Tres años antes

3399 Words
Era un nublado día de finales de octubre. Nara nunca sintió simpatía por los días carentes de sol, eran tan opacos. Sus mejores días siempre habían sido iluminados por la estrella central de la galaxia, cuando las nubes le negaban la brillante y calurosa luz, los días eran más bien normales. Ese día fue la excepción. Hacía seis meses había concluido el primer año de la licenciatura en Médico Cirujano, y lo había hecho exitosamente. Su promedio de 9.2 no era exactamente de excelencia, pero estaba cerca de serlo. Sólo cuatro personas en su grupo habían salido con más de 9 y ella estaba contada entre ellos. Las vacaciones habían concluido y un nuevo ciclo comenzaba. El segundo año, decían, era más sencillo que el primero. Si se basaba en su escasa experiencia de tres meses cursándolo, podía decir que no era más fácil, pero sí más interesante. Y ese día lo demostraba. – ¿Entonces el ratón sigue vivo? –preguntó emocionada a alguien al otro lado de la línea –. Es increíble, lo logramos. – No es increíble –respondió Juanito –. Desde el principio supe que lo lograríamos. Su compañero contaba con una seguridad en sí mismo que ella deseaba tener, sí, ambos eran muy inteligentes y capaces, pero ella era muy propensa a desconfiar en cuánto hacía las cosas. Al menos tenía a su lado a alguien que sabía calmarla y la instaba a seguir adelante y confiar en ella misma. Juanito era el único compañero de su grupo de primero al que le tocó con ella. Diego había quedado en el turno de la tarde, su amiga Caro estaba en la mañana, pero en un grupo distinto. La otra chica, la recursadora, volvió a reprobar. Lo último que supo de ella, fue que había claudicado de la licenciatura, desde que les dijo que no había pasado el extraordinario de Bioquímica, no habían vuelto a hablar con ella. A Nara no le importaba, después de todo, a final de año se distanciaron mucho, no la echaría en falta. Tristemente, Caro hablaba con ellos cómo dos veces al mes, Diego los frecuentaba más, pero debido al horario vespertino, casi no se veían. En lo que iba del año habían salido a beber dos veces y una vez fueron al cine; eso era todo. Sus días de risas, burlas y estrés por la escuela habían concluido. A Diego sí que lo echaría de menos, le caía mucho mejor que Juan. – Bueno, somos buenos anestesiólogos –Nara no supo que otra cosa decir –. Cuando operemos al conejo, no tendremos que preocuparnos por la anestesia. – Sí…supongo que sí. Un silencio incómodo sucedió las palabras de Juan, ella quiso cortar la llamada. – ¿Llegaste bien a dónde tenías que ir? – Eh…sí –dijo avergonzada –. Gracias por preguntar. Tengo que colgar, pero agradezco que me avisaras del ratón. – Claro, no te preocupes. Nos vemos el lunes. Hasta el lunes, pensó Nara, y entonces suspiró, Juan trataba de pasar mucho tiempo con ella últimamente, anteriormente el pegoste se iba con Diego, pero a falta del otro chico, era ella quien tenía que cargar con el joven inteligente. La verdad le caía bien, sin embargo, no soportaba pasar demasiado tiempo a su lado, no le gustaba sentirse presionada en cuanto a rendimiento académico; aunque Juan no presumía ni la molestaba por ser más inteligente que ella, Nara se exigía a sí misma. Y terminaba por enojarse y estresarse de más. Un año a diario con Juanito había sido más que suficiente. Desgraciadamente, ahora tendría que soportar otro más. Volviendo al tema anterior, aquel nublado viernes tenía planes. Sí, podría ser una chica estudiosa y responsable que deseaba muy internamente ser tan inteligente como Juan, pero eso no le impedía salir a divertirse. Isela había decidido poner fin a su tiempo sabático y entró a estudiar Economía. A pesar de ir en la misma universidad, se veían unas escasas cuatro veces al mes; o sea sábado o domingo. Sus horarios no eran del todo compatibles, pero siempre encontraban