—¡Abuelo! ¡Oiga, abuelo!
—¿Sí? ¿Es a mí?
Contestó enseguida, seguramente porque estaba solo y no había nadie más en los alrededores. Pues, si no, ¿de qué otra manera? El anciano llevaba una cinta atada, sin apretar demasiado, alrededor de una frente surcada de arrugas. Tenía una expresión soñolienta, como de borracho, mientras trabajaba tranquilamente la tierra blanda bajo el calor del sol. Un ciruelo cercano, húmedo y sudoroso, florecía como si estuviera en llamas; la luz encarnada del ocaso bañaba la escena; los pájaros cantaban como si entablaran conversación. A pesar de estar inmerso en aquel entorno irreal, el anciano campesino sabía que el sonido de una voz humana solamente podría dirigirse a él. Era un plácido día de primavera y los rayos del sol iluminaban su rostro dándole un aspecto abstraído; tal era el aspecto del viejo labrando con su azada.
De haber sabido que el campesino respondería con tal rapidez, el caminante se lo habría pensado dos veces antes de decir nada. Después de todo, solo estaba dando un paseo y podría haber zanjado la cuestión dejando caer el bastón en el camino: si caía al norte, hacia Kamakura, le preguntaría al viejo, y si caía al sur, seguiría su camino sin decir una palabra. Con un poco de suerte el campesino no le habría oído y pronto estaría de camino otra vez. Pero tenía que decir algo, aunque no le incumbiera.
—¿Quién, yo?
Sorprendido por la respuesta, el viajero se aproximó a un cercado bajo de bambú. El viejo se incorporó poco a poco. No los separaba ni una brizna de hierba. De las tres hileras de tierra que había labrado con esfuerzo emanaba un agradable olor. No obstante, el campo rezumaba soledad, presentaba algunos brotes de algarroba por aquí y allá; por supuesto, también tiernos tallos de habas verdes cubiertos de polvo y separados de sus raíces que se empleaban como abono.
El caminante se llevó la mano a la gorra de caza.
—¿Es suya la casa de la esquina?
El viejo se volvió lentamente con el rostro arrugado captando en plenitud la luz solar. Las tejas de la casa de enfrente, recortadas contra las flores del ciruelo en sombra, parecían elevarse hacia el cielo del mediodía y hornear los campos de trigo con su brillo.
—¿Qué casa? —Seguramente, de no haber sido interrumpido, el anciano habría continuado con su labor incansable—. ¿Se refiere a aquella casa?
—Aquella de dos pisos.
—No, esa no es mía.
Su respuesta fue seca y brusca pero no parecía rehuir la conversación. El viejo movió los hombros, giró el mango de su azada y la posó en tierra mientras miraba a su interlocutor.
—Siento haberlo molestado.
Aprovechando la oportunidad, el viajero reanudó su camino, pero el viejo se quitó la cinta de la cabeza impetuosamente y dijo:
—No se preocupe. ¿Quiere preguntarme algo? La puerta principal de aquella casa está cerrada pero no se alquila…
El viejo se recogió los bajos del quimono, guardó el tenugui[42] en el fajín, donde dejó los dedos enganchados; daba la impresión de que no tenía intención de permitir que el viajero prosiguiera su camino.
—Bueno, no importa.
—¿El qué?
—Me refiero a que si se hubiese tratado de su casa, le preguntaría algo, pero no porque esté buscando un lugar para alquilar. Sabía que no estaba vacía porque he oído voces.
—Sí, allí viven dos mujeres jóvenes.
—Bien. Es sobre ellas dos. Cuando pasaba al lado de su casa, en la zanja que rodea el muro de piedra vi cómo se deslizaba… algo muy largo.
2
—¿De veras?
—En realidad no soy muy amigo de esos bichos —dijo y, riéndose, añadió— y, sin embargo, cuando algo lo aterroriza a uno, no puede evitarlo y se queda mirando. Así que vi cómo deslizaba la mitad del cuerpo entre la valla, y la cola se desplomaba en el agua; entonces metió la cabeza entre los paneles del revestimiento y entró. Desde fuera me pareció que se trataba del baño, aunque quizá fuese la cocina. El caso es que, como dentro de la casa escuché a dos mujeres, temí que se asustaran. Si después el bicho se mete en alguna sala o en los armarios, será peor. Imagínese que de repente aparece enroscada en el suelo o en cualquier otro sitio; menudo susto. En fin, habrá creído que soy un entrometido, pero como le vi cerca de la casa, supuse que vivía allí y pensé en avisarlo. Quizá para la gente de por aquí una serpiente no sea nada extraordinario.
