Un día de primavera (4)

4211 Words
Ni yo mismo pude averiguar nada acerca de ella. Obviamente, un monje no tiene mucho ojo para ese tipo de cosas. De todos modos, no digo que la forma de sus cejas o su mirada no fueran encantadoras; su boca era elegante, de esas que no pronuncian nunca un falso cumplido. Y parecía inteligente, como si fuera consciente de la transitoriedad del mundo y de la naturaleza del amor verdadero. Su cara y su figura emanaban misericordia. No era la clase de mujer que rechazaría fríamente a un hombre solo por ser barquero, jinete o sacerdote. Incluso aunque no tuviera la intención de corresponder a su amor, por lo menos contestaría a su pretendiente con un poema bonito. Con el tacto sutil del nudo de su obi o el dobladillo de la manga de su quimono podría derretir los huesos de un hombre esparciendo sobre él su rocío de misericordia. Una mujer sublime… pero no de tipo angelical, sino una mujer de las que visten hakama carmesí y leen a la luz de una vela en un castillo oscuro. Seguro que no se lavaría el pelo con el agua ordinaria de un grifo, no, lo haría con el rocío que emana en algún lugar lejano. Era como una mujer que nadaba en la soledad de las aguas de un manantial, alejada de cualquier señal de vida humana, y que escurría su larga melena negra mientras su piel relucía blanca como la nieve. No es que yo la deseara, más bien sentía que ella poseía un poder inmenso, la capacidad de embrujar a un hombre con una sola mirada. En ella se reunían el cielo y el infierno, y también todo este mundo transitorio, haciéndome pensar que tanto sus pecados como sus penitencias eran insondables. En fin, que para nuestro caballero enamorado, los hombres del obi amarillo y del quimono carmesí eran esbirros del infierno que la arrastraban a la playa en la hora maldita. Y ese es el motivo de que nuestro protagonista terminara en la mansión de Tamawaki. En el punto en que el río se aparta del camino de la playa y discurre a lo largo de la puerta trasera de la mansión, el caballero se apostó a la sombra de un muro y pudo observar con nitidez entre los pinos a la mujer y a los hombres. Veía su pálida nuca y sus hombros delicados, pero el muro ocultaba el obi y la parte inferior del quimono. La rodeaban esos hombres a los cuales solo veía de cintura para arriba. Los cuatro se movían en un ondeante mar de hierba y campánulas chinas y fueron desapareciendo poco a poco. Se quedó allí, preguntándose si acaso se habían percatado de su presencia y se la habían llevado a otra parte aislada de la mansión. La diabólica mirada del cabecilla del grupo parecía indicar que nunca volvería ver a la mujer, por lo menos no en esta vida. Pensó en que quizá lo único que hacían era disfrutar de la montaña en miniatura que recientemente se había construido en el jardín. Finalmente, cansado de verla desde el otro lado del muro y creyendo que se volverían a encontrar en circunstancias diferentes, se fue. Se paró entre los árboles de la otra vera del río que también eran propiedad de Tamawaki. Había una gran marisma y un verde herbazal rodeado de gruesos pinos… En este momento las violetas están en flor. Venga usted en verano, cuando las clavelinas están en flor. En otoño crecen los tréboles. Es un lugar tranquilo. Debería usted visitarlo. —Parece un lugar melancólico. —En absoluto. Es muy luminoso. El lugar perfecto para dar un paseo y leer un libro. —¿Y qué me dice de las serpientes? —preguntó el viajero súbitamente. —¿No le gustan las serpientes? —No mucho. —¿Por qué no? Nunca he entendido por qué las serpientes tienen tan mala reputación. Si las observa con detenimiento, comprobará que son criaturas muy apacibles. Sí, se alzan y miran fijamente cuando uno pasa a su lado. Pero si les devuelve la mirada, verá cómo bajan la cabeza y se dan la vuelta avergonzadas. No son animales tan odiosos. —El monje soltó una carcajada y añadió—: También tienen sentimientos. —Eso es incluso peor. —No se preocupe. A las serpientes no les gusta el agua salada, así que no las encontrará cerca de la marisma. En esta época la esposa de Tamawaki no se aloja en la mansión. Y todos esos agujeros en el suelo oscuros y vacíos y tan numerosos como las celdas de una colmena de abejas… No tema. Son nidos de cangrejos y como son tan minúsculos, no tiene que preocuparse de caer dentro. 