Dos semanas más tarde, Yoshihide el pintor se presentó en la mansión del Gran Señor y rogó que éste lo atendiera. El Señor, a quien habitualmente era difícil acceder, le concedió graciosamente una audiencia, y ordenó que lo condujeran enseguida ante su presencia, probablemente porque el pintor gozaba del favor del noble, a pesar de ser hombre de humilde rango. Yoshihide vestía, como siempre, una túnica amarilla y una gorra. Con una expresión más ceñuda que la habitual, se prosternó respetuosamente ante el Señor. Al poco tiempo alzó la cabeza y dijo con voz ronca:
—Tal vez complazca a Su Señoría que le dé noticias sobre el cuadro del infierno que tuvo a bien encomendarme pintar sobre el biombo. Me he aplicado día y noche a la pintura, y estoy a punto de acabar el trabajo.
—¡Enhorabuena! Me complace oírlo.
Sin embargo, la voz del Gran Señor carecía de convicción.
—No, mi señor. No corresponde felicitarme —dijo Yoshihide, bajando la voz como si estuviera colmado de insatisfacción—. Está casi terminado, pero hay algo que no puedo pintar.
—¡Cómo! ¿Hay algo que tú no puedes pintar?
—Sí, señor. En general, puedo pintar cualquier cosa que haya visto. En otro caso, por más que me esfuerce, no puedo pintar satisfactoriamente. Y eso es como decir que no puedo pintar.
—Eso significa que ahora que debes pintar el infierno, debes haberlo visto, ¿verdad? —En la cara del Gran Señor asomó una sonrisa despectiva.
—Así es señor. Hace unos años, cuando hubo un gran incendio, pude ver con mis propios ojos un infierno de llamas rugientes. Por eso pude pintar el cuadro del Dios de las Llamas Rugientes. Su Señoría conoce también ese cuadro.
—¿Y qué pasa con los criminales? No has visto prisioneros todavía, ¿verdad?
El Gran Señor continuó formulando pregunta tras pregunta como si no hubiera oído lo que le había dicho Yoshihide.
—He visto hombres encadenados. He hecho detallados bocetos de los atormentados por aves ominosas. Tampoco diré que no estoy familiarizado con los criminales condenados a tortura, y con prisioneros… —En este punto, Yoshihide esbozó una extraña sonrisa—. Dormido o despierto se han aparecido ante mis ojos con frecuencia. Casi cada noche y cada día me persiguen y atormentan demonios con cabeza de toro, con cabeza de caballo o demonios trifrontes y de seis brazos, aplaudiendo con sus manos silentes y abriendo sus bocas sin voz. A ésos puedo pintarlos, pero no ansío hacerlo.
Las palabras de Yoshihide deben de haber causado gran asombro al Gran Señor. Tras clavar su mirada irritada en el rostro del pintor, el Gran Señor le espetó:
—Entonces, ¿qué es lo que no puedes pintar? —y le lanzó una mirada desdeñosa, frunciendo el entrecejo.
XV
—Estoy ansioso por pintar en el centro mismo del biombo el espléndido carruaje de un noble, en el momento de despeñarse, en mitad de su caída —dijo Yoshihide, y por primera clavó una mirada penetrante directamente en los ojos del Gran Señor.
Una vez oí decir que cuando hablaba de sus cuadros, el pintor parecía un demente. Sin dudas, mientras hablaba, una mirada horrible se instalaba en sus ojos.
—Permite que te describa el carruaje —continuó—. En ese vehículo, una elegante dama cortesana, en medio de las atroces llamas, se retuerce en una agonía de dolor, con su n***o cabello suelto cubriéndole los hombros. Alrededor del carruaje, en el aire, revolotea una veintena de pájaros ominosos, haciendo chasquear sus picos… Oh, ¿cómo haré para pintar a esa dama de la corte en el carruaje en llamas?
—Mmm… ¿Y entonces?…
Extrañamente, el Gran Señor instó a Yoshihide a seguir hablando, como si eso lo complaciera.
—Oh, no puedo pintarlo —repitió Yoshihide una vez más con tono lóbrego, mientras sus febriles labios rojos temblaban. Pero súbitamente su actitud cambió y, con total seriedad, pronunció febrilmente un audaz pedido con tono cortante y animado—: Por favor, señor, incendia ante mis ojos el carruaje de un noble, y si es posible…
El rostro del Gran Señor se ensombreció por un instante, pero de repente soltó la carcajada.
—Se te concederán todos tus deseos —declaró el noble, casi sofocado por la risa—. No te molestes en preguntar si es posible.
