—¡Non ci credo! (¡No lo puedo creer!) —exclamé, sintiendo que el aire se me escapaba de los pulmones—. ¡¿Stai scherzando?! (¿¡Estás bromeando?!) Me doy la vuelta tan rápido que casi pierdo el equilibrio en el suelo húmedo. Mi espalda queda frente a él, mi pecho subiendo y bajando con violencia mientras mi rostro arde estúpidamente. Escucho cómo su maldición resuena baja y gutural en el cuarto de baño. —Pero, ¿cuándo has llegado? —resoplo al escucharlo. Aprieto la toalla contra mi pecho con tanta fuerza que mis nudillos se blanquean. Me muerdo el labio, sintiendo un calor que me recorre de pies a cabeza y que no tiene nada que ver con el agua de la ducha. —Acabo de llegar y vine directamente a la ducha. ¿Ya... ya puedo mirar? ¿Estás cubierto? Inquiero con un tono que pretende ser autor

