Una historia de apariciones (1)

2689 Words
Amables lectores, es comprensible que cuando hace calor muchos de ustedes acudan a la montaña o a la playa para divertirse y descansar de su ajetreada vida. Sin embargo, con el correr de los años uno deja de subir a las montañas y ya no frecuenta las playas; en lugar de ello, nos basta con disfrutar del rocío de la mañana en nuestro pequeño jardín o de la brisa del atardecer en la veranda de nuestras casas. Estas pequeñas cosas nos alegran mientras disfrutamos de una tranquila y apacible vida. Subir una montaña es una actividad muy buena. Adentrarse en ella, llegar a la cúspide, ascender sus zonas escarpadas, todo tiene un cierto tipo de espiritualidad en muchos sentidos, pero no está exenta de peligro. Permítanme contarles una historia terrorífica, con el fin de hacerles experimentar esa sensación de peligro. Lo que les voy a relatar a continuación es una historia del mar, aunque antes les deleitare con una historia de la montaña. El 13 de julio de 1860, según el calendario gregoriano, un grupo de hombres partió a las cinco y media de la madrugada de un lugar llamado Zermatt, con el objetivo de ser los primeros en todo el mundo en conquistar la cima del famoso monte Cervino en los Alpes suizos. Comenzaron la escalada al amanecer del día 14, y cuando finalmente hicieron cumbre era la una y cuarenta y dos de la tarde. Aquella expedición de ocho personas comandada por el inglés Edward Whymper, célebre autor de Las escaladas de los Alpes, se convirtió en la primera en llegar a la cima del monte Cervino. Así que tuvieron la sensación de que los Alpes se rendían ante ellos. No son necesarias más explicaciones ya que pueden encontrar más detalles leyendo la bitácora de ascensos del Cervino. Había otro grupo, el del italiano Jean-Antoine Carrel, que intentó llegar a la cima, pero se equivocaron de camino dejando que el grupo del inglés se alzara con toda la gloria. Durante la escalada, en primer lugar iba Michel Croz, luego Peter Taugwalder, un hombre ya entrado en años, seguido de sus dos hijos. Después iba Francis Douglas, que ostentaba el título de barón. Lo seguían Douglass Hadow, Charles Hudson, y Whymper marchaba al final de la fila. Ese fue el orden en el que ascendieron las ocho personas. El 14 de julio, a la una y cuarenta y dos minutos, finalmente llegaron a la cima del temible monte Cervino. Una alegría inmensa se apoderó del grupo que parecía estar tocando el cielo. Poco después emprendieron el camino de regreso. Iban descendiendo con Croz a la cabeza, seguido por Hadow, Hudson, el barón Francis Douglas, el anciano Peter, sus dos hijos y, Whymper en último lugar. Aquellos ocho hombres, que habían alcanzado una hazaña sin precedentes, prosiguieron su camino cautelosos. Una gran ventisca estaba complicando aún más el descenso. Era mucho peor que aquella a la que se habían enfrentado en el camino de ida. Entonces, Hadow, que era el segundo de la fila, probablemente por su poca experiencia en la montaña o por el agotamiento, dio un mal paso. O quizá no fue por eso. Quizá se trataba de un asunto del destino. Resbaló y se chocó con Croz, que iba delante de él. Ocurrió en un lugar escarpado, sin puntos de apoyo por la nieve y el agua; así que, en un instante, Hadow tiró de Croz cayendo ambos como si fueran uno solo. Estaban atados por una cuerda que los protegía de los peligros y los mantenía unidos de manera que, aunque uno cayera, los demás podían mantenerse en pie y poner a salvo al caído. Sin embargo, una caída en un sitio como ese acantilado era demasiado; así que, al caerse dos, el tercero los siguió al vacío. El barón Francis Douglas que era el cuarto, también se vio arrastrado hasta el precipicio. La cuerda se tensó y la mitad del grupo quedó colgando mientras que la otra mitad se mantenía en pie