17 Pero a nuestro caballero esos agujeros debieron de recordarle las cuencas vacías de una calavera. Rodeó el lago y se dirigió hacia el río. Se convenció de que la mansión de Tamawaki era una prisión para la mujer que amaba. La marea bajaba y subía de modo casi imperceptible. Allí contra el acantilado sólido y gris, cinco o seis troncos ahora flotaban, ahora se hundían, condenados a estrellarse contra la roca haciéndose pedazos que quizá se convirtieran en cientos de carpas. Mientras los observaba, pensó que podría construir un barco o que, atándolos, podría hacer una balsa. Pero no tenía ni sierra ni cuerda; y sin ellas, ¿cómo podría atravesar el abismo del amor? Jamás podría hacerlo, por lo menos mientras estuviera vivo. Solo su alma podría emprender ese viaje. Ante aquella puerta, rodeado de pinares, se puso de puntillas. A las mariposas les debió de parecer un hombre tan voluble como ellas, que vagaba entre árboles jóvenes y veía a los demás de cintura para arriba; él se sentía como si hubiera perdido las piernas y los pies, como un ser extraño, un murciélago revoloteando a mediodía. De la escotadura de su quimono extrajo un libro y comenzó a leer[64]: Las llamas de las velas, colgando en lo alto, iluminan la pantalla de tul del aire. En los aposentos floridos, por la noche, los hombres aplastan las salamandras criadas con cinabrio. La boca del elefante expulsa incienso, mi alfombra persa es cálida. El mirlo enjaulado cuelga en la pared, escucho el gong del reloj de agua. El frío se arrastra a través del velo suspendido en el alero mientras las sombras del palacio se oscurecen. Los simurghs[65] brillantes de los dinteles de las persianas lucen las cicatrices de la escarcha. Aquí en j***n, la imagen más probable sería la de una rana sentada bajo una balaustrada llorando a la luz de la luna. Unas líneas más adelante, el poema dice «encerrad a la pobre Chen», porque la dama Chen, una de las favoritas del emperador Wen de Wei[66], cayó en desgracia y fue encarcelada. En sueños cruzo las puertas de mi casa más allá de las islas de arena. El Río del Cielo se curva en el aire para encontrar el camino en la Gran Isla. Chen consigue escapar de su encierro a lomos de un pez cabalgando sobre las olas en su huida. Mientras leía este último verso, unas lágrimas resbalaron por las mejillas del caballero hasta llegar a cuello y empapar su quimono. Sus ojos observaban los troncos que se hundían para volver a salir a flote como si batieran unas aletas invisibles. Y los miraba fijamente. Enfurecido. A propósito, este poema forma parte de la colección Toushisen[67], ¿verdad? —preguntó el monje. —No lo sé —respondió el viajero—. ¿Cómo dijo usted? ¿En un sueño ella regresa a casa, más allá de las islas de arena? Es como si su alma vagara por el desierto. «El Río del Cielo se curva en el aire para encontrar el camino en la Gran Isla». Es un poema triste. Puedo imaginármela atrapada en la prisión. Dígame, ¿qué sucedió después? —¿Después? Bueno —prosiguió el monje—, nuestro caballero comenzó a perder peso. Su rostro languideció, se le marcó la mandíbula, los ojos se le hundieron y empalideció. Un día, finalmente se levantó con la energía suficiente como para bajar al pueblo, a la barbería de la estación, para afeitarse. Y entonces sucedió. En la barbería le lavaron la cabeza y, por primera vez en mucho tiempo, se sintió fresco y limpio. Al salir del establecimiento vio, al otro lado de la calle, una de esas tiendas donde se vende de todo: desde