a Tokio me mudé al lugar donde vivimos ahora, la casa de las Horikawa. Hasta entonces, era el sitio más acogedor donde había estado. Me alegraba pensar que allí podría estudiar bien, y entonces llegó el momento del tercer examen, el del año pasado. Estaba recuperado; me sentía preparado y me dije: «Esta vez sí». Me dirigí al lugar del examen con decisión. Comencé a contestar muy bien, pero apareció de nuevo la mujer del pelo blanco y pasó lo de siempre. No te contaré los detalles, pues ya sabes qué pasó. Salí de allí muy deprimido.
Después de escuchar una historia tan increíble, yo mismo me sentía como en un sueño. En ese momento nos trajeron la segunda ración de anguila, pero ya no tenía apetito. Yamagishi tampoco probó bocado.
III
Me interesaba más escuchar la continuación del relato que comer anguila, así que le pregunté:
—Entonces, ¿fueron de nuevo los nervios?
—No lo sé —suspiró Yamagishi—. Empecé a pensar que había algo más. ¿Sabes? Yo siempre contaba a mi familia el resultado de mis exámenes, pero omitía el detalle de la mujer del pelo blanco. Nadie me creería y, si lo decía, pensarían que lo había inventado todo, así que achaqué mi fracaso a la falta de estudio. En fin… No creí necesario informar de ello a mi familia, así que me lo callé. Sin embargo, después del tercer suspenso, me dije: «Aquí pasa algo raro». Estaba empezando a sospechar. En aquel momento recibí una carta de mi padre donde me pedía que regresara a casa. Él trabaja como abogado en Kyūshu. Se casó y tuvo hijos muy joven; tenía veintitrés años cuando yo nací. El año pasado cumplió cincuenta y dos años y, gracias a que cuenta con el reconocimiento de sus colegas, puede vivir desahogadamente. Sin embargo, mi fracaso estaba empezando a enfadarlo. Volví una temporada a casa y me quedé hasta Año Nuevo, ya lo sabes. ¿Has notado algún cambio en mí desde mi regreso a Tokio?
—No, no he notado nada —dije, negando con la cabeza.
—Cuando volví a casa, me sentía avergonzado. Había suspendido tres veces el mismo examen, así que no me apetecía presentarme delante de mi padre. ¡Soy humano! Cuando intenté excusarme, se me escapó lo de la mujer del cabello blanco. Mi padre apretó los labios, me miró fijamente y me preguntó: «¿Es eso cierto?». Le contesté que sí. Él se quedó callado y no volvió a dirigirme la palabra, lo que me hizo sospechar aún más. El comportamiento de mi padre sugería que sabía que se trataba de algo más que una crisis nerviosa, pero no dijo nada más y yo tampoco lo hice. Sin embargo, dos o tres días después me dijo: «No vuelvas a Tokio, no tienes por qué hacer ese examen». ¡Eso me dijo! Como no quería parecer un parásito, le pedí que me diera una oportunidad más. Regresaría a Tokio y, si suspendía otra vez, volvería de inmediato. Logré convencerlo y regresé a la capital. El examen de este año era mi última carta, el momento de demostrar mi talento. Pero, bueno, como ya sabes, el resultado fue el mismo. —Sonrió con tristeza y continuó—: La mujer del cabello blanco volvió a aparecer en el lugar del examen y suspendí. Aunque cada año he tomado asiento en sitios distintos, ese ente me ha seguido como una sombra. No hay forma de escapar de ella. Debe ser un fantasma, no puede ser otra cosa. Tras suspender esta vez me puse furioso; ese espectro me había estropeado cuatro convocatorias. Entonces decidí no darme por vencido y repetir el examen el año que viene, pero hace unos días recibí una carta de mi padre pidiéndome que regresara a casa. Tengo que cumplir mi promesa, no puedo desobedecerlo. Sin embargo, una parte de la carta me tomó por sorpresa. Decía así:
»“Aunque consiguieras aprobar el examen, la abogacía no te traería más que infelicidad. Esa es mi opinión. Aprovecha esta oportunidad, decídete y vuelve a casa; busca trabajo aquí. Sé que te resultará difícil tirar a la basura el esfuerzo de todos estos años, pero no solo me parece adecuado para ti: yo mismo renunciaré a mi profesión. Abandonaré la abogacía este año”.
—¿Por qué? —intervine.
—No lo sé —me contestó Yamagishi, pensativo—. Pero he decidido aceptar su consejo. Me marcho de Tokio, a finales del año me iré de la capital. Mi padre tiene algunas tierras, puede que esté pensando en dedicar la última etapa de su vida a la agricultura. Estoy pensando seriamente en ayudarlo, o buscaré otro tipo de trabajo. Ya lo meditaré con detenimiento cuando me haya marchado.
La tristeza me invadió de repente. ¡Qué lástima! El padre dejaba la abogacía y el hijo decidía rendirse, abandonar su sueño y volver a casa. Mi senpai, a quien tanto respetaba, se marchaba, y yo no podía hacer nada para ayudarlo. Bajé la mirada y escuché en silencio sus siguientes palabras.
—La historia que te he contado esta noche es un secreto entre tú y yo. No se la cuentes a nadie, ¿de acuerdo? Prometeme que no se lo dirás ni a su madre ni a Isako.
Se habrían sorprendido al saberlo, sobre todo Isako, pero no era necesario que lo supieran; respetaría la petición de Yamagishi.
No comimos ni un bocado de la segunda ración de anguila, pero nos pareció un desperdicio dejarla y pedimos que nos la envolvieran para llevar. Yamagishi dijo que se la llevaría a Isako. Un rastrillo, un amuleto y una ración de anguila. Isako se alegraría mucho, pero yo me sentía triste porque conocía la historia que había detrás.
Cuando salimos soplaba un viento invernal, helado y más fuerte que antes. Caminamos hasta la casa de huéspedes en silencio.