Angélica
Sabía que nuestra relación tenía fecha de caducidad, pero que me hubiese dejado así, el que hubiera huido, que nuestra despedida no haya sido más que una carta, me pareció de lo más cobarde. ¿Por qué no tuvo las agallas de despedirse como un hombre? Me sentí usada, fue tan lindo mientras duró, pero que se hubiera marchado sin hablarlo antes, solo me demostraba que era un imbécil, un bastardo, un hijo de p**a.
Esa mañana me duché, después de haber llorado un poco, tomé una caja de cartón, y guardé todo lo que me obsequió y me recordaba a él. Fotografías, un anillo artesanal, unas pequeñas arracadas de oro, una pulsera de colores, de las que hacen los indios de la región, un par de cartas, una playera que usaba para dormir, una uña de guitarra, un perfume y otras estupideces.
La vida sigue su curso y yo no me pensaba detener.
Al salir de mi habitación, encontré a Glen en la sala de estar. Al verme se acercó.
—¿Lo sabías?
—No, también me dejó una carta para avisarme de su partida.
—Siempre tuvo claros sus planes, solo pensé que…
—Aquí estoy Angy, llora.
Entonces sucedió, rompí en llanto, Glen tenía razón, tenía que sacar toda mi tristeza para poder salir adelante, sin mirar atrás.
Aún me quedaban unos días en Canadá, se acercaba mi viaje a la playa con mis amigas, Natalia y Paulina, que sus vidas también estaban llenas de complicaciones, sin duda el amor nos estaba haciendo una mala jugada y por más que buscaba, no encontraba lo que debía aprender de esta lección, siempre supe que el amor duele, pero no a esa magnitud.
—¿Y esa caja?— Señaló Glen.
—Son cosas que me recuerdan a él. Voy a tirarla a la basura.
—No te preocupes, yo me encargo.
Glen era un gran amigo, si no fuera por su preferencia s****l, sería más que un amigo, pues era en verdad adorable.
El 10 de julio, yo volaba de vuelta a México, estaría un par de días con mis padres y volaría a Los Cabos junto con Nat y Pau.
Me urgía ese viaje, no solo para despejar mi mente, sino para pensar lo que debía hacer. Pasaron un par de días, estábamos ocupados con los preparativos para la bienvenida del nuevo equipo de trabajo y despedirnos.
Nora, como siempre estuvo pendiente mío, ella sabía de mi relación con Xavi, y estaba tan sorprendida como yo de su abandono.
Un par de días antes de volver, tuve varios episodios de náuseas. De pronto caí en cuenta de que aún no llegaba mi periodo. Nora y Helen estaban conmigo cuando esto sucedió. Por su cara, sospeché que pensaban lo mismo que yo. Nora, me abrazó y pidió a Helen que fuera a la farmacia por unas pruebas de embarazo.
Media hora más tarde, confirmé con dos rayitas en tres pruebas diferentes, que esperaba un bebé. Un hijo del g*lip*l**s de mi ex. De Xavier, el sevillano hijo de p**a que huyó como un vil ratero. Un obsequio del cual yo no tenía corazón para deshacerme de él.
—Tenemos que contactarlo.—Dijo Nora.
—No por ahora — les dije llorando. Ese imb*cil no merece el amor de un hijo. Ya vería yo como me las arreglaba, pero en estos casos, prefería sola que mal acompañada.
Y con el corazón hecho pedazos comencé a planear mi nueva vida. Darle la noticia a mi familia sería complicado, pero en el fondo sabía que tendría su apoyo incondicional. Mi hermanos buscarían a Xavier para romperle la cara, claro que solo lo decía de dientes para afuera, no mataban ni una mosca, pero el saber que al menos lo intentarían me hacía sentir importante.
Aquí es donde el clímax de mi vida tiene pies y cabeza, en unos meses un bebé estaría en mis brazos...