Esa noche condujeron directamente a la casa de Julia. Esa noche, María no pudo conciliar el sueño. Pensaba en la noticia de que Juan se había ido y en qué hubiera sido si él se hubiera enterado antes de irse. ¿Cómo hubiera reaccionado? Las preguntas y dudas la mantenían despierta, incapaz de encontrar paz.
A la mañana siguiente, María y Julia decidieron hacer juntas para desayunar mientras Julia lanzaba bromas sobre cómo había cambiado su manera de hablar, y halagos sobre su cuerpo que estaba muy en forma.
“El cierre de ciclo si te funciono a ti amiga” dice Julia con un tono chistoso, ambas soltaron una carcajada pero María no podía disimular la tristeza en sus ojos.
En la tarde salieron a almorzar para despejarse. Mientras caminaban hacia el restaurante, se encontraron con Laura, una vieja amiga de la escuela. “¡Chicas! ¡No puedo creer que estén aquí!” gritó mientras se acercaba corriendo.
Después de los abrazos y las risas, Laura se unió a ellas para almorzar. “¿Qué ha sido de sus vidas?” preguntó con curiosidad.
Julia comenzó a contarle a Laura sobre sus aventuras y su vida actual, mientras María observaba en silencio, disfrutando del momento. Cuando llegó el turno de María, ella compartió algunos detalles sobre su vida en Melbourne, pero evitó mencionar a Juan y su reciente ruptura.
“¿Y Juan? ¿Alguien ha sabido de él?” preguntó Laura de repente, como si leyera la mente de María.
María sintió una punzada de ansiedad, pero antes de que pudiera responder, Julia intervino. “Se fue a Europa hace unos meses.”
Laura asintió con la cabeza. “Lo vi justo antes de que se fuera. Parecía que necesitaba un cambio de aire.”
La conversación continuó, pero María no podía dejar de pensar en las palabras de Laura. ¿Juan se había ido buscando un nuevo comienzo? ¿O estaba huyendo porque se enteró de algo?
Después de un rato, Julia y María se despidieron de Laura y continuaron su recorrido. Mientras caminaban, Julia decidió ser honesta con María. “Siempre supe que Juan sentía algo especial por ti, desde que éramos adolescentes,” confesó.
María se detuvo y miró a su amiga, sorprendida. “¿Por qué nunca me lo dijiste?”
“No era mi lugar, y además, pensé que tú también lo sabías,” explicó Julia. “Él siempre te miraba de una manera especial.”
Las palabras de Julia resonaron en la mente de María mientras caminaban en silencio. Le daba una nueva perspectiva sobre su relación y sobre cómo los demás la veían.
El sol comenzaba a ponerse cuando llegaron a la casa de los padres de María. Ella sintió una mezcla de nervios y anticipación. La relación con su madre estaba tensa desde la noticia del embarazo, y María no sabía qué esperar.
“¿Estás segura de que no quieres que te acompañe?” preguntó Julia, notando la ansiedad de su amiga.
“Estaré bien. Gracias, Julia,” respondió María, abrazándola antes de dirigirse a la puerta.
Su madre la recibió con una mezcla de preocupación y cariño. La tensión se podía cortar con un cuchillo, pero María sabía que necesitaban hablar. Se sentaron en la sala, donde el ambiente familiar contrastaba con la frialdad de la conversación que estaban por tener.
“¿Cómo has estado?” preguntó su madre, rompiendo el silencio.
“He tenido días buenos y malos,” respondió María honestamente. “Quería hablar contigo sobre todo lo que ha pasado.”
La madre de María la miró con ojos llenos de ternura y dolor. “Sé que he sido dura contigo, pero es porque te quiero y me preocupo por ti.”
“Lo sé, mamá. Y te agradezco por eso,” dijo María, sintiendo un nudo en la garganta. “Pero necesito que entiendas que mis decisiones son mías y que estoy tratando de hacer lo mejor que puedo.”
Hablaron durante horas, desentrañando sus emociones y miedos. Aunque no resolvieron todos sus problemas, abrieron un camino hacia la reconciliación. María sintió que, aunque la relación con su madre seguiría siendo complicada y su padre estuviera un poco más serio y sin haber dicho mucho, había esperanza de arreglarlo para el futuro.
Cuando finalmente se despidió de sus padres, sintió una mezcla de alivio y tristeza. Se dirigió a casa de Julia, donde esperaba encontrar un poco de paz. Al llegar, se desplomó en la cama, exhausta emocionalmente.
Julia, siempre perceptiva, le trajo una taza de té caliente. “¿Cómo te fue?” preguntó suavemente.
“Fue difícil, pero necesario,” respondió María. “Creo que necesitamos más tiempo, pero al menos hablamos.”
Julia asintió, entendiendo la carga emocional de su amiga. “Lo importante es que estás dando pasos hacia adelante.”
María asintió, sintiendo una renovada determinación. Mientras tomaba un sorbo de té, algo en el escritorio de Julia llamó su atención. Era una carta con su nombre escrito con la inconfundible letra de Juan.
“¿Qué es esto?” preguntó, señalando la carta.
Julia la miró con sorpresa. “Llegó hace unos días. No sabía si dártela de inmediato.” Mentira, la verdad le he dicho a Emilio que estás aquí, supongo que él se lo dijo a Juan inmediatamente, ya sabes cómo son.
“Amiga… “dijo María con un tono indignado.
“Lo siento, lo siento,se lo mencioné accidentalmente, estaba muy feliz por tu llegada” dijo Julia.
María tomó la carta con manos temblorosas. Sabía que dentro de ese sobre había palabras que podían cambiar su perspectiva de todo lo que había vivido. Con el corazón acelerado, se sentó en la cama, preparada para leer las últimas palabras de Juan.
La habitación estaba en silencio, solo interrumpido por el sonido del papel al ser desdoblado. Julia se retiró discretamente, dejándola sola para enfrentar esos sentimientos y pensamientos que habían estado ocultos por tanto tiempo. María respiró hondo y comenzó a leer, sabiendo que, de alguna manera, esta carta sería un punto de inflexión en su vida.
Carta:
Hola María…