Ella era una talentosa pianista, solía expresar sus emociones gracias a las tonalidades lúgubres que emitían las cuerdas de su alma. Creció deseando ser madre, pero el imprevisto hado tenía preparado otro povernir: era infértil.
Nació en una sociedad machista, los hombres querían como esposa a las mujeres fértiles. Ningún hombre deseaba acercarse a ella y cuando se acercaba un pretendiente, embelesado por su excelsa belleza, salía huyendo al enterarse que no podía concebir un hijo.
La madre de ella envejeció. Había intentado desposar a su hija, pero nada podía hacer, solo rogaba a la sorda providencia que su pequeña, que era una adulta, pudiera traer una criatura al mundo.
Duraba días encerrada en su alcoba, sentada en la cama con el dosel corrido, sus manos se humedecían con lágrimas de frustración. Cuando terminaba de llorar, iba a desahogar su dolor en el piano. Entonces la atmósfera efusiva de la casa trocaba a un caliginoso ambiente triste. En cada rincón sombrío resonaban sus súplicas manifestadas por las notas musicales que expelía su alma. Las sombras de la noche lamían las flores del jardín, ella había dejado de tocar para oír los grillos en el fondo.
Pasó el tiempo y su juventud se esfumó. Toda su vida transcurrió en una interminable agonía, producto del vacío afectivo. Su anciana madre había muerto y ella no tardaría en morir, pues estaba en enferma. Entonces, acostada en la cama con las manos en el vientre, vio los ojos paternales del médico.
—Permítame quedarme a su lado —dijo el buen médico que conocía la historia.
—Puedes quedarte —masculló con una sonrisa cálida en su rostro pálido.
«¿Por qué ven un cuerpo estéril? ¡Ella es más que un recipiente lleno de consciencia!», reflexionó, acariciando la mano trémula de la señora.
Eliza era conocida en la comunidad por educar a los hijos de los pobres. Gracias a ella, la mayoría de los niños sin futuro, crecieron con una formación artística. Dictaba clases de piano, literatura y, a veces, de pintura, aunque no era diestra con el pincel. Ayudando a otros niños, rellenaba el vacío de su interior. Muchos se apegaban a ella, ya que era considerada una madre. Cuando un infante veía una madre en su figura, ella retornaba a la alcoba para llorar.
—Me iré sin haber sido una madre —susurró Eliza.
—Fuiste la madre de mis hijos y la madre de otros niños que crecieron sin una mamá —confesó el médico y acarició la mano de Eliza.
En la puerta estaban reunidos los adultos que habían crecido con las enseñanzas de Eliza. Convaleciente, miró a la nueva generación de hombres y mujeres.
—Si hubiera tenido un hijo, él o ella estaría con ustedes. —Cerró los ojos y, a continuación, los presentes derramaron lágrimas de despedida—. Adiós, mis niños. —Su mano dejó de presionar los dedos del médico.
El ángel de la muerte entró por la ventana y tomó el brazo del espíritu de Eliza, se la llevó al jardín donde solía jugar cuando era niña. Ella abrió los ojos y miró al ángel.
—Previamente tus acciones han sido juzgadas en la corte. Dios te otorga una oportunidad para ser madre —comunicó con las alas negras desplegadas. Eliza ladeó el rostro, no comprendía las palabras de Azrael—. Hay un niño muerto en un hospital, puedes reanimarlo, pero tu espíritu quedará anclado al niño hasta el fin de sus días en la tierra de los vivos.
—¿Seré su ángel guardián? —preguntó Eliza sin poder llorar de alegría.
—Las buenas madres son angeles guardianes. —Azruel asió del brazo a Eliza.
Azruel voló hacia el hospital. El niño muerto estaba con los ojos cerrados en la incubadora. Eliza se estremeció al mirarlo y se abalanzó hacia el niño.
—¿Cómo puedo reanimarlo? —preguntó con la voz quebrada.
—Con el amor de una madre —respondió Azruel.
Acto seguido, el amor que nació de su voluntad maternal, reavivó al recién nacido. Sintió los latidos del niño en ella; podía oler, respirar y escuchar, dado que su espíritu estaba unido a la consciencia del niño.
El bebé prorrumpió en llanto. Los médicos y enfermeras entraron, anonadados por el milagro. Nadie veía a Eliza, pero el niño podía escucharla.
—Cálmate, mamá está aquí —dijo y acercó sus labios para besar la frente del bebé—. Siempre estaré contigo, nunca estarás solo.
A pesar que el niño no podía conocerla en el plano físico, creció con extraños sueños y, en esos sueños, veía una niña de cabellos negros, piel nívea y vestido blanco con flores tejidas en los bordes. Un vez que entró en la adolescencia, Eliza se presentaba como una joven de quince años en el plano onírico.
