Cuatro años antes (3)

4579 Words
El día del primer concierto de Lucino, Nara tuvo que quedarse más tiempo en la universidad debido a que sus compañeros querían terminar de una vez un trabajo de Embriología. Ella quiso negarse, inventó excusas un tanto creíbles y trató de escabullirse; pero nadie se lo permitió. Los cuatro compañeros a los que llamaba amigos la detuvieron en su intento de huida. – Podemos terminarlo el fin de semana –dijo por tercera vez –. Los sábados no tenemos clases, lo tendremos listo para el lunes. – Mejor lo terminamos hoy y el fin de semana estamos libres. El tonto de Juan, como siempre, le llevaba la contraria. De todos, era al único que no consideraba un amigo, era como una piedra en el zapato. Nara puso los ojos en blanco en respuesta a las palabras de su compañero. – Dame una buena razón para irte y lo hacemos el fin –Caro, una recursadora, le dijo tranquilamente –. Sólo tienes que decir que tienes que te impide quedarte hoy. Ese era el problema. No quería decirles que se volvía una adolescente hormonal ante la simple mención de Lucino y que tenía un boleto en tercera fila para el concierto de ese día. Le daba vergüenza, esa era la realidad, ella no era el tipo de chica que se volvía loca por una banda, le parecía aceptable el gusto más no la obsesión. Aparte, ese gusto le parecía algo íntimo, no cualquiera podía saberlo. Era una experiencia que recién vivía y no quería compartirla con nadie porque amaba disfrutarlo en secreto. No se le ocurrió un buen argumento, todas las ideas se le agotaron en la discusión previa. Lo peor era que los cuatro conocían a su madre, si algún día sus compañeros la volvían a ver (que era lo más probable), le preguntarían y todo se descontrolaría. Sus compañeros sabrían que les había mentido y su madre también sabría que le había mentido. No era conveniente tentar a la suerte, así que accedió a quedarse. Tardaron tres horas en terminar el borrador del estúpido dibujo que le pidieron en la materia, aunque admitía que la mitad del tiempo se la pasaron contando chismes y perdiendo el tiempo con sus teléfonos móviles. Bien pudieron ahorrarse una hora…o dos. El concierto estaba programado para las ocho de la noche, apenas estaban por dar las cinco y media, así que le daba tiempo justo de ir a casa de su mejor amiga, cambiarse y tomar rumbo hacia el foro. Algo le molestaba, más bien le provocaba angustia. Algunas veces le había mentido a su madre para ir a tomar porque la dejaba salir a divertirse casi siempre…pero no si había alcohol de por medio. Sin embargo, nunca había mentido tan gravemente del tipo quedarse a comer y dormir en casa de su mejor amiga cuando en realidad iría a un concierto. Le daba cierta tranquilidad el saber que nunca antes había sido descubierta en una mentira de gran magnitud, pero siempre hay una primera vez y le daba pánico que fuera esa. Vamos, Nara, tranquilízate ya. No va a pasar nada, todo estará bien. Sabía que mentir no era bueno, pero si pedía permiso de ir a un concierto, su madre no la dejaría. Corrección, si pedía permiso de ir al concierto de Lucino, la respuesta sería negativa. Tal vez si fuera otro artista, su madre no se mostraría tan renuente. Llegó a casa de su mejor amiga en poco menos de media hora, la envidiaba tanto por vivir cerca de la universidad, Isela no iba a la escuela aún, se había tomado un año sabático, pero cuando entrara la tendría fácil en cuanto al trayecto. Nara, generalmente, desperdiciaba hora y media en el trayecto de ida o regreso a su hogar. Detestaba pasar tanto tiempo en el transporte público. – Tardaste demasiado –fue el saludo de Isela –. Tenemos que salir de aquí en media hora cuando mucho. – Fue culpa de mis idiotas compañeros –Nara se excusó –. Son tan matados y perfeccionistas, quieren hacer todo desde el primer momento. Apenas pudo cambiar el pantalón blanco por unos de mezclilla que traía en la mochila y suplantó el par de zapatos blanco por unos cómodos tenis azules. Cepillo superficialmente su cabello, se colocó un par de pendientes plateados en las orejas y salió de la casa de Isela casi corriendo. Algo que amaba de Isela era su lealtad y gran corazón. Nunca la dejaba sola y si Nara necesitaba algo, ella estaba ahí para apoyar. Aparte, aceptaba ir