Un día de primavera (5)

2008 Words
Sin embargo, la música se oía muy próxima, parecía provenir del siguiente seto o quizás hallaría su origen tras girar en la siguiente arboleda. Dos pasos se convirtieron en tres y cinco, en diez, y así fue adentrándose cada vez más y más en la espesura, sintiendo que, si había llegado hasta allí, se arrepentiría de dar marcha atrás y de no averiguar de dónde provenía la música. Además, le parecía que el camino que se abría ante él estaba más iluminado que el que había dejado atrás. Apuró el paso. El sendero era cada vez más escarpado, hasta tal punto que lo obligaba más a escalar que a caminar. Se arrastró por la hierba en la oscuridad hasta que finalmente consiguió ascender a una superficie plana encima de una colina. El suelo parecía que había sido nivelado para una construcción; quizá se tratara de un cementerio. Demasiada oscuridad. ¿Dónde se hallaba la luna? ¿Oculta tras las nubes? ¿Se había caído al mar? A un lado, el camino que lo había traído hasta allí; al otro, un acantilado, o quizá un valle. No estaba seguro. Una densa neblina lo cubría todo. Lejos, en la distancia, vislumbró un atisbo de color. Parecía que alguien había encendido una hoguera. Había un punto rojo y borroso en la niebla. ¿Un incendio? ¿Una fogata? Nuevamente, pero mucho más cerca, retumbaron el palpitar de los tambores, el silbido de las flautas y los gritos de las voces. ¡Qué festejo tan animado! Pero era imposible saber exactamente dónde se celebraba. Sobre aquella cima, en aquel estado de semiinconsciencia, el caballero se sentía como si hubiese alcanzado la frontera entre Mino y Ōmi[73]. Le parecía que iba a presenciar el festival de un reino ilusorio, cuyas emociones y costumbres serían totalmente diferentes a lo que él conocía. El sonido era demasiado animado para ser la víspera del festival. ¿Se trataría, entonces, de la noche principal? Permaneció un tiempo aturdido en las tinieblas, con la mirada perdida, buscando el rastro inexistente de la muchedumbre. Se sentía solo. Había recorrido una larga distancia y estaba agotado. Pensó en darse la vuelta y regresar, pero justo en ese momento la niebla que envolvía el fuego había aprendido a moverse mecida por el viento. Esa neblina, en la que todo parecía arder, ascendía desde el fondo del valle; su color se intensificó a lo largo de las colinas hasta que la montaña medio oculta en la bruma surgió ante sus ojos como una llamarada. Entonces sintió que despertaba y quiso averiguar qué sucedía. Recorrió toda la superficie de la plataforma y miró hacia el fondo, hacia el valle. ¡Por fin! Allí estaba la fiesta. Unas lámparas brillaban a lo largo del camino que conducía a un pueblo encajado en el fondo del valle. Las luces resplandecían con mayor luminosidad según bajaban por la colina. En el camino había otra planicie que parecía un tamiz. Sin perder el ritmo descendió tranquilamente hasta llegar a esta especie de llanura, a un lado de la cual partía un sendero por el que se acercaba una procesión. Más cerca del valle se habían dispuesto ocho esteras de tatami sobre una zona previamente segada y empapada de aceite. El monje se detuvo brevemente y empujó suavemente el hibachi de porcelana. Miró hacia abajo y colocó la palma de su mano en el tatami. —Allí el caballero vislumbró la borrosa figura de alguien sentado. El monje cambió la postura de las piernas y colocó una mano sobre la rodilla. El viajero miró hacia el exterior y observó que las nubes habían rodado montaña abajo como si fueran lenguas de nieve. El religioso continuó con su relato: —La figura oscura era la de un hombre que agitó una mano, invitándolo a que se acercara más. El caballero avanzó lentamente, pero se detuvo a unos metros y observó al hombre, el cual, sin dirigirle la mirada, alcanzó las tablillas