Sus palabras llenaron de horror mi corazón. Tal vez tuve un presentimiento. De todas maneras, la conducta del Gran Señor fue en esa oportunidad algo muy extraordinario, como si se hubiera contagiado de la locura de Yoshihide. En las comisuras de sus labios apareció un poco de espuma blanca, y sus cejas se agitaban en un violento temblor.
—Sí, incendiaré el carruaje de un noble. —Hizo una pausa mientras persistía su incesante risotada—. Una encantadora mujer vestida como una dama de la corte irá a bordo del carruaje. Retorciéndose en medio de las mortíferas llamas y el n***o humo, la dama del carruaje morirá en su tormento. Tu sugerencia de encontrar un modelo para tu cuadro te hace justicia y es digna del más grande pintor del país. Te alabo. Te colmo de alabanza.
Ante las palabras del Gran Señor, Yoshihide había palidecido y había intentado mover sus labios durante quizás un minuto cuando posó las manos sobre las esteras que cubrían el suelo, como si todos sus músculos se hubieran distendido, y dijo con toda cortesía:
—Te lo agradezco infinitamente, señor —con voz tan suave que fue apenas audible.
Probablemente, con las palabras del Gran Señor el horror del proyecto que había concebido se instaló con toda vividez en su mente. Fue la única vez en mi vida que pensé en Yoshihide como en una criatura digna de lástima.
XVI
Pocos días más tarde, una noche el Gran Señor mandó llamar a Yoshihide para que viera con sus propios ojos cómo ardía el carruaje de un noble. Sin embargo, el hecho no se produjo en las cercanías de la mansión del Gran Señor en Horikawa. El carruaje fue incendiado en su villa de los suburbios montañosos, llamada comúnmente la mansión de Yuge [Deshielo], en la que antes había vivido su hermana.
Esta residencia había estado deshabitada durante largo tiempo, y los espaciosos jardines habían caído en un estado de ruinoso deterioro. En esos días circulaban extraños rumores sobre la difunta hermana del Gran Señor. Algunos decían que en las noches sin luna solían verse sus misteriosas faldas de color carmesí que se movían por los corredores sin rozar el suelo. Sin duda, esos rumores eran descabelladas especulaciones que habían sido echadas a rodar por todos aquellos que habían tenido oportunidad de advertir el completo abandono que reinaba en la mansión. Pero no es raro que circularan esos rumores, ya que todo el vecindario era tan solitario y desolado incluso durante el día, que después del anochecer hasta el murmullo del agua que corría por los jardines sólo servía para intensificar la atmósfera lúgubre y sombría, y las garzas que volaban bajo la luz de las estrellas podían confundirse naturalmente con pájaros de mal agüero.
Esa noche todo estaba absolutamente oscuro, sin luz de luna. A la luz de los faroles se veía que el Gran Señor, ataviado con una brillante túnica verde y un faldón violeta oscuro, estaba sentado cerca de la galería. Tenía las piernas cruzadas sobre una estera orlada de brocado blanco. Ante él y a sus espaldas, y a su izquierda y su derecha, cinco o seis samuráis estaban apostados a su servicio. Uno de ellos se destacaba conspicuamente. Pocos años antes, durante la campaña del distrito de Tohoku, había comido carne humana para mitigar su hambre. Eso le había proporcionado una fuerza tan hercúlea que podía arrancarle los cuernos a un ciervo vivo. Ataviado con armadura, se erguía con gran dignidad bajo la galería con la punta de su espada envainada dirigida hacia arriba. La desvaída y espectral escena, que se abrillantaba y se oscurecía cuando la llama de los faroles parpadeaba con cada ráfaga del viento nocturno, me hizo preguntarme si estaba dormido o despierto.
Cuando un magnífico carruaje fue arrastrado al jardín, haciendo su imponente aparición en la oscuridad, con sus grandes varas colocadas en el chasis y sus adornos y herrajes de metal dorado centelleando como estrellas, todos experimentamos un súbito escalofrío, aunque estábamos en primavera. El interior del carruaje estaba densamente cerrado con cortinas azules, bordadas en relieve, de manera que no pudimos ver qué había adentro. Alrededor del vehículo, una cantidad de sirvientes, cada uno de ellos con una antorcha ardiente, esperaban atentamente, preocupados por el humo que flotaba en dirección a la galería.
Yoshihide estaba de rodillas en el suelo, con el rostro vuelto hacia la galería justo frente al señor. Vestido con una prenda de color crema y su gorro blando, parecía más pequeño y familiar de lo habitual, como si estuviera aplastado por la opresiva atmósfera del cielo estrellado. El hombre acuclillado a sus espaldas, vestido de manera similar, era presumiblemente su aprendiz. Como estaban un poco alejados, dentro del cono de oscuridad, ni siquiera se veía con claridad el color de sus ropas.