a cualquier lado, fuera cine, antro o una plática en el parque. Así que cuando Nara le rogó que la acompañara al concierto de Lucino, su amiga aceptó ir con la única condición de que al otro día fueran de compras. Obviamente aceptó, el ir de compras significaba recorrer el centro comercial de cabo a rabo, probarse mucha ropa y comprar absolutamente nada. Le quitaba tiempo, pero no gastaba un solo centavo, aparte, era justo; Isela tendría que soportar sus chillidos durante el concierto de una banda que no le gustaba. Llegaron al foro veinte minutos antes de la hora de inicio, le sorprendió que aún estuviera la gente formada, ella creía que serían las últimas en entrar. – ¿Vendrá por ti tu mamá? Uh, oh. Ese tema era algo delicado. – En realidad, no –respondió inexpresivamente –. Dije que me quedaría a dormir contigo y que comería en tu casa. La confusión se dibujó en el rostro de Isela. – ¿Te creyeron eso? –soltó una carcajada –. Por supuesto que sí, me aman. – No seas payasa –Nara puso los ojos en blanco –. Pero sí, si es contigo, siempre me dejan. – ¿Quieres decir que no saben que iremos al concierto? –los ojos de Isela se abrieron como platos –. Esta vez te luciste, no puedo creer que el odio de tu madre hacia Lucino sea tal que necesites mentir así…pero bueno yo te apoyo. Y creo que tu mamá habría de soltarte un poco más. Bueno, ella no pensaba estar amarrada a su madre, pero ahora que lo pensaba, tal vez sí fuera algo controladora, incluso con su marido. Todo ese control lo aceptaba cuando era una niña y una adolescente, pero estaba por cumplir veinte años, no podía seguir estando tan atrapada en la red de su madre. Nara solía engañarse a sí misma diciendo que su madre era alivianada, mas no era cierto, a sus veinte años, su madre seguía tomando algunas decisiones en su vida. Comenzó a pensar en rebelarse, pero el miedo a lo que pudiera pasar se lo impedía, no estaba preparada aún. Isela siempre la alentaba para que se sobrepusiera a las imposiciones de su madre, le daba aliento y la aconsejaba, pero nunca había podido dar el gran paso hacia la libertad. Aparte, se convencía a sí misma de que estaba bien así. Lograron entrar después de la exhaustiva revisión por parte del personal de seguridad, le pareció increíble que fueran tan exigentes como para confiscarle un plumón tamaño miniatura de color n***o indeleble. Ni se acordaba que lo traía en el bolsillo de la sudadera. Gracias a su tarjeta de débito en donde le depositaban la beca estudiantil cada mes, logró ser de las primeras chicas en conseguir boletos para los lugares más cercanos. Casi temblaba de emoción mientras caminaba hacia sus asientos. La pobre de Isela tenía que soportar sus apretones y grititos de niña inmadura. De verdad era la mejor amiga. Dieron las ocho y media y apenas habían dado la segunda llamada. Unos chicos raros con música más rara aún abrieron el concierto poco después de la primera llamada, esperaba que no hubiese otro grupo de chicos raros tocando música que sólo la estresaba. No anunciaron la tercera llamada. En lugar de que una voz ronca y varonil resonara dentro del foro, el acorde de una guitarra y oscuridad total inundaron el lugar. Durante un escaso segundo hubo un silencio tenso, todos habían escuchado el melodioso sonido y detuvieron charlas, respiraciones y latidos del corazón. El concierto había comenzado. Los chillidos de emoción quebraron el frágil silencio del lugar. Ahora todos saltaban y cantaban “Sin compromiso” una de las canciones más populares. Las luces se encendieron y los cinco muchachos que habían llegado a revolucionar su forma de pensar y actuar, se vieron iluminados por la luz blanca. A pocos metros de ella, Christian Sosa se alzaba radiante. Sus dedos jugueteaban con las cuerdas de su guitarra y sus pies se movían al ritmo de la canción. En ese momento, Nara pudo jurar que se enamoró de aquel chico de 22 años, ojos azules y cabello n***o azabache. A su lado, Julio Cardozo, un vocalista, cantaba a todo pulmón la letra de la melodía. Ismael García, baterista y primo de Rodrigo, se hallaba al fondo del escenario, su batería brillaba intensamente debido a las luces, era imposible no verlo. Su primo, el otro guitarrista, tocaba con sentimiento mientras daba graciosos