—Una serpiente de jardín, probablemente.
Mientras el viejo abría la boca para reírse con una carcajada enorme y franca, los rayos serenos del sol se infiltraron hasta su lengua.
—En fin, lo siento.
—No, no se disculpe. Esa gente es de Tokio y el otro día ya montaron un escándalo. Iré a echar un vistazo. La serpiente ya se habrá ido hace tiempo, pero tengo confianza con la gente de la cocina.
—Sí, hágalo. Siento las molestias.
—No se preocupe. El día es muy largo y nunca suele pasar nada.
Pero cuando los dos hombres se despidieron, la serpiente ya se había evaporado cual dragón, más allá de los límites de la fantasía.
El caminante dirigió sus pasos hacía el sonido de un telar en funcionamiento que le recordó al batir de alas de las gallinas. Bordeó el cercado y pasó bajo dos melocotoneros. En una casa vio a dos mujeres tejiendo. Una tenía unos dieciocho o diecinueve años y la otra rondaba los treinta. La más joven había dejado las puertas correderas de su habitación medio abiertas. La mujer mayor estaba sentada de espaldas al camino sobre una estera de paja extendida en la parte seca del jardín frente a la casa; cuando levantaba el pie, se escuchaba un leve sonido agudo.
Fue lo único que distinguió al pasar: una escena nostálgica que solo se veía ya en las novelas románticas como Las mujeres de Imagawa[43]. Quería detenerse un poco y admirar esa nostalgia. No se veía a nadie, ni siquiera a un niño; solo estaban ellas. Los habitantes de las casas colindantes debían de seguir en los campos. Como creía que las mujeres no estarían acostumbradas al trato con extraños, y menos aún con un hombre, y pensando que podrían cohibirse o asustarse, el viajero prosiguió su camino. Regresó por donde había venido y giró en el mismo punto en el que se había encontrado la serpiente, justo en la esquina de la casa de dos pisos. A su izquierda, un campo de trigo de altos tallos inclinados se abría hacia la playa; en la hermosa superficie de agua esmeralda, las olas espumosas ondeaban ligeramente. Una enorme mansión de estilo occidental se alzaba imponente hacia el cielo despejado.
La gente de la zona llamaba a los extranjeros «ogros azules» u «ogros rojos» por los brillantes colores con los que pintaban las fachadas de sus casas. Por eso mismo, seguro que también creerían que un hombre como él, aunque no luciera el preceptivo bigote, era uno de esos burgueses que siempre llevaban sombrero. Si a los del pueblo los europeos les parecían ogros rojos y azules, sin duda las embarcaciones de vela les recordarían a las mariposas que revolotean caprichosas. La playa se había abierto hacía tiempo para los bañistas, practicantes de ese lúdico arte moderno, pero las montañas de la derecha seguían tan imperturbables como siempre, de un color n***o puro como las alas de los enormes halcones que se apilaban en sus cimas. En los recónditos valles, donde también reinaba la oscuridad, distinguió una cabaña con techumbre de paja cuyas ventanas parecían los ojos abiertos de la montaña, como si esta fuera un sapo gigante que, arrastrado por la marea, hubiera hecho de ese lugar su escondite durante las horas de sol.
3
Prosiguió su camino. Vio un horno que sobrepasaba en altura a las casas. Pasó al lado de un templo sin identificar y de un cementerio abandonado; las flores de camelia caían una tras otra y sanguijuelas enormes descansaban en los arrozales.
Hasta que llegue el día en el que el mar de la costa de Shōnan se decida a anegar con sus olas de blancas crestas, sobre las que hoy flotan los veleros, cada una de las bahías incrustadas en la serpenteante cordillera, los campesinos seguirán labrando sus campos aquí y allá, dando la espalda al mar mientras las jóvenes pasan la lanzadera y las ancianas marcan el paso en el pedal del telar, mirando las montañas sin temer al océano.
