El biombo del infierno (2)

3277 Words
Al principio era sólo una voz. Pero pronto se convirtió gradualmente en palabras inconexas que emergían como el gemido de un hombre que se ahogara en las aguas. «¿Qué? ¿Me dices que vaya?… ¿Adónde?… ¿Ir adónde?… ¿Quién es el que me dice “Ven al infierno. Ven al ardiente infierno”? ¿Quién es? ¿Quién podría ser más que…?». El aprendiz se olvidó de mezclar los colores y echó un furtivo vistazo al rostro de su maestro. La cara arrugada se había tornado pálida, y estaba perlada de grandes gotas de sudor. Tenía la boca muy abierta como si se debatiera por aire, y sus escasos dientes se revelaban entre los labios secos. Esa cosa que se movía bruscamente dentro de su boca como si estuviera tironeada por un hilo o un cable, era su lengua. Las palabras inconexas, por supuesto, surgían de su boca. «Mmm, eres tú. Esperaba que fueras tú… ¿Has venido a reunirte conmigo?… Ven, entonces. Ven al infierno. En el infierno me espera mi hija». El aprendiz quedó petrificado de miedo; un escalofrío recorrió todo su cuerpo cuando le pareció ver un oscuro y pavoroso fantasma que se acercaba desde el biombo. De inmediato posó una mano sobre Yoshihide y con toda su fuerza trató de arrancarlo de las garras de la pesadilla. Pero, en trance, su maestro siguió hablando consigo mismo y no despertó. Así que el aprendiz reunió el coraje para echar el agua de la paleta sobre el rostro del maestro. «Te estaré esperando, ven con ese carruaje. Lleva ese carruaje al infierno». Estas palabras, estranguladas en su garganta, apenas se expresaron bajo la forma de un gemido cuando Yoshihide saltó súbitamente como si lo hubieran pinchado con una aguja. Los malos espíritus de su sueño seguramente aún rondaban sus párpados. Por un momento miró fijamente el espacio con la boca aún muy abierta. Luego, recobrando la compostura, ordenó con brusquedad: —Todo está bien ahora. Vete, ¿quieres? Si el aprendiz hubiera planteado alguna objeción, sin duda se habría ganado una buena reprimenda. Así que abandonó con premura la habitación del maestro. Cuando salió al aire libre, a la afable luz del sol, se sintió tan aliviado como si él mismo hubiera despertado de una pesadilla. Pero ese episodio no fue el peor. Un mes más tarde, otro aprendiz fue llamado al estudio. Yoshihide, quien había estado mordisqueando su pincel, se volvió hacia él y le dijo: —Te pido que te desnudes. Como el artista había dado esa orden de tanto en tanto, el aprendiz se quitó las ropas de inmediato. —No he visto a nadie atado con cadenas y entonces, lo lamento, ¿pero harás lo que te diga durante un rato? —dijo Yoshihide con frialdad, con una extraña expresión ceñuda en el rostro, sin ningún aire de lamentarlo en absoluto. El aprendiz era por naturaleza un joven de físico tan corpulento que podría haber blandido una espada con más desenvoltura que un pincel. No obstante, estaba absolutamente atónito, y al referirse más tarde al episodio, repitió varias veces: «Temí que el maestro se hubiera vuelto loco y estuviera a punto de matarme». Yoshihide se impacientó al ver que el aprendiz vacilaba. Empuñando unas cadenas de hierro que tenía guardadas en alguna parte, saltó sobre la espalda del joven y, sujetándole perentoria y violentamente los brazos, se los ató apretadamente. Después dio un súbito tirón a uno de los extremos de la cadena, con una fuerza tan cruel que el aprendiz cayó al suelo debido al súbito impacto del fuerte empujón y a la insoportable garra de la cadena. IX En ese momento, el aprendiz parecía un tonel de vino caído de lado. Todos sus miembros estaban tan cruelmente doblados y retorcidos que sólo podía mover la cabeza. La tensión de la cadena le había cortado la circulación sanguínea, y su rostro, pecho y miembros se tornaron inmediatamente lívidos. Sin embargo, Yoshihide no