Hace un gesto hacia nosotros, hacia Camila y hacia mí. Intento fundirme con el entorno, manteniendo una sonrisa modesta y rezando porque nadie note que mis manos son las que estuvieron cubiertas de harina hasta hace unas horas. Ivy baja del podio casi saltando y tira de nosotras dos para las fotos oficiales de la fundación. Los flashes me ciegan por un segundo y, aunque trato de parecer una asistente más, siento el peso de la exposición quemándome la piel. —¡Ahora sí podemos divertirnos! —anuncia Ivy una vez que se suelta de las fotos—. Hemos pateado culos, chicas. Literalmente. Me río. Es increíble la energía que tiene esta mujer. —Me encantaría quedarme, Ivy, de verdad —me aclaro la garganta—, pero debo ir a La Dolce Vita. En unos días reabrimos y Maldonado me necesita para ultimar de

