Angélica
DICIEMBRE 2013
Estaba por terminar la licenciatura de psicología, para obtener por fin mi título profesional. Pero antes de comenzar con mi maestría o sumergirme en el mundo laboral, decidí irme a Canadá a trabajar para una institución que dirige proyectos para niños y jóvenes de escasos recursos, entre otras cosas, curricularmente me daría experiencia para después comenzar con algún proyecto en mi país. Yo tenía 24 años y entré al programa porque mis padres forman parte de esto desde que tengo uso de razón, "EVI" (Experiencias de Voluntarios Internacional). Crecí en ello, y le tengo un cariño especial. No es la primera vez que me inscribo, también existen programas de intercambio para estudiantes de todas las edades, campamentos de verano, programas de enseñanza de idiomas y excursiones o viajes de donde obtienen recursos para autofinanciarse. Es una fundación que se dedica a apoyar otras instituciones con ayuda de profesionistas “voluntarios”, un proyecto bastante ambicioso y digno de replicar.
Yo crecí en San Francisco, cerca de la ciudad de Las Ranas. Pero gracias a las modestas escuelas de bachillerato de San Francisco, mi padre decidió enviarnos a mis dos hermanos Luis y Rodrigo y a mí, (un par de años más grandes que yo, celosos, sobreprotectores, insufribles y mellizos) a estudiar a la ciudad de León. Ahí conocí a Natalia y a Paulina, mis mejores amigas. Ellas al igual que yo, venían de ciudades más pequeñas, Natalia de la ciudad de San Juan y Paulina de San Miguel. Natalia estudiaba diseño y Paulina Artes Plásticas. Aunque al terminar el bachillerato nos distanciamos por la diversidad de actividades que no teníamos en común, procurábamos pasar al menos un fin de semana juntas una vez al mes. Cuando les dije que me iría un año a Canadá, nos fuimos un fin de semana a la playa, a ellas todavía les faltaba un semestre para terminar la licenciatura, Pau estaba buscando una beca en Italia, en la universidad de arte de Florencia y Natalia estaba trabajando como practicante en una reconocida agencia de diseño de León, dónde le habían ofrecido contratarla terminando su carrera. Aunque ella, no quitaba de su cabeza la idea de marcharse a la gran ciudad a buscar un mejor futuro. Pues las tres éramos bastante tranquilas, ellas sin duda eran mucho más fiesteras que yo. Salían con sus amigos de farra con frecuencia, mientras yo prefería quedarme en casa estudiando. No fuimos muy novieras, sin embargo, nos contábamos nuestros males de amores. En mi caso, prácticamente nulos.
Joaquín, que se me declaró por teléfono, le dije que sí, y al día siguiente lo terminé porque me dejó plantada. Max, que me abordó un día en la calle, nos hicimos amigos, y a los pocos días se me declaró. Luego su exnovia fue a hacerme un berrinche a mi casa y lo abofeteó frente a mí. Acto seguido, lo mandé a volar. Enrique, con quien tuve mi primer beso, y... mi primer todo en temas de relaciones. Fue un noviazgo corto pero lindo. Solo que decidió marcharse a un Kibutz a Israel, aún me pregunto qué fue de él, jamás volví a tener noticias suyas o de su familia. Luego Gabriel, que al conocer a mis hermanos me terminó, y por último Armando, que me tenía tan endiosada que terminé por no volverle a ver. Como pueden ver, de todos ellos, no se hace uno. Esa era la triste historia de mi vida amorosa. Mi abuela me había contado de su gran amor por mi abuelo, de cómo se hablaban con la mirada, de la conexión que sentían cuando conversaban, de cómo contaban los minutos para estar juntos cuando él no estaba.