tabaco hasta utensilios de cocina. Acababan de rociar con agua el suelo de la entrada y una linterna, aún sin luz, colgaba del alero de la fachada. Para cubrir la alcantarilla, alguien había dispuesto una especie de plataforma a modo de porche en la que dos personas, sentadas una frente a otra, jugaban al shōgi[68]. Para los peones capturados empleaban delgadas fichas de madera. Una práctica común, como usted ya sabe. Como no tenía nada que hacer, el caballero se acercó para ver jugar a los hombres. Ambos jugadores fueron tomando los castillos del rival uno tras otro, golpeando con las fichas el tablero y gritando cada vez que se apoderaban de una pieza. Uno de ellos estaba cuidando a su hijo, mientras quizá su esposa estaba en los baños públicos. Sostenía al niño en su regazo y sujetaba la pipa entre los dientes. Cada vez que gritaba, parecía que la pipa fuera a golpear al niño en la cabeza. El niño, con el ceño más fruncido que el de su padre, se esforzaba por agarrarla. Por suerte, la pipa no estaba encendida, así que, mientras el padre trataba de salvar a su castillo amenazado, el niño no corría peligro de quemarse. El hijo quería coger a la pipa y el padre, evitarlo mientras aseguraba su castillo. El niño comenzó a babear en el momento en que el padre cantó victoria. Testigo de la caída del general enemigo, un hombre alto y fornido, monje zen de cara colorada que había estado observando la partida con gesto concentrado, extendió la mano y agarró la nariz del vencedor alegremente con el pulgar y el índice mientras decía: —¡Bien jugado! —Y rio. 18 Entonces el hombre estornudó y la pipa golpeó la cabeza del niño, que rompió a llorar. La risa de un perdedor. La baba de un bebé. El monje que había pellizcado la nariz del padre miraba ahora sus dedos con disgusto. «Es momento de irse», pensó el caballero, echando un vistazo a sus espaldas a la oficina de correos, embutida entre la tienda de menaje y la persiana de carrizo de la casa colindante. Y entonces apareció ella. Al parecer, un tren acababa de llegar a la estación, pues un carruaje de caballos y cinco o seis rikishas vacíos se habían acercado a recoger a los pasajeros. La esposa de Tamawaki estaba al otro lado de la calle, bajo el tejadillo de la oficina de correos, mirándolo. De pronto sus ojos se encontraron. Ella actuó con sensatez y se retiró hacia atrás para refugiarse en la penumbra de la persiana de carrizo, pero no dejó de mirarlo. Mientras ella se ocultaba, él quedó prendado por sus ojos. Ese día la mujer llevaba el pelo recogido en la coronilla y en los lados con una horquilla de cinco perlas de coral. Quizá fuera por el peinado, pero sus cejas parecían más largas. Aunque vestía un yukata, lucía en su obi una cadena de oro que al balancearse emitía un sonido delicioso capaz de hacer temblar el pecho de nuestro caballero. Podía percibir su rostro a través de las rendijas como si estuviera rodeado de niebla. La mujer respondió con una mirada sutil al caballero que, impresionado y aturdido, la saludó con una leve inclinación de cabeza. Ella bajó la cabeza de inmediato, sin atreverse a levantarla de nuevo, y en ese momento, señor, sonó el teléfono. La mujer había ido hasta allí porque esperaba una llamada. Así que desapareció en la cabina telefónica. Como el caballero estaba cerca, pudo escuchar toda la conversación. «Hola… Sí, soy yo. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué no ha venido?