Una historia de apariciones (2)

4745 Words
Cuando un m*****o ya fallecido del Naritaya llevó a pescar al actual Kōshirō[43], a quien en esa época se conocía como Somegorō, lo recriminó duramente por su forma de sentarse, a pesar de ser una estrella en los escenarios. Kōshirō me contó que le dijo que era una falta de respeto sentarse como un idiota. En todas las modalidades de pesca que no son vulgares como la del salmonete de labio rojo, la del keizu y la de la lubina, ocurrían este tipo esas cosas. A las personas que pescaban pargos, les solía ir bien. Los peces picaban una o dos veces y, en alguna ocasión, agarraban el anzuelo y se llevaban también la caña de pescar; pero eso era algo inusual. En el caso de los pargos negros, por lo general, primero daban pequeños bocados al anzuelo y después se lo tragaban por completo. Por ello, cuando se empezaba a mover la punta de la caña, y uno sentía que el pez había picado, tenía que colocar las manos lentamente en la base y esperar a sentir el segundo tirón. Cuando el anzuelo ya estaba bien clavado, se agarraba la caña con la mano derecha, se movía hacia delante y hacia atrás y, entonces, el barquero, colocado en la retaguardia, recogía la captura con una red. A nadie le importa el tamaño de los peces, ya que se trataba de un pasatiempo. Estos se metían en una caja llena de agua marina situada en el centro del bote. Luego, se volvía a colocar camada. «¡Listo, patrón!». Al escuchar esas palabras, uno tenía que volver a colocar la caña en el lugar donde estaban picando los peces. Daba igual la clase social del sujeto, este estilo de pesca lo podía practicar cualquiera como todo un señor feudal, de manera completamente limpia y eficiente. A quienes les gustaba tomar el té podían servirse uno verde y colocarlo sobre un platito a su lado. Aunque se tratara de una pesca a ambos lados, si uno se acostumbraba, podía colocar la taza con cuidado y seguir pescando. A quienes les gustaba el sake, podían pescar mientras bajaba la marea. También podían hacerlo en verano, cuando un awamori[44] o un yanagikake[45] resultaban muy refrescantes. Por este motivo, y aunque no había mucho espacio, se solía poner un mueble muy adecuado para el alcohol, los utensilios del té, platos y algunos aperitivos. Las personas solían llevar este tipo de cosas, por lo que la pesca se convertía en un pasatiempo. En verano cuando el suelo del bote se cubría con las ramas de los cipreses, era el único sitio que no se ensuciaba. Si el calor apretaba, al estar a cubierto y aprovechando la brisa marina, se estaba fresquito. Estas embarcaciones iban de aquí para allá llevadas por la marea como si en el cielo flotaran barquitos hechos de hojas que recibían la brisa. Como la pluma de un ave que cayera del cielo, estos flotan suavemente en el mar. Cuando los peces no picaban en los canales, era porque estaban en algún lugar con sombra. Esto obligaba a utilizar otro estilo de pesca. Las aves se posan en los árboles, los peces en el kakari y los humanos se convierten en la sombra de sus sentimientos, decía un yoshikono[46]. El kakari es una parte espesa dentro del agua donde no se pueden echar las redes ni los anzuelos porque se quedarían atascados. En esta zona se podían conseguir bastantes peces distintos. Primero había que llegar al lugar adecuado, colocarse de frente, acercarse lo más posible y lanzar un arpón. Eso se llama «pescar frente al kakari». Este método era utilizado cuando no había pesca ni en los canales ni en aguas abiertas, pero también había quienes acudían allí ex profeso. Da igual cómo o dónde se haga, se considera la pesca de keizu una labor propia de señores feudales y se lleva a cabo con todos los lujos. Creo que ya he explicado lo