Yo quería eso, una historia de amor intensa, fuerte, conocer al verdadero amor de mi vida, y entonces sucedió, aquella tarde fría de diciembre, entró a las oficinas de EVI un hombre alto, de piel bronceada, cabello oscuro y largo, lo justo para cubrir un poco sus ojos moros con su flequillo y una sonrisa perfecta. Cargando una guitarra al hombro, con unos jeans oscuros, y una chamarra de piel negra, alto y con una fuerte personalidad.
—¡Ayúdame!¡Angie!
Era Glen que llegaba de recoger a un voluntario nuevo del aeropuerto. Era ese chico apuesto de quien no podía apartar la vista. De prisa me acerco y veo a aquel chico, con barba cerrada, ojos grandes y melena ondulada. Al verme sonríe y me dice con acento español:
—Hola, soy Xavier. — “Estúpida... di algo" pensaba.
—Angie—interrumpió Glen—, él es mi amigo el músico. Recién desempacado de una gira internacional de guitarra clásica.
Sorprendida le observé y extiendo la mano para saludarlo. Yo seguía sin articular palabra, mientras Glen ponía en mis manos un paquete de papelería. Pero yo continuaba ligeramente embobada con aquel músico de sonrisa perfecta, mismo que se acercó y me plantó dos besos, uno en cada mejilla, a la usanza española.
—¿¡Español!?— Es lo único que pude articular.
—Sevillano...— Agrega Glen.
—Me llaman “el andaluz”— y de nuevo sonrió sin apartar la mirada.
Ayudé a Glen con lo que me pedía, mientras el sevillano entraba a la casa a presentarse con el resto. Joan lo acompañó a su habitación, y el resto nos fuimos a terminar de prepararnos para el festejo de aquella tarde.
Nos encontrábamos en las fiestas de fin de ciclo, propio de los festejos navideños. Como en todo trabajo, las reuniones y los intercambios de regalos no podían faltar. Yo aún estaría seis meses más en el programa, junto a Glen, Susan, Sunny, Joan y Elena, pero algunos de nuestros compañeros se marchaban a su país de origen o a vivir otra aventura del programa "EVI".
Otto volvía a Tokio, Sandy a Madrid, Paul al Congo, Joe se marchaba a Irlanda y Ana Pau a México. En su lugar llegaron cinco voluntarios nuevos. Entre ellos Xavier. Que además de guapo lo habían asignado a mi equipo de trabajo.
La casa de voluntarios es muy grande. Cada uno tiene su habitación, tiene una capacidad hasta para veinte personas; compartíamos cocina, lavandería, estancia y oficina. Hay un patio y un salón de usos múltiples. Y las tareas son repartidas por equipos.
Glen es mi compañero de proyecto y a Xavier, el chico guapo, el andaluz, ese sevillano que comenzaba a despertar en mí emociones jamás experimentadas lo habían asignado a mi equipo. Glen es ingeniero industrial. Juntos ayudábamos a una institución de niños con talento musical y con escasos recursos, se les daban clases de música y conformaban la “Miniorquesta sinfónica infantil y juvenil de Montreal” de “EVI”. Alex Mikowski, era el director musical y nosotros manejamos la logística de la transportación de los niños de su casa al instituto, los ensayos, los conciertos, búsqueda de recursos, patrocinios, etc.
Esa tarde, no sólo participamos los voluntarios, se encontraban algunos directores de las fundaciones y la presidenta de "EVI" en Montreal y Toronto, la señora Nora, además gran amiga de mis padres. Estaban mis hermanos Luis y Rodrigo de visita. Pasarían las fiestas decembrinas conmigo, con altas temperaturas, nieve y entusiasmo.
Durante la fiesta intentaba observar disimuladamente a Xavier, era tan atractivo y con un porte especial como de “rock star”, más que de músico clásico y un ligero aire de badboy. Pero soy un fiasco. Varias veces me sorprendió observandole y yo no pude evitar sonrojarme. Elena se percató de ello y se burlaba de mí todo el tiempo. El nuevo y yo no volvimos a cruzar palabra, pero sí noté que también se daba sus tiempos para observarme. De pronto, tomó una guitarra y junto a Susan y Rodrigo mi hermano se ponen a cantar. Y después de sus interpretaciones, comienza a tocar solo la canción de "Stand by me" de B.B.K.