brincos, Nara rio al verlo, le había agradado mucho cuando lo conoció. Pedro Vargas, el otro cantante, fue quien dio la idea de crear un grupo musical con sus amigos. Fue Pedro quien convenció a los otros cuatro jóvenes de aventurarse en el mundo de la música, siempre creyó en sus habilidades y en que llegarían lejos. Y lo estaban logrando. Lo admiró cuando cantó su solo. Aquel joven había sido bendecido con una voz grave y agradable, capaz de provocar suspiros y enamoramientos de colegialas. Cada vez que cantaba, las palabras cobraban vida, se volvían tangibles y las moldeaba a su antojo. Tal vez Christian era el creador de las letras, pero Pedro era quien las expresaba de una forma tan profunda e íntima. Casi sentía que le dedicaba la canción a ella. Gritó. Cantó. Incluso casi lloró cuando tocaron “Nunca más solos”, su canción favorita. Isela sólo cantaba algunos coros y gritaba cada vez que le parecía oportuno. Parecía divertida y reía al ver las expresiones de Nara. Todo estaba perfecto, aquella noche iba de maravilla, sintió emoción, alegría, tristeza, melancolía y un extraño sentimiento que no pudo describir. Pocas veces había experimentado tanto en un par de horas. Jamás había idolatrado tanto a jóvenes que nada tenían que ver con ella. La única palabra que se le ocurrió para describir esa situación, fue mágica. Maravillosa. La realidad es que no prestó atención a su teléfono móvil ni al sentimiento de angustia que la alarmaba por momentos. Dejó de lado el miedo a ser descubierta en la mentira para poder disfrutar del concierto sin distracción alguna; posiblemente ese fue el error que cometió. Sintió el teléfono vibrar en su bolsillo y pensó que se trataba de un mensaje de texto, sin embargo, minutos después, Isela le mostró un mensaje que su madre le había enviado. “Dile a Nara que su mamá está muy preocupada, que le conteste el teléfono.” El terror se apoderó de ella. Echó un vistazo a su teléfono y casi lloró al ver las diez llamadas perdidas de su madre. No podía ser posible, tenía que ser un error, ella sólo sintió la vibración de una llamada y la confundió con un mensaje. ¿Qué estaba pasando? Recibió una onceava llamada y contestó inmediatamente, esperaba que el problema en el que se había metido no fuera tan grave. – ¿Bueno? – ¡Dónde carajo estás! –su madre se oía muy enfadada –. Me dijiste que ibas a casa de Isela, no a un concierto en quinta la chingada. Si tuviera algo en el estómago, sin lugar a dudas, lo habría vomitado. Había sido descubierta, todo estaba por irse al retrete. – Yo…yo… – ¡Tú nada, hablé con la mamá de Isela porque quería cerciorarme de que estuvieras bien, digo, no me contestaste las llamadas! –aún con el escándalo del concierto, los gritos de su madre se escuchaban perfectamente –. ¡Me tienes preocupada, te escapas y me mientes tan tranquilamente! Tu papá ya va para allá, no se te ocurra moverte de ahí, cuando llegues a la casa hablamos. Cabrona. La llamada terminó y ella apenas podía moverse. Casi no escuchaba las canciones, un extraño zumbido empezó a resonar en sus oídos y su visión se tornó borrosa. Estoy muerta, me castigará por toda la vida. No podía creerlo, lo que más temía se había cumplido. No quiso ni pensar en lo que le esperaba cuando regresara a casa. La verdad es que se había excedido, nunca se había arriesgado tanto, sobre todo ahora que era algo tarde por la noche. Las cosas se le habían torcido por completo, esa era la noche, su noche, la noche en la que disfrutaría cada segundo de cada canción. No estaba gozando, estaba aterrada y sentía un hueco en donde debieran estar sus intestinos. – ¿Cómo estás? –Isela la miraba con pena –. Tu cara dice que todo saldrá mal. – Estoy peor que mal. Sí, claro que lo estaba. “La última melodía” fue la canción con la que Lucino cerró su primer concierto en el país. Hubo aplausos, gritos, chicas extasiadas y palabras de agradecimiento por parte de Pedro y Rodrigo, alguien lanzó un sostén color rosa fosforescente y también hubo risas. Nara sólo podía mirar al frente y pensar en que no era justo que su madre se enojara por algo que ella misma provocó. Si su desprecio hacia Lucino fuera inexistente, jamás habría ocurrido eso. Pero claro, tenía que odiarlos sin razón alguna. Si tenían que echar