Oliver: Ya era mediodía cuando entré a mi oficina. No tenía apetito. Ismary quiso comprarme almuerzo y le dije que no. Sería un pecado pagar por algo que no me voy a comer. Siento un nudo en el estómago nunca antes vivido. Para no pasar el resto de la tarde pensando, pedí todo el trabajo que estaba pendiente por revisión y me enfoqué en revisar carpeta por carpeta, renglón por renglón, cifra por cifra, a ver si con eso lograba distraerme del tremendo problema que se cierne sobre mis hombros. Faltando un cuarto para las cuatro, entra Ismary a mi oficina, para avisar que debe salir un poco antes. Si ella no entra, no hubiera comprobado la hora. “Por lo menos en esto Dios no es malo conmigo”, pienso. “Por lo menos quiere que me encuentre hoy con mi pequeña”. De no ser así, inconscientemen

