La sombra de la muerte

4786 Words
Estaba agachada de espaldas, dándole vueltas a algo. Quería saber qué estaba haciendo, así que me acerqué a curiosear. Cuando lo hice, descubrí que estaba empujando con un palo una serpiente Yamakagashi de unos noventa centímetros. La saludé formalmente, ya que era la primera vez que la veía. Ella se giró para mirarme. Luego, para que no se le escapara la culebra, la pisó con su chancla de paja y se puso de pie. —¿Cómo estás? —me preguntó con brusquedad, mirándome de arriba abajo. Su rostro era tan hermoso que daba miedo. Parecía la mujer de un retrato, de piel perfecta y tan clara como el colmillo de un elefante. Era difícil creer que debajo de esa piel corriera la sangre. Sin embargo, la suya no era una belleza fría, sino inorgánica. Justo cuando parecía haberse quedado muda, me dijo: —Pisa esta serpiente hasta que yo regrese. No la dejes escapar, ¿eh? Acto seguido salió corriendo hacia el edificio principal. Pisé la cabeza de la serpiente tal como me había pedido. El animal sufría, se retorcía y agarró con la cola el dobladillo de mis pantalones. No me importó. El sol caía a plomo sobre mi cabeza y yo estaba en el centro de un amplio jardín, esperando a una mujer que no daba indicios de volver. Entonces se hizo evidente que no lo iba a hacer: había comenzado a tocar el piano. De la ventana del primer piso llegaban las tenues notas. Yo era un estudiante honrado que tenía que trabajar para pagarme los estudios. Estaba allí para enseñar Estética e Historia del Arte, no para pisarle la cabeza a una serpiente. Sabía que debía marcharme, pero algo me lo impedía. Me quedé allí, cumpliendo su orden, hasta la tarde. II Dormía en un amplio dormitorio de estilo occidental. Era inmenso y sus techos eran altísimos. Si no me equivocaba, aquel sitio había sido en el pasado un salón de baile. El suelo era un cuadriculado rompecabezas de madera y del techo colgaban unas lámparas de araña muy ostentosas. Aquel sitio era tan grande como el comedor de un hotel. Y yo estaba tumbado en una cama en el centro de aquel lugar tan inmenso. Me sentía como si flotara en mitad de un extenso mar. Parecía que mi cuerpo se hubiera reducido a la mitad. Cuando se hacía de noche, no podía evitar pensar que la oscuridad lo cubría todo como una alfombra, rodeándome hasta no dejarme respirar. Me daba tanto miedo que no podía conciliar el sueño. Fuji era la dueña de aquella mansión, donde vivía sola acompañada de un puñado de sirvientes. Se trataba de un viejo edificio occidental de la era Meiji. Dentro de la casa todo olía a moho. El mobiliario era de la época del Salón Rokumei[31] y parecía no haber sido restaurado nunca. Estaba hecho un desastre, tanto que ya era imposible arreglarlo. Sin embargo, al prestar atención se veía que la tapicería de las sillas era brocada, y que en la repisa de la chimenea se había utilizado mármol italiano. Cualquiera podía imaginar la vida ostentosa de la que habían disfrutado sus antiguos ocupantes. Según me contaron, el dueño anterior había sido embajador en Escandinavia. Se pasaba el día sentado en su butaca, bebiendo en grandes cantidades y escribiendo poesía china. No tenía una gran sensibilidad poética; simplemente usaba el alcohol y los poemas para aliviar algo que atormentaba su corazón y que ni él mismo sabía qué era. Sufría una perturbación nerviosa provocada por una sífilis avanzada, pero nadie lo supo hasta después de su muerte. Fuji nació un año después de que su padre dejara la diplomacia y regresara a j***n. Tenía pensado hacer de Fuji una mujer valiente, así que le inculcó unas ideas peculiares. Un día ordenó a su hija que golpeara con fuerza al jardinero. Nadie sabe qué le pasó por la cabeza, pero cuando la chica se acercó a su padre y este le entregó el látigo, la emprendió a latigazos con él. El