Desde ese momento ya no pude dormir. Soñaba con carne humana. Me temblaban los labios y mi gruesa lengua se arrastraba como una serpiente en el interior de mi boca babeante. Me daba miedo toda aquella energía que surgía de mis deseos, así que intenté controlarlos. Sin embargo, el diablo de mi lengua me gritaba:
—¡Por fin has encontrado el mayor de los manjares de este mundo! ¡Sé valiente! ¡Come humanos! ¡Come humanos!
Desde el espejo, el diablo me miraba con una enorme sonrisa. Mi lengua era cada vez más grande y sus agujas brillaban con mayor intensidad. Cerré los ojos.
—No. Nunca comeré carne humana. No soy un aborigen del Congo. Soy un buen japonés.
Sin embargo, el diablo se burlaba de mí. Para terminar con ese miedo insoportable no tuve otra opción que mantenerme continuamente borracho. Me pasaba el día en los bares, intentando huir de ese deseo aunque fuera por un instante. Pero el destino no mostró piedad conmigo.
Nunca olvidaré la noche del cinco de febrero del año pasado. Volvía de Asakusa completamente borracho; estaba nublado y la oscuridad lo cubría todo impidiéndome ver más allá de mis narices. Mientras buscaba la luz de las farolas, sin darme cuenta me equivoqué de camino. Escuché el estruendo de una locomotora y me percaté de que estaba junto a las vías de la estación Nippori. Las crucé y subí la cuesta. Entonces, al entrar en el cementerio de Nippori, me caí.
Cuando abrí los ojos seguía siendo de noche. Encendí una cerilla y vi en mi reloj que era la una y media de la madrugada. Ya casi se me había pasado la borrachera, así que empecé a caminar por el cementerio. De repente, uno de mis pies se hundió en la tierra. Encendí otra cerilla y descubrí con sorpresa que aquel era un cementerio comunal y que había hundido el pie en un montículo de tierra reciente. En ese momento, se me ocurrió una idea horrorosa. Sin ser consciente de ello, busqué una pala y empecé a excavar en el montículo. Cavé sin cesar, como un loco, y al final seguí escarbando con las uñas. En poco menos de una hora, mi mano tocó algo de madera.
Era un ataúd.
Le quité la tierra y rompí la tapa a golpes. Entonces eché un vistazo al interior encendiendo una cerilla.
Ni antes ni después de ese momento tuve una sensación tan horrorosa. La débil luz del fósforo alumbraba la cara pálida y azulada de una mujer muerta. Tenía los ojos y la boca cerrados. Era una mujer joven y guapa, de unos diecinueve años, con el cabello n***o y lustroso. En su cuello había sangre coagulada, negra y abundante, pues tenía la cabeza separada del torso. También le habían cortado los brazos y las piernas, que habían metido en el ataúd de cualquier manera. Lina sensación de horror me recorrió el cuerpo, pero me tranquilicé al entender que aquella mujer debió suicidarse arrojándose a las vías del tren y que habían enterrado allí su cuerpo provisionalmente. Saqué el puñal que llevaba en el bolsillo y descubrí uno de sus pechos. El olor de la putrefacción que tanto me gustaba me golpeó la nariz. Corté su seno con dificultad, llenándome las manos de un líquido espeso. Después le corté un poco de mejilla. Al terminar, me asaltó un enorme temor. «¿Qué demonios pretendes hacer?», me gritó mi conciencia. Sin embargo, guardé bien en un pañuelo los pedazos de carne que había cortado y cerré el ataúd. Luego lo cubrí de tierra, como antes, y me apresuré a salir del cementerio. Pedí una carreta y regresé a mi casa en Tomisaka.
Al llegar a casa, cerré la puerta y saqué la carne del pañuelo. Puse a asar la mejilla y esta comenzó a emitir un delicioso olor. Estaba en éxtasis. Mientras se doraba, la lengua del diablo bailaba y brincaba en mi boca. No dejaba de babear y no pude aguantar más; devoré de un bocado aquella carne a medio hacer. En ese instante, caí en un trance parecido al que provoca el opio. ¿Cómo podía existir algo tan sabroso? ¿Podría seguir viviendo sin comerlo de nuevo? Por fin había encontrado «la comida del diablo». Durante mucho tiempo, mi lengua había estado esperando precisamente aquello: carne humana. ¡Ah! ¡Y por fin lo había descubierto! A continuación me comí el pecho. Bailé por la habitación como si me atravesara una corriente eléctrica y, una vez tranquilo, descubrí que me sentía saciado. Por primera vez en mi vida, había quedado satisfecho con la comida.