de madera que descansaban sobre la tierra al lado de su rodilla y golpeó una contra la otra[74]. Clap, clap. El sonido produjo un eco chirriante que a nuestro caballero le produjo dentera. Y entonces… —¡Qué! —Se abrió el telón, bueno, en realidad era más bien una lona de algodón sucia y rasgada. —¿Un telón? —Exacto. Allí estaba el telón, podía verlo entre la neblina, estirado y ocultando parte de la ladera de la montaña. El hombre que estaba sentado en el suelo tiró de una cuerda y se abrió el telón. O eso pareció. »Había un agujero tallado en la roca. Parecía muy grande, el ancho de la entrada era de casi dos metros. Es bastante común, ya sabe. Son tumbas muy antiguas y se ven por todas partes en estas montañas[75]. Los campesinos las utilizan como almacén para las verduras o los encurtidos. En fin, cuando el telón se abrió, nuestro caballero vio un escenario. 22 Observó que ante la entrada, entre las hojas, había monedas dispersas. Hay una expresión que dice: «El escenario tras el telón», pero en este caso, el escenario solo era una cavidad poco profunda y plana. No había ningún tipo de decoración ni de utilería. Solo la nada. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. No le apetecía seguir mirando, pero se convenció a sí mismo de que debía terminar lo que había empezado. A esas alturas no se iba a ir; y allí no había nadie más. Metió la mano en el bolsillo para sacar su cartera y se quedó mirando ensimismado. Clap, clap, nuevamente el sonido melancólico y húmedo de las tablillas. Tal y como había imaginado, el hombre sostenía en la mano la cuerda que abría el telón. A ambos lados del escenario, bancos de niebla inmaculada caían como cortinas, se balanceaban por un instante para luego desaparecer como caprichosas volutas de humo. Después vio unos pequeños agujeros negros que habían sido tallados toscamente a modo de ventanas u hornacinas. Serían treinta o cincuenta, todos en una fila y en cada uno de ellos, una escultura de mujer. Unas estaban sentadas, otras de pie y otras con una rodilla apoyada de manera informal. Algunas de ellas solo iban ataviadas con quimono interior carmesí, pero otras tenían sangre en las mejillas y otras parecían estar atadas. El caballero las miró de nuevo y de repente desaparecieron en la distancia, haciéndose cada vez más pequeñas, hasta convertirse en lirios que florecían en el valle. Se estremeció. Pero antes de que pudiera huir, las tablillas retumbaron de nuevo. Clon, clon. Y fue entonces, señor, cuando alguien emergió por uno de esos agujeros que se desperdigaban en dirección al valle. Era la figura minúscula y lejana de una mujer que se acercaba sin hacer ni un solo ruido. Cuando llegó al escenario ya no era diminuta, sino alta y esbelta. Con la barbilla apoyada en los delicados hombros miró fijamente al caballero. ¡Era Mio Tamawaki! ¡Qué visión tan hermosa! 23 Vestía un nemaki[76] ceñido por un obi con varias vueltas. Sus pies desnudos eran tan blancos como la escarcha y, según se iba volviendo de espaldas, dobló las rodillas, como si se derrumbara en el escenario. Otra vez el sonido de las tablillas de madera. Clan, clan. El caballero se quedó petrificado por el miedo. De repente alguien apareció por detrás rozándole la espalda. Era una sombra negra. «Hay alguien más aquí», pensó. Pero ¿cómo podía ser posible? La sombra ascendió tambaleándose al escenario y se sentó, espalda con espalda, con la mujer. Cuando se volvió hacia el caballero, este pudo ver que tenía su propia cara. La sombra era él mismo. —¿Que era quién? —preguntó el viajero. —El caballero que se hospedaba aquí. Él mismo me lo contó. Me dijo que si aquella sombra era él, debía de haber muerto allí mismo. Recuerdo los suspiros y su palidez mientras hablaba. No podía dejar de mirar lo que tenía ante sus ojos. Sentía que