hombre no se esperaba ese movimiento y se cayó de la silla. Se desplomó sobre el césped, protegiéndose la cara, y tardó un buen rato en levantarse. No se encontraba mal. Lo cierto era que, mientras estaba en la hierba, lloraba con lágrimas de felicidad. III Todos los días, a las diez, atravesaba lentamente el largo pasillo camino del invernadero. Mi trabajo consistía en sentarme sin hacer nada hasta las once y media en un sillón de ratán a la sombra de una palmera. Y allí me quedaba contemplando el techo hasta que llegaba la hora, y entonces volvía a paso veloz a mi cuarto. Con eso terminaba mi trabajo diario. Repetía aquello todos los días. ¿Por qué lo hacía? No tenía ningún motivo. Allí era donde debía dar clase de Historia del Arte, pero Fuji nunca se presentaba, así que me quedaba en el sillón de ratán pasando el rato como un tonto. Cuando terminaba de almorzar, buscaba a Fuji para pedirle permiso para salir. Ese sí que era un arduo trabajo. Ocasionalmente practicaba con el pincel copiando las obras maestras de la caligrafía, o leía algún libro, pero la mayor parte de las veces se escondía en los lugares menos ordinarios y se quedaba allí, sola, pensando en sus cosas. Yo subía al primer piso y desde ahí bajaba las escaleras comprobando una infinidad de habitaciones. Después de buscarla por todas partes, la encontraba en el sótano junto a la caldera o detrás de una estantería de la biblioteca. Con el tiempo descubrí un modo de hallarla: mirar el suelo de la ventana más cercana. Bajo las ventanas solía haber moscas con las alas arrancadas o arañas a las que les habían quitado las patas. Si los insectos seguían retorciéndose y agitando las patas, eso significaba que hacía poco que había estado en ese cuarto, examinando la agonía de sus presas. IV Una tarde, cinco días después de mi llegada a aquel lugar, estaba en la cancha de tenis cuando Fuji se me acercó brincando. Era la segunda vez que la veía (la primera había sido el incidente con la serpiente), así que hice una reverencia apresurada. Ella me miró como si no me conociera. —Ah, claro, aún no te he invitado a comer —me dijo con extrañeza. No sabía de qué me estaba hablando. —¿Cómo? —le respondí. —Mi especialidad es un plato francés llamado lapin chasseur, conejo a la cazadora. ¿Te lo preparo? ¿Te gusta? Aunque no sabía qué era, si le decía que no quizá se molestaría, así que decidí no poner resistencia. —Lapin… Es mi plato favorito —le dije, con cara de tener unas ganas irresistibles de probarlo. Fuji se mostró satisfecha. —Entonces te lo prepararé ahora mismo. Ayúdame —me dijo. Y se marchó corriendo hacia la parte trasera del invernadero. Como yo no sabía dónde estaba la conejera, estuve deambulando por todas partes. Al final conseguí dar con ella, pero como había pasado de un lugar luminoso a uno oscuro, cuando entré no podía ver nada. Noté una presencia cercana. —Levántalos, por favor. Sujétalos por las orejas —escuché decir a Fuji. Extendí los brazos hacia delante, como si estuviera ciego, y ella me hizo agarrar unas cosas peludas y calientes. Las levanté hasta el nivel de mis ojos antes de darme cuenta de que eran las cabezas de unos conejos que habían sido sacrificados hacía poco. Los ojos de los animales degollados y cubiertos de sangre estaban abiertos y parecían mirarme con un tremendo rencor. No pude evitar gritar y a punto estuve de lanzarlos lejos. Fuji me regañó, molesta. —Qué tonto. Si no dejas de moverlos así desperdiciaremos toda la sangre. Fuji estaba agachada en la penumbra, cerca de mis piernas, intentando recoger en una olla la sangre de los conejos. Yo ya intuía que era despiadada, pero aquello me parecía demasiado. Yo, que era un hombre adulto, estaba a punto de desmayarme. Más tarde descubrí que el lapin chasseur era un plato de conejo en una salsa de vino tinto con