… Sí, estoy enfadada. No he podido dormir esta noche… Sí, ya sé que por la noche no llegan los trenes hasta aquí. Pero me preguntaba si podría venir ahora. —Y el monólogo de la mujer prosiguió—: ¿Yo? Deberías saberlo… Aunque estemos lejos, puedo oír tu voz. Incluso sin teléfono. Pero tú no me oyes… Sí, es así… Pero espero con tanta ansia… No hace falta que vengas si te sientes obligada… No, no estás siendo desagradecida con tus padres… eso no existe para unos padres… Arriesgaré mi vida… Esta noche también te esperaré despierta… No, no digas eso… Sabes que no dormiré de todos modos… Es una lástima… Entonces te veré en mis sueños… No, no puedo esperar». ¿Ella había dicho Michi? ¿O quizá Mitsu? Era un nombre de mujer, sin duda. «Mii-chan, te veré en mis sueños», había afirmado antes de colgar el teléfono. —Ya veo —el viajero estaba absorto en la historia. —Cuando nuestro protagonista regresó a la cabaña, estaba pletórico. Yo estaba refrescándome como dice Shiko: «con las piernas colgando de la veranda en el frescor vespertino». El caballero se metió en la bañera de madera que hay al lado del pozo y charlamos mientras él estaba a remojo en agua caliente. Teníamos que hablar en voz alta, pero como aquí no hay vecinos a quienes molestar no importaba. Era como hablar por teléfono. —¡Oh, señor monje! —me dijo—, la araña se desliza por el hilo de la tela, brillante a la luz de la luna, y deja atrás las hojas verdes del ciruelo para bajar al vapor que se eleva desde el agua. —Estaba pletórico. —¡Banzai, banzai![69] ¿Esta noche va de incógnito? —pregunté. —Por supuesto —contestó remojando la cabeza y mirando hacia el cielo. No había ni el más mínimo rastro de vergüenza en su rostro. Por lo que de él conocía, no pensaba que fuera de la clase de hombres que se interesarían en la esposa de otro por muy desesperadamente enamorado que estuviera. Dudé de que fuera a verla realmente. Comimos tofu aderezado con semillas de ortiga y compartimos un fragante melón de postre. Al finalizar, se apretó el obi y anunció: «Me voy otra vez». Me sorprendió. Y entonces se marchó, pero no escaleras abajo hacia el mar, sino colina arriba. La luz del sol bañaba al religioso y a su invitado mientras una nube fina se agitaba levemente sobre la hierba de la ladera como las alas de una mariposa. Más allá del tejado de paja de la choza, la cima de la montaña se había convertido en una masa oscura, brumosa e insoportablemente abrasadora. 19 ¿Lluvia? Dicen que cuando una serpiente sale a tomar el sol, es porque espera la lluvia. Y el viajero había visto dos en un día. El cielo se había encapotado y el aire era húmedo. Quizás eso explicaba el sonido de las flautas y de los tambores que se oían en la lejanía como una música tranquila y viva. Desde la otra cara de la montaña se oía el croar de las ranas. Y, sin embargo, el sonido parecía que se podía tocar —etéreo, sordo, como un gramófono sonando en la niebla y repitiendo su eco en la distancia—. El viajero y el monje escuchaban un murmullo impreciso, sin identificar. Parecía como si todas las persianas, los pilares, las puertas, las pantallas de papel, las cacerolas y las sartenes del pueblo se estuvieran estirando y bostezando por el aburrimiento típico de los largos días de verano. Era antes del mediodía y una brisa suave transportaba hasta la cabaña el sonido de las risas de la gente y los mugidos del ganado. El viajero prestó atención a las palabras del monje. —Hoy hay bastante algarabía en el pueblo. —¿Un festival o alguna otra fiesta? —Creí que me había dicho que hoy había pasado cerca de la estación. Justo allí en la zona en la que se hospeda usted. Están inaugurando la estación recientemente rehabilitada. La gente había estado hablando del acontecimiento durante el último mes y la ceremonia de inauguración, tan esperada, tenía lugar ese mismo día. Era un acto para festejar la finalización de las obras. Se había montado un escenario en la estación y habían venido actores de Tokio; algunos habitantes del pueblo también participaban en las representaciones. Los festejos de la noche anterior habían durado hasta el amanecer y, cuando el viajero había salido esta mañana, tuvo que abrirse camino a través de la muchedumbre; pero este detalle se le había olvidado por completo. —Supongo que su historia me ha encandilado o quizá sea por la tranquilidad de este lugar. El caso es que me olvidé por