El Gran Señor de Horikawa es el señor más grande que hubo nunca en j***n. Las generaciones siguientes jamás verán un señor tan grande. Los rumores dicen que antes de su nacimiento, Daitoku-Myo-O, se apareció a la gran señora, su madre, en un sueño. Desde el momento de su nacimiento fue un hombre absolutamente extraordinario. Todo lo que hacía trascendía las expectativas corrientes. Para mencionar sólo unos pocos ejemplos, el esplendor y el audaz diseño de su mansión de Horikawa exceden con mucho nuestras mediocres concepciones. Algunos dicen que su carácter y conducta son comparables con los del primer Emperador de China y el emperador Yang. Pero esta comparación puede semejarse a la descripción que el ciego hace del elefante. Porque su intención no era en absoluto disfrutar del monopolio de toda la gloria y el lujo. Era un hombre de gran alcurnia que prefería más bien compartir los placeres con todos los que se hallaban bajo su dominio.
Sólo un gobernante tan grande podría haber sido capaz de pasar indemne a través de la truculenta escena que fue el verdadero pandemonio desatado frente al palacio imperial. Y más aún, indudablemente fue su autoridad la que logró exorcizar al espíritu del difunto Ministro de la Izquierda, quien por las noches asolaba su mansión, cuyos jardines eran una afamada imitación del pintoresco paisaje de Shiogama. De hecho, la influencia de Horikawa era tan enorme que toda la gente de Kioto, jóvenes y viejos, lo respetaba tanto como si fuera un Buda encarnado.
Una vez, cuando volvía a su casa de una exhibición de capullos de ciruelo realizada en la corte imperial, uno de los bueyes que tiraban de su carro se soltó y atropelló a un anciano que pasaba por allí. Se rumorea que, aun en medio del accidente, el anciano, uniendo las manos en gesto reverente, expresó su gratitud por haber sido atropellado por el buey del Gran Señor.
Así, su vida estaba colmada de anécdotas memorables que muy bien podían pasar a la posteridad. En cierto banquete imperial, hizo un obsequio de treinta caballos blancos. Una vez, cuando la construcción del puente principal quedó varada por falta de apoyo, convirtió en columna humana a su asistente favorito para propiciar la ira de los dioses. Años atrás hizo que un sacerdote c***o, que había introducido el arte médico de un celebrado facultativo c***o, le abriera con una lanceta un carbunclo que aquejaba su cadera. Es imposible enumerar todas sus anécdotas. Pero de todas ellas, ninguna inspira un horror tan sobrecogedor como la historia del biombo del infierno que se encuentra ahora entre los tesoros de la familia del Señor. Hasta el Gran Señor, cuya presencia de ánimo había sido hasta entonces inconmovible, parecía extraordinariamente consternado. Además, sus asistentes estaban tan atemorizados que parecían haber perdido la cordura. Tras haberlo servido durante más de veinte años, yo mismo jamás había presenciado un espectáculo tan aterrador.
Pero antes de contar la historia, debo hablar de Yoshihide, quien hizo la espectral pintura del infierno en la superficie del biombo.
***
Con respecto a Yoshihide, alguna gente aún lo recuerda. Era un maestro de la pintura tan celebrado que ningún contemporáneo podía igualársele. Cuando ocurrió lo que estoy a punto de relatar, debe de haber estado bastante más allá de los cincuenta años. Se había atrofiado en su crecimiento, y era un viejo de aspecto siniestro, pura piel y huesos. Cuando venía a la mansión del Gran Señor, solía usar un traje de caza color clavo y tocaba su cabeza con una gorra flexible. Era de naturaleza extremadamente mezquina, y sus labios sensiblemente rojos, inusualmente juveniles para su edad, hacían recordar a algún extraño espíritu animal. Algunos decían que tenía los labios rojos debido a su hábito de chupar los pinceles; aunque yo dudo de que fuera verdad. Algunos difamadores decían que era un mono por su apariencia y por su conducta, y lo apodaron «Saruhide» (piel de mono).
Este Saruhide tenía una única hija, de quince años, que servía como doncella en la mansión del Gran Señor. A diferencia de su padre, era una joven encantadora y de extraordinaria belleza. Tras perder a su madre en la más tierna infancia, había sido precoz y, más aún, era inteligente y perspicaz como una persona mayor. Así, se ganó la consideración de la Señora, y era una favorita de los criados y miembros del séquito.