su propia sangre. Se trataba de una receta francesa bastante refinada, aunque yo no había oído hablar nunca de ella. V Fuji no comía ningún ave si no lo preparaba ella misma. Era una muchacha extraña, sin duda, y en repetidas ocasiones me obligó a ayudarla a hacerlo. Yo sujetaba las aves por el pecho o las patas mientras ella les cortaba el pescuezo o las desplumaba. Por alguna extraña razón, esto que a priori parecía tan duro no me resultaba nada molesto. Conforme me fui acostumbrando, empecé a encontrarle la gracia. Por este motivo comencé a ser el favorito de Fuji y algunas veces me pedía que la acompañara a tomar una copa o dar un paseo en coche. Había heredado de su padre el gusto por el alcohol, pero no solo bebía vino o coñac; cada noche se tomaba tres botellas de ciento ochenta mililitros de un sake de calidad superior. Normalmente bebía hasta caer rendida, y entonces se apoyaba en mi hombro y yo la acompañaba hasta su dormitorio mientras ella cantaba canciones irreverentes. No le importaba mostrarse irresponsable. Hacía lo que le daba la gana. Ella misma conducía su Hispano-Suiza, pero si de repente ya no le apetecía lo dejaba donde fuera y volvía a pie. Una vez fue hasta Atami para comprar todos los claveles de un invernadero. A los ojos de cualquier persona normal era una chiflada, pero en el mundo de los grandes daimios aquella era una vida común y corriente. Yo había empezado a pensar que su crueldad era un resquicio de los tiempos de Sengoku[32]. De hecho, no creía que hubiera una mujer más excéntrica que ella. Tan pronto tocaba la campana de servicio a las tres de la mañana como pasaba semanas sin permitir que nadie se acercara a ella. Una vez me despertó a patadas y me ordenó que la acompañara a cazar patos salvajes en Chiba. Ya llevaba un mes en aquella vida de locos cuando una noche, a las once, me despertó la campana. Llamé a la puerta del dormitorio de Fuji, pero no escuché su voz de alondra. Decidí entrar. Al hacerlo, vi que había varias prendas esparcidas sobre la alfombra y el sofá: una camisola beige, unas babuchas y un culote rosa, además de otras cosas. Yo no sabía nada de prendas femeninas y todas aquellas cosas estaban allí tiradas como si fueran pétalos de flores. Fuji estaba profundamente dormida en su cama, aunque la lámpara de araña estaba encendida. Su cuerpo estaba extendido sobre la colcha. Me quedé perplejo y no me atrevía a hacer nada, salvo apagar la luz y marcharme en silencio de allí. VI A la mañana siguiente, una anciana sirvienta llamada Tome entró en mi habitación. —Fuji desea que vaya de inmediato al invernadero. A partir de hoy, estudiará —me dijo, y se retiró. Desde el día del lapin chasseur había abandonado mi pretensión de dar clase y me pasaba todo el tiempo siguiendo las ocurrencias de Fuji. No entendía por qué quería estudiar ahora. Me hice con mi copia de El Partenón de Lotze y salí volando del cuarto. Cuando entré en el invernadero me sorprendió descubrir que Fuji ya estaba allí, sentada con gran formalidad. La saludé con un ligero asentimiento y me senté frente a ella. Fuji me miraba fijamente, tan afilada como la hoja de una espada. —¿Qué crees que estás haciendo aquí? —me preguntó con tono cortante. Yo me quedé desconcertado, pues no comprendía su duda. —¿Es que no me has oído? —insistió, petulante y con el ceño fruncido—. Te lo preguntaré de nuevo. ¿Cuál es nuestra relación? ¿Eres mi amigo? ¿Mi amante? Aunque teníamos confianza y siempre estábamos diciendo payasadas y jugándonos bromas pesadas, aquello resultaba intimidante. —Creo que soy tu amigo, Fuji —le dije con una gran sonrisa. Ella seguía mirándome fijamente. —No —replicó. Algo se agitó en mi pecho. —¿Entonces? —Eres mi profesor particular —contestó Fuji, con una voz tan fría que parecía cubierta de escarcha. Bajé la