prestó la menor atención a su dolor y, caminando en torno del cuerpo encadenado hizo muchos bocetos del modelo. No hace falta decir el espantoso tormento que padeció el aprendiz debido a las cadenas que lo sujetaban. Si nada hubiera ocurrido en ese momento, su sufrimiento habría continuado. Afortunadamente —o sería más apropiado decir desafortunadamente—, al cabo de un rato una delgada franja de algo se deslizó, centelleante, hasta situarse frente a la punta de la nariz del aprendiz que, sobrecogido de temor, contuvo el aliento y chilló: —¡Una serpiente! ¡Una serpiente! El aprendiz me contó que había sentido que toda la sangre de su cuerpo se le congelaba en las venas. La serpiente estaba verdaderamente a punto de tocar con su lengua fría la piel del cuello del muchacho, torturada por la cadena. Ante ese acontecimiento imprevisto, el desalmado Yoshihide sin duda debe de haberse sobresaltado. Arrojando con premura su pincel, se agachó y aferrando a la serpiente por la cola la suspendió cabeza abajo. Así suspendida, la serpiente alzó la cabeza y se enroscó sobre su propio cuerpo, pero no pudo alcanzar la mano de Yoshihide. —¡Vete al infierno, condenada serpiente! ¡Arruinaste una buena pincelada! Exasperado, Yoshihide dejó caer el reptil en el tarro que había en un rincón del cuarto, y con reticencia desamarró la cadena que inmovilizaba al aprendiz. Pero no hizo más que desencadenar al pobre muchacho, sin dirigirle ni una palabra de disculpas o de consideración. Para él, el fracaso de su pincelada debe de haber sido más penosa que el hecho de que su aprendiz hubiera sufrido la mordedura de la serpiente. Más tarde me dijeron que tenía la serpiente para el expreso propósito de hacer bocetos de ella. Al oír el relato de estos episodios, podremos hacernos una buena idea del siniestro y demencial grado de concentración de Yoshihide. Para terminar, quiero contar otra historia sobre la manera en que, durante la pintura del biombo del infierno, un aprendiz de trece o catorce años pasó por una experiencia tan espantosa que casi le costó la vida. Se trataba de un muchacho apuesto, con cara de niña. Una noche Yoshihide lo llamó a su habitación y allí, a la luz de la lámpara, vio a su maestro que alimentaba a un extraño pájaro con carne cruda, ofreciéndosela en la palma de su mano. El pájaro tenía el tamaño de un gato doméstico. Tenía ojos redondos, de color ámbar, y unas plumas con forma de oreja sobresalían a cada lado de su cabeza, todo lo cual le daba una apariencia extraordinariamente semejante a un gato. X Por naturaleza Yoshihide odiaba cualquier intromisión exterior en lo que estuviera haciendo. Tal como ocurrió en el caso de la serpiente, jamás permitía que sus aprendices supieran lo que se proponía hacer. Sobre su mesa había a veces cráneos humanos, y otras veces cuencos de plata o vajilla laqueada. Los objetos sorprendentes que colocaba sobre su mesa variaban según lo que estuviera pintando. Nunca nadie pudo averiguar dónde guardaba esas cosas. Es de suponer que esas circunstancias deben de haber reforzado el rumor de que el pintor gozaba de la protección divina de la Gran diosa de la Fortuna. De manera que cuando el aprendiz vio a la extraña criatura, pensó que debía de ser también uno de los modelos para su obra del infierno, y preguntó: —¿Qué necesitas, señor? —e hizo una respetuosa reverencia ante su maestro. —¡Mira qué dócil es! —dijo el pintor, relamiéndose los labios rojos, como si no hubiera oído la pregunta. —¿Cuál es el nombre de esta criatura, señor? Nunca he visto una igual. Con estas palabras, el aprendiz miró con fijeza al pájaro semejante a un gato, cuyas orejas se erguían de manera siniestra. —¿Qué? ¿Nunca viste algo así? Ése es el problema con la gente criada en la ciudad. Debería conocer más. Es un pájaro llamado lechuza