Mientras cantaban no pude dejar de mirarlo. Nuestras miradas se cruzaron varias veces y al final me guiñó el ojo. Rodrigo mi hermano se acercó cuando terminaron y me dijo:
—Tu turno...
—¿Qué?
—Vamos. — Me llevó de la mano al improvisado escenario, me pasó una guitarra y él tomó de nuevo la suya.
—¿La de siempre? —Asiento con la cabeza sonriendo, es nuestra mejor interpretación.
Me siento, hago un par de acordes en la guitarra y comienzo a seguir a mi hermano con la melodía… “un, dos, un dos tres…” comenzamos a cantar, él hacía los coros y llevaba la melodía en la guitarra.
"Decirme te amo, no son las palabras que deseo escuchar de ti, tampoco lo que quiero de ti, no decirlo, porque eso lo sé..."
Después de nuestra interpretación, misma que habíamos actuado en múltiples ocasiones, fue inevitable no sonrojarme al ver a Xavier aplaudiendo emocionado mientras me miraba con insistencia. Los presentes, como siempre, algunos se acercaron a abrazarnos, diciendo lo que escucho cuando me ven cantando y tocando la guitarra por primera vez.
“¡Qué bonito cantas! Ese talento no te lo conocía… Que bien tocan la guitarra...”
Después de un rato de charla con todos, explicando porque Rodrigo y yo hacíamos tan fantástico dueto musical, Xavier se acercó.
—Espero que algún día me dejáis acompañaros, podríamos cantar algo juntos.
—¿De verdad? —le sonreí sorprendida.
—Me encantaría. Cantáis muy bonito... ¿Os dedicáis a la música?
—Es mi segunda profesión. No como tú. Con gira y todo. Un músico talentoso e internacional, soy psicóloga—. Él me observó mientras sonreía.
—La música también es mi segunda profesión. Soy psiquiatra.
—¿Psiquiatra? Glen no me lo dijo... ¿Qué edad tienes?
— Los mismos que Glen. Él siempre quiso que fuera músico. Dice que tengo más talento para eso. Y estuve un año en médicos sin fronteras. Después de estos años “sabáticos”, volveré a Londres, a Cambridge para ser preciso.
Sorprendida por la confesión de Xavi comenzamos a charlar. Era intenso, apasionado, coqueto, muy coqueto. Una sonrisa divina, encantadora, seductora. Y su mirada, me fascinaba. Teníamos dos cosas en común, la música y “el loquísimo”. Y al parecer trabajaríamos juntos seis meses en el mismo proyecto.
Ya deseaba ver a los niños tocando algún arreglo musical junto a él. Teníamos un concierto por preparar, para primavera. Homenaje a los grandes del rock. Y Xavier también era fan de las grandes bandas. Ya habíamos hablado Glen, en que debíamos participar nosotros en algún número para motivar a los niños y niñas de la orquesta.
La noche de navidad, organizamos una reunión, una velada amena, cenamos, bebimos y llevamos a cabo algunos rituales. Cabe mencionar que dos veces me tocó besar a Glen bajo el muérdago. A Xavier pareció no causarle gracia.
No teníamos actividades hasta después de año nuevo, por lo que Nora nos invitó a esquiar a su casa en Mont Tremblant. Estaría allí su hijo Eddie, fue un gran amigo de nuestra infancia, nos tocó coincidir con él en algunos campamentos. Él aún vivía en León, trabajaba para una de las empresas de su padre, una de esas grandes distribuidoras de licores aunque, estaban distanciados, a Eddie le quedaba bien el puesto. Después de la navidad, el 26 de diciembre, me llamó Natalia:
—¡Hola Angie! No me lo vas a creer. Voy a ir a Montreal.
—¿Con quién?
—Con mi novio.
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