suficiente sobre el placer de pescar. Hay que tener paciencia y atrapar un pez cada vez, así es mucho más divertido. Un día, sin motivo aparente, los peces no estaban picando. Cuando esto sucede, el cliente inexperto masculla cosas y termina quejándose al barquero. Pero nuestro personaje no era una persona tan imprudente como para llegar a ese punto, así que, aunque no había pescado nada ese día, volvió a casa con el mismo ánimo de siempre. Había acordado volver al día siguiente así que, una vez más, regresó acompañado de Kichi. Los peces eran peces y con solo darles camada deberían picar. No obstante, eso no ocurrió. No sabían la razón, quizá ya no les gustaba la carnada. Como cuando a uno no le gusta el agua o el viento, o como cuando nos dan algo de origen dudoso. No se podía hacer nada al respecto. Por segundo día consecutivo no pescaron nada y Kichi empezó a preocuparse. Si hubiera sido cosa de la marea, no hubiera tenido ningún problema en decírselo, pero tampoco era este el motivo. Era una situación totalmente inesperada y nada divertida. Sabía que cuando un cliente consigue pescar algo, se siente realmente bien. Pero la persona que había alquilado su bote no se había quejado, y esto, en vez de tranquilizarlo, lo puso de peor humor. ¿Qué podía hacer? Sin duda, quería que hoy su cliente y él mismo volvieran a casa con un trofeo de cualquier manera. Por ello, buscó aquí y allá, en diferentes corrientes, lo intentó en distintos lugares y probó diversas técnicas. Sin embargo, no pudo pescar ni un solo pez. Ese día no había luna alguna y la marea estaba alta. Debería poder pescar algo, pero, al fracasar en todos sus intentos, Kichi fue perdiendo el entusiasmo del mismo modo. —Oiga, patrón, le debo una disculpa por estos dos días perdidos —le dijo. El cliente se echó a reír. —¿Estás loco? ¿Qué es eso de disculparse? En tu negocio no debes decir esas cosas. ¡Ja, ja, ja! Bueno, no nos queda otra que emprender la retirada. ¿No crees que es hora de irnos? —Bien. Pero intentémoslo en un sitio más antes de regresar. —Un sitio más dices… ¿No ves el color del cielo? Se refería a que estaba llegando el ocaso, pronto se haría de noche. Los peces no habían picado hasta el momento, pero conforme se acercaba ese «límite transitorio» era posible que aparecieran de pronto. Kichi quería intentar pescar a toda costa. Sin embargo, su cliente se mostraba reticente. —Yo vine a pescar keizu. Pero ¿con lo oscuro que está quieres ir a buscar en otro sitio? Por favor, deja de decir sinsentidos. —Disculpe, patrón. Pero, sin duda, podemos intentarlo en un sitio más. El barquero y su cliente intercambiaron opiniones y, al final, Kichi se salió con la suya. Se resistía a aceptar la derrota, por eso llevó su barco a un lugar al que hasta entonces nunca lo había llevado. Antes de elegir un sitio donde anclar el bote dijo con una actitud cautelosa: —Patrón, por favor, tire la línea una vez, recto, por el lado de la proa. Se trataba de un kakari que no tenía extremos sino solo un gran centro. —Está bien. —Su cliente accedió. Y al decir aquello introdujo la línea de pesca con destreza. No obstante, en su interior no podía ocultar que no le agradaba hacerlo. Inmediatamente, en su caña, que apenas había colocado, picó un pez, alguna basura o algo que había allí. Era algo enorme; y cuando sobresalió del agua, quedó claro que no se trataba de un pez. La línea se tensó y la caña estuvo a punto de salir volando con el tirón. Rápidamente, el hombre la agarró por la base y tiró de manera que la caña se puso en posición vertical. Sin embargo, su esfuerzo apenas surtía efecto, mientras que la energía con la que tiraban de él era brutal. La caña era de buena calidad, de doble madera, pero, aun