Ariadna.
Terminamos saliendo de aquella disco con forma de bohío con dolor en los pies y en realidad algo mareada. Le dije al gruñón que no me quería ir todavía así que me asomé a las orillas del lago para admirar más de cerca sus aguas.
—¿Por que me trajiste aquí? — le pregunté mirándolo sujetar su chaqueta con una mano mientras tenía la mirada perdida en el puente. La verdad es que me encontré muy extraño que nos fuéramos de aquel restaurante de suma calma y elegancia, para un lugar como el bohío, movido, extravagante y ruidoso.
—No sé, sentí que no era ese el ambiente que necesitabas. Me dijiste que yo te había obligado a asistir a la cena con cierta cara que no me agradó, y pensé que podía animar las cosas bailando contigo o haciendo algo divertido para ti. Mientras bailábamos aquella pieza romántica no me sentí conforme del todo y recordé que tal vez mis gustos no son los mismos tuyos. Eres joven, por lo que deduje que la disco de la parte trasera te animaría mucho más y no me sentiría tan culpable de mi...— no lo dejé terminar.
—Lo estuve disfrutando desde el momento en que me regalaste este vestido. — mi lengua tomó vida. No pensé esas cosas antes de decirlo pero eran ciertas. No quería alimentar su ego pero creo que esta vez no se trataba de egocentrismo u orgullo. Veía que en realidad estaba buscando llamar mi atención y la obtenía, la obtuvo desde que no dejó de atacarme con la mirada el día de la reunión.
Sus ojos se ampliaron levemente.
—Te agradezco el agrado, no te puedo negar que me encantó el vestido. Sobre todo leer tu nota— sonreí inconsciente.
Escuché como dejó salir un suspiro, creo que de liviandad.
—Lo escogí para ti, salí exclusivamente a elegir esa prenda para vértela lucir. Te queda precioso, estás preciosa — me habló con gran cautela, me gustaba ver como disgustaba las palabras, me enamoraba su léxico y su ... maldición Ariadna, por Dios!
—Gracias, Leonardo— agaché la mirada y no era cosa mía hacer eso, pero él... él era el culpable. —No entiendo a qué quieres llegar con todo esto ...— estuvo a punto de interrumpirme pero levanté mi mano como muestra de que me dejara continuar. —Me has hablado hasta de que llegaré a ser tu esposa, que seré tuya y... no puedo asimilar lo que sucede del todo. No sé si esto es una amenaza, un juego, una obsesión o simplemente un capricho de mafioso— me sentía de cierta manera confundida. A ver, que esto no se ve todos los días, no puedo pretender que esto es una salida normal con un hombre normal.
Hasta se me dislocaban las palabras.
Su mirada me correspondió en todo momento.
—Tampoco sé que me ha ocurrido. — hizo una pausa.
No sé si eso me causaba temor o satisfacción.
—Cuando me enteré de que habías puesto en aprietos la imagen de mi empresa pensé que la escritora del artículo era una vieja, alguien con cierto repudio hacia mi persona o en busca de dinero. Pero no fue así, llegaste a la sala de reuniones tan dueña de ti misma, con una inseguridad envidiable a dejarme como un idiota delante de mis empleados. Hermosa, con carácter. No te tembló nunca la voz ante mi ser, no te ahorraste nada que quisieras decir, y mierda, me retaste en mi propia cara delante de mi propio personal. Y tenías razón, todo el dinero de la empresa no es justificable, es un lavado el que tengo en cierta parte, lo que me llamó mucho más la atención de tu parte. La única capaz de dudarlo y comentarlo, tú. — estaba completamente metida en sus ojos azules. Volvió a hacer otra pausa. — Mi mano derecha me dijo que te matara, pero no quería. No a ti, sentí el deseo de tenerte, de hacerte ver quien soy, de hacerte conocer mi poder y de lo que soy capaz, pero sin hacerte daño, lo que me sorprende. — terminó desviando su mirada de la mía.