mirada, avergonzado, mientras ella seguía atacándome con sus palabras. —Venga o no, tu deber es esperarme aquí desde las diez hasta las once y media —me dijo. Estaba anonadado. —Como no parecía interesarte, creí que… —le dije con un tono similar al zumbido de un mosquito. Fuji no me escuchó. —¿Por qué no cumples tu palabra? Me gusta que las personas sean responsables, aunque resulten aburridas. Para mí es muy importante tener sentido del deber. Eso era algo difícil de creer. Sin embargo, no me atreví a decirle tal cosa y seguí mostrándome sumiso. —¿Qué haces? Anda, levanta la cabeza —me dijo de repente en su travieso tono habitual. Me sentí aliviado. Al parecer me había gastado una broma. —¿Qué te ha parecido? Estabas muerto de miedo, ¿eh? Qué risa. Deberías haberte visto la cara. Se acercó a mí de repente. —¿Crees que estoy enfadada? No lo estoy; estoy triste, y es así como lo demuestro. Puede que no lo sepas, pero he tenido muy mala suerte con los profesores. Todos terminan desapareciendo —me dijo. Una sonrisa levantó sus pómulos de porcelana. Seguía mirándome fijamente. —Eres tan caprichosa que no me extraña que huyan. —¿Crees que será por eso? —murmuró con coquetería. Me sentí tentado a contarle cómo se había quedado dormida la noche anterior, pero todavía me duraba el susto y no estaba de humor. —Anoche, sobre las once, me pareció oír la campana. ¿Sería mi imaginación? —le pregunté, haciéndome el tonto. Fuji ladeó la cabeza. —No me acuerdo —me contestó. Pasaron dos o tres días. Una mañana, Kinbara, uno de mis compañeros, me detuvo al salir de la universidad. —Oye, ¿estás yendo a la mansión de los Kagawa? Cuando le respondí que sí, Kinbara se rio con socarronería. —Ten cuidado y no te dejes querer, no sea que termines muerto. Aquello me pareció muy extraño, pero pensé que estaría celoso y no le hice caso. —Oye, en serio —me dijo, sacando la lengua—, en esa casa pasa algo misterioso. Ten cuidado. —¿A qué te refieres con misterioso? —le pregunté cuando colmó mi paciencia. Kinbara abrió los ojos con sorpresa. —¿Qué? ¿De verdad no lo sabes? Bueno, pensándolo bien, no creo que en la oficina de empleo te lo hayan contado. Sentía curiosidad, así que lo llevé a El Tiger, una cafetería de Sanchōme. Allí me contó que los dos profesores particulares que Fuji había tenido hasta entonces habían fallecido. —Dicen que uno se cayó de un acantilado de Yari y el otro se ahogó. Aquello no me preocupó en exceso, pues ese tipo de coincidencias se daban continuamente. Kinbara también daba clases particulares para pagarse los estudios, pero era muy envidioso y siempre estaba criticando a aquellos que trabajaban en casas de familias de alcurnia. Pensé que se trataba del mismo veneno de siempre y lo dejé estar. —Puede que fueran despistados —repliqué, y nos despedimos. Aquella noche me acosté casi a medianoche, como siempre. El alcohol que había tomado seguía en mi estómago y no podía conciliar el sueño. Fumé y cambié de postura. Después de un rato, un extraño e inexplicable escalofrío recorrió mi cuerpo como si fuera electricidad, desde las uñas de mis pies hasta mi nuca. Grité y me levanté de un salto de la cama. Revisé todos los rincones de la habitación sin encontrar nada más que el silencio de la noche. No había nada inusual. Apoyé la cabeza en la almohada, pero seguía estando preocupado. ¿Por qué me había asustado tanto? Me levanté de nuevo, me encendí un cigarro, cerré los ojos con fuerza y esperé la repetición del fenómeno que me había perturbado tanto. Varias sombras pasaron bajo mis párpados. Al cabo de un rato, como cuando se proyecta algo en una sala de cine a oscuras, aparecieron ante mí unas imágenes que no esperaba. Fue aquel día en el invernadero. «Todos terminan desapareciendo». Fuji me miraba fijamente, casi sin parpadear, como una máscara de marfil de sonrisa