Siete u ocho viviendas se agrupaban en torno a la casa de dos plantas formando el centro del pueblo. Desde allí hacia el valle aún se podían ver viviendas dispersas esporádicamente, pero a unos doscientos o trescientos metros del mar, desaparecían por completo. A ambos lados del sendero tortuoso se amontonaban otras viviendas que, junto a otras siete u ocho más apartadas, formaban un barrio.
El viajero llegó a un campo sembrado de flores de colza cuyos pétalos amarillos deslumbraban bajo los rayos de sol. El verde esmeralda del acantilado a la izquierda y el verde azulado de la montaña que se levantaba más allá de valle presagiaban que el amarillo puro de las flores no se extendería para siempre. Ni el murmullo del pequeño arroyo que fluía a los pies del viajero podía empañar el brillo esplendoroso de las flores.
Deslumbrados, los ojos del viajero dibujaron inconscientemente la silueta de las dos mujeres trabajando en sus telares como si hubieran sido trazadas en una hoja en blanco y el espacio restante del papel estuviera coloreado de amarillo. El contraste entre las flores de colza y la imagen de las dos mujeres —en cuyos quimonos y bufandas, incluso en los fragmentos de tela que tejían, no había trazas de amarillo— hacía destacar el color, aún más vivido, dentro de su mente.
No podía decir si este método de destacar los personajes era eficaz, o un error, o una hazaña, o un torpe recurso. Se detuvo hechizado por la imagen y se imaginó una línea de oro sobre rojo, la punta de la lanzadera de la tejedora saltando los hilos en movimiento circular, volando sobre la hierba hasta la orilla del arroyo para luego desaparecer como una llama que se extingue. Los ojos le ardían.
Fue entonces cuando vio una segunda serpiente que relucía mientras se deslizaba sigilosa entre las flores amarillas. El viajero se estremeció, se dio la vuelta y se encontró ante un tramo de empinados escalones de piedra que ascendían, casi ocultos entre la arboleda, como si se enredaran en las ramas, hasta un templo de techo de paja que parecía suspendido sobre las copas de los árboles semejante a una nube en el cielo. Cerca de la parte superior del tejado, recortado contra la cima verde y oscura, florecía un ramillete de lirios púrpuras que parecían al alcance de la mano.
Era esto lo que nuestro viajero había venido a ver: el templo de Kunoya Kannon. Cuando se disponía a subir por la escalera sepultada entre la vegetación, asomó una cara enorme y peluda entre la densa maleza que bordeaba el camino. El animal era tan ancho como el rastro que dejaba a su paso; y sorprendentemente, no estaba solo: eran muchos. Una crin tras otra, un cuerpo tras otro, y así hasta una hilera de cinco o seis metros de caballos robustos. Inmediatamente el viajero plantó su bastón y retrocedió. Se encontró inmerso en un triángulo formado por una línea que conectaba la serpiente de la casa con la serpiente del campo de flores de colza y la manada de caballos.
Era un fenómeno muy extraño. Sin embargo, como se dice en el Sutra del Loto:
Si lagartijas, serpientes, culebras y escorpiones
te amenazan con su aliento venenoso que arde como el fuego,
piensa en el poderío del bodisatva Percibir los Sonidos,
¡al oír tu voz, de sí mismos huirán![44]
4
Apareció un jinete encabezando un grupo de tres que lo seguían bajando mansa y ordenadamente por la ladera.
—Gracias por esperar —dijo el primer jinete.
—Sentimos molestarlo —añadió el segundo.
—Disculpe —sentenció el tercero.
Los tres hombres saludaron cortésmente mientras pasaban al lado del viajero. Este intentó hacerse más pequeño para apartarse y tuvo la sensación de que la piel de los caballos le cubría los ojos. El camino se estrechó aún más, por lo que se salió del empedrado. Sintió la plácida hierba bajo sus pies. Con el sonido de las tejedoras perdido en la lejanía, regresó a las escaleras de piedra; el cielo azul se filtraba a través de los árboles. El camino estaba en pésimas condiciones, pues lo estaban reparando, pero por lo menos ninguna serpiente le saldría al paso, ya que, aunque era una cuesta muy empinada, habían retirado la hierba y el sendero se veía claramente. Los caballos transportaban nuevas piedras desde la puerta trasera del templo hasta la base de la escalera.