VI
Al día siguiente cavé un agujero bajo el suelo de mi habitación. Cuando terminé, lo rodeé de tablas de madera. Había construido una despensa de carne humana. «¡Ah! Aquí guardaré mi preciada comida», pensé. Me brillaban los ojos y, cuando caminaba por la calle, no podía evitar babear. Todos los humanos con los que me topaba me abrían el apetito. En especial me parecían apetecibles los jóvenes de catorce o quince años. Cuando me encontraba con alguien de esa edad, a duras penas aguantaba las ganas de comérmelo. Debía pensar una manera de hacerme con la comida. Decidí que dormiría a mis presas para traerlas rápidamente a mi casa, así que me guardé un narcótico y un pañuelo en el bolsillo.
El veinticinco de abril, hace apenas diez días, tomé el tren desde Tabata hasta Ueno. Frente a mí iba sentado un muchacho de aspecto provinciano. Sin duda se trataba de un joven muy guapo, y al parecer viajaba solo. Empecé a salivar. En ese momento, el tren llegó a Ueno. El muchacho salió de la estación y se detuvo un momento, distraído; a continuación caminó hasta el parque de Ueno, se sentó en un banco y contempló, solitario, la luz de las farolas reflejada en el estanque Shinobazu.
Miré a mi alrededor; no había allí ni un alma. Saqué de mi bolsillo el frasco con el narcótico y humedecí el pañuelo. El muchacho seguía abstraído, observando el estanque, así que no fue difícil apresarlo y presionar el pañuelo contra su nariz. Forcejeó durante dos o tres segundos, pero el narcótico pronto surtió efecto y se desplomó en mis brazos. Bajé rápidamente las escaleras de piedra y, con el muchacho en brazos, llamé a una carreta a cuyo conductor indiqué que se dirigiera a Tomisaka a toda prisa. Tras llegar a casa y cerrar bien la puerta examiné al muchacho a la luz: era hermoso. Saqué un cuchillo grande y afilado que había preparado y se lo clavé con todas mis fuerzas en la cabeza. Sus ojos, que hasta aquel momento habían permanecido cerrados, se abrieron por completo un instante, pero sus pupilas negras perdieron su brillo de inmediato y su rostro empezó a palidecer. Guardé el c*****r del muchacho en mi despensa bajo el suelo.
VII
Había decidido devorar al niño con tranquilidad. Mientras asaba algunas partes de su cuerpo, me comí su cerebro, sus mejillas, la lengua y la nariz. Su sabor era tan intenso que creí volverme loco. El cerebro tenía un gusto realmente sorprendente. Cuando quedé satisfecho, caí rendido hasta el día siguiente. Abrí los ojos cerca de las nueve de la mañana y me dispuse a llenarme el estómago de nuevo.
¡Ah! Fue horroroso. En aquel momento ocurrió algo tan horrible que decidí quitarme la vida. Había bajado a la despensa subterránea con el ansia de una bestia, pues me tocaba disfrutar de sus manos y pies. Tomé la sierra y me detuve un instante, pensando qué cortar primero. Agarré la pierna izquierda y, cuando vi la planta del pie, me sentí como si me hubieran clavado una lanza de hierro en el estómago. ¿No era una luna creciente dorada lo que había allí? Me vino a la memoria el nacimiento de mi hermano menor, acontecimiento que expuse al principio de esta carta. En aquel momento, el pequeño debía tener ya quince o dieciséis años. Era una situación espantosa: sin querer, me había comido a mi hermano. Recordé que el niño llevaba un paquete y decidí abrirlo. Dentro había cuatro o cinco cuadernos en los que ponía «Gorō Kaneko». Ese era su nombre. Además, al revisar sus notas descubrí que, tras saber de mí, había decidido venir a Tokio a buscarme. ¡Ah! Por eso no puedo seguir viviendo. Amigo mío, he querido dejarte esto por escrito. Por favor, compadécete de mí.
Así terminaba la carta. Tras leer su contenido no pude menos que dudar de la lucidez de Kaneko. Cuando la policía examinó su c*****r, no vi en su lengua ni rastro de las agujas que había escrito. Lamentablemente, la lengua del diablo no había sido más que una ilusión del poeta.