enastada. Un cazador de Kurama[7] me lo dio hace unos días. Te aseguro que no hay muchos tan mansos como éste. Con estas palabras, alzó lentamente una mano y acarició las plumas del lomo de la lechuza, que acababa de tomar el alimento. Justo en ese momento, con un chillido agudo y ominoso, voló súbitamente de la mesa, y con las garras de ambas patas extendidas cayó sobre el aprendiz. Si en ese momento el muchacho no hubiera alzado un brazo y ocultado su rostro en la manga, habría resultado gravemente herido. Soltando un grito de temor, intentó deshacerse frenéticamente de la lechuza enastada. Pero el gran pájaro, aprovechando los momentos en que el aprendiz bajaba la guardia, siguió descerrajándole picotazos. El muchacho, olvidando la presencia de su maestro, corría de un extremo a otro de la habitación completamente perturbado, poniéndose de pie para defenderse y sentándose para procurar ahuyentar al pájaro. Éste lo seguía de cerca y durante los momentos en los que su víctima quedaba desprotegida se abalanzaba como una flecha sobre sus ojos. El feroz batir de sus alas provocaba unos efectos misteriosos, como el aroma de hojas muertas, el rocío de una cascada o el hedor del vino de mono[8] rancio. El aprendiz se sentía tan indefenso que la débil luz de la lámpara de aceite le parecía la brumosa luz de la luna, y la habitación de su maestro un espectral valle oculto en las profundidades de las remotas montañas. Sin embargo, no sólo los ataques de la lechuza sobrecogían de terror al aprendiz. Lo que colmaba de espanto su corazón era la actitud de Yoshihide. Durante todo ese tiempo el maestro había estado contemplando con frialdad la caótica y trágica escena mientras bosquejaba tranquilamente, en una hoja de papel que había desenrollado deliberadamente, la espectral escena del niño de aspecto femenino torturado y desfigurado por el siniestro pájaro. Cuando el muchacho pudo ver por el rabillo del ojo lo que estaba haciendo su maestro, un escalofrío de mortal horror le recorrió el cuerpo, y empezó a esperar que en cualquier momento el pintor lo matara. *** De hecho, era posible que su maestro hubiera planeado matarlo, ya que esa noche llamó deliberadamente al aprendiz para llevar a cabo su diabólico proyecto de soltar contra el joven la lechuza y pintarlo mientras el bello aprendiz corría aterrorizado por la habitación. Así, en el momento en que el muchacho advirtió cuál era la intención de su maestro, involuntariamente ocultó el rostro en las mangas de su túnica y, tras emitir un grito salvaje e indescriptible, se desplomó al pie de una puerta corrediza en un extremo de la habitación. Justo en ese momento algo cayó al suelo con un gran estrépito. Luego, repentinamente, el batir de las alas de la lechuza se tornó más violento que nunca y Yoshihide, soltando un grito de alarma, pareció haberse puesto de pie. Aterrado hasta perder el juicio, el aprendiz levantó la cabeza para ver lo que ocurría. La habitación estaba completamente a oscuras, y oyó en la negrura la voz irritada y dura de su maestro llamando a un aprendiz. Luego se oyó la respuesta distante de otro de los aprendices, quien apresuradamente llegó con una lámpara. La velada luz reveló que el estante de la lámpara había sido derribado y que se había formado un charco de aceite sobre las esteras, donde la lechuza se sacudía de dolor, agitando tan sólo una de sus alas. Yoshihide, incorporándose a medias, masculló algo incomprensible para cualquier mortal… y con sobrados motivos. Una serpiente negra se había enroscado estrechamente alrededor del cuerpo de la lechuza enastada, desde el cuello hasta las alas. Este feroz combate había empezado presumiblemente porque el aprendiz había volcado la vasija al acurrucarse bruscamente, y la lechuza había tratado de inmovilizar en sus garras y picotear a