así, hubo un pequeño sonido en una de las uniones cuando la línea de pesca lamentablemente se rompió. ¿Era un pez muy grande que había venido a comer o una basura enorme que se enganchó con el anzuelo? No supieron qué demonios había sido, pero implicaba que Kichi había sido derrotado una vez más y la caña se había dañado. De inmediato, los dos se sintieron muy incómodos. Esas cosas ocurrían de vez en cuando, pero su cliente no lo soportó más. Sin mostrarse descontento, se giró hacia Kichi: —Es una señal, debemos volver ya —dijo entre risas. Aquello fue una forma suave y natural de dar la orden: «Vámonos de aquí». —Bien —fue lo único que dijo Kichi mientras levaba el ancla y comenzaba a remar. Después, se dijo—: Hemos perdido la presa por mi error. —Mientras, hizo como si se golpeara en la cabeza—. Ja, ja, ja. —Ja, ja, ja. Con una risa tibia ambos dieron a aquel evento un final aceptable, diciendo que ninguno de los dos había tenido la culpa. En el mar no se veían barcos recreativos, ni tampoco se avistaba ningún otro tipo de embarcación. Kichi remaba vehementemente, y como se había hecho tarde, la marea había cambiado a peor. Se dirigían hacia Edo, a medida que avanzaban, la costa se oscurecía y se comenzaban a avistar a lo lejos las luces centelleantes de la ciudad. Kichi, aunque viejo, era diestro en lo que hacía y remaba poniendo toda la fuerza de su cuerpo en ello. El tejado estaba corrido y el barco seguía simplemente avanzando. El cliente no podía hacer nada, así que permanecía con la mirada puesta en la superficie del mar, viendo cómo las pequeñas olas se perdían poco a poco y el cielo, que amenazaba lluvia, se tomaba de un color levemente rojizo, como el de la tinta diluida. Cielo y tierra no parecían juntarse, simplemente era como si la claridad del cielo se derritiera en el mar, y la sensación que proyectaba era inigualable. Nada se reflejaba en el agua oscura salvo una brillante luz. El cliente no tenía ni idea de dónde estaban. Por eso, trataba de ver a qué parte de Edo pertenecían aquellas luces, pero no lograba averiguarlo. Pusieron rumbo este en la embarcación, pero la marea empujaba de frente en esa dirección, por lo que pronto salieron de esa corriente para remar por donde la resistencia al agua fuera menor. Observó la estela que dejaba el bote, se dio cuenta de que no era oscura; más bien de un intenso tono gris. Fue en esas aguas donde, repentinamente, se asomó algo. Cuando se fijó, lo vio salir del agua, y en un instante, se volvió a sumergir. Parecía un junco, pero si se tratara de eso, estaría flotando en la superficie. En definitiva, era algo parecido a un palo delgado que, sin embargo, surgió del agua y se escondió de forma bastante extraña. No tendría por qué haberle llamado la atención, pero no tenía ningún sentido. —Sí que se ven cosas extrañas por aquí, Kichi —le dijo. Este se volvió hacia el lugar donde estaba mirando el cliente, y aquella cosa delgada apareció de nuevo para luego volverse a esconder. —Parece una caña de pescar que saliera del mar. ¿Qué puede ser? —Es cierto. Parecía una caña. —Pero se supone que las cañas de pescar no salen del mar. —No, patrón, eso era algo muy distinto a un bambú llevado por la marea. Parecía una caña de pescar. Kichi, pensando en animar a su cliente, dirigió su barco a aquel lugar donde se había aparecido aquella cosa extraña. —¿Qué haces? ¿Qué sentido tiene investigarlo? —Yo también quiero ver esa cosa misteriosa aunque sea un momento. Un poco de conocimiento para el futuro. —¡Ja, ja, ja! Sí, sí, está bien tener más conocimientos. ¡Ja, ja! Kichi dirigió el bote hacia ese lugar, y en ese preciso momento, aquella cosa larga y delgada emergió del agua, grande y poderosa, atizando un golpe