XVII
Era cerca de medianoche. La oscuridad que envolvía el bosquecillo y el arroyo parecía escuchar, callada, la respiración de los presentes. Mientras tanto, el suave viento llevaba hacia nosotros el olor acre de las antorchas. El Gran Señor había estado contemplando en silencio esa escena extraordinaria durante un rato cuando se adelantó y llamó con voz brusca:
—Yoshihide.
Yoshihide pareció decir algo como respuesta, pero lo que percibieron mis oídos sonó apenas como un gruñido.
—Esta noche incendiaré el carruaje tal como me pediste —dijo el Gran Señor, mirando con desdén a sus asistentes. Después vi que el Gran Señor cambiaba con sus asistentes una mirada significativa. Pero bien pudo ser pura fantasía mía. Yoshihide parecía haber alzado su cabeza respetuosamente, pero no dijo nada.
—¡Ahí tienes, mira! Ése es el carruaje en el que habitualmente me traslado. Lo conoces, ¿verdad, Yoshihide? Ahora, según tu deseo, le prenderé fuego y daré vida a un ardiente infierno en la Tierra, ante tus propios ojos.
El señor hizo otra pausa, y tras cambiar una vez más miradas cómplices con sus asistentes, siguió hablando con tono de desagrado.
—En el carruaje hay una criminal, sujeta con cadenas. Si se incendia, estoy seguro de que su carne se achicharrará y se calcinarán sus huesos, y morirá retorciéndose en espantosa agonía. No puedes tener mejor modelo para terminar tu obra. No te pierdas el espectáculo de su piel blanca como la nieve quemada y carbonizada. Observa atentamente cómo danza y se eriza su cabello n***o entre las chispas del fuego infernal.
El Gran Señor cerró la boca por tercera vez. No sé qué idea pasó por su cabeza. Después, mientras sus hombros se sacudían en una risa silenciosa, dijo:
—Esta escena será legada a la posteridad. Yo también la contemplaré ahora, aquí. Vamos, alcen las cortinas y permitan que Yoshihide vea a la mujer que está dentro.
Ante esta orden, uno de los sirvientes, sosteniendo en alto una antorcha en una mano, avanzó a grandes zancadas hacia el carruaje y, extendiendo la mano libre, levantó rápidamente las cortinas. La centelleante luz roja de su antorcha flameó bruscamente con un chasquido, y de pronto iluminó el pequeño recinto con brillo deslumbrante, revelando en el asiento la figura de una mujer cruelmente encadenada. Oh, ¿quién hubiera podido confundirla? Aunque estaba ataviada con un espléndido kimono de seda bordado con un diseño de flores de cerezo, y las hebillas de oro resplandecían en el cabello suelto sobre sus hombros, el hecho de que era la hija de Yoshihide se hacía evidente e inconfundible al ver su esbelto cuerpo de doncella, su perfil adorable y el encanto pudoroso y lleno de gracia. Casi no pude reprimir un grito de protesta.
En ese momento, el samurái que estaba frente a mí se incorporó y le lanzó una dura mirada a Yoshihide, con la mano en la empuñadura de su espada. Estupefacto, miré a Yoshihide, que parecía haberse sobresaltado hasta perder el juicio. Aunque había estado de rodillas, se incorporó de un salto y, extendiendo los brazos, intentó inconscientemente correr hacia el carruaje.
Sin embargo, como el pintor estaba en el cono de sombra, no pude distinguir su rostro con claridad. Pero éste permaneció en la oscuridad apenas un segundo. Pues de repente, su cara que se había vuelto blanca como el papel se tornó vívidamente visible, mientras su cuerpo parecía haber sido elevado en el aire por obra de algún poder invisible. Justo en ese momento, ante la orden del Gran Señor —¡Incéndienlo!—, una lluvia de antorchas arrojadas por los sirvientes cayó sobre el carruaje, inundándolo con una oleada de luz refulgente, convirtiéndolo en una columna de violentas llamas.