—Si yo no hubiera sido esa escritora, sino otra, no lo sé... una mujer normal y corriente, ¿la hubieras mandado a matar? — le pregunté.
—Si, es lo que hubiera hecho. Pero dudo tanto que de ser otra persona me desafiara como tú. Estoy seguro de que con una suma de dinero todo hubiese quedado resuelto, o en realidad esto nunca hubiera comenzado. Nunca nadie se había atrevido a hablar mal de mi empresa. Solo tú, conocen tanto tu potencial en la publicitaria que por eso te dieron el caso a ti. Otra persona lo hubiera rechazado y eso es lo que me tiene obsesionado. Oh bueno, no lo llamaría obsesión — se expresó con cierta frustración.
No puedo negar que me encanta gustarle a un hombre como el, pero... es un mafioso.
—Si es una obsesión. En este caso, tendré que dejar de retarte para que entonces puedas liberarme— una sonrisa a medias se formó en su rostro. Era el maleante más guapo de toda Bahamas.
—Solo me gustarías más. ¿No te gusto ni un poco? — dio un paso hacia mí. Tuve que morder mis labios para no sonreír.
—Eres muy guapo, bastante. Lo sabes porque te aprovechas de ello, pero eres un mafioso. No te voy a negar que tienes muchas cualidades enloquecedoras, por ejemplo, tu mente maestra, tu forma de hablar, tu manera de observar y por supuesto, tu edad. Imaginaría que estoy con un sugar daddy. — una risa de parte de ambos se nos escapó. Nuestras carcajadas al unísono se escuchaban perfectas.
Nunca lo había escuchado reír, siempre con esa carota seria y dura.
—Me retiré de la mafia ante la muerte de mi padre hace un año. El contrato finalizó ayer. Mi último delito fue secuestrarte, pero eso es solo un secreto que sabemos tú y yo. — me confesó.
Entreabrí mis labios.
—¿Tanto te gusto? — fui egocéntrica.
Se acercó a mi acortando la poca distancia que nos impedía rozarnos. Unió su frente con la mía y poso su mano libre en mi cuello. Sentí la vida temblarme.
—¿No se nota? Te tengo libre sabiendo quien soy y a lo que se dedica mi empresa. Compré el lugar en el que trabajabas solo para estar cerca de ti, te invité a cenar porque quiero conocerte. No hago estas cosas con ninguna mujer, y eso también me emputa. No había invitado a nadie a cenar ni había salido a comprarle un vestido. Me he limitado de muchas cosas por la vida que llevo, pero contigo me he arriesgado en cuanto, ¿tres días? — sus labios rozaban los míos al hablar y me desesperaba.
—Realmente he disfrutado cada escena de esta noche, valoro tus esfuerzos, valoro la idea de que te preocuparas por mí, por hacerme sentir a gusto, por buscar la manera de si o si conquistarme. Mi parte favorita fue cuando me cargaste, y por supuesto, saber que la vejez todavía te permite bailar —nuestras risas volvieron a ser una sola.
Empezaba a encantarme escucharlo reír.
—Solo te llevo diez años, no exageres— llevó un mechón de mi cabello detrás de mi oreja.
—De ser así quiero seguir bailando, quiero ver si en verdad aguantas — lo reté.
Negó rotundamente.
—No quiero bailar, pero si besarte— escucharlo decirme aquellas palabras me volvieron loca. Tenía tres tragos de vodka en la cabeza, no estaba borracha, pero si caliente. La cercanía de su cuerpo toda la noche junto al mío me tenía deshidratada.
Tienes novio Ariadna.
—Bésame — no sé qué diablos pasaba conmigo, pero me urgía.
Por primera vez se atrevió a sonreír ampliamente mostrándome su perfecta dentadura blanca. Poseía unos dientes pequeños y una sonrisa envidiada.
—Por fin, algo a lo que me das el paso— reí ante su comentario.
¿Ya saben no? Ante la unión de nuestros labios rodeé su cuello con mis brazos mientras él llevaba sus manos a mi melena y disfrutaba coger de ella.