completo de la celebración. De hecho, vine hasta aquí para alejarme de aquel bullicio. El monje miró hacia el cielo y dijo: —Hay mucha humedad y bochorno. No creo que llueva demasiado, solo será un chubasco. Podría prestarle un paraguas, si usted quiere. También puede permanecer aquí mientras lo desee. Si no tiene intención de ir a ver la representación, quédese tranquilamente. ¡Qué extraño, verdad! Viene usted a visitar el templo y entonces suena esa música tan divertida y a uno le entran ganas de ir hasta allí. No nos permite ignorarla. Y cuando se aleja, deja tras de sí una sensación extraña, triste, melancólica. Nos sentimos aislados del resto del mundo. —Eso es exactamente. —Antiguamente se decía que, cuando se cavaba un pozo, se oían sonidos procedentes de la tierra —animales, voces de gente y el crujido de carros tirados por bueyes—. Quizá algo así como lo que ahora estamos escuchando y que asciende desde el valle, desde la oscuridad de la playa, desde la niebla. ¡Sonidos que no son de este mundo! No parecen humanos. Como una manada de tejones en la noche. Lo cual me recuerda a la historia de nuestro caballero. —El monje tomó un rápido sorbo de té y dejó la taza sobre la mesa—: Como le iba diciendo, al caer la noche, se fue por las escaleras de piedra, guiado más por la pasión que por el presentimiento. Habiendo vivido aquí durante un tiempo, ya estaba más que acostumbrado a esos peldaños. Subió rápidamente al templo principal, bañado ya por la luz de la luna, y contempló las nubes ardientes suspendidas sobre la línea del horizonte del océano con su parpadeo escarlata; el caos del crepúsculo; el agua y las montañas absorbidas en un lago enorme; la luz del sol del ocaso resbalando por los tejados y las nubes deshilachadas desapareciendo gradualmente, como una lluvia de pétalos de flor de loto rojos y blancos. Si se hubiese quedado aquí en el mirador, a bordo del Barco de la Ley[70], jamás habría perecido ahogado en el mar de la pasión. Pero es que algo de lo más insólito sucedió aquella noche. Escuchó el sonido de flautas y tambores provenientes de la montaña tras el templo. ¡Escuche! ¿Oye eso? El sonido venía exactamente de la dirección opuesta. El religioso se puso en pie y con el dedo estirado señaló la montaña a la izquierda del templo principal. Se levantó tan repentinamente, que la tela negra de su hábito cegó los ojos del viajero y las negras mangas que ocultaban parte de las inmaculadas puertas de papel se asemejaban a delicados trazos de tinta sumi[71] que fluían hacia el cielo. 20 —Nuestro caballero pasó frente al templo y giró a la izquierda por el pasadizo abierto al cielo que forman los dos acantilados. Siguió el camino a través de la arboleda y salió a la cara posterior de la montaña. A sus pies se abría el valle. En dirección al mar, las colinas se suavizaban dejando ver una carretera y un tren. En dirección opuesta, el valle se prolongaba hasta encontrarse con las montañas que gradualmente se acumulaban, cima tras cima, bajo una niebla cada vez más densa. Aquí y allá, las cordilleras se agrupaban como las raíces de un árbol que abrazaban amplios campos o envolvían las pequeñas chozas de los leñadores. El camino que tomó discurría a lo largo de la cresta de un acantilado y parecía coronar un dique gigante. Caminó a través de la oscuridad de bosques espesos atisbando de vez en cuando una isla o velas blancas sobre el agua. Ahora es muy diferente, pero por aquel entonces la hierba había crecido mucho y era casi impenetrable. En el valle se oía a los ruiseñores. Los gorriones cantaban en las cimas de las montañas. A los pies de las rocas azul oscuro de los acantilados, donde las violetas florecen en primavera y las gencianas en otoño, el sendero se había estrechado y el agua del manantial burbujeaba suavemente como si topase con el casco de un barco. A lo largo del camino crecían pequeñas cañas de bambú. Nuestro