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Reclamada por el CEO motorista

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Blurb

Traicionada por su novio y su propia hermana, Zoey Lisbon abandona su pequeño pueblo para demostrar que puede salir adelante por sí misma. Su nueva vida comienza en Excelsos, donde llama la atención de Leo Blackgold, el implacable CEO que esconde un peligroso secreto: es el líder de los Black Vipers.

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Zoey Terminaba de servir el vigésimo quinto café de esa mañana a ejecutivos que apenas tenían energía para fijarse en quién les pasaba su orden. Con una sonrisa forzada, entregué el último latte a un hombre demasiado ocupado para siquiera mirarme. Suspiré. ¿Cómo había terminado yo allí, en pleno centro de la ciudad, sirviendo café para oficinistas por un sueldo que apenas me alcanzaba para cubrir mis gastos y pagar la universidad nocturna? Yo, una chica de campo y carreteras, había acabado atrapada entre edificios, trajes elegantes y clientes que ni siquiera se molestaban en mirarme a los ojos. Y todo por una cruel esperanza: recuperar, aunque fuera un poco, la estima de mis padres. Los mismos que me habían echado de casa después de aquel suceso con mi hermana. Un recuerdo que quería con todas mis fuerzas sacar de mi cabeza, pero que sabía que me acompañaría por el resto de mi vida. Suspiré de nuevo y obligué a mis labios a curvarse en una sonrisa cuando el siguiente cliente se acercó. Ni siquiera se molestó en saludarme. Simplemente recitó su pedido sin un «por favor» o un «¿podrías darme…?». A veces me sentía como una simple máquina expendedora. Introduce la orden. Preparé la bebida. Recibí el dinero. Siguiente cliente. Eso era todo. Confiaba, aunque no me hacía demasiadas ilusiones, en que mi suerte pudiera cambiar gracias a la carta que había recibido la noche anterior en la universidad. El profesor de contabilidad me había llamado aparte y me pidió que me quedara después de clase. En ese momento, pensé que iba a sermonearme por mis frecuentes ausencias, por la baja nota que había sacado en el último examen o por aquella vez en que cabeceé mientras él explicaba algunas nociones de estadística. Después de todo, no era precisamente la alumna ejemplar. Sin embargo, jamás imaginé que aquella carta pudiera cambiar mi vida. —Recibí esto desde la Facultad —dijo con algo de desaire, como si le molestara tener que darme el sobre que llevaba en su mano—. No sé cuál ha sido el criterio para seleccionarte, pero te dieron la pasantía. Yo también fruncí mis cejas rojas al ver lo que me había pasado. No era un sobre común. Llevaba el logotipo de Excelsos, una de las marcas de motos más prestigiosas del mundo. ¿Pasantía? ¿Había escuchado bien? Abrí el sobre con mano temblorosa y leí las pocas palabras del contenido. —Tengo entendido que esperan que empieces mañana —dijo el profesor—. No la cagues, Zoey —señaló enseguida con el tono de un padre que le hablara a su hija más rebelde—. No cagues esto, muchacha. Es la oportunidad de tu vida. Pasé saliva sin atreverme a mirar al profesor, que se marchó en ese momento, mientras mis ojos seguían pegados en el logo y las hermosas letras con la que la marca de motos me invitaba a ser parte de su equipo, como practicante, sí, pero parte de su equipo al fin y al cabo. Al servir la última orden, yo también seguía sin poder responder a la pregunta que se hizo el profesor. Cuál había sido el criterio para mi selección, si yo estaba muy lejos de ser la estudiante más destacada. Un puesto así solo se lo ofrecían al que tuviera las mejores notas. Tenía que tratarse de un milagro o, lo más probable, de un error del que ese día, cuando me presentara, estaba segura de que iban a sacarme, y eso era lo que más miedo me daba. —Chica, este mocca está demasiado caliente, y yo te pedí uno a la temperatura adecuada —protestó el último cliente al que le había pasado su orden. Si de algo estaba segura, era que lo había servido como dijo. Siempre me fijaba muy bien en ese detalle. —Lo lamento, enseguida te lo cambio —dije con mi mejor sonrisa. —¿Crees que tengo tiempo para esperar a que lo enfríes? —se quejó de nuevo— ¡Eres una estúpida empleaducha! Por eso es que estás de servidora de tintos, porque eres demasiado idiota, icluso para servir un simple café. Había sido entrenada para no decir nada ante lo que era una clara ofensa por parte de un cliente, pero nada me preparó para lo que pasó a continuación. Lleno de ira, el miserable me arrojó la bebida encima. Grité al creer que estaba muy caliente e iba a quemarme, pero cuando sentí la tibieza del líquido me di cuenta de que lo había servido tal como él lo había pedido. El muy cobarde se largó antes de que su conducta pasara a mayores. —¿Estás bien, Zoey? —preguntó el gerente al ver lo que había pasado. —Sí, no ha sido nada. El café estaba tibio —respondí aliviada, pero no tanto como hubiera querido, porque el miserable había manchado mi única blusa decente, de segunda, pero la mejor que tenía y que había preparado para mi entrevista en Excelsos. Pasé al fregadero con la esperanza de poder quitar la mancha si la limpiaba de prisa, pero ya era demasiado tarde. Se trataba de un mocca y el chocolate había hecho lo suyo con la tela. Maldije mientras seguía cepillando la mancha, con la camisa en las manos. Si era cierto que tenía una oportunidad, ahora había quedado arruinada. En menos de diez minutos debía salir corriendo para llegar al edificio de Excelsos. Llegar tarde no era una opción. —Te daría la mía si no llevara el logo de la cafetería —dijo Sindy, la única amiga que había hecho desde que llegué a la ciudad. —Preciso tenía que ser hoy —protesté con fuerza al repasar la mancha, que atravesaba el cuello y bajaba hasta la parte superior de mi seno izquierdo—. No me queda de otra. Tendré que ir así. —Has visto ¿En Búsqueda de la Felicidad? ¿La película de Will Smith? —preguntó Sindy mientras mis cejas se fruncían— Hay una escena en la que él debe presentarse a una entrevista vestido mucho peor, con unos vaqueros, manga sisa y pintura derramada, y aún así le dan el trabajo. Recordaba la escena y aunque la intención de mi amiga era buena, resoplé. —No sé. Ni siquiera estoy segura de que no se hayan equivocado al poner mi nombre en ese sobre. —Tú ve. Y que sea lo que Dios quiera. Esas últimas palabras sí tuvieron mejor efecto. Salí corriendo, súper incómoda por la mancha que ahora creía que todos miraban cuando me veían. Llegué a tiempo al edificio y subí sintiendo que todos en el ascensor se habían dado cuenta de la mancha en mi camisa. Al bajar, supe que era peor de lo que había pensado cuando vi que los ojos de la recepcionista vieron primero mi cuello antes que mis ojos. —Enseguida te anuncio —dijo sin poder despegar su mirada del motivo de mi vergüenza. «Como Will Smith, como Will Smith…» me repetía en la mente. «Que sea lo que Dios quiera, que sea lo que Dios quiera.» —Ya puedes pasar. Forcé una sonrisa y caminé hacia la sala que me indicó la chica, que iba mucho mejor vestida que yo, y sin su camisa manchada. Tomé aire y entré. «Que sea lo que Dios quiera.»

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