Más o menos en esa época, le obsequiaron al Señor un mono domesticado de la provincia de Tanba, al oeste de Tokio. El joven hijo del Señor, que estaba en la edad de las travesuras, apodó «Yoshihide» al animal.
Este nombre volvió aún más ridículo al cómico animal, y todo el mundo en la mansión se reía de él. Si eso hubiera sido todo, en realidad no habría sido nada. Pero, así las cosas, siempre que el mono trepaba al pino del jardín o ensuciaba la estera de la habitación del Pequeño Señor e incluso cuando hacía cualquier cosa, todo el mundo gritaba su nombre y se burlaba de él.
Un día la hija de Yoshihide, Yuzuki, pasaba por el largo corredor, llevando en la mano un ramillete de rosados capullos invernales de ciruelo, con una nota adjunta, cuando vio que el mono corría hacia ella desde el otro lado de la puerta corrediza. Parecía herido y no mostraba ningún deseo de trepar a la columna con su agilidad usual. Casi con seguridad una de sus patas había sufrido una distensión. Entonces, a quién vio la joven sino al Pequeño Señor en persona corriendo detrás del mono y blandiendo una vara mientras gritaba: «¡Detente, ladrón de mandarinas! ¡Detente, detente!». Al ver esta escena, ella vaciló por un momento. En ese instante, el mono llegó hasta ella corriendo y, soltando un grito, se aferró al ruedo de su falda. De pronto, la joven ya no pudo contener más su lástima. Aferrando el ramillete de capullos de ciruelo en una mano, abrió con la otra la amplia manga de su kimono color malva y con delicadeza cobijó allí al mono.
—Suplico tu perdón, mi señor —dijo con voz dulce, haciendo una respetuosa reverencia ante el Pequeño Señor—. Sólo es un animal; por favor perdónalo, señor.
—¿Por qué lo proteges? —Con aspecto de disgusto, el Pequeño Señor dio dos o tres patadas en el suelo—. El mono es un ladrón de mandarinas como te digo.
—Es sólo un animal, señor —repitió ella. Entonces, esbozando una sonrisa inocente pero triste, reunió la audacia suficiente para decir—: Al oír que le dicen Yoshihide me siento perturbada, como si castigaran a mi padre.
Ante este comentario él, pícaro como era, cedió.
—Ya veo —dijo el Pequeño Señor con reticencia—. Como tu súplica es en nombre de tu padre, le concederé al mono un perdón especial.
Entonces, arrojando su vara, se volvió y traspuso una vez más la misma puerta corrediza por la que había entrado.
***
A partir de ese momento la joven y el mono se convirtieron en muy buenos amigos. Ella ató una bella cinta carmesí al cuello del animal, y colgó de ella una campanita de oro que le había dado la princesa. El animal, por su parte, no abandonaba a la muchacha por nada del mundo. Una vez que la joven tuvo que estar en cama debido a un resfrío leve, el mono permaneció junto a su lecho, observándola con visible preocupación mientras se comía las uñas.
Desde entonces, por raro que resulte, nadie más se burló del mono como antes. Por el contrario, todos empezaron a mimarlo. Finalmente, hasta el Pequeño Señor en persona se acercaba a ofrecerle un caqui o una castaña. Se dice que en una oportunidad en que sorprendió a un caballero pateando al animal, se llenó de ira. Cuando esa noticia llegó a oídos del Señor, se dice que el noble ordenó que la joven fuera llevada ante él con el monito en brazos. Con respecto a este incidente, seguramente se había enterado de la manera en que la muchacha lo había convertido en un animal favorito.
—Eres una buena hija y consciente de tus deberes. Me complace mucho tu conducta —dijo el Señor, y como recompensa le obsequió un kimono rojo.
El mono, imitando la deferente reverencia de la muchacha que expresaba así su gratitud, alzó el kimono hasta su frente, para inmensa diversión y complacencia del Señor. Es necesario recordar que el Señor había concedido su buena voluntad a la muchacha porque le había impresionado la piedad filial que la había instado a convertir al mono en una mascota, y no porque admirara los encantos del sexo débil, como se rumoreaba. Había causas justificables para ese rumor, pero sobre esos temas tendré oportunidad de hablar en otro momento cuando tenga tiempo. Ahora sólo quiero limitar mi descripción a decir que el Señor no era un personaje que pudiera enamorarse de una joven tan inferior como la hija del pintor, por encantadora que fuera.
