El día siguiente lo pasé en vela, mi mirada fija sobre el celular y la ansiedad corriendo por todo mi cuerpo.
Cada sonido y notificación me hacían correr tras el celular, esperaba su regreso, su llamada, su dirección. Pero en su lugar, su ausencia fue lo único que recibí.
Héctor se aferraba a la esperanza de no saber más nada sobre Darren, aquel mafioso del cual tanto había hablado, y yo, quien moría de curiosidad y ansiaba ir tras la verdad, necesitaba con todo mi ser una respuesta de vuelta.
En su lugar, aquel día estuvo vacío y desolado, siquiera el mismo Héctor llegó a saber de él.
Darren, el temible sujeto, había desaparecido.
Llegué a acusar a Héctor, probablemente había ocasionado que él huyera, quizás había dicho algo inapropiado o si había dado cuenta que en el fondo no era tan genial como lo parecía.
Así que, luego de pasar el día en la oficina, dándome por rendida, regresé a casa, quité mis botines, lancé mi cuerpo sobre la cama y cerré los ojos un par de segundos.
Estiré mi cuerpo hasta sentirlo liviano, despejando no solo mi mente, si no también todo mi ser.
Cuando estaba por dormir, un ruido a la distancia de una puerta siendo tocada llamaría mi atención.
Abrí los ojos en blanco, mirando el techo fijamente y girando hasta buscar el ruido tras la puerta.
Un fuerte «Pedido para la señorita Leia» me alarmaría aún más.
Corrí hasta allí, el frío piso bajo mis pies y mi enorme miedo creciendo en mi pecho.
¿Era posible que fuese él? ¿Quizás todo había sido una trampa?
Entonces, la vida dándome señales de alerta, detuve mi paso, mirando por la ventana quien era que estaba allí.
Un joven de uniforme gris del correo miraba con cansancio, llevaba flores blancas en sus manos, insistía una vez sobre la puerta y repetía mi nombre sin cuidado.
Corrí hasta la puerta una vez más, ésta vez abriendo al quedar sorprendida ante lo que miraba.
Era un ramo de rosas blancas, algo que casi nunca había visto presencialmente.
Aquel sujeto me miró de arriba abajo, sonrió de lado y repitió mi nombre. —¿Leia? ¿Es usted la señorita Leia? —cuestionó.
—Sí, ella soy. Dígame. —dije algo confundida.
Así mismo, estiró aquel ramo de rosas hasta dejarlo en mis brazos, buscando un sobre dentro de un pequeño bolso y dándome una tabla de madera que llevaba una pequeña hija de registro.
—Por favor, ingrese sus datos allí. Así me aseguraré de haber entregado todo a la persona correcta. —señaló. —No olvide tomar el sobre, por lo visto tiene un lindo admirador. —acabó por decir. —Disfrute, señorita Leia.
Y sin más, dió media vuelta y salió de allí.
Quedé estática al observarlas una vez más, mirando la calle frente a mi y tomando con fuerza aquel lindo gesto.
No era posible que fuese de él, quizás lo había enviado alguien más, quizás Héctor se había dado cuenta que era una gran empleada, era su manera de pedir disculpas, pero no.
Una vez dentro de casa, la puerta cerrada tras de mi, hice las flores a un lado y abrí aquel pequeño sobre.
Lo primero que noté era una letra cursiva casi perfecta que me dejó impresionada. Mi nombre escrito de aquella manera era simplemente único.
Dentro, una pequeña nota llamaría mi atención.
«Espero no asustarte del todo, supongo sabrás se trata de mi. No confío en Héctor, tu jefe, y por ello, me he dirigido directamente a ti.
Sabrás que la ley y yo no somos muy amigos por ahora, y por ello, dejaré en tus manos mi seguridad y la tuya. Sin policías, no ley, solo tu y yo, una última entrevista hasta darme de baja. Es el final de mi tiempo, señorita Leia, lo he tenido todo y a la vez nada.
Entenderá que por mi propia seguridad, no podré darle una dirección, así mismo como he llegado a usted a través de éste ramo de rosas, espero llegar a usted para buscarle. No me espere muy ansiosa, llegaré cualquier día. Específicamente el fin de semana.
No tenga miedo, la cuidaré.
Con cariño, Darren. »
Allí mismo, ante aquellas palabras, mi cuerpo se estremeció sin pensarlo. Eso encendió más mi miedo, mi curiosidad y mis señales de peligro.
Era cierto, Darren era un hombre misterioso, pero también, bastante peligroso.
Ante sus palabras, entendí el riesgo que corría y el temor que Héctor tanto dejaba salir.
Me estaba enfrentando ante el hombre más peligrosos e inteligente de la ciudad, algo que lo volvía una bomba de tiempo impredecible. Y aquel mismo que había huido de la ley de manera triunfadora sin mucho esfuerzo.
Una frase en específico llamaría mi atención. «Lo he tenido todo ya la vez nada.» ¿Era posible que el gran Darren se diera por vencido? Luego de armar no solo un imperio él solo, si no de pasar de ser un simple vendedor de un par de kilos, al distribuidor más grande de todo la ciudad.
¿Por qué rendirse en su pleno despegue? ¿Que había hecho que se diera por rendido? ¿Por qué entregarse luego de huir tantas veces?
Supongo que aquellas preguntas eran las que más me robaban el sueño, y eran esas mismas las que me motivaban a seguir aunque muriera del miedo.
No tenía el mismo pensamiento que Héctor, no quería entregarlo, siquiera juzgarlo por ahora, yo solo quería adentrarme en su mente, sus pensamientos, su mundo. Solo así comprendería las acciones y el porqué de sus actos.
Darren tuvo las mismas oportunidades que el resto, quizás, un poco menos. Pero siempre fue hábil, y aunque el mundo se le viniese a pedazos, sabía la manera de moverse en las calles. Y un par de malas amistades, malas decisiones y pocas opciones, lo pondría allí, siendo el más temible, pero a su vez, el más buscado.
No pude evitar pensar en él escogiendo aquel ramo de flores, o quizás, él sabiendo de mi.
No sabía si ahora lo siguiente era decirle todo a Héctor, o dejarlo fuera de todo lo que sería mi propio despegue.