Cerré las puertas de mi corazón, aunque en el puesto vacío de la mesa, al otro lado, estaba escrito su nombre.
Tomé cereal de la nevera ejecutiva, leche y un tazón. Procedí hacer el desayuno mientras el reloj me deleitaba con el sonsonete gastado de sus engranajes. Las cortinas eran alzadas por el viento, que transportaba promesas de amantes rotos. Oí el traqueteo de un tren cercano, las paredes vibraron por unos segundos, y el bombillo que pendía en medio de la sala, se movía de lado a lado, como si fuera la aguja de un metrónomo. Al fondo, las magnificencias urbanas del hombre me observaban, ya que vivía frente a las oficinas principales del distrito. Cuando me senté en el sofá, pues no quería comer en la mesa con su ausencia que me dolía como un acceso infectado, admiré el amanecer sin color.
Acabé rápido con la comida, no era suficiente para aliviar el espacio que había adentro. Intenté comer una vez más, pero desistí, dejé el tazón, con desgana, en el fregadero. Parpadeé, no me cansaba de hacerlo, las lágrimas caían como gotas de lluvia, chocaban contra la cerámica. Quimeras del desamor nutrían episodios realistas: ella estaba en brazos de otro hombre ahora. El aire acondicionado estaba apagado. ¿Qué era esta sensación de frío que penetraba en mi interior, respiraba sin querer respirarlo? Avancé, pero me sostuve en el fragmento del pilar de la confianza que habíamos construido, entonces llevé una mano al órgano vital, comprobé su funcionamiento. Las paredes volvieron a temblar, creí que la ciudad se hacía pedazos, pero quién estaba hecho polvo, trizas, escombros, en ruinas, era yo. Sollocé, me agaché y me arrinconé.
Pérdida querida, me hacías tanto daño y la única forma de drenar aquel lago de emociones que me ahogaba, era con el diluvio que expelía mis ojos contristados. En las calles deserticas de los recuerdos, manejé el vehículo de la nostalagia, viajaba hacia la ilusión, hecha vapor, de tu cuerpo, pero era como el sol, por mucho que tratara de acercarme, jamás lo alcanzaba y volar al cielo no era un opción, porque asfixiado moriría por perseguir una falsa esperanza. Bajé del coche al detenerme en el campo donde otrora sembramos flores. Cientos de mustias madonas bailaban al son del soplido de la atmosfera lóbrega. Tiras de nubes, como pinceladas hechas por un pintor diestro, cubría el lienzo celestial, el cual usaba como proyector para ver nuestrom futuro; futuro fallecido por tu partida.
Desperté con una botella de sake en la mano. Bebí hasta que las neuronas se sobrecargaron de alcohol. Borracho, dirigí mis pasos de sargento herido, desfallecí en la cama, como si una bala de alto calibre hubiera impactado en mi estómago.
Abrí los ojos, era de noche, las luces de Tokio eran borrosas. El aguacero no me permitía ver más allá de las difusas constelaciones artificiales. Pronuncié su nombre.
—Kanon... ¿Dónde estás? —decía, palpando su lugar en el lado izquierdo de la cama—. Responde, Kanon.
Dejé extendido los dedos donde debería estar su calor. La sombra de las cortinas parecían lenguas de bestias y los relámpagos provocaban el mediodía instantáneo en el etéreo nocturno. Experimentaba náuseas, intenté pararme, pero coloqué los pies descalzos en los pedazos de vidrio que una vez protegieron su retrato. Me resistí a bajar la mirada, el impulso era irresistible, de modo que cedí y si antes estaba devastado, un cataclismo depresivo causó el fin de los tiempos en mi mundo sin ella.
—¿Dónde estás, Kanon? —pregunté a la insensible fotografía.
Aguardé respuesta como si fuera un perro abandonado a la espera de su dueño fallecido. Corría sangre de mis pies, di pasos moribundos, dejando huellas rojas que trazaban la ruta de un c*****r. Encendí la luz del baño, esperé que el temblor, secuela del último tren, cesara. A continuación, vi un desconocido al otro lado, cuyo humano irreconocible imitaba mis movimientos. Sonreí y en un aarrebato de furia acabé con el impostor: él no podía ser yo. Hilos carmesí descendían por las líneas de mis extremidades.
—No soy aquel hombre del que te enamoraste —mascullé, oyendo la melodía del aguacero de fondo—. He dejado de serlo para convertirme en una criatura que desconoce su figura y huye de sí mismo.
Corrí hacia la sala, tomé la llave de la entrada principal y, sin coger un paraguas, salí del apartamento. Apresurado, bajé las escaleras. Llegué al vestíbulo, donde la señora Sakura, atónita por mi aspecto ensangretado y muda por mis lágrimas, intentó detener mi carrera hacia el precipio. Evadí sus brazos maternales, me adentré en el desahogo de los cúmulos cargados de los dolores de la humanidad. Desgañité su nombre a un Dios sordo a mis plegarias.
Un pasillo se vislumbró al emprender rumbo al parque de Ueno. Los médicos fantasmales iban de aquí para allá. Entonces ingresaba en la sala de emergencia, una joven de veinte años amenazada por las consecuencias de un accidente de tránsito. Detrás de ella, empujando al personal de salud, estaba yo. Luchaba por mirar sus ojos, que agonizaban y perdían brillo. Mi intención era que escuchara mi voz y viera mi rostro plagado por la creencia de que saldría con vida, acto seguido sostener su frágil mano, que colgaba en el borde de la camilla, y ser su último tacto. Logré acercarme, cumplir mi cometido, porque prometí ser su guardián en el pasado, cuando dibujábamos nuestro porvenir en el lecho. Le dije que no abandonaría nunca, ni en la muerte, el recipiente de su alma, para en el futuro partir juntos hacia lo incierto. Pero aquel desgraciado ángel, de plumaje similar al de un cuervo, llegó para tomar su preciosa esencia y transportarla hacia el páramo inaccesible para los vivos. Dio el suspiro que marcó su hora final y murió con sus cristales, que una vez contuvieron su vida, fijos en mí.
Abrumado con el peso de la tristeza en mi espalda, me desvanecí en el suelo y el follaje de los árboles recitaban el canto que ella adoraba.
Conocí a Kanon en el parque de Ueno. Abstraído en mis pensamientos azarosos, vagaba a la deriva, no tenía idea adónde ir ni qué diablos debía hacer para crecer como ser humano. En ocasiones dudaba si un individuo evolucionaba de verdad o solo era una capa que cubría la imperfección de su ser. Tomé asiento en un banco, respingué cuando mi piel entró en contacto con el metal, dado que era invierno y el aliento gélido del clima calaba hasta en los nervios como millones de agujas de alfiler.