misteriosa. Me quedé sentado en la cama con los brazos cruzados. Un rato después llegué a una conclusión. —Puede que a mí también vaya a matarme —susurré. VIII Decidí preguntar en la oficina de empleo las direcciones de los anteriores profesores. Por suerte, aquel día era el Higan[33], así que compré dos cajas de incienso y me hice pasar por un sirviente de los Kagawa. No había por qué angustiarse; conocía las causas de sus muertes y, en cuanto me cerciorara de que todo había sido normal, me desharía de aquel desasosiego y aflicción. En caso de que fuera verdad, pensaría una solución. Fuji seguía de buen humor, pero eso no me tranquilizaba. Al contrario; me parecía una señal de peligro. Aquellos días había cierta distancia entre nosotros y eso me mortificaba. Cada paso, cada movimiento, cada parpadeo suyo hacían brotar en mí la semilla de la intriga y la desconfianza. Me pasaba el día temiendo lo peor, e incluso había adelgazado. Lo mejor habría sido alejarme de aquella casa, pero me sentía tonto por estar tan angustiado sin razón. Después de rezar ante el altar, localicé a los parientes más bobos y los interrogué sobre los difuntos. Me dijeron que eran inteligentes, jóvenes de mucho provecho; todo cosas para quedar bien pero, tras mucho insistir, finalmente logré sonsacarles la verdad. Uno de ellos se precipitó cuando escalaba el monte Tsubaguro, y el otro se ahogó mientras nadaba. Cuando les pregunté por los detalles, evadieron el tema. No descubrí nada más sobre el ahogado, pero me revelaron que Fuji había estado presente el día del accidente en el Tsubaguro. Nadie tenía ninguna prueba. Lejos de aclararse, el misterio era cada vez mayor. Por suerte, Fuji no me llamó aquella noche y pude retirarme temprano. Me tumbé en la cama y me puse a pensar. La única certeza era que los profesores de Fuji habían muerto, uno de ellos en su presencia. Quizá fuera una coincidencia, pero no lo parecía. Si Fuji los asesinó, ¿cuál había sido el motivo? En mi caso, yo sabía la razón: había lastimado su orgullo. Si me mataba, sería por venganza. Había cometido dos errores, acceder a sus peticiones y rechazar su acercamiento amoroso. Para ella, mi rechazo (aunque indirecto) había sido algo imperdonable, pero si hubiera estado sentado bajo la palmera a la hora pactada, su anhelo se habría visto satisfecho y probablemente hubiera ocurrido algo. Al menos no se habría roto la armonía. El enfado de Fuji aquella mañana había estado provocado por una doble indiferencia. Y, para rematar la jugada, le comenté que la noche anterior había oído la campana, como si me burlara de ella. Con aquella frase había dictado mi sentencia de muerte. Esa era la razón en mi caso. ¿Sería incorrecto pensar que a los otros dos les pasó lo mismo? Si no, ¿cuál fue el motivo? De cualquier manera, ¿por qué tenía que saber yo que estar a la hora pactada era tan importante para ella? Pensé que se trataba de otra de las excentricidades de la hija caprichosa de un daimio. Lo lamentaba, pero no serviría de nada demostrar la sinceridad de mis sentimientos. Fuji no me perdonaría. IX Aquella mañana paseamos junto al acantilado de Shinsen, que daba vértigo solo estando allí. Esperaba que Fuji me empujara por detrás y no opondría resistencia, pues no podía seguir aguantando aquella angustia. Necesitaba saber la verdad. Mi mente ya no soportaba la intriga. El deseo de conocer la verdad ardía en mi alma. Para lograrlo, llegué a la conclusión de que debía exponerme al peligro y me detuve al borde del acantilado. Fuji comenzó a acercarse lentamente. En ese momento, escuché una voz desde el puente colgante que había debajo. —¡Es peligroso estar ahí! ¡Retrocede! X La siguiente prueba fue más peligrosa que la del acantilado. Le sugerí a Fuji que fuéramos a practicar con la pistola; yo me ocuparía de colocar las