la serpiente que se había deslizado fuera de su prisión. Los dos aprendices, intercambiando miradas atónitas, habían estado contemplando esa estremecedora contienda durante un cierto lapso antes de inclinarse humildemente ante su maestro y escurrirse fuera de la habitación. Nadie sabe qué ocurrió con la serpiente y la lechuza después de eso. Hubo muchas oportunidades semejantes. Como ya he dicho, fue a principios del otoño que el pintor recibió del Gran Señor la orden de pintar el infierno sobre el biombo. Desde entonces hasta el final del invierno, los aprendices estuvieron en constante peligro debido a la misteriosa conducta de su maestro. Hacia fines del invierno, Yoshihide llegó a una suerte de punto muerto de su trabajo sobre el biombo. Su carácter se tornó más sombrío que nunca y sus palabras se hicieron más duras y bruscas. No avanzaba en el primer boceto, del que ya había completado un ochenta por ciento. Parecía tan insatisfecho que posiblemente no habría vacilado siquiera en borrar todo el primer boceto. Nadie podía ver cuál era el problema de la obra. Y tampoco nadie se preocupó por averiguarlo. Los aprendices, que habían aprendido de las experiencias pasadas, pagando un amargo precio, se cuidaron muy bien de permanecer alejados de su maestro, como si sintieran que estaban en la misma jaula con un tigre o un lobo. *** Por lo tanto, durante un tiempo no se había producido ningún acontecimiento especialmente digno de mención. Lo único que merece destacarse es que Yoshihide, viejo obstinado, se tornó tan extrañamente lacrimoso que a veces incluso lloraba cuando no había nadie cerca. Un día, cuando uno de los aprendices salió al jardín encontró a su maestro con los ojos llenos de lágrimas, mirando con ojos ausentes el cielo que indicaba ya la proximidad de la primavera. Más avergonzado e incómodo que su maestro, el aprendiz se alejó sigilosamente sin decir una palabra. ¿No es raro que un hombre de corazón duro, capaz de tomar a los c*******s de la calle de modelo para sus bocetos, llorara como un niño porque no podía encontrar un tema adecuado para pintar el biombo? Mientras Yoshihide estaba tan absorto en la pintura del biombo, su hija fue entristeciéndose gradualmente al punto de que resultaba evidente para todos que se esforzaba por contener las lágrimas. Como era una recatada joven de rostro bello, calmo y compuesto, se la veía aún más sola y desconsolada, con sus ojos llorosos sombreados por densas pestañas. Al principio se plantearon varias conjeturas sobre el motivo de su estado de ánimo, tales como «está siempre abstraída en sus pensamientos porque echa de menos a su padre y a su madre», «está enferma de amor», y cosas por el estilo. Sin embargo, con el transcurso del tiempo empezó a circular el rumor de que el Gran Señor intentaba obligarla plegarse a sus deseos. A partir de ese momento, la gente dejó de hablar de la muchacha como si se hubiera olvidado totalmente del asunto. Más o menos en esa época, una noche, a altas horas, yo paseaba solo por el corredor cuando de repente el mono Yoshihide se me acercó como un bólido y tironeó persistentemente el ruedo de mi túnica. Si recuerdo bien, era una noche templada inundada por una luz lunar tan apacible que parecía cargada de la fragancia dulce de las flores de ciruelo. A la luz de la luna pude ver que el mono mostraba sus dientes blancos, arrugando la nariz, y gritando con tanto frenesí como si se hubiera vuelto loco. Sentí un treinta por ciento de extrañeza y un setenta por ciento de enojo, y al principio deseé deshacerme de él con un puntapié y seguir mi camino. Pero, al reflexionar, pensé en el caso del samurái que había provocado el desagrado del joven señor por castigar al mono. Sin embargo, la conducta del animal sugería que ocurría algo fuera de lo común. Así que caminé