aguantando el peso de sus compañeros. Finalmente, la cuerda se rompió. Eran las tres de la tarde en punto cuando los cuatro hombres cayeron de espaldas al menos mil doscientos metros hacia ese vacío de hielo y agua. Los otros cuatro habían sobrevivido. Pero ¿qué sentirían al ver caer a la profundidad del abismo a la mitad de sus compañeros? Probablemente se quedaron pasmados como si acabaran de cometer un crimen o tal vez cayeron en una desesperanza como si ya estuvieran muertos. Así debió ser. Poco a poco reanudaron la marcha, pero la idea de que en cualquier momento podían ser los siguientes en resbalar y morir, no se les iba de la cabeza. Se enfrentaban con un destino que, finalmente, no fue. A eso de las seis de la tarde, consiguieron llegar a un lugar seguro. Estaban a salvo, pero no dejaban de pensar en los compañeros que momentos antes habían estado con ellos. Por algún motivo que no alcanzaban a comprender, se habían salvado del tirón del espíritu de la montaña. Psicológicamente, todo eso les generaba una extraña sensación. Es imposible que nosotros, que no hemos estado nunca en una situación similar, nos imaginemos lo que sintieron aquellos hombres. Según marcan los registros de Whymper, eran alrededor de las seis de la tarde. Uno de los Taugwalder, que estaban acostumbrados a los ascensos y sabían bien cómo eran las montañas, alcanzó a ver que, por el rumbo Lyskamm, había una especie de arco borroso. Advirtió que los demás también lo estaban viendo. Poco tiempo después, en el mismo lugar donde se hallaba el arco, aparecieron unas cruces nada pequeñas. Estaban allí, flotando en el aire. Eran dos grandes cruces que a aquellos hombres occidentales les producían una sensación distinta, a la que nos producirían a nosotros, los que venimos de Oriente. Los registros cuentan que todos habían visto aquello que no parecía de este mundo. Todos los supervivientes de aquel día las habían visto. Eran cruces de un tamaño semejante al de nuestras pagodas. Quizá no tuvieran la forma exacta de una cruz, pero así lo percibieron ellos. Lo consideraron como un homenaje de la montaña a sus compañeros fallecidos. No podían apartar la mirada y entre los rayos de luz, a lo lejos, se empezaron a proyectar las siluetas de cuatro alpinistas. Eso les hizo pensar que lo que estaban viendo era una ilusión, pero tras frotarse los ojos y pellizcarse, seguían viendo lo mismo. Con esto doy por terminado el relato. Un antiguo proverbio dice: «El corazón es como un pintor virtuoso». ¿No les parece a ustedes que estas palabras tienen mucho significado? Bueno, ahora les voy a contar una historia que escuché de un compañero a quien le gustaba la pesca. Se trata de una historia que ocurrió antes de que el dominio de los Tokugawa llegara a su terrible final. En la capital Edo, en la zona de Honjō, vivían muchos samuráis que no tenían un rango muy alto. Los hatamoto[35] los menospreciaban diciendo que no valían mil goku[36], sino apenas unos cientos. Pero, de vez en cuando, sus servicios eran requeridos. El que se les encomendara una misión significaba para ellos la apertura de una puerta hacia el progreso. Sin embargo, no era fácil que esto sucediese y muchos tomaban el camino del mal. Pero, cuando algunos lo conseguían eran la envidia de los demás y se ganaban su odio. Entonces, eran personas que entraban en la categoría de kobushin[37]. Se solía decir que los kobushin eran las estacas a las que había que dar un golpe para emparejarlas. Así, pertenecer a ese grupo era estar siempre dispuesto a cumplir con cualquier deber, pero la mayor parte del tiempo estaban desocupados. Cuando no tenían alguna misión que cumplir, disfrutaban de la pesca. No se metían en problemas, no eran nada extravagantes ni intolerantes. Eran personas de buen entendimiento, hombres agradables y buenos ante los