Muy honrada, la muchacha se retiró de la presencia del Señor. Por ser una joven naturalmente lista e inteligente, no hizo nada que pudiera exacerbar los celos y los chismes de las otras criadas. Por el contrario, el honor del que había sido objeto les reportó, tanto a ella como al mono, gran popularidad y el favor de las otras. Sobre todo, se advirtió que la joven gozaba del favor particular de la princesa al punto de que rara vez se la veía apartada de la noble dama y nunca dejaba de acompañarla en su carruaje en todas las excursiones.
Dejando ahora de lado por un momento a la muchacha, querría hablar un poco de su padre, Yoshihide. Aunque el mono, Yoshihide, llegó a ser querido por todos, el pintor Yoshihide seguía siendo tan odiado por todos como antes, y a sus espaldas lo seguían llamando «Saruhide».
El abad de Yokawa odiaba a Yoshihide como si fuera un demonio. Ante la mera mención de su nombre se ponía lívido de furia y aversión. Algunos dicen que esos sentimientos se debían a que Yoshihide había pintado una caricatura que describía la conducta del abad. Sin embargo, se trataba tan sólo de un rumor que circulaba entre la gente del pueblo, y tal vez no haya tenido ningún fundamento real. De todos modos, era impopular entre todos los que lo conocían. Si había algunos que no hablaban mal de él, eran sólo dos o tres de sus congéneres pintores o aquellos que conocían sus pinturas pero nada sabían de su carácter.
Verdaderamente no sólo era de apariencia desagradable, sino que también tenía ciertos hábitos horrorosos que lo convertían en un incordio repelente para todo el mundo. Y por ese hecho sólo podía culparse a sí mismo.
***
Ahora quiero hablar de sus hábitos censurables. Era tacaño, violento, desvergonzado, perezoso y codicioso. Y peor aún, era tan soberbio y arrogante que en su nariz parada se leía que «era el mejor pintor de todo Japón». Si su arrogancia se hubiera limitado a la pintura, habría sido menos objetable. Pero era tan engreído que manifestaba un profundo desdén por todas las costumbres y prácticas de la vida. Éste es un episodio sobre él contado por un hombre que había sido su aprendiz durante muchos años. Un día una famosa médium de la mansión de cierto señor cayó en trance bajo la maldición de un espíritu, y pronunció un oráculo terrible. Haciendo oídos sordos al oráculo, el pintor hizo un cuidadoso boceto del rostro espectral de la mujer con tinta y pincel que encontró a mano. A sus ojos, la maldición de un espíritu maligno no era más que un muñeco de resortes con el que jugaban los niños. Por ser ésa su naturaleza, al retratar a una doncella celestial solía pintar el rostro de una ramera, y al pintar el dios del fuego le confería la figura de un villano. Cometía muchos actos sacrílegos semejantes. Cuando le reprochaban esos gestos, declaraba con provocativa indiferencia: «Es ridículo que supongas que los dioses y Budas que he pintado serán capaces alguna vez de castigar a su pintor». Esta respuesta dejó tan pasmados a sus aprendices que muchos de ellos lo abandonaron inmediatamente, horrorizados ante la posibilidad de que se avecinaran terribles consecuencias. Después de todo, el pintor era la arrogancia encarnada y se creía el hombre más grandioso bajo el sol. Por consiguiente, uno puede avizorar hasta qué punto se valoraba a sí mismo como pintor. Sin embargo, su manejo del pincel y de los colores era tan absolutamente distinto del de los otros pintores que muchos de sus contemporáneos que estaban en malos términos con él solían calificarlo de charlatán. Alegaban que las pinturas famosas de Kawanari, Kanaoka, y otros maestros del pasado se caracterizan por describir episodios llenos de elegancia y armonía. El rumor repite que uno casi puede oler la delicada fragancia de los capullos de ciruelo en las noches de luna, y casi oír al cortesano que en el biombo toca la flauta. Pero todas