se le abrían las carnes, que su sangre ardía como el fuego. De repente se giró y miró arrebatadamente la espalda de Mio Tamawaki. Con la punta del dedo, el caballero trazó un triángulo sobre la pálida tela del quimono. El pecho del caballero se empapó de sudor frío por el miedo. La mujer, Mio Tamawaki, inclinó la cabeza. A continuación, el hombre se vio a sí mismo dibujando un cuadrado. El dedo tocó la rodilla de la mujer y comenzó a temblar. A la tercera dibujó un círculo en la espalda de la mujer. Justo en el instante en que terminó de trazar la circunferencia, un soplo de viento barrió la tierra y agujereó el cielo. La llama de la antorcha que iluminaba el valle se apagó por completo dejando solo un delicado brillo rosáceo. ¿Era la playa o el color del océano? El caballero, con la mirada fija, escuchó el crujido de las hojas secas y el tintineo de las monedas removidas por el viento. De repente se dio cuenta de que, formando un pelotón, había cuatro o cinco personas sentadas detrás de él y que también ellas habían estado mirando. El rostro de la mujer se volvió aún más hermoso cuando agitó su cabello suelto y brillante, y sus ojos relucieron con un brillo especial. Se dibujó una sonrisa en sus labios mientras se inclinaba hacia atrás para apoyar la cabeza sobre la pierna del caballero, usando su rodilla de almohada. Su pelo n***o se derramó hacia el suelo, pero ella miraba hacia arriba haciendo destacar su blanco pecho. El hombre cayó de espaldas debido al peso y el escenario comenzó a deslizarse cada vez más abajo y a más profundidad en las entrañas de la tierra. Cuando el caballero recuperó la conciencia, se dio cuenta de que estaba de nuevo en el camino del valle. Una voz resonaba en la cima de las montañas y, completamente fuera de sí, corrió por el camino de vuelta al templo. Cuando llegó aquí, yo aún estaba durmiendo bajo la mosquitera. Me abrazó y gritó: «¡Agua, por favor!». Tenía el cuerpo lleno de heridas y estaba empapado de rocío. Desde ese instante y hasta la salida del sol, me relató todo lo que había sucedido. El día siguiente lo pasó durmiendo. Ese mismo día, ya por la tarde, la esposa de Tamawaki vino al templo con dos de sus doncellas. Cuando la vi entrar, cerré todas las contraventanas sin dilación. ¡Créame, lo hice a pesar del sofocante calor vespertino! Mi única preocupación era que el caballero no se enterara. Y entonces fue cuando apareció el poema. Los dos o tres días siguientes, el caballero se recluyó y se aisló del mundo de la falsa ilusión. Por supuesto, yo lo vigilaba constantemente pero supo aprovechar un breve momento de descuido para desaparecer. Un leñador pasó por aquí cuando oscurecía y yo comenzaba a encender las luces. «Acabo de cruzarme con su huésped», me dijo. «Allí. Donde la Caverna de la Serpiente». La Caverna de la Serpiente está por la otra cara de la montaña. Es una cueva antigua llena de agua. Si alguien grita en la entrada, se produce un eco de sonido interminable que llega a vibrar a diez ri[77] de profundidad. Dicen que el agua se conecta con el océano. Pero ¿quién lo sabe? En fin, supongo que el caballero deseaba asistir a una representación como la que había visto hacía varias noches. Encontramos su cuerpo en el mar. Una tormenta se aproximaba en dirección a la casa de dos pisos. Primero llegó el sonido que con traje ceremonial recorría el camino sin mojar la hierba. Estaba claro que había sido engañado por el fantasma de la mujer hermosa. Con el pelo n***o de las nubes y el melocotón de su traje, la tormenta llegó al jardín, acompañada por las mariposas que habían estado revoloteando entre los pétalos amarillos de las flores de colza, y haciéndose sitio junto a las ondas de calor, curioseó suavemente a través de la ventana.
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