ojos de la gente. Así eran aquellas personas. Este compañero, cuando no tenía nada que hacer, se iba de pesca. En el muelle que había en el río Kanda, había un barquero que alquilaba su bote para ir y venir en el mismo día. Se podía tomar la embarcación en aquel lugar y zarpar río arriba, rumbo a Honjō, en busca de peces para después regresar. Era un itinerario perfecto. Si la marea era favorable se podía salir casi a diario para pescar keizu. Soy de la opinión de que la palabra keizu es parte del dialecto de Edo; sin embargo, ahora todos lo llaman kaizu[38]. El kaizu es un m*****o de la familia de los pargos. Pero nadie dice pargo keizu sino simplemente keizu, que es el pargo n***o. También lo han llamado, equivocadamente, «pargo de Ebizu»[39] pero ¿acaso no es el pargo rojo al que llaman Ebizu? Es posible que ustedes se quejen de que diga tantas cosas sin sentido, pero un especialista llamado Hitsudai Hirano explicó todo esto. Solo se puede atrapar al pargo de Ebizu con un tipo especial de cañas. En cambio, si se trata de los negros, cualquiera serviría. Me he desviado un poco del relato, pero considero importante explicarlo siendo esta una historia de pesca. Un día, esta persona subió a un bote como solía hacer. El barquero era un hombre llamado Kichi, que ya pasaba de los cincuenta años. Que tuviera ya sus años no era algo que agradara mucho a los clientes, sin embargo, a nuestro personaje principal no le importaba, consideraba al viejo bastante lúcido y sabio y por eso lo contrataba. Es posible que algunos piensen que un barquero actúa solo como instructor o guía para quienes salen a pescar. Pero no es así. Un buen barquero debe comprender bien a las personas; debe saber qué les gusta, y qué les desagrada, a cada uno de sus clientes. Debe hacerlos felices. Cuando alguien alquila un bote con red, se supone que es un pescador experimentado y no es necesario que el remero también lo sea. La pesca no es lo más importante, lo fundamental es pasarlo bien. Una persona que no tenga sentido del humor no puede trabajar como barquero. Por ejemplo, cuando un buen playboy ve la cara de una geisha este se puede dar cuenta de inmediato cuándo ella debe tocar el shaimisen[40] o cantarle una canción, cuándo debe tomar el abanico y ponerse a bailar, o bien cuándo debe servir el sake. Aquellos que, sin pensarlo dos veces, piden muchos cantos y bailes, no saben cómo divertirse. En la pesca es lo mismo. Si solo se concentran en los peces, no disfrutarán plenamente. A nuestro personaje principal no solo le importaba pescar, por eso el viejo barquero Kichi era el hombre ideal. Dentro de los diferentes estilos de pesca, la pesca del keizu tiene un estilo peculiar. Por ejemplo, en la pesca del kisu[41], uno tiene que introducirse en el agua, o ponerse de pie sobre una escalera alta dentro del mar, y aguantar hasta que los peces se acerquen. Quienes hablan mal de esta pesca, la llaman «mendigar», ya que uno no puede hacer nada más que esperar. Se trata entonces de un estilo de pesca miserable. Luego está la pesca de la lisa. La lisa no es un pez de muy alta calidad; es un pez de cardumen. Cuando hay que sacarlo y es muy pesado, uno se tiene que esforzar por subirlo en hombros. Además, al pescarla, hay que ir hasta la proa del barco y colocarse sobre la borda o en el timón y sentarse en una muy mala posición abarcando la proa de lado a lado. Este tipo de pesca no es ningún juego. Para quienes disfrutan de ese tipo específico de actividades, la pesca de lisa es muy apreciada y la practican con muy buena disposición. Pero nuestro personaje no practicaba esa pesca. La pesca del keizu es muy distinta y, en ese entonces, todos los peces en la zona frontal a Edo se iban hasta Ōkawa; hasta la parte más profunda. Había que ir a pescarlos río arriba, más allá de los puentes de