justo donde se encontraba el barquero. Este reaccionó y pudo evitar el golpe con una mano, pero terminó con la cara salpicada de agua. Fijándose bien, descubrieron que se trataba de una caña de pescar. Parecía como si debajo hubiera algo que estuviera sosteniéndola. —Patrón, eso es una caña de pescar. Es una caña nobotei[47]. Parece que es de buena calidad —dijo, analizándola. —Humm. ¿Ah, sí? —dijo, mientras miraba hacia el agua con atención—. ¿No será un cliente? Con «cliente» quería decir ahogado. En ocasiones, los pescadores habían tenido que sacar del agua algún c*****r. Por eso hizo ese comentario. En este caso, como no podían explicarlo, no les quedaba más que decir: «Es un cliente». Y rematar diciendo: «Soltémoslo». No obstante, Kichi dijo: —Sí, pero es una buena caña. En medio de la parca claridad que había, observó y revisó todos sus ángulos. —Una nobotei genuina —añadió. Con «genuina», quería decir que era una caña que no tenía otros bambúes atados, sino que era de una sola pieza. Por lo general, las cañas de pescar se construían atando diferentes varas de bambú, y utilizando una nobotei adecuada como la punta de la caña. Pero esta solo tenía una vara. No es que fuera mejor que las otras, es que era más adecuada. —No importa, no la quiero. —No mostró ningún interés por agarrarla. Sin embargo, Kichi, que aún se sentía mal debido a que al cliente se le hubiera roto su caña hace un rato, tiró de esta suavemente para no romperla tratando de atraparla. En ese momento, cabía la posibilidad de que ese ahogado resurgiera en su etapa intermedia. Hay tres etapas cuando alguien se ahoga. En la primera, flota por la superficie del agua, en la tercera, se hunde hasta el fondo. Entre esas dos, está la intermedia. El c*****r que había sido arrastrado emergió justo enfrente del cliente. —¡No hagas tonterías! Te he dicho que la devuelvas al agua —dijo, pero al flotar hacia donde estaba él pudo ver la caña con más detalle. Parecía de buena calidad, las ataduras eran alargadas y estaban bien hechas. Entonces decidió cogerla. Kichi, al ver que su cliente intentaba sacarla del agua, trato de ayudarlo. —Es imposible —dijo mientras seguía tirando. Al agarrarla a unos treinta centímetros de la base, emergió del agua y se dejó ver completa, como si fuera la espada de un samurái. Cuando estaba fuera de su alcance parecía algo inútil. Sin embargo, ahora que la podían tocar, la caña les generó un deseo incontenible. Intentaron liberarla dos o tres veces pero el cuerpo la tenía asida con tanta fuerza que no se la podían arrancar. Cada vez pesaba más. El «cliente» era gordo, sus cejas eran largas y delgadas, los lóbulos de sus orejas eran grandes y su cabeza completamente calva. Se trataba de un hombre de unos sesenta años. Vestía algo que parecía una chaqueta rellena de algodón, de color azul pálido, y debajo llevaba una camiseta con un collar delgado de cáñamo. De su cinturón, aunque apenas se podían apreciar, sobresalían unos tabi[48] blancos que se pudieron ver al girar el cuerpo. Viendo las condiciones en las que se encontraba, parecía como si lo que emergiera fuera, por ejemplo, una espada de madera y un inrō[49]. —Y ahora qué vamos a hacer —murmuró pensativamente. Comenzó a soplar la brisa nocturna, y mojado como estaba, empezó a sentir frío. Sería un desperdicio soltar la caña, pero no conseguían quitársela a su dueño, que la sujetaba con fuerza vengativamente pese a estar ahogado. —Patrón, no tiene sentido que ese «cliente» la conserve. No va a poder pescar en el río Sanzu[50]. Es mejor que se la lleve usted —le dijo Kichi, titubeante. Entonces volvió a mirar hacia aquel lugar esperando que se le ocurriera algo. No había manera de desprender la caña de la mano del