culpas, su madre se llevaba la mayor parte. Quiso llorar y gritar, pero no lo haría frente a todos los espectadores y mucho menos frente a Isela, así que aguantó. Su padre llegó en cuanto el concierto terminó, apenas hubo salido del foro con Isela pisándole los talones, divisó el auto de su progenitor a lo lejos. Temía tanto el subirse a ese automóvil, no podría mirar a su padre a los ojos, él casi nunca gritaba a lo idiota como su madre, pero sí que adquiría un tono grave y fuerte. Esperaba un poco de comprensión por su parte, por el momento era su único aliado. – Mi Uber ya llegó, lamento dejarte –Isela hizo una mueca extraña –. Espero que no te castiguen tan feo y no te asesinen. Te quiero. Su mejor amiga le dio un corto abrazo y le dio una mirada apenada, temía por ella, conocía tan bien a su madre que sabía cuando se metía en serios problemas. La despidió con la mano mientras la chica se subía al automóvil color n***o. Vio como el coche se alejaba y le dieron ganas de correr tras él, subirse y escapar de sus problemas. La fila de automóviles fue avanzando poco a poco, la espera se le hizo eterna, pudo haber caminado hasta su padre, pero no se atrevía, prolongar el tiempo no la salvaría de regaños y castigos, pero al menos podía disfrutar de unos pocos segundos de paz. Entonces el coche plateado se detuvo frente a ella. Era hora de enfrentar las consecuencias de sus actos. Tomó una profunda respiración y subió al asiento delantero, ni siquiera agachó la cabeza para mostrar vergüenza o arrepentimiento, no tenía nada de lo que apenarse. ¿O sí? – Hola Dijo en cuanto subió, su padre la estaba mirando, pero ella no se atrevía a devolverle la mirada. Tal vez no tuviera de qué avergonzarse, pero ahora que estaba dentro del coche, sí que lo hacía. – ¿En qué estabas pensando? –el tono de voz de su padre no disimulaba el enfado –. Siempre tenemos que saber en dónde estás, si ocurre una tragedia debemos saber en dónde buscarte. ¿Qué tal si pasaba algo aquí y nosotros pensábamos que estabas bien en casa de Isela? Tienes casi 20 años, ya eres un adulto; madura. Piensa en las consecuencias de tus acciones. Estás estudiando medicina, tú más que nadie debería saber sobre responsabilidad. Los estereotipos existían desde tiempos inmemorables, tal vez con el tiempo fueran evolucionando, la imagen y papel de alguien cambiaba conforme la época, sin embargo, el estereotipo del médico se mantenía casi intacto. Debes ser responsable, debes ser centrado, debes ser el ejemplo, nada de fiestas y locura. Tu prioridad son los demás y por supuesto, el paciente. Tu vida se resume en estudiar y aprender, tienes que ser inteligente, eres un líder, ante todo has de mantener la calma. Tienes la vida de la gente en tus manos. Cuánta mierda. Efectivamente, un médico es responsable de las vidas humanas y cuando se trate del paciente, hay que ser responsable. Pero eso no significa que no puedas salir a divertirte, que no puedas beber alcohol como una persona común y corriente. Sí, uno como médico tiene que informar que tomar y fumar es nocivo para la salud, pero eso no significa que no lo pueda hacer. A fin de cuentas, cada quien toma sus decisiones y paga el precio por ellas. Cada cual hace lo que quiera con su vida. El hecho de que vieran al personal de salud como ejemplo, sólo les sumaba más responsabilidad de la que ya tenían. No era justo y, aun así, las cosas no cambiarían. Odiaba eso de la carrera y odiaba que sus padres tomaran como argumento el hecho de que estudiaba medicina para impedirle hacer lo que quisiera y evitar que pensara de alguna manera que no les gustara. Casi pareciera que al haber entrado a la carrera firmó su condena. Sí, un médico eso era, pero antes fue estudiante de medicina y antes de eso fue un adolescente que no sabía lo que quería. Pero incluso debajo de cualquier fachada, era una persona. Alguien con sentimientos, sueños, necesidades y momentos de locura. – Mi carrera no tiene nada que ver con lo que hice hoy –dijo mientras veía el coche frente a ellos –. Mi madre, por alguna extraña razón, detesta a mi grupo favorito. No me iba a perder su primer concierto en el país sólo porque ella no está de acuerdo con mis gustos. – De eso no estamos hablando –su padre empezó a subir el tono de