Paulina
Alex y yo nos conocimos en los pasillos de la universidad gracias a Sofía, mi "roomie", la que me dejaba plantada y colgada en todos lados. Tenía ya un tiempo sin toparme con él, ese chico que en múltiples ocasiones me salvó de momentos incómodos.
Aquella tarde, Sofía y yo caminábamos por los pasillos, cuando nos encontramos a Alex, quien nos saludó con familiaridad y “mucha” efusividad.
—¿Qué milagro Pau? Hace tiempo que no te veo.
—Nunca quiere salir a ningún lado, siempre encerrada en su estudio haciendo trabajos. ¿Por qué no vienes hoy a la casa? — Le coqueteó Sofia a Alex, y para ser honesta eso me incomodó por no decir que sentí un poco de celos. — Tomamos algo a ver si ésta se despabila un poco. Trae un amigo…— Le dice, pensando en alguien para que me hiciera compañía, eso me ofendió, pero ignoré su comentario, y resignada en pasar un rato con el amigo del tal Alejandro, siempre podría fingir sentirme mal y reportarme indispuesta.
Hugo, el chico feliz de la cita a ciegas intentaba impresionarnos, tanto a mí como a Sofía. Con sus encantos, prácticamente nulos y un escaso coeficiente intelectual o bastante abandonado, porque tampoco es que fuera tonto.
Después de una cerveza comencé a aburrirme, Hugo también, al grado que se quedó dormido. Sofía y Alejandro se encontraban platicando. Ella interesada en él, era más que obvio, pero es lo único que a ella le interesaba, un chico más en su lista de galanes guapos.
Yo siempre fui más selectiva, me gustaban los chicos con espíritu aventurero, cultos y por supuesto con sueños propios. Yo fui educada así, por lo que me daba igual si era rico o guapo… pero educado era un requisito importante.
Sofía de pronto, se puso en mal estado, dos botellas de vino tinto la llevaron al borde de la locura, se lanzó a los brazos de Alejandro y trató de besarlo a lo que él reaccionó evitándola y cayó rendida en el sofá, comenzando a reprocharle el rechazo.
Yo, me sentí fuera de lugar, con un “bello durmiente” que se perdía en los brazos de Morfeo y una princesa loca seduciendo a un príncipe ligeramente desencantado.
Decidí dejarlos ahí y salir a la terraza. Uno de mis lugares favoritos de aquel departamento. Tenía una vista hermosa de la ciudad, así que me puse los audífonos y encendí mi reproductor de música, mientras escuchaba aquel concierto llamado “Rouge”, de un trío de músicos franceses que me había obsequiado mi hermano Eduardo. Encendí un cigarro y di un trago a mi vaso de cerveza.
—Hola— Escuché de pronto cerca del oído, asustada al ver a Alejandro sentarse a mi lado, me quité los audífonos.
—Hola, me asustaste ¿Y Sofía? ¿Todo bien?
—Se quedó dormida, creo que no le cae bien el tinto.
—Ni el tinto, ni el blanco, ni el vodka, ni la cerveza —. Reímos. — Ella y el alcohol no tienen química. Mientras yo me tomo una copa ella ya se tomó el resto de la botella y eso no ayuda.
—Definitivamente eso no es bueno—. Le sonreí y él negaba con la cabeza.
Permanecimos en silencio un rato, observando las luces de la ciudad, cuando Alex por fin rompió el hielo:
—¿Qué haces normalmente un jueves a las diez de la noche? Además de disfrutar una excelente vista y escuchar música.
—A veces salgo a tomar algo, pero últimamente me ha dado por ir a conciertos, en el centro cultural del municipio hay opciones de todo tipo, los jueves a las siete de la tarde y son gratis. Un día jazz, otro día bossa nova, son cubano. De ahí me marcho con algunos amigos a un café y charlamos. Sofi no me acompaña, ella para estos planes es bastante silvestre…
—¿Silvestre? Creí que era tu amiga— dijo ofendido.
—Lo es, pero a veces es demasiado superficial y eso me cansa. Hablar todo el día de zapatos, ropa y cosméticos no es mi fuerte.
—¿Entonces de qué te gusta hablar? ¿Coches y fútbol?
Solté una carcajada.
—Para ser la hermana pequeña de cuatro rudos caballeros, me defiendo bien en el tema, pero no, soy demasiado analítica. Me encanta la antropología, me gusta viajar y conocer nuevas culturas, amo la música, pero lo que más me apasiona es pintar.
—Wow ¿De dónde conoces a Sofía? —pregunta él.
—La conocí en la universidad ¿y tú?
—La conocí en el antro, hace unos años.
—Pensé que eran amigos de la infancia o algo así.
—No, tenemos un amigo en común, Paco Olivares.
—Sí, lo conozco.
—Él estudia conmigo.
Comencé a tomar a interés en la plática de Alejandro.
—¿Qué estudias?
—Veterinaria y Zootecnia, en realidad estoy haciendo mis prácticas profesionales.
—¿Y cuál es tu animal favorito?
—Los caballos, amo los caballos. ¿Sabes montar?
—He montado. Pero hace años que no me subo ni siquiera a un carrusel.
—Cuando quieras te llevo, me encanta pasear en caballo y más en buena compañía.
—Gracias…— Le respondí nerviosa, al notar el repentino interés de Alejandro en mí.
Nos observamos unos segundos, y sucedió, como en las películas, Alejandro me besó. Yo no me resistí, sí que fue un momento “mágico”, como lo llaman en los cuentos de hadas. Después de aquel romántico momento me alejé confundida. “¿Qué Alejandro no había venido para estar con Sofía?” Pensé, justo en el instante en que observo a mi amiga en la puerta de la terraza.