XVIII
El fuego envolvió todo el chasis en cuestión de segundos. En el instante en que las borlas moradas del techo, atizadas por el súbito viento, se agitaron hacia arriba, enormes columnas de humo se elevaron en espiral contra la negrura del cielo, y las rugientes chispas de fuego danzaron en el aire, hasta que las cortinas de bambú, las colgaduras de ambos costados y los adornos metálicos del techo estallaron convertidos en bolas de fuego que se dispararon hacia el cielo. El brillante color de las lenguas de rugiente fuego, que se elevaban en el cielo llamas celestiales escupidas por el orbe celestial y caídas a la tierra. Yo estaba tan estupefacto y atontado, con la boca abierta, que no pude hacer más que contemplar ese horrible espectáculo como si estuviera en trance. Pero en cuanto al padre, Yoshihide…
Todavía hoy recuerdo el aspecto del pintor Yoshihide en ese momento. A pesar de sí mismo, intentó correr hacia el carruaje. Pero en el momento en el que las llamas se elevaron en toda su furia, se detuvo, y con los brazos extendidos, como magnetizado, clavó en el chasis ardiente una mirada tan intensa como para traspasar las llamas que bramaban y el denso humo que envolvía el vehículo. En el torrente de luz que bañaba todo su cuerpo, su feo rostro arrugado se veía en todo detalle, incluyendo la punta de su barba.
Sus ojos muy abiertos, sus labios crispados y el temblor de sus mejillas que no paraban de agitarse eran expresiones tangibles de la mezcla de terror, profunda pena y perplejidad que turbaban su mente. Ni un ladrón a punto de ser decapitado ni el más abyecto criminal arrastrado hasta el banquillo de los acusados de Yama habría tenido una expresión más dolorosa o agónica en el rostro. Al verlo, hasta el samurái de fuerza hercúlea se sintió consternado, y con todo respeto alzó la vista hacia la cara del Gran Señor.
El noble, sin embargo, mordiéndose con fuerza los labios, clavó su mirada en el carruaje, esbozando de tanto en tanto una mueca siniestra. Dentro del carruaje… oh, cómo podría tener corazón o valor suficiente para hacer una descripción detallada de la muchacha que apareció ante mi vista dentro del carruaje. Su rostro encantador que, ahogado por el humo, se replegaba, su cabello que se había soltado mientras ella intentaba librarse del fuego que cundía, y su bello kimono con el estampado de flores de cerezo, que se convirtió de inmediato en una llama… ¡qué cruel espectáculo! Muy pronto una ráfaga de viento nocturno empujó el humo hacia el otro lado, y cuando las chispas volaron como polvo de oro por encima de la hoguera rugiente, la muchacha desfalleció en medio de tan agónicas convulsiones que hasta las cadenas que la amarraban cedieron y se aflojaron. Por encima de todo, su atroz tortura infernal hecha cruda realidad ante nuestros propios ojos estremeció de horror el corazón de todos los presentes, incluyendo al samurái, e hizo que se nos pararan los pelos de punta.
Luego una vez más creímos que el viento de la noche gemía entre las copas de los árboles. El sonido del viento apenas había ascendido al n***o cielo —nadie supo hacia dónde— cuando algo n***o rebotó como una pelota, sin tocar el suelo y sin volar por el aire, y cayó directamente desde el techo de la mansión al carruaje envuelto en llamas. En medio del enrejado de las celosías del carruaje, que se desmoronaba en pedazos, la cosa se aferró a los retorcidos hombros de la muchacha y a través de las cortinas de humo n***o, soltó un prolongado y desgarrador chillido de intenso dolor, como el rasguido de la seda, y luego dos o tres gritos sucesivos.
Involuntariamente, todos lanzamos una exclamación de sorpresa. Lo que se aferraba a los hombros de la joven muerta, contra el telón de las llamas que rugían, era el mono que en la mansión de Horikawa habían apodado Yoshihide.
XIX
Pero el mono permaneció ante nuestra vista sólo unos pocos segundos. En el momento en que las chispas salieron disparadas hacia arriba como mil estrellas fugaces en el aire de la noche, la joven junto con el mono se hundieron hacia el fondo del arremolinado humo n***o. Después, en medio del jardín sólo pudo verse el carruaje de fuego que ardía con un ruido atroz. Una columna de fuego podría haber sido la expresión que mejor podría describir las llamas turbulentas y enfurecidas que se elevaban al oscuro cielo estrellado.
Frente a la columna de fuego Yoshihide permanecía inmóvil, clavado a la tierra. ¡Qué maravillosa transfiguración había experimentado! El rostro arrugado de Yoshihide, torturado por las agonías del infierno un minuto antes, estaba iluminado por un misterioso resplandor, una suerte de dicha extática. Tenía los brazos estrechamente cruzados sobre el pecho, como si hubiera olvidado que se encontraba en presencia del Gran Señor. Sus ojos ya no parecían reflejar la imagen de la atroz muerte de su hija. Sus ojos parecían deleitarse intensamente en el bello color de las llamas y en la figura de la mujer retorciéndose en los últimos estertores de su agonía infernal.