voz –. Lo que hiciste está muy mal y no te quedarás sin castigo. – Lo hice porque quería venir y si pedía permiso, la respuesta sería negativa. – ¡Eso no es lo que importa! –Nara se sobresaltó al oír el grito –. ¡Vives con nosotros, te tienes que atener a las reglas que imponemos! Lo que hacemos es porque te queremos y nos preocupamos por tu bienestar. – ¡Si mi madre fuera menos sobreprotectora y controladora no habría hecho esto! -Nara también gritó, tenía que sacar el enojo –. No quería aceptarlo, quería verla como una madre alivianada y tranquila, pero ella no es así. Y si para seguir viviendo bajo su techo tengo que seguir sus reglas…entonces no quiero estar con ustedes. Pero no tengo opción. Fueron unos segundos de silencio, al fin se atrevió a mirar a su padre, estaba inexpresivo y miraba atentamente la autopista. No dijo una sola palabra, así que Nara continuó, dijo lo que hacía mucho tiempo pensaba, pero no quería aceptar. – ¿Cómo puedes si quiera tú soportarla? Eres su marido y te trata como si fueras un objeto de su propiedad, ella te tiene casi tan amarrado como a mí o Ángela. No obtuvo respuesta y no presionó para obtenerla. Seguramente su padre ahora estaba más enfadado con ella, ¿acaso tenía un don para empeorar las cosas? El camino a casa transcurrió en silencio, era incómodo, pero lo prefería a estar discutiendo. Sabía que había hecho algo malo e irresponsable, pero ella estaba enojada porque le arruinaron el concierto, porque la castigarían y porque ya estaba harta del ambiente represor en el que vivía. Llegaron a la pequeña casa de dos pisos. Siempre le había parecido acogedora y perfecta para ella; ahora sólo deseaba alejarse lo más que pudiera de allí. Dentro se encontraba la mujer que le había dado la vida y que por ello se creía con el derecho de controlarla. Suspiró. Por más que intentaba evitar cualquier sentimiento de enojo, amargura o ira hacia su madre, no lo lograba. El rostro de Ángela fue lo primero que vio en cuanto entró por la puerta de madera, su hermana estaba sentada en las escaleras, casi inmediatamente fue suplantada por la expresión de furia de su progenitora. En cuánto vio a su mamá, supo que estaba por tener el peor regaño de su vida. – ¡Bueno, en qué cabeza cabe! Me tienes preocupadísima, te hablé muchas veces, no contestaste, le hablé a Rosa y me dijo que te fuiste a un concierto –Nara creyó que los gritos se escucharían hasta la casa vecina –. La señorita se fue a un concierto y yo confiada en que estabas con Isela, eres tan egoísta, no piensas en la familia… Nara oyó sin escuchar y esperó pacientemente a que los gritos enfurecidos terminaran. No se atrevió a poner los ojos en blanco ni a cruzarse de brazos, simplemente se escondió dentro de sí y cantó su canción favorita mentalmente una y otra vez. El sermón fue repetitivo e irritante, muchas cosas coincidían con lo que su padre le había dicho y otras eran humillaciones nuevas que se clavaban cada vez más profundo. En algún momento del sermón, dejó de escuchar, un zumbido penetrante nació en sus oídos y se apoderó de ella. Se abrazó a sí misma para protegerse, pero el mal estaba dentro de sí, no podía hacer nada para evitar el zumbido. Una minúscula y casi imperceptible lágrima resbaló por su mejilla hasta detenerse en la comisura de los labios. La saboreó; era salada, pero reconoció en ella otro tipo de regusto que no supo describir. Sin embargo, aquel sabor desconocido le dio fuerza, le dio la determinación para alzar la vista y recibir los golpes de frente. Se mantuvo firme hasta que su madre pronunció la última palabra del larguísimo sermón. – Ni se te ocurra mencionar a esos chamaquitos –Nara apenas parpadeó –. Te desconectas por su culpa. Y luego preguntas que por qué los detesto. Vete, no te quiero ver en este momento. Su madre dio media vuelta y se dirigió a la sala de estar, su padre le lanzó una última mirada decepcionada antes de seguir los pasos de su madre. Nara frunció los labios y resopló, su noche increíble e inigualable había terminado en furia y tristeza. Nara subió las escaleras directo a su habitación, lo único que quería era gritar, golpear y maldecir. Cómo no podía hacer ninguna de esas cosas, mejor dormiría y se olvidaría de esa terrible situación por unas