las pinturas de Yoshihide tienen fama de ser desagradables y enrarecidas. Por ejemplo, pensemos en su pintura que representa las cinco fases de la transmigración de las almas, que el artista pintó en las puertas del templo de Ryûgai. Si uno traspone ese portal a altas horas de la noche, casi puede oír los suspiros y los sollozos de las doncellas celestiales. Algunos dicen que incluso se percibe el hedor de los cuerpos en descomposición. Las damas de la corte del Gran Señor, que Yoshihide pintó por orden del noble, enfermaron como si el alma las hubiera abandonado, y todas murieron en el lapso de tres años. Los que menosprecian las pinturas de Yoshihide dicen que todo eso ocurrió porque sus obras están cargadas de magia negra. Sin embargo, como ya dije, el pintor era un bribón excéntrico y contradictorio, y se jactaba de su propia perversidad. Una vez, el Gran Señor le dijo: «Aparentemente, tienes una gran parcialidad hacia lo horrible», y él replicó: «Sí, mi señor, los artistas sin talento no pueden percibir la belleza de lo horrible». Aun admitiendo que era el pintor más grande de todo el país, era inaudito que fuera tan presuntuoso como para hacer un comentario tan soberbio en presencia del Gran Señor. Sus aprendices lo apodaban en secreto «Chira-Eiju», aludiendo de este modo a su arrogancia. Chira-Eiju es, como presumo que usted sabe, un jactancioso duende de larga nariz que voló hasta j***n en la antigüedad. Sin embargo, Yoshihide, que era un sinvergüenza indescriptiblemente perverso, exhibía un aspecto tierno que no carecía del todo de afabilidad humana.
***
Adoraba a su única hija, que era dama de honor, con un amor rayano en la locura. Ella era una muchacha de dulce temperamento, y quería con devoción a su padre. Por increíble que pueda resultar, Yoshihide albergaba por su hija una adoración que llegaba al capricho, y gastaba pródigamente su dinero en comprarle kimonos, hebillas y toda clase de chucherías para engalanarla, aunque nunca contribuía con un diezmo para cualquier templo budista.
Pero todo el amor por su hija era ciego y salvaje. Nunca dedicó un momento a pensar en encontrarle un buen marido. Por el contrario, si alguien hubiera intentado acercarse a la muchacha, Yoshihide no habría tenido ningún escrúpulo en contratar matones callejeros para atacarlo. Aun cuando la joven fue convocada por graciosa orden del Gran Señor para ocupar el cargo de doncella, el pintor sintió tanto desagrado que se mostró con una expresión agria como el vinagre, incluso cuando fue conducido ante la presencia del Gran Señor en persona. El rumor de que el Gran Señor, enamorado de la belleza de la joven, la llamó a su servicio a pesar de la intensa desaprobación que podía leerse en el rostro de su padre, probablemente se haya originado en la imaginación de todos aquellos familiarizados con esas circunstancias.
Dejando de lado el rumor, lo cierto es que Yoshihide, debido al indulgente amor que sentía por su hija, experimentaba un irresistible deseo de que la joven fuera liberada de su puesto de servicio. Una vez, cuando pintó por orden del Gran Señor el retrato de un querubín, consiguió plasmar una obra maestra usando de modelo al paje favorito del noble.
Muy complacido, el Gran Señor le dijo al pintor:
—Yoshihide, estoy dispuesto a satisfacer cualquier pedido que me hagas.
Y Yoshihide tuvo la audacia de responder:
—Permíteme pedirte que mi hija sea dispensada de prestarte servicio.
Dejando de lado lo que hubiera podido ocurrir en otras familias, ¿a qué otra persona, por mucho amor que sintiera por la joven, se le hubiera ocurrido hacer un pedido tan presuntuoso al Gran Señor de Horikawa con respecto a su dama de compañía favorita? Con cierto aire de desagrado, el magnánimo Gran Señor permaneció en silencio por un rato, mirando fijamente a Yoshihide.
—No, no puedo concederte eso —le espetó, y se marchó abruptamente.
