ACTUAR NO ES LO MIO

1185 Words
**RITA**  Julia Elena se puso de pie tan bruscamente que su silla rechinó contra el piso de mármol como uñas sobre una pizarra. Su rostro había adquirido un color poco favorecedor, entre verde y blanco, que no combinaba nada bien con su vestido esmeralda. —¡Disculpen! —exclamó, su voz estridente llenando el comedor como el chillido de una gaviota herida—. Tengo que hacer una llamada urgente. ¡Con permiso! Su salida fue todo menos elegante. Sus tacones repiquetearon furiosamente contra el mármol, y pude escuchar cómo tropezó ligeramente en el vestíbulo. La puerta se cerró detrás de ella con más fuerza de la necesaria. El silencio que siguió fue dorado, perfecto, como la calma después de una tormenta. —Una mujer… interesante —comentó el señor Arango con diplomacia exquisita, levantando su copa hacia mí. —Mi madrastra tiene sus momentos —respondí con una sonrisa que ahora sí alcanzaba mis ojos—. Pero hablemos de cosas más importantes. Cuando empezara con él plan. La miré irse a través del reflejo en las ventanas del comedor, mi sonrisa haciéndose cada vez más amplia. No dije nada más sobre su partida. No hice comentarios sarcásticos. No necesitaba hacerlo. Mi victoria era completa y silenciosa, como las mejores victorias suelen ser. Solo me quedé sentada, bebiendo mi vino, dirigiendo la conversación hacia los temas que realmente importaban, que mi madrastra se fijara en él. Esta noche, yo era más que la anfitriona. Era la heredera legítima reclamando su lugar. Y en este momento en que había estado jugando toda mi vida, había aprendido una lección fundamental: la reina no solo protege al rey. Cuando es necesario, la reina toma el trono. —Espero tener novedades pronto. —Las tendrá. La tarde caía con ese tono dorado que tiñe los pasillos de la casa como si todo estuviera en una película de época con demasiado filtro de i********:. Yo no. Yo seguía en movimiento perpetuo, hablando con el Dr. Ramírez sobre las dosis de medicamentos de mi padre, como si fuera una farmacéutica con doctorado en control total de la situación. —Entonces, doctor, ¿está seguro de que con dos pastillas azules y una rosa mi padre no va a convertirse en un loro parlanchín? —pregunté mientras tomaba notas como una secretaria obsesivo-compulsiva. —Señorita Rita, son vitaminas y un suplemento para la presión… —Perfecto. Quiero que todo esté bajo control. Por ahora, yo soy el control supremo del universo conocido. —Bromeé con él. Estábamos terminando esta fascinante conversación sobre la química moderna cuando Claudia, mi empleada de confianza y cómplice involuntaria de mis futuras locuras, se acercó con el rostro más tenso que una cuerda de violín antes de romperse. —Señorita Rita… —dijo con esa voz que usan los empleados cuando están a punto de arruinarte la vida—, hay un hombre en la puerta. Dice llamarse Manuel Montero. El nombre me cayó como un balde de agua helada mezclada con cubitos de hielo antártico y una pizca de pánico existencial. Manuel. Mi cerebro entró en modo pánico total. Era como si todas mis neuronas hubieran decidido tomarse un descanso simultáneo y dejarme a cargo de mi instinto de supervivencia, que aparentemente tenía el coeficiente intelectual de una cuchara. No pensé. Solo actué. Y cuando digo que actué, me refiero a que tuve la brillante idea más ridícula de mi vida adulta. La tomé de la mano a Claudia y la arrastré conmigo por el pasillo como si fuéramos dos ladronas escapando de la escena del crimen. —¡Quítate la ropa! ¡Rápido! ¡La blusa, el delantal, todo! —grité en un susurro dramático que hubiera hecho llorar de orgullo a cualquier actor de telenovela. —¿Señorita? —Claudia me miró como si hubiera perdido completamente la cabeza, lo cual, siendo honestos, no estaba muy lejos de la realidad. —¡Hazlo! ¡Ahora! ¡Es una emergencia nacional! Claudia, bendita sea su alma paciente, obedeció, aunque sus ojos decían claramente: “Mi jefa se volvió loca y yo necesito un aumento de sueldo”. Me puse su ropa con la elegancia de un elefante tratando de hacer ballet. La blusa me quedaba un poquito apretada (aparentemente Claudia tiene menos… generosidad frontal que yo), el delantal parecía un disfraz de Halloween mal planchado, y sus zapatos eran como dos barcas navegando en mis pies. Me recogí el cabello en la coleta más despeinada de la historia de los peinados, me quité los pendientes de diamantes como si fueran radiactivos, y me borré el labial Chanel con la palma de la mano con tanta fuerza que probablemente me quité también dos capas de piel. La pregunta del millón: ¿por qué me busca aquí? Que Manuel me vea como una trabajadora doméstica, es lo mejor para decepcionarlo. Pues piensa que soy la mucama más torpe del hemisferio occidental. Que se decepcione tanto que decida irse a un monasterio tibetano. Que me deje en paz para siempre. Que no me mire tanto, porque probablemente me delaten estos ojos que gritan “SOY UNA MILLONARIA DISFRAZADA DE SIRVIENTA”. No quiero que me reconozca, porque mi orgullo no sobreviviría a la humillación de ser descubierta a primer avista. Claudia me miraba como si yo hubiera desarrollado tres cabezas y todas estuvieran hablando idiomas diferentes. —Señorita Rita, ¿está usted… bien? —preguntó con la delicadeza de quien está hablando con alguien al borde de un colapso nervioso. —¡Perfectamente! ¡Nunca he estado mejor! ¡Soy una empleada doméstica totalmente normal y convincente! —respondí mientras trataba de caminar con sus zapatos sin parecer un pingüino borracho. Antes de salir al recibidor a protagonizar la actuación más patética de mi carrera, pregunté en voz baja (bueno, lo que yo considero voz baja, que es básicamente un grito susurrante): —¿Dónde está Julia Elena? —Salió hace rato. Dijo algo sobre ir de compras y “enseñarle a esa niña quién manda aquí”. No dijo a dónde específicamente. ¡Perfecto! Sin él, me enfrentarían a un “Ay, Rita, querida, ¿qué haces…?” y la consecuente muerte social. Así, disfrazada de la empleada más sospechosa, me preparo para encarar al hombre que no debe descubrir mi identidad. Me miré en el espejo del pasillo y… Dios mío. Parecía como si una millonaria hubiera intentado disfrazarse de empleada usando únicamente un tutorial de YouTube de cinco segundos. El delantal estaba torcido, la coleta desafiaba las leyes de la gravedad, y tenía una expresión en el rostro que gritaba “SOY UNA IMPOSTORA” en neón parpadeante. —Claudia —susurré dramáticamente—, si esto sale mal, quiero que sepas que has sido la mejor empleada que jamás haya tenido. Y si sale bien, quiero un aumento de sueldo para ambas. —¿Y si él la reconoce, señorita? —Entonces fingiré amnesia total. O que soy la prima gemela malvada de Rita. O que Rita está enferma y yo soy su reemplazo temporal. Ya se me ocurrirá algo.
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