dianas. Aunque me había puesto un chaleco antibalas debajo de la ropa, siempre podía dispararme de cerca o a la cabeza. A pesar de ser totalmente consciente de la situación, no aparté la mirada en ningún momento; me estaba convirtiendo en un adicto al peligro. Si Fuji quisiera matarme, no tendría mejor oportunidad. Había al menos tres personas que podrían dar fe del accidente, pues todos me habían visto caminando entre las dianas. Finalmente Fuji no me disparó. Hasta que no me alejaba de las dianas, no levantaba el cañón. Cuando estuve de nuevo en mi dormitorio, acerqué la silla a la ventana y me senté. La razón por la que no me había disparado era que no tenía intención de hacerlo. Debía haber planeado otra forma más efectiva, pero ¿cuál? Fruncí el ceño. Evalué todos los métodos que se me ocurrían hasta llegar a una conclusión que me hizo tambalearme de horror. —¡Va a envenenarme! Ya he explicado que Fuji no dejaba que nadie tocara las aves y los conejos que se comía. Y, como yo la ayudaba a matarlos, también los comía. Si quería envenenarme, no podría hacerlo de forma más ingeniosa. A finales del siglo XVII hubo un oficial alemán llamado Ziggy que envenenó a varias personas inyectando colchicina en los patos que posteriormente les enviaba. Este hecho se hizo público cuando, en su lecho de su muerte, confesó su fechoría. ¿Por qué no me empujó por el acantilado? ¿Por qué no me disparó fingiendo un accidente? Ahora ya conocía la razón. La inteligente Fuji no quería repetir el modo en el que había matado a los otros dos. Y entonces entendí por qué había sido tan amable aquel día en el invernadero. Ella quería que me quedara. Probablemente me estaba administrando arsénico en pequeñas dosis. No tenía ninguna duda de que me estaba asesinando lentamente. Además, encajaba a la perfección con sus gustos. Cuando salíamos a cazar insectos, ella nunca los mataba de un golpe: les arrancaba las patas o las alas. Cuanto más sufría el insecto, más disfrutaba ella. Bajo los efectos del arsénico, mis funciones metabólicas se debilitarían poco a poco y me apagaría lentamente hasta morir. Como quería descubrir cuanto antes si mi hígado y mis riñones ya se habían visto afectados, me fui corriendo a la clínica Shimizu. Había pasado un mes desde aquel día en el invernadero. Si había empezado a envenenarme al día siguiente, mis órganos ya habrían sufrido cambios, pero después de un examen exhaustivo no encontraron nada raro ni en la mucosidad de las paredes de mi estómago ni en la sangre, y mucho menos en mis riñones o en mi hígado. Eso significaba que no había ingerido ningún veneno. No me lo esperaba. Pero, aunque me alegré mucho, no podía confiarme. Podía empezar a envenenarme cualquier día. Podía ser hoy, o mañana, o pasado… Empecé a acudir a la clínica a diario, y cada día, el doctor que me examinaba decía: —Estás totalmente sano. No había nada en este mundo que me molestara más que el tono pedante de aquel médico al decirlo. «Estás totalmente sano». Cada día esperaba encontrar algo nuevo. Todas las mañanas acudía corriendo a la clínica. Y así pasaron ocho días. ¿Por qué no había empezado Fuji a envenenarme? ¿Por qué estaba tardando tanto? Era insufrible. Me sentía irritado e impotente, con ganas de destrozarlo todo a mi alrededor. XII Una tarde estaba sentado en la esquina de una fuente. A mis pies había unas cuantas flores propias de esa época del año. Sobre mi cabeza pasaban las nubes blancas. Iba allí todos los días para despejarme la cabeza. Necesitaba calmarme y no perder los nervios en esos momentos. Mientras una suave brisa soplaba sobre mi cabeza, me puse a pensar en Fuji. Llevaba cinco días sin pasar tiempo con ella; solo me llamaba cuando había que matar algún conejo. ¿Por qué me hacía sufrir de esta manera? No la entendía. A veces jugábamos a las mantis