cuantas horas. Tampoco quería hablar con Ángela, la amaba, era la mejor compañía que pudiera tener, pero en ese momento sólo necesitaba estar sola y revolcarse en su pena. En cuanto bateó a su hermana, se sintió como la peor persona del mundo, pero ella entendería, era cómo un ángel, al otro día se disculparía y ella estaría ahí para hablar de la noche anterior. En ese momento podría encerrarse y lamentarse. Estuvo en su cama pensando en cosas irrelevantes durante mucho tiempo. Pasada la media noche, le pareció buena idea escuchar el disco de Lucino, hacía unas cuantas horas los había visto y escuchado en vivo, pero no podría hartarse de ellos nunca, sus canciones le provocaban un agradable hormigueo en el pecho. Observó la portada con la dedicatoria en plumón n***o. “Para Nara, con amor: Lucino.” En cuanto leyó aquellas palabras un sentimiento de rabia pura la invadió. Fue un sentimiento súbito e intenso, tanto que la sobresaltó. En definitiva, no se lo esperaba. ¿Con amor? ¿Era en serio? Claro que no era con amor. Esa bola de chicos estúpidos ni siquiera la conocían. Apostaba a que Rodrigo, quien escribió la dedicatoria, ya ni recordaba su nombre…ni su rostro. Era imposible que sintieran amor hacia ella, tal vez estuvieran agradecidos por tener admiradoras que les llenaran los bolsillos de dinero, pero entre tanta gente, seguro recordaban un rostro entre miles. Y seguramente la chica recordada o tenía belleza impresionante o era esa típica chica que llamaba la atención sin proponérselo o era la típica líder de un club de fans que no tienen nada más que hacer que no fuera idolatrar a los jóvenes. A alguien como ella nunca la recordarían. Observó el trébol color n***o, la hoja de papel en blanco, la estúpida daga con empuñadura color n***o, la espada con rubíes incrustados y el idiota sol brillando en la parte superior. Qué estupidez. Admiraba a cinco chicos que ni siquiera sabían de su existencia. En ese preciso momento, seguramente estaban o tomando o drogándose o divirtiéndose a lo grande. O tal vez no, tal vez simplemente estaban descansando de una noche larga y agitada y lo único que querían era paz y tranquilidad, qué importaba, de cualquier forma, ellos no estaban ni enterados de lo que ocurría con ella. No tenían idea de que una de sus admiradoras, quien los había seguido por muchísimo tiempo y que los había apoyado desde antes de ser reconocidos internacionalmente, había mentido e ideado un plan para ir a su concierto. No sabían que había sido descubierta y que se había ganado un regaño repleto de gritos y un castigo que posiblemente duraría por el resto de su vida. Ni se les pasaba por la cabeza que su madre estaba enfurecida con ella y que su padre estaba decepcionado. Claro que no estaban enterados de ello, ¿cómo podrían? Ella era nadie para ellos. Sintió un agudo dolor en su interior, un sollozo ahogado, no pensaba llorar por una estupidez cómo esa. Tomó el disco y con fuerza lo partió en dos. Luego partió las mitades en otras mitades, luego lo pisó con un zapato de tacón hasta que el plástico quedó hecho trizas. Destrozar la portada del disco le costó un poco más, pero cuando rasgó el papel por primera vez, partirlo en dos y luego en cuatro fue más sencillo. Caminó en silencio a la cocina, sus padres se habían ido a dormir y estaban encerrados en su habitación, Ángela dormía plácidamente con la puerta abierta (nunca le gustó dormir encerrada), así que no tuvo problema alguno en ir en busca de una bolsa de basura y volver a su habitación. Recogió cada pedazo de plástico y fue echando todo en la bolsa de basura. Por más que intentó, no pudo deshacerse de los trozos que contenían la dedicatoria de Rodrigo, así que tomó esos tres trozos de papel y los guardó en una maleta de viaje. Cómo nunca salía, difícilmente los encontraría. Listo, estaba hecho. Si ella no era nadie para ellos, entonces ninguno de los cinco sería de importancia para ella. Desde ese día, sus ídolos estaban enterrados para ella. No merecían su admiración. Se fue a dormir. Ya no sentía enojo, furia o tristeza; sólo decepción hacia los que alguna vez la hicieron feliz con sus canciones. Oficialmente, Lucino podía desaparecer y a ella no le importaría.
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