Subir los peldaños era arriesgado, pues se balanceaban de un lado a otro. Faltaban algunas piedras por aquí, otras estaban agrietadas por allá. La tierra parecía hacerse añicos bajo los pies del viajero que, tambaleante, se veía obligado a ayudarse de las manos para arrastrarse por la colina. Aunque avanzaba lentamente, los campos y los arrozales se hacían cada vez más pequeños y en la distancia, las olas se confundían con las montañas azuladas que abrazaban el mar y formaban un conjunto a sus pies.
En las sombras del bosque, entre las piedras cubiertas de musgo verdoso que formaban la escalera, crecían unas melancólicas campánulas de un púrpura pálido, similares a las campánulas chinas. Las primeras flores de la primavera humedecieron la imaginación del viajero que se sentía sofocado y sudoroso, como si estuviera subiendo por una cascada de agua hirviendo. Pero entonces sopló una ligera brisa y sintió frío de repente.
Finalmente llegó a lo alto de la escalinata. El recinto del templo no era demasiado amplio. De ambos lados del edificio principal, cubierto por un techo de paja, partían sendas pasarelas. Tras la construcción, la montaña se elevaba como un telón teñido con la tinta oscura del sotobosque. Se oía el lamento del viento entre los pinos. ¿O acaso el sonido provenía de otro lugar?
Montaña abajo, la espuma de las olas, como copos de nieve, se extendía a lo largo de la costa para fundirse con la arena y fenecer en los acantilados con un rumor apenas audible. Tristemente, tampoco se escuchaba el traqueteo de los telares. Desde la montaña ya no podía ver a las dos tejedoras entre las flores amarillas de colza. Ahora flotaban sobre las olas, con los contornos perfilados por el azul del mar abierto.
Pero primero, recemos.
El templo, al que daban acceso cinco escalones que hacía ya tiempo habían perdido la sombra de la balaustrada, se alzaba en la parte alta. En su día debía de haber sido un edificio majestuoso, con los pilares lacados en bermellón, los dinteles tallados con motivos florales y las vigas pintadas de azul de Prusia. Pero ahora los dragones dorados tenían un aspecto descuidado y la luz de la luna del mediodía caía sobre el techo de paja del templo, derramando sombras sobre las mariposas talladas en las puertas de estilo c***o. El edificio parecía una pintura antigua inspirada en el extravagante estilo de Tosa[45]. Aunque no resultaba deslumbrante, poseía cierta profundidad y delicadeza, una especie de sentimiento nostálgico.
A través de las celosías, el viajero observó que la oscuridad reinaba en el interior de edificio. Al lado del pequeño santuario, protegido con cortinas, florecían lotos blancos que miraban hacia el cielo. Se situó ante ellos e inclinó la cabeza; a continuación dio un paso atrás y después otro. Sintió que la paz inundaba su corazón. Miró hacia el artesonado del techo, tallado con peonías rojas y blancas. Los pétalos blancos, que se habían decolorado con el tiempo, se dispersaban entre el carmesí; se sentía como si estuviera en un sueño, contemplando un jardín de flores sobre su cabeza.
Mirase donde mirase, el viajero veía pequeñas tiras de papel en las que anteriores peregrinos habían escrito sus nombres para después pegarlas por todas partes: en las flores, en los pilares cilíndricos, en los altares de las ofrendas, en los paneles de las puertas y en los portones exteriores de estilo c***o, hasta en los travesaños. Una decía «Grabador Hori» y otra, «Pescadero Masa». También estaban «Yasu, el techador», «Tetsu, el carpintero» y «El orfebre Sakan». Uno era del distrito de Asakusa, en Tokio; otro de Fukugawa. Otros muchos venía de lugares lejanos: Suo, Mino, Omi, Kaga, Noto, Echizen, Kumamoto en Higo o Tokushima en Awa. Eran como aves migratorias. Tiras de papel depositadas por viajeros pretéritos de los que no quedaba ya ni rastro de sus cuerpos, pero que habían dejado allí sus nombres. Todos ellos, hombres y mujeres virtuosos que se habían alojado en pensiones baratas con la fría noche como almohada, que habían navegado en noches lluviosas a bordo de barcos donde las mantas eran de agua y que habían encontrado aquí un puerto para sus sueños. Seguro que hoy los espíritus de aquellos peregrinos regresan a este lugar de recreo, aquí donde las tiras de papel señalan que tienen por siempre su hogar espiritual.