muerto. Ni siquiera con un cuchillo, ya que sus pequeños dedos se aferraban a la base de la vara de bambú hotei; por ello, era imposible llevársela. Decidió intentar una última cosa. No se trataba de una llave del Shibugawaryū[51], pero insertó sus propios pulgares y dio un fuerte tirón. Cuando consiguió separar los dedos de la caña, el antiguo dueño se hundió y se lo llevó la corriente, mientras el preciado objeto se quedaba en su poder. Se lavó con cuidado las manos con las que había luchado aunque fuera por un instante. Luego se las secó con tres o cuatro hojas de papel desechable y las tiró al mar. Las bolas blancas de papel se fueron flotando como almas hacia el ocaso hasta que, finalmente, dejaron de verse. Kichi se apresuró para volver. —¡Namu Amida Butsu![52] ¡Namu Amida Butsu! Na… ¿Qué fue todo eso? No cabe duda de que se trataba de alguien que estaba pescando en la playa. —Sí, tiene razón. Nunca había visto nada semejante. Si estaba pescando desde la playa, puede ser que fuera arrastrado desde Honjō, Fukagawa, Manabegashi, o bien desde Mannen. Puede que incluso más arriba, desde Mukōjima, o incluso más al norte. —Claro. Qué intuición más buena tiene. —¡Qué dice! Eso no es nada. Debió sufrir una parálisis. Cuando uno está pescando en un lugar inapropiado en la orilla y se pone en cuclillas, lo más habitual cuando pica un pez grande, es que uno tire y se quede paralizado. Y ese es el fin. Por eso, desde hace mucho se dice que las personas propensas a la parálisis no deben practicar la pesca en la ribera si no es en un sitio llano. Aunque claro, ningún sitio es bueno para sufrir una parálisis. ¡Ja, ja, ja! —¿Habrá sido eso lo que le ocurrió? Sin decir nada más, continuaron el camino de regreso. Al llegar al lugar desde donde siempre solían zarpar, cuando el cliente se disponía a regresar a su casa con la caña, Kichi le dijo: —¿Qué piensa hacer mañana, patrón? —Tenía planeado pescar, pero creo que te dejaré descansar. —No diga eso. Si no llueve, lo estaré aquí esperando. —Está bien —dijo y se despidió. Amaneció lloviendo intensamente. —Claro, se estaba preparando tormenta, por eso no hemos pescado nada estos últimos días. Puede que incluso hubiera marea roja. Había quedado con el barquero, pero al estar lloviendo de esa forma, pensó que no iría. Así que se quedó en casa leyendo. Era mediodía cuando, por la zona del jardín, llegó Kichi. —Buenas tardes, patrón. No sabía si iba a salir usted hoy, así que he venido a buscarlo. Esta lluvia no tardará en cesar y he traído el bote. ¿Me deja que lo acompañe? —Está bien, gracias por venir. Hemos perdido el tiempo estos tres días. Y para rematar, ¿no crees que lo de ayer fue muy extraño? —Encontrar una caña es un buen augurio para un pescador. —¡Ja, ja, ja! No quiero salir mientras siga lloviendo. Vamos a entretenernos con algo hasta que amaine. —De acuerdo. ¿Dónde está, patrón? —¿Te refieres a la caña? La puse allí fuera, sobre el dintel. Kichi fue a la parte trasera y trajo un poco de agua en una vasija para el aseo. Después limpió la caña en profundidad. Ahora parecía incluso de mayor calidad. Ambos la contemplaron con detenimiento. Quizá al haber estado tanto tiempo sumergida, el agua habría penetrado en ella volviéndola muy pesada. Pero no parecía que fuera así. Debía haber sido tratada con algún método especial y por eso no se había mojado por dentro. Entonces encontraron algo en su contorno que la hacía diferente a las demás. Revisaron el extremo, el lugar donde se sostenía la línea de pesca, era evidente que se trataba de la caña de alguien que no era un profesional. Sin embargo, era un trabajo bastante logrado. Había unos pequeños agujeros en la base y parecía que escondía algo en su interior. Aparte