La escena debe de haberse repetido cuatro o cinco veces. Ahora me parece que en cada oportunidad el favor del señor hacia Yoshihide disminuía, y crecía la frialdad de la mirada que le dedicaba. Esto por cierto debe de haber hecho que la hija se preocupara por su padre. Cuando se retiraba a su habitación, con frecuencia se la veía sollozando, mordiéndose la manga del kimono. A partir de entonces, se agigantó el rumor de que el Gran Señor estaba enamorado de la joven. Algunos dicen que toda la historia del biombo del infierno puede remontarse al hecho de que la joven se negó a satisfacer los deseos del Gran Señor. Sin embargo, yo no creo que eso haya sido cierto.
Me parece, más bien, que el ilustre señor no permitió que la joven fuera dispensada de servirlo porque se compadecía de sus circunstancias familiares y había decidido graciosamente conservarla en su mansión y permitirle una vida fácil y confortable, en vez de enviarla de regreso junto a su padre malhumorado y terco. Sin duda había convertido en su «favorita» a esa joven de temperamento tan dulce y encantador. Sin embargo, atribuir todo esto a los motivos amorosos por parte del ilustre señor es una rebuscada distorsión de los hechos. No, me atrevo a decir que es una mentira absolutamente infundada.
Sea como fuere, fue en el momento en que el señor había empezado a mirar a Yoshihide con desagrado cuando lo convocó a su mansión y le encargó que pintara en un biombo un cuadro del infierno.
***
El biombo del infierno era una consumada obra de arte, que presentaba a nuestros ojos una vívida representación de las terribles escenas del infierno.
En especial en su composición, su pintura del infierno era muy diferente de las versiones de otros artistas. En un rincón de la primera hoja del biombo, en escala reducida, se veían los diez reyes del infierno y sus cortes, mientras que el resto de la hoja estaba cubierto de terribles lenguas del fuego que rugía y se arremolinaba en torno de las Montañas de Espadas y los Bosques de Lanzas que, también, parecían a punto de arder hasta fundirse en las llamas. Por consiguiente, salvo por las manchas amarillas y azules de los trajes de diseño c***o de los oficiales infernales, en cualquier parte que uno posara la mirada todo eran llamas abrasadoras, remolinos de humo n***o y chispas que volaban como polvo de oro ardiente atizadas por un h********o de fuego.
Esta composición, por sí misma, bastaba para sobresaltar el ojo humano. Los criminales que se retorcían en agonía en medio del devorador fuego infernal no eran como los que habitualmente se representaban en las descripciones pictóricas usuales del infierno. Porque aquí, en las representaciones de los pecadores se presentaba un completo despliegue de personas de todas clases, desde nobles y dignatarios hasta mendigos y marginados, cortesanos con majestuosos atavíos palaciegos, coquetas esposas de samuráis con ropas ornamentadas, sacerdotes que rezaban con los rosarios que llevaban al cuello, estudiantes de samurái calzados con sus altos zuecos de madera, muchachas en coloridos vestidos de gala, adivinos enfundados en los hábitos típicos de los monjes sintoístas… el número de pecadores era infinito. Allí las personas de toda condición, torturadas por los infernales sabuesos con cabeza de toro en medio de las ardientes llamas y el humo enconado, huían en todas direcciones como hojas otoñales diseminadas por una ráfaga de viento. Había mujeres con aspecto de médiums de santuario, cuyo pelo pendía de horquillas y con los miembros retraídos y doblados como patas de araña. Había hombres con indudable apariencia de gobernantes, colgados cabeza abajo y con el corazón traspasado por alabardas. Algunos eran golpeados con varas de hierro. Otros eran aplastados bajo la roca viva. Otros eran picoteados por pavorosos pájaros y otros eran degollados por dragones venenosos. Había muchísimas variedades de torturas padecidas por numerosas categorías de pecadores.
Pero el horror más destacado, sin embargo, era un carruaje tirado por bueyes que se despeñaba rozando las copas de los árboles de espadas que tenían ramas puntiagudas como colmillos, y en ellos, como si fueran espetones, estaban traspasadas pilas y pilas de cuerpos de almas muertas. En ese carruaje, cuyas cortinas habían sido levantadas por las furiosas ráfagas del infierno, una dama de la corte tan lujosamente ataviada como una emperatriz o una princesa se retorcía en agonía, su n***o cabello flotando en medio de las llamas y el blanco cuello extendido hacia arriba. Esa figura de la agonizante dama de la corte en el carruaje de bueyes devorado por las llamas era la representación más espantosa de las mil y una torturas del llameante infierno. Los horrores variopintos de todo el cuadro tenían su punto focal en ese único personaje. Era una obra maestra de tal inspiración divina que nadie podría haberla mirado sin sentir en sus oídos los terribles lamentos de las almas condenadas, sumándose en un verdadero pandemonio.
