Capitulo 9. Mi escritora Favorita.

988 Words
Leonardo. Las sensaciones que sentía por dentro de mí solo me confirmaban que estaba perdido en los encantos inconsistentes de una mujer impresionante. Me encontraba totalmente anonadado de mí mismo, y si, tal vez obsesionado. Obsesionado por su manera de demostrarme que no me tiene miedo, obsesionado por ver como no se hinca a mis pies, como no cae fácil ante mis seducciones y por supuesto, por cómo me desafía. Ni cuantos cojones, ni cuantos ovarios, ni cuanta actitud, bendita inteligencia la que cargaba. Me excitaba en todas las maneras en que la pensaba. Justo ahora me encontraba a punto de colapsar. Su cuerpo y el mío estaban totalmente envueltos el uno con el otro, mientras nuestras lenguas hacían el amor. Pude recorrer todo su cuerpo por encima de la tela sedosa del vestido, agarrar sus nalgas escuchándola gemir y morder sus labios para con un poco de maldad encender más las llamas de lo que habíamos comenzado. Nuestras respiraciones se escuchaban pesadas, mis gruñidos y sus jadeos me estaban matando, joder que tenía ganas de hacerla mía justo aquí en frente de este lago. Me enloquecía sentirla mía, sentirla tan cerca, tocarla, besarla. Odiaba la idea de que tuviera novio, pero claro, no por mucho tiempo. Estoy seguro de que terminaran en un dos por tres luego de esta noche, y no porque yo la obligue a nada. La sentí oprimir su cadera contra mi bulto. Maldición, está tan caliente como yo, pero a diferencia de ella, a mí ya me duele. La erección me pide a gritos que la libere, sentía sus palpitaciones. Sostener sus nalgas en mis manos solo me ponía peor, y sentir sus labios sobre los míos ya era con algo que no podía continuar, al menos no aquí. Solté sus labios en busca de aire, ella recostó su cabeza de mi pecho y, tengo que decirlo pero, me siento como un tipazo cuando ella hace eso. —Vamos a mi casa, no dejemos esto aquí —estaba consciente de lo que decía. Pero no estaba seguro de lo que pudiera decir ella. Sus hermosos ojos grisáceos cuales no había tenido la virtud de observar antes en ninguna otra persona me miraron interrogantes. —Solo estamos a tres minutos — Añadí. La vi agacharse y comenzar a quitarse los tacones. —¿Que haces? — le pregunté —No te agaches así, por Dios— miré que nadie la estuviera viendo. La escuché reír. —No puedo correr con tacos. Tu auto está un poco retirado de aquí — maldición era una Diosa. Le tomé de la mano y sonriendo ampliamente corrimos muy de pronto hacia mi auto. Podía escuchar sus carcajadas y juro que era lo más lindo de todo. Su manera de reírse me demostraba que estaba disfrutando el momento. En toda la noche no la había visto reír tanto como ahora y me alegraba. Yo no quería verla tan seria, me causaba disgusto ver como obligar a alguien a hacer algo, por primera vez en mi vida, no me parecía bien. Joder, que ni siquiera superaba del todo que la estuviera cogiendo de la mano justo ahora. La llevaba de la mano puñeta, la manera en la que sus manos encajaban con las mías de manera desproporcionada era realmente impresionante, y correr junto a ella sintiendo su apretón, su confianza en mí, la suavidad de su piel, todo, absolutamente todo era nuevo para mí, y que bien se sentía. Al llegar a mi auto no me aguanté las ganas, sin dejarla subirse al coche la apreté contra la carrocería y la besé. Me atreví a poner las manos en sus grandiosas nalgas y a morder sus labios con picardía mientras presionaba mi masculinidad contra su cuerpo. Sus manos se posaron en mi cuello y de manera muy suave me acarició provocadoramente enviándole a mi cuerpo múltiples descargas placenteras. Bajó maliciosamente con la punta de sus dedos desde mi pecho hasta mi cinturón, y muy lentamente caminó hasta mi m*****o el cual acarició por encima de la tela. —Joder, Ariadna— susurré contra sus labios. La tomé por la cintura y le abrí la puerta de la Cherokee para que subiera. —Pensé que no te aguantabas— sus ojos estaban dilatados. —Tú no eres mujer de un polvo en un vehículo. Eres merecedora de que te cojan ricamente en una gran cama— dejé un beso muy corto en sus labios ayudándola a subir al asiento de copiloto mientras podía disfrutar la manera con la que me observaba. Podría jurar que la escuché tragar. Rodeé la jeep y apresurado me apoderé del volante. —¿Si estas sobria no? — le pregunté escuchándola reír. —¿Que es lo que te preocupa? — su voz pícara me hacía sentir como un bobo ante sus encantos. —Que no recuerdes nada mañana. — —Ni siquiera estando muy borracha olvidaría nada de lo que ocurrió esta noche. Me he divertido con uno de los hombres más exitosos de Bahamas, con la mente maestra de los negocios ilícitos, y no solo divertido, besado y tocado. Por supuesto, después de retarlo y meterlo en apuros— me molestó. Sonreí, fue inevitable. —Anda, búrlate. Por lo menos yo sé que te has divertido más de lo que lo hiciste hoy con tu noviecito. ¿Por qué te comías ese helado con una cara de muerta en vida? En que pensabas, Ariadna— pero yo no me quedaría atrás. —¿Me estás siguiendo? — me cuestionó con cierto tono molesto. Reí a grandes carcajadas. —Estoy cuidando lo mío, es solo eso— la miré de reojo. Tan de pronto me abrieron el portón en mi mansión, aparqué. —No soy tuya— —¿Cuánto falta para que lo seas? ¿Minutos? ¿Besos? Tus bragas mojadas pueden responderte, y tus pezones erectos también. ¿Entramos, mi escritora favorita? —
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