de eso, no encontraron nada más. —Es una buena caña, aunque muy extraña. Nunca había visto una nobotei tan ligera y en tan buen estado. —Tiene razón. Las nobotei suelen ser pesadas y eso no le gusta a la gente. Pero, para aligerarlas se utiliza una técnica en la que se hacen unas pequeñas incisiones en la planta antes de cortarla, así no recibe la nutrición suficiente y se consigue un bambú más ligero. Las incisiones se hacen en el lado derecho si la caña es para un diestro, en el lado izquierdo si es para un zurdo, y en ambos lados si se quiere preparar para ambidiestros. —Sí, pero el bambú desnutrido tiene otro aspecto. No parece que este haya sido tratado así. Está impecable. ¿Cómo lo habrán hecho? ¿Existirán unos bambúes así en la naturaleza? Los pescadores buscan los tallos más apropiados para conseguir que la pesca sea mejor. Para ello, van a los bosquecillos donde crece el bambú y después de examinarlo, acuerdan la compra y logran que crezca como ellos quieren. En tiempos de la dinastía Tang, existía un bonzo llamado Wen Tingyun. Era un verdadero libertino arrogante; una persona de comportamiento reprobable y sin remedio. Sin embargo, en la pesca era muy hábil. El mismo se introducía en la arboleda propiedad de un señor llamado Hai y buscaba un buen bambú para hacerse su propia caña. Había parajes en donde la cisca y las plantas espinosas eran abundantes, por lo que se abría camino haciéndolas a un lado en las estrechas veredas. Buscaba los de mayor belleza, los examinaba uno por uno. En la época Tang, se practicaba muchísimo la pesca y el estanque Sessji era un lugar ideal, y todavía lo sigue siendo. Allí había muchas tiendas que vendían cañas de pescar regentadas por poetas. Estos ingresos les servían de sustento mientras seguían el camino de su razón. En el tanka de Kyoka llamado Nakarabokuyo[53] se decía que la caña de pescar de Urashima se hacía larga y corta. Una caña de bambú n***o nunca sería apreciada. Y una caña con treinta y cuatro nodos era admirable. Siempre hay que poner pasión en todo lo que se hace. Mientras la atención de ambos se iba centrando poco a poco en aquella caña, empezaron a comprender por qué aquel hombre no la dejaba ir ni muerto. —Este tipo de bambú no se encuentra por la zona. Es posible que provenga de alguna otra región. Pero traer algo que mide más de tres metros no es tan fácil. No sé, tal vez haya sido un rōnin[54] al que le dio una parálisis cuando estaba haciendo lo que más le gustaba. En cualquier caso, es una muy buena caña —dijo Kichi. —Oye, tal vez su ropa se enredó de alguna forma con el cordel de la caña. —Es posible. Esta mañana, cuando estuve observándolo, me pregunté si no sería eso lo que le pasó a ese hombre. —¿Por qué? —Porque estaba atado al estilo dandanboso. Ya sabe que esa forma implica que la parte del inicio es gruesa, y luego se va haciendo cada vez más delgada. Esta incómoda técnica se da en provincias como Kashū, donde pescan truchas con mosca. Cuando lo hacen, tienen que arrojarla con destreza sobre el agua, de manera que primero caiga el hilo y después la mosca. Si no lo hacen así, los peces no se acercan, por eso manufacturan el hilo al estilo dandanboso. ¿Cómo lo hacen? Cortan con unas tijeras el pelo de la cola de un potro de color blanco. A eso le van untando el tōfu[55] hasta que quede comprimido y sin ningún resto. Repiten este proceso dieciséis veces más y los juntan todos. Después toca ir disminuyéndolos. Se coloca contra una superficie, se apoya la mano encima y se mueve por la derecha, después por la izquierda y, finalmente, por el centro, hasta conseguir que quede un solo hilo compuesto de varios más. Lo sé porque me lo contó alguien que era de Kashū. Las personas del oeste