a desgano durante unos diez metros en la dirección en la que él me empujaba. Giré por el corredor y llegué hasta su extremo, que dejaba ver, a través de las armoniosas ramas del pino, el bello espectáculo del amplio estanque que centelleaba como cristal en la noche. Entonces llegó a mis oídos el sonido de una confusa lucha en la habitación contigua. Todo estaba tan silencioso como un cementerio, y en la débil luz que procedía a medias de la luna y a medias de la bruma, no se oía nada más que el chapoteo de los peces. Instintivamente me detuve y me dirigí sigilosamente hacia las puertas corredizas, listo para propinar unos buenos golpes si llegara a toparme con revoltosos o alborotadores. *** El mono Yoshihide debe de haber sentido impaciencia ante mi actitud. Gimiendo tan lastimeramente como si lo estuvieran estrangulando, correteó entre mis piernas un par de veces y súbitamente saltó sobre mis hombros. Instintivamente volví la cabeza para esquivar sus zarpas, mientras el mono se aferraba a la manga de mi túnica para no resbalar. Sin pensarlo, me tambaleé involuntariamente unos pasos y tropecé con la puerta corrediza. Eso acabó con mi vacilación. Abrí bruscamente la puerta, decidido a entrar en el recinto al que la luz de la luna no llegaba. Entonces, para mi gran sobresalto, mi visión quedó bloqueada por el cuerpo de una joven que salió huyendo de la habitación como si hubiera sido despedida por un resorte. En su ímpetu, casi chocó conmigo mientras salía del cuarto. No sé por qué, pero se arrodilló allí y levantó la vista hasta mi rostro, sin aliento, temblando como si aún siguiera viendo algo espantoso. Casi no necesito decir que se trataba de la hija de Yoshihide. Pero esa noche se veía tan extraordinariamente atractiva que su imagen quedó indeleblemente grabada en mis ojos como si fuera un ser diferente. Sus ojos centelleaban, sus mejillas estaban teñidas de un rubor rosado. Su falda y su ropa interior, en desarreglo, añadían a su juventud en flor un encanto irresistible ajeno a su naturaleza inocente. ¿Era ésta verdaderamente la hija del pintor, tan pudorosa y delicada en todos los aspectos? Apoyándome en la puerta, contemplé a la bella joven bajo la luz de la luna. Luego, advirtiendo súbitamente los presurosos pasos de un hombre que se resguardaba en la oscuridad, dije, como si lo estuviera señalando: —¿Quién es? La joven, mordiéndose los labios, tan sólo meneó silenciosamente la cabeza. Parecía llena de pesadumbre. De modo que me incliné, acerqué mi boca a su oído y pregunté: —¿Quién era? —en voz muy baja. Pero ella volvió a menear la cabeza y no me dio respuesta. Con los ojos llenos de lágrimas, se mordía los labios con mayor fuerza aún. A causa de mi estupidez congénita, no puedo entender nada que no sea tan claro como el día. Por eso, sin saber qué decir, permanecí clavado en el lugar, como si pretendiera escuchar el apresurado latido del corazón de la muchacha. No tuve corazón para seguir interrogándola. No sé cuánto tiempo me quedé esperando. Sin embargo, tras cerrar la puerta que había dejado abierta, volví a dirigir la mirada hacia la muchacha, que parecía haberse recobrado un poco de su agitación, y con tanta suavidad como pude le dije: —Ahora vuelve a tu habitación. Turbado por la inquietud de haber visto algo que no debía haber visto, y sintiéndome avergonzado —no sabía de qué—, empecé a caminar hacia el lugar de donde había venido. Pero no había hecho diez pasos cuando alguien, tímidamente, desde atrás, volvió a dar unos tironcitos al ruedo de mi túnica. Sorprendido, me volví. ¿Quién creen que era? Era el mono Yoshihide, que inclinó repetidamente la cabeza para expresar su gratitud, apoyando las manos en el suelo como un hombre, mientras su campanilla de oro tintineaba.
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