Nuestro asombro no se alimentaba tan sólo del trance extático con el que el pintor observaba la agonía de su amada hija. En ese momento, Yoshihide trasuntaba algo que no era humano, una misteriosa dignidad como la ira del Rey León que uno puede ver en sus sueños. Tal vez haya sido nuestra imaginación. Pero a nuestros ojos, hasta las bandadas de aves nocturnas que, alarmadas por el fuego repentino, chillaban y clamaban volando en círculos, parecían revolotear muy cerca de la gorra de Yoshihide. Hasta los ojos de esos pájaros sin alma parecían advertir la misteriosa dignidad que resplandecía alrededor de su cabeza, como un halo.
Hasta los pájaros parecían notarlo. Mucho más nosotros, temblorosos, con aliento entrecortado, observábamos a Yoshihide detenidamente, nuestros corazones sobrecogidos de tal respeto y reverencia como si estuviéramos contemplando una nueva imagen budista en la ceremonia inaugural. El fuego y el humo del carruaje que se habían extendido en torno con un rugido, y Yoshihide, cautivado y petrificado por el espectáculo, infundieron en nuestros horrorizados corazones, por un momento, una misteriosa reverencia y una solemnidad indescriptibles. Sin embargo el Gran Señor, desgarrado por el horror mismo de la escena, estaba pálido y lívido como si fuera otra persona. Había espuma en las comisuras de su boca, jadeaba como un animal sediento y se aferraba estrechamente, con ambas manos, la rodilla cubierta por el faldón morado.
XX
La noticia de que el Gran Señor había hecho incendiar el carruaje se difundió por todas partes… sólo el cielo sabe quién fue el primero que relató el suceso. La primera pregunta que naturalmente se le ocurre a cualquiera es qué llevó al Gran Señor a quemar viva a la hija de Yoshihide. Se hicieron muchas especulaciones al respecto. Casi todo el mundo aceptó el rumor de que lo había hecho por venganza, porque su amor no había sido correspondido. Pero tal vez su intención más profunda haya sido castigar y corregir la perversidad de Yoshihide, quien ansiaba tanto pintar el biombo aun cuando ello implicara el incendio de un magnífico carruaje y el sacrificio de una vida humana. Eso fue lo que oí de la boca del propio Gran Señor.
Como la ansiedad de Yoshihide por pintar el biombo era tan grande, incluso en el momento en que vio con sus propios ojos a su hija quemarse hasta la muerte, algunos lo vilipendiaron por ser un demonio con forma humana, que no tenía escrúpulos de sacrificar su amor paterno en pos de su arte. El abad de Yokawa era uno de los más encarnizados defensores de esa opinión, y solía decir que cualquiera, por más talentoso que fuera en alguna rama del arte o del saber, sería condenado al infierno si carecía de las cinco virtudes cardinales de Confucio: benevolencia, justicia, cortesía, sabiduría y fidelidad.
Un mes más tarde, cuando el biombo del infierno estuvo listo, Yoshihide llevó inmediatamente su obra a la mansión, y la presentó con gran reverencia ante el Gran Señor. El abad, que se encontraba allí en ese momento, lo había fulminado con la mirada desde el principio, con expresión de censura. Sin embargo, cuando desenrollaron la pintura, el abad por cierto quedó impresionado por el verismo de los horrores infernales, por la tempestad de fuego que caía del firmamento hasta el abismo del infierno.
—¡Maravilloso! —exclamó el abad a pesar suyo, propinándose un involuntario golpecito en la rodilla. Todavía hoy recuerdo que su exclamación provocó una forzada sonrisa del Gran Señor.
A partir de ese momento casi nadie, al menos en la mansión, habló mal del pintor porque, por raro que parezca, nadie, incluyendo a los que albergaban el odio más intenso contra Yoshihide, podía ver la pintura del biombo sin quedar impresionado por su misteriosa solemnidad o por el atroz verismo de las intensas torturas del llameante infierno.
Sin embargo, para entonces Yoshihide ya había dejado este mundo.
La noche del día siguiente a la finalización de su pintura sobre el biombo, se ahorcó colgando una soga de la viga de su habitación. Yoshihide, que sobrevivió a la prematura muerte de su única y amada hija, no halló en su corazón razones para seguir viviendo en esta tierra.
Su cuerpo sigue sepultado en un rincón de las ruinas de su casa. Sin embargo, con el transcurso de los años, el viento y la lluvia han desgastado la lápida que señala el sitio de su tumba, y el