—No estás solo —decía y lo abrazaba.
Las zarpas de la soledad rasgaban la animada personalidad del muchacho. Era díficil que tuviera amigos, sentía que había nacido en la época equivocada y, allende de las fronteras sociales, una parte de él no encajaba con la realidad. Lo que sus padres no podían ver, Eliza lo experimentaba.
Si el muchacho se comportaba mal, Eliza no dudaba en manipular el sino para reprenderlo o causarle pesadillas. Los días díficiles de la madurez eran amortiguados por su presencia a un lado de la cama. El muchacho no podía explicar la rara presencia que alteraba sus nervios en la espalda.
—A mis treinta años —dijo en una entrevista para una revista esotérica— confieso no haber visto a Elizabeth. Puedo escuchar su voz y de vez en cuando barruntar sus emociones. El día que pude sentirla con intensidad, fue durante el robo de mi cámara. Mientras uno de los sujetos me apuntaba con su arma, Elizabeth me hablaba. Por primera vez, su mano estaba en mi hombro como si fuera una mano real, con peso y piel. Anteriormente había soñado con ella, me advertía de un peligro que no supe interpretar. Incluso, antes de ser interceptado y tener el argentado cañón de un revolver en mi testa, ella me decía que cruzara la calle. Había desoído sus avisos y perdí mi cámara. —Hizo un breve silencio, formando una capilla con los dedos, la punta de estos sostenían la barbilla. Después de barajar las palabras en su mente, dejó reposar las manos en las piernas—. Una madre puede equivocarse, es normal, somos seres humanos. Pero, la intuición de una madre se debe tener en cuenta, puede salvar más de una vida.
—¿Cómo te acostumbaste a la presencia de un espíritu? No es fácil escuchar voces y saber identificarlas, teniendo en cuenta que los pensamientos suelen obstaculizar la comunicación con una entidad. —La presentadora bebió agua del vaso que está sobre la mesita.
—Aprendes a vivir con ello —contestó encogiendo los hombros, luego sonrió—. En el momento que naces y escuchas la voz de un ángel en tu oído, sabrás identificar esa voz para toda tu vida. Una madre es un ángel.
Al finalizar la entrevista, el hombre bajó hacia la cafetería, allí lo esperaba su esposa y su hija.
«Gracias», escuchó la voz de Eliza. «No hay motivo para agradecer, tú me rescataste del abismo», respondió él. «Hago lo mejor que puedo, quisiera estar viva para abrazarte», dijo Eliza. «Madre, pronto no reuniremos», comentó y finalizó la conversación.
La hija del fotógrafo abrazó a su padre cuando lo vio salir del edificio.
—¡Eli, preciosa! —exclamó y se agachó con los brazos extendidos.
—¡Papá! —La pequeña Elizabeth corrió a los brazos de su padre.
Una vez que estuvieron unidos por un abrazo, la pequeña Elizabeth sonrió y su sonrisa hecha con los labios era para su segunda abuela, pues, ella veía y escuchaba a doña Eliza. No obstante, era un secreto que debía ocultar a su padre, lo había prometido al espíritu que juega con ella en las noches.
—Te voy a cagar ya que no quieres soltarte —aclaró el fotógrafo y la cargó.
«Te comprará esta semana, el jugete que tanto deseas», transmitió a la pequeña Elizabeth.
—Estás muy callada, ¿sucede algo? —Arqueó una ceja, viendo a su hija.
—No, papá —contestó hundiendo su nariz en el cuello paterno.
Transcurrieron los años. Elizabeth creció y el padre envejeció. Cuando el padre estuvo en el fin de sus ochenta años, madre e hija se reunieron para acompañarlo.
—Papá —dijo la voz adulta de Elizabeth y vio a doña Eliza.
«Partiremos en unos minutos», anunció Eliza para el padre y la hija.
—Hija, sé que la has visto desde una edad temprana. —Presionó los suaves dedos blanquecinos de Elizabeth—. Tú y yo hemos tenido dos madres, una en el plano físico y otra en el plano espiritual. Es una lástima no partir con tu madre, sin embargo, yo los esperaré en el jardín de Dios... No llores... —Cerró los ojos.
—Estoy embarazada —soltó sin tacto—. Quería que mi hijo conociera a Eliza, su segunda abuela... ¿Padre? —Se levantó. Había muerto su padre. Se echó llorar en el pecho del cádaver.
Eliza y su hijo se encuentran en el jardín de Dios; un jardín dedicado a las madres y sus hijos.