son meticulosas y por eso lo hacen muy bien. Es como una partida de ajedrez japonés. Esta caña no fue hecha para atrapar ayu[56]. Su cordel es de fibra de seda y está muy bien reducido. Aquel hombre experimentó también las vicisitudes propias de la pesca, hasta elegir el lugar apropiado para tirar la línea. La pesca desde tierra no es una excepción. Él lanzaba el anzuelo desde cualquier lugar, y luego lo arrastraba. »Para ser más ágil en la pesca y evitar que se rompiera la caña, dejaba la opción de cortar el hilo. Y así lo hacía. La lanzaba en cualquier lugar y, si nada picaba, cortaba el cordel y volvía a atar el anzuelo. Así podían verse claramente los lugares donde ponía el dandanboso. Pero cuidaba tanto su caña que habría muerto por ella. La quería hasta ese límite, y no era difícil de entender. Mientras almorzaban, uno en el cuarto y otro en la cocina, la lluvia cesó. Aunque ya era tarde, a la voz de «Salgamos» y «¡Vámonos!», ambos se pusieron en marcha. Por supuesto, se llevaron consigo la caña y al llegar al lugar de la pesca, el hombre puso la camada en el dandanboso. La lluvia era intermitente mientras pescaban, pero lo importante era que los peces ¡estaban picando! Hicieron tantas capturas que se les volvió a hacer tarde, y al igual que el día anterior, el ocaso los sorprendió. Consideraron que ya era suficiente, así que desprendieron el sedal de la punta para guardarlo, colocaron la caña sobre la techumbre y emprendieron el camino de regreso. Pronto comenzaron a divisar las lucecillas de Edo. El cliente, recordando los hechos del día anterior, pensó en dar a la caña el nombre de «rompe dedos», dado que para obtenerla hubo de romperle los dedos a su dueño. Kichi estaba dando paladas vehementemente, tanto que una de las bisagras del remo se quebró. Cuando eso sucedía, la tarea se volvía bastante más difícil. Lo que hizo entonces fue sustituir la pieza rota por un cazo con mango largo que tenía frente a él y lo utilizó para remar. Para ello, torció el cuerpo de una forma poco natural y lo colocó en el lugar donde iba la clavija. Esto es algo que suelen hacer los barqueros de la bahía de Edo; no así los barqueros de otras provincias. Al torcer el cuerpo, él golpeaba el agua yendo desde arriba hacia abajo, y al hacerlo, quedaba girado boca arriba. Realizaba ese proceso con destreza, como si fuera una postal de Ukiyo-E[57]. Cuando Kichi volvió a su posición original pudo darse cuenta de que, al igual que el día anterior, en el este se avistaba algo que parecía ser un junco. —¿Eh? —dijo Kichi, al mirar en aquella dirección, y su cliente, que estaba sentado, se giró también. Un bambú se asomaba y se escondía en el agua cada vez más oscura, como ocurrió el día anterior. Supo lo que era de inmediato. Ambos se miraron buscando en los ojos del otro una explicación para lo que estaba pasando. Comenzaba a soplar la tibia brisa marina desde el este. Kichi se recompuso y habló: —Pero ¿qué? No es posible que ocurra lo mismo otra vez. Tenemos la caña. No puede ser nada importante. Cuando uno ve algo misterioso, tiene que enfrentarse a ello con valentía. Y con esa intención pronunció aquellas palabras. Era una forma de sentir alivio. El barquero se agachó un poco. Su cliente levantó la cabeza y vio la oscuridad que se cernía sobre ellos. La caña debería estar en el techo, pero no podía verse a simple vista. Ambos hombres cruzaron la mirada, sus rostros estaban llenos de extrañeza y en sus ojos, podía vislumbrarse el terror producido por algo que no era de este mundo. El hombre se levantó a buscar la caña. Allí estaba. La tomó entre sus manos. —¡Namu Amida Butsu! ¡Namu Amida Butsu! —rezó, devolviéndola al mar.
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