—Veo que se están entendiendo— dijo ofendida y se marchó a su habitación.
Me sentí fatal por lo ocurrido. Pensé que Alejandro era un tipo de cuidado.
— No te sientas mal. Ella te ha dejado sola infinidad de veces sin avisarte. —Aunque tenía razón, yo no me sentía cómoda con esa situación. Lo dejé solo en la terraza y me marché a buscar a Sofía.
—Ábreme porfa—le dije mientras llamaba a la puerta de su habitación.
—No quiero.
—No seas necia, ábreme.
A regañadientes Sofía abrió la puerta.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué lo besaste? — Me reprocha.
—En primer lugar, él me besó. Y, en segundo lugar, la verdad es que es muy guapo, no me pude resistir…—le sonreí con complicidad.
—¿Te gusta? —Preguntó Sofía indignada.
—Mmmm, sí—. Respondí sintiendo como me ruborizaba.
—Entonces te dejo el camino libre—. Agrega Sofía desilusionada.
—Pero seamos honestas, vino por acción, como tú te quedaste fumigada con el tinto, salió a buscarme. Olvídalo, es un “cabronazo”. Ya sabes que no soy una chica de aventuras.
—Él me rechazó. Además... No vas a negar que está…—dijo Sofía refiriéndose al guapo chico por el que estábamos discutiendo.
—Voy a salir a despedirlo.
—Ok, yo seguiré haciéndome la indignada — y reímos.
Salí a buscar a los chicos. Hugo seguía dormido y Alex se encontraba en la cocina recogiendo un poco. Lo observa llevar las copas a la tarja, recoger las botellas de vino, enjuagar las copas…
—Deja ahí Alex, no te preocupes.
—Ya está… no es gran cosa —dijo sonriendo— ¿Cómo te fue?
—¿Tú qué crees?
—Está enojada…
—¿Qué esperabas? —digo con firmeza mirándolo a los ojos.
—Esta noche no salió como la planeaba, es un desastre.
Alejandro permaneció en silencio un momento. Creo que no sabía qué responder. Paulina llevaba toda la razón y no podía replicar nada.
—Pero me gustas, y yo a ti.
—Sí, no lo niego… Pero ¿Qué esperas de esto Alex? Entre tú y yo no hay nada. Pasamos un rato agradable y ya está.
—Me gustó el momento Paulina. Sal conmigo. Por favor—. Él me sostenía la mirada. Y a mí me gustaba esa petición, sin embargo, debía mantenerme firme. No era un chico de fiar después de su comportamiento esa noche. Y por supuesto mi lado más conservador dominaba el momento.
—Demuéstrame que eres un chico serio y vemos. Alex eres agradable, me caes muy bien, pero no pienso perder mi tiempo con alguien como tú. ¿A qué viniste? ¿A pasar el rato con Sofía o a ligarte a su amiga? Además, trajiste un chaperón, que para ser honestos...— Rieron juntos al observar a Hugo sentado, con la cabeza recargada en la mano, durmiendo y roncando como oso polar.
—Sé que parezco un bastante ordinario, lo sé, pero me gustas. Es decir, Sofía es una chica divertida, pero no es la mujer que buscaría para que fuera mi novia ¿me explico? Ella nunca me ha gustado, pero no sabía cómo acercarme a ti, Sofía me tenía...
—¿Qué quieres decir?
—No vine hoy por ella, vine por ti. Me gustas desde que te conocí. Pensé que lo sabías. Todas esas veces que te acompañé a casa no fueron sólo por caballeroso.
—Sofía te invitó a casa.
—Y acepté por ti, escucha, lamento no haber sido claro con Sofía. No creí que se fuera a lanzar a mis brazos. Ella me besó y se quedó dormida mientras tú veías todo este desastre y te marchaste. Pero es contigo con quien quiero estar. Ven conmigo este fin de semana a San Marcos. — No me esperaba esa respuesta.
—¿Por qué quieres que vaya contigo?
—Es la feria de San Marcos. Tengo que ir a ver cosas de trabajo, será divertido. Podemos ir al rancho y pasear a caballo.
—Claro que no.
—Por favor. — Suplicó
—¿Tú y quién más?
—Nadie más.
—¿A dónde llegaríamos?
—A mi casa.
—¿Tú eres de la ciudad de San Marcos?
Me regañé a mí misma, “No era posible que lo estuviera considerando”.
— Por favor, di que sí.
—¿Qué pensarán tus padres? “Mamá, traje una amiga…”— Alejandro se puso serio mientras yo hacía muecas.
—No vivo con mis padres, no te preocupes por eso.
—Peor aún, no iré sola contigo ¿Dónde viven tus padres?
Alex, guardaba silencio, luego suspiró y respondió:
—Ya no viven.
—Lo siento… —dije apenada.
—No lo sabías, no te preocupes, pero si mi madre viviera le diría que eres mi novia, que tengo meses loco por ti y que te prepare una recámara, porque ni creas que te dejaré dormir conmigo.
Yo sonreí al fin y agregué:
—No. Es mi última palabra. No insistas.
—¿A qué hora tienes clases mañana?
—De 4 a 6…
—¿Desayunamos? Paso por ti a las 9.
No sabía qué responder, mi lado consciente me decía que no, pero mi instinto me decía lo contrario.
—Diablos Alex, contigo no se puede— me quejé.
—Paso por ti a las nueve, y no pararé de llamar a la puerta hasta que salgas.
—Está bien sapo, a las nueve.
—¿Sapo?
—Sí, parece que besé un sapo encantado.
—¿Debo tomar esto como un cumplido? —dijo sonriendo.
—Aún no lo sé, ahora vete y llévate al “bello durmiente”—dije refiriéndome a su amigo Hugo.