Eitabashi y Shin-Ōhashi. Ocurría además que, para implorar un acto piadoso de la bodhisatva Khitigarbha, las personas arrojaban al río papelillos con plegarias impresas desde el puente Ryōkoku. Aquello lastimaba los ojos de las lisas de una forma que no podrían imaginar. Por este motivo, la pesca de lisas en el río, si se hacía en una zona profunda, tenía que hacerse a mano, blandiendo una caña de pescar. Para pescar keizu se sacaba una larga porción del cordel de pesca y lo sostenía entre dos dedos. Cuando uno se cansaba, iba a un costado, al lugar más estrecho del bote, colocaba las barbas de ballena e introducía el hilo entre ellas, así podía descansar. A esto se le llamaba «montar el cordel». Después, iba a la parte del frente y tenía que arreglárselas para colocar sobre las barbas de ballena una campanilla a la que se llamaba «campanilla de pulso». Si la campanilla sonaba, es que alguno había picado. Ahora todo es diferente, la pesca en el río Ōkawa ha desaparecido por completo. Ya nadie sabe lo que eran las campanillas para la pesca de keizu. Pero en ese momento aún se podía pescar fácilmente. Precisamente por eso, el personaje de nuestra historia había perdido el interés por ir a pescar todos los días desde Honjō a Ōkawa, ya que estaba demasiado cerca y era demasiado fácil. No era la pesca de pulso en el río con la que disfrutaba, sino hacerlo con su caña en el mar. Aquel tipo de pesca también tenía su arte. A finales de la era Meiji[42], existía la pesca hataki. Esta consistía en ir hasta Odaiba y pescar con un anzuelo donde rompían las olas. Mientras recibían el viento del sur, la gente acostumbraba a echar la camada blandiendo la caña entre la blanca espuma de las olas que rompían. Se trataba de una pesca que, aunque era muy laboriosa, permitía sacar algún pez que otro. Ese tipo de pesca no se podía practicar antes de que Odaiba existiera. Ahora hay una forma de pescar en la reja de los diques pero esa también es una modalidad de pesca agotadora. Cuando la pesca requiere de extrema concentración, deja de ser elegante y puede convertirse en algo extenuante como pasatiempo. Había otro tipo de pesca, no tan antiguo, y que se llevaba a cabo en canales o en sus alrededores. Por ello se le llamaba pesca en canal. Consistía en tirar una línea de pesca que va desde el cuerpo del pescador hasta el agua. Apoyándose en esa línea, se detenía el bote contra la corriente y luego el pescador dirigía la operación. Es decir, este debía sentarse en la parte frontal del barco girado hacia el primer asiento y luego tenía que introducir la caña moviéndola de derecha a izquierda como haciendo la forma de un ocho. El barquero colocaba las cañas a ambos lados del bote, para que el encargado de la dirección pudiera ver las puntas de las mismas. Para protegerse del sol y de la lluvia, se construía una techumbre llamada toma. Esta se armaba en el espacio que había entre la vigueta frontal del bote y la siguiente. Se levantaban dos mástiles en los que se colocaban otras vigas formando un techo de dos aguas llamado tateji. En este, sobresalían un poco los tablones de madera a la izquierda y a la derecha; y entre una intersección y la otra había espacio suficiente para guardar la caña de pescar de bambú. El tamaño normal era de un tatami aproximadamente. Pero se podía hacer más grande, de una superficie equivalente a cuatro tatamis, para mayor comodidad y para estar más protegidos del sol y la lluvia. La superficie bajo esa techumbre se llama hyonoma. En muchos barcos de pesca, a diferencia de los que usan redes, el hyonoma es profundo y muy confortable. En ese lugar se desplegaban tapetes de carrizo y sobre ellos se colocaban alfombras donde la gente no se sentaba con las piernas cruzadas, sino de la forma correcta.
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