protagonista tuvo que ir abriéndose paso entre la densa hierba hasta que llegó a la cumbre. Aquí la montaña se convierte en un acantilado y marca el comienzo de una nueva provincia. Desde allí el océano tiene un aspecto diferente. Hay una enorme estatua de Jizo sentado con las piernas cruzadas sin llevar nada en las manos[72]. Podemos decir que está de espaldas al templo. Se la conoce como la roca Jizo, representado con mirada intrépida, y está tallada toscamente. De hecho, más bien es una roca natural que parece una estatua. Un rostro muy severo que asusta cuando uno está rezando ante él. Todavía puede verse el templo pero, por desgracia, está muy descuidado y gravemente dañado. El suelo de madera está tan putrefacto que, aun caminando con cuidado, se rompe y se hunde. El tejado y los pilares están llenos de telarañas y prácticamente no hay parte del templo en la que uno pueda pisar. Pero la zona está plana y abierta como una plaza, por lo que desde allí se puede disfrutar de unas bonitas vistas sobre el valle. Aun así, estoy seguro de que cualquier montañero despistado que llegara accidentalmente a este lugar tan misterioso y se tropezara con el Jizo gigante, se aterrorizaría. El camino que lleva valle abajo no es como nuestra escalera de piedra. Es un camino tortuoso, escarpado y serpenteante. Y, aunque hay restos de antiguos escalones, el caballero tuvo que arrastrarse por él para descender. A ambos lados del sendero pueden verse incontables estatuas de piedra, cada una de alrededor de un shaku o más y algunas hasta de dos shaku. Están alineadas a lo largo del camino. Después de tantos años, algunas se han caído, pero, afortunadamente, el caballero no tuvo que saltar sobre ninguna de ellas. Aun en ese estado seguían alineadas como las púas de un peine. Hay una leyenda sobre esas estatuas que dice que el nombre, la fecha y la edad tallados en ellas son los de las mujeres que hace mucho tiempo llegaron de todas partes del país para rezar y acabaron transformándose en piedra. Mojadas por la lluvia y el rocío, su cabello n***o se evaporó, sus vestidos se convirtieron en musgo, quedando solo sombras. Si se fija uno, sus caras son estrechas y ovaladas como el rostro femenino. Por descontado no hallará un Jizo con cuerpo de mujer, pero solo oírlo hace que todo parezca más siniestro, ¿no cree? Veo que me he ido por las ramas… en fin, habiendo reflexionado largo y tendido sobre la historia de este hombre, creo que su error consistió en ir montaña abajo, alejándose de la protección del Kannon de este templo. —Ya veo. Fueron esas estatuas de piedra las que lo hechizaron —dijo el viajero suspirando y mirando a los ojos del monje. —No, no he querido decir eso. Él tomó el camino de la izquierda del templo que discurre entre los dos acantilados debido a otra cosa. ¡A la música! ¡Una música que sonaba tan cercana como si pudiera tocarla! El jolgorio de los aldeanos allá abajo, los tambores resonando profundamente en las montañas… Nuestro caballero pensó que si conseguía llegar a la otra cara de la montaña, podría ver la fiesta. Quería verlo todo desde allí arriba. La luz de la luna se filtraba por entre las copas de los árboles según avanzaba apartando la hierba que crecía a sus pies. En la ladera de la montaña vio hendiduras como ventanas, aperturas donde los leñadores y las máquinas segadoras habían trazado senderos para conectar el camino principal con el pueblo de abajo. Cuando tomó uno de esos senderos más estrechos, se encontró con vistas en cada dirección. A la izquierda vio el tejado de una casa de playa y a la derecha, otro tejado cubierto con paja. Decidió internarse por dos o tres senderos para examinar la situación. Pero no importaba dónde mirara, pues no había rastro de nada parecido a un festival. Al los pies de la montaña, el océano brillaba y el valle estaba sumido en la niebla.
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