—La Lady sabe lo que está pasando —murmura Silas en un susurro apenas audible, sin mover los labios, como un prisionero hablando con su compañero de celda. —Sí, se enteró apenas anoche —le devuelvo el susurro, sintiendo un nudo de hierro en el estómago—. Y créeme, no está nada feliz. —Dios nos agarre confesados —agrega Casper antes de apurar su trago de un solo golpe, como si necesitara combustible extra para enfrentar a la Audrey porque, como es de esperarse, no son santos de su devoción. Hago una mueca amarga. Casper no tiene ni la más mínima idea de lo que ha sido el infierno en las últimas horas. No sabe lo que fue ver a Audrey perder los estribos en mi oficina, ni el veneno que escupió contra Stella, menos la forma en que ahora me mira, como si fuera una propiedad que tiene marcada