Fue por esa razón, de hecho, por su devorador deseo de pintar ese cuadro, que ocurrió el terrible incidente. Si no hubiera sido por ese acontecimiento, ¿cómo habría podido Yoshihide llegar a pintar una escena tan gráfica de los tormentos y agonías del infierno? Para poder terminar el cuadro, su vida tenía que tener un fin espantoso. De hecho, fue a ese infierno de su propio cuadro que Yoshihide, el pintor más grande de j***n, se había condenado a sí mismo.
Me temo que por el apuro de contar sobre este extraño biombo del infierno he alterado el orden de mi relato. Ahora la historia volverá a Yoshihide, a quien el Gran Señor le encomendó pintar un cuadro del infierno.
***
Durante cinco o seis meses Yoshihide se dedicó a pintar su cuadro sobre el biombo sin hacer siquiera una sola visita de cortesía a la mansión. Para cualquiera resultaría extraño que, con todo el amor indulgente que albergaba por su hija, ni siquiera se le ocurriera verla. Para decirlo con las palabras de sus aprendices, se transformó en un hombre poseído por un zorro. El rumor que circuló en esa época afirmaba que había podido conseguir fama y renombre por las promesas que le había hecho a Reynard, el dios de la buena fortuna.
«Si quiere tener una prueba concluyente», dijo alguien, «échele un vistazo mientras está trabajando, y podrá ver los turbios espíritus de los zorros apiñados a su alrededor».
Una vez que empuñaba el pincel, se olvidaba de todo lo que no fuera su trabajo. Día y noche se lo pasaba encerrado en su estudio, casi sin salir a luz del sol. Ese grado de concentración en su obra era aún más extraordinario mientras pintaba el biombo del infierno.
Encerrado en el estudio con los postigos permanentemente cerrados, mezclaba sus colores secretos y, vistiendo a sus aprendices con atavíos de gala o con ropas sencillas, los retrataba con gran cuidado.
Pero estas peculiares rarezas eran usuales en él. No habría sido imprescindible el biombo del infierno para inducirlo a tales excentricidades extremas. Mientras trabajaba en otra pintura, Las cinco fases de la transmigración de las almas, se topó con unos c*******s que se pudrían en la calle. Entonces, sentándose con toda calma frente a los malolientes despojos, de los que cualquier otro pintor habría desviado los ojos, hizo precisos bocetos, perfectamente a sus anchas, de los rostros y los miembros descompuestos, hasta en sus más mínimos detalles. Me temo que esto que he contado no expresa claramente la idea de su extrema concentración. En este momento no puedo relatarlo en detalle, pero sí daré algunos de los ejemplos más notables.
Una vez uno de sus aprendices estaba mezclando colores cuando Yoshihide dijo abruptamente:
—Ahora quiero tomarme un descanso. Durante algunos días he tenido malos sueños.
—¿De veras, señor? —le respondió formalmente el aprendiz sin interrumpir su trabajo. No era algo inusual en el caso de su maestro.
—A propósito —dijo el artista, expresando un pedido bastante modesto—, quiero que te sientes junto a mi cama mientras descanso.
—Muy bien, señor —replicó el aprendiz, ya que no esperaba que el pedido conllevara ningún problema, aunque le pareció extraño que su maestro se preocupara por sus malos sueños.
—Ven conmigo a mi cuarto interior. Aun cuando se presente algún otro aprendiz, no le permitas entrar —ordenó el maestro de modo vacilante, todavía con aspecto angustiado. El cuarto interior era su estudio.
En esa ocasión, como de costumbre, su estudio estaba cerrado a cal y canto, y las lámparas parpadeaban débilmente como si fuera de noche. Sobre las paredes de la habitación estaba apoyado el biombo, sobre el que se veía ya un boceto hecho en carbón. Al entrar, el artista se fue a dormir tranquilamente como si estuviera extenuado. Pero su sueño no había durado media hora cuando los oídos del aprendiz percibieron una voz indescriptiblemente extraña y pavorosa.