religiosas. Nos deteníamos sobre la alfombra turca del despacho, uno frente al otro, y ella, que era la hembra, me agarraba los hombros con sus largas patas. Yo intentaba huir y ella me perseguía; me escondía detrás del sofá y ella me arrinconaba. Entonces me sujetaba y comenzaba a devorarme a mordiscos. En un santiamén desaparecían mis patas delanteras e intentaba huir con las traseras, pero ella me atrapaba y seguía devorándome hasta que mi cuerpo desaparecía poco a poco. Mientras se comía mis brazos gritábamos de júbilo, alborozados, y me estremecía cada vez que mordía mi torso. Para mí era un momento de alegría inenarrable, pero Fuji llevaba cinco días sin darme esa felicidad. Medité en ello mientras acariciaba los pétalos de las anémonas, pero de pronto sentí un escalofrío y un mal pensamiento brotó en el fondo de mi pecho. La mantis hembra no se comía al macho por venganza, sino como una muestra de amor: Fuji había asesinado a aquellos hombres porque los amaba. Yo seguía vivo. No tenía la menor intención de matarme, pues no me amaba tanto como a ellos. Por fin lo había comprendido. Se había comido a los otros dos, pero en mi caso solo fingía hacerlo. Apoyé la frente en el borde de la fuente y me eché a llorar. XIII Para mí, el asesinato se había convertido en una muestra de amor. No quería morir, pero si ese era el modo en el que Fuji amaba, no me importaría perder la vida. Y, como un niño pidiendo un dulce a gritos, yo me presentaba cada día ante ella pidiendo que me matase. Una tarde, Fuji estaba sentada en el suelo de su cuarto con las piernas cruzadas, pelando a su gato con una máquina. Su intención era dejarlo completamente rasurado. Yo me senté a su lado y empecé a tirarle de la manga. —Oye, Fuji, corazón mío, ¿no podrías poner fin a mi existencia? Creo que me sentiría halagado si lo hicieras tú. Fuji sopló un pelo de gato que estaba a punto de aspirar por la nariz. —Ya empiezas otra vez. ¿Por qué quieres morir? En serio, eres muy raro. —No estoy bromeando. No quiero que finjas que me devoras, quiero que lo hagas de verdad. —Qué pereza. Aquella necesidad de amor, aquella ansiedad por no tenerlo, era insoportable. —¿De verdad te da pereza? Imagina que soy un conejo o un faisán. Con el cuello del gato en la mano izquierda, me miró con una sonrisa tan brillante como el sol de un cielo despejado. —Ya que estás tan pesado, ¿quieres que te estrangule? Me puse loco de contento. —No me importaría. Pero no de broma, hazlo de verdad. Fuji apartó al gato y se acercó a mí, pero entonces cambió de idea. —Olvídalo. Eso es muy aburrido. ¿Por qué no subes al ático y me traes un dibujo de Utamarō[34]? Estoy segura de que lo guardé dentro de un baúl. La llave la tiene Otome. Me fui de allí a regañadientes, bajé a por la llave y luego subí al ático. Encontré de inmediato lo que me había pedido. Lo agarré y me dispuse a salir, pero entonces vi algo que me hizo detenerme. Colgaba de una gruesa viga de metal que estaba colocada perpendicularmente. Era una cuerda. —¡Ah, esto es! Como si hubiera escuchado una voz del cielo, al ver esa cuerda lo comprendí todo. Fuji no quería usar sus propias manos. Su intención había sido manipularme lentamente, paso a paso, hasta que cayera en su trampa. Cuando lo vi, me di cuenta de que mis dos antecesores no habían muerto ni en la montaña ni en el mar, sino debajo de aquella viga: ella los había presionado hasta que se quitaron la vida. Y en ese momento era yo quien estaba de pie ante la viga. ¿Se detuvieron allí también ellos? Los tres teníamos en común una cadena llamada Fuji. Y una cuerda. Por fin me había declarado su amor. Me acerqué a la cuerda y me la puse alrededor del cuello. Parecía fuerte y flexible. —Ahora no tengo ninguna excusa para no morir —susurré.
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