tiempo para ellas; aparte, se mensajeaban casi a diario. No importaba sí sólo se veían para saludar, eso era mejor que nada. Tristemente, en ese último mes, las cosas se habían complicado. La abuela de Nara perdió su casa a manos del banco, así que su madre la acogió de buena gana. Era una boca más que alimentar, pero la abuela era fuerte y productiva, ayudaba en la casa y aportaba dinero de su pensión. No obstante, su madre se convenció a sí misma de que la abuela necesitaba cuidados y no debía estar sola por mucho tiempo. Debido a que ella era estudiante de medicina de segundo año y que vivir para los demás era su lema, Nara fue la elegida para cuidar de la abuela y llevarla a sus citas en el hospital. De momento sólo la había acompañado a una. Su padre últimamente viajaba mucho por trabajo y su madre recién había entrado a trabajar, así que estaban demasiado ocupados para prestarle la atención suficiente a la abuela. Ángela llegaba a casa casi a la misma hora que ella, así que ambas se encargaban de pasar tiempo con la abuela. – Yo estoy perfecta –decía la abuela –. Tu madre exagera al decir que necesito que me cuiden. Y era verdad. Mientras Nara y Ángela hacían tarea o estudiaban, la abuela limpiaba, tejía o resolvía crucigramas. También solía ver películas en la televisión, desde que le enseñaron a usar Netflix, se había vuelto una viciosa. Los viernes o sábados, si no tenían algo más importante que hacer, jugaban a las cartas. Ángela se había vuelto experta en el Continental; ella, en el Póker. Aunque, si era sincera, la abuela las superaba por mucho. Siempre parecía tener un as bajo la manga. Era por eso que en todo el mes no había visto a Isela. Se animó a pedirle permiso a su señora madre para salir ese viernes y se lo concedió. Nara era una buena niña estudiosa, lo había demostrado en el último año, merecía un descanso de “cuidar” a la abuela. Así que ahí estaba, llegando a casa de su mejor amiga y lista para embriagarse como nunca. Llevaba un mes sin salir y más de un mes sin probar una gota de alcohol; ya le hacía falta. – ¿Cómo estás? –Isela la abrazó –. Te he extrañado mucho, ¿cómo está tu abuela? – Todo está bien, voy bien en la escuela y no me estreso tanto. La abuela está perfecta, tuvo cita con el médico hace dos semanas y hasta dónde me dijo, está muy bien. Mi madre sólo exagera. – Tu mamá siempre exagera. Efectivamente. La madre de Isela se había ido a una cena en casa de una vieja amiga suya, su esposo la acompañó, así que estarían solas hasta las 2 de la madrugada, tal vez. La pasarían bien, estaba segura. Hablaron, tomaron, bromearon, tomaron, cenaron y volvieron a tomar. Todo fue risas y sentimientos alegres. Algunos chismes de la vida loca que Isela estaba teniendo y algo de quejas sobre la carga de trabajo y estudio por parte de Nara. Era muy bueno tener a alguien con quien desahogarse, poder decir lo que realmente pensaba y sentía sin miedo a ser juzgada. – Creo que la medicina no es lo mío. Listo ahí estaba, lo había dicho. Sin balbucear, sin vacilar. Había externado el más profundo miedo que la había estado persiguiendo desde primer año. Nunca se había sentido tan liberada. – ¿Qué? La expresión de sorpresa de su mejor amiga la hizo dudar de su decisión de confesar. – Ya sabes, siento que no me apasiona lo suficiente. – ¡Pero qué guardadito te lo tenías! –Isela sonrió, pero Nara no supo si de burla o de alegría o de qué –. Pues si no estás segura de que sea lo tuyo, cámbiate. Es mejor hacerlo ahora a esperar a que acabes la carrera. Debes hacer lo que te haga feliz, no lo que la sociedad te imponga. Y por sociedad me refiero a tus padres. Sin embargo, sus padres no le habían impuesto nada. Era verdad que admiraban a los médicos y enfermeras, un tío muy lejano era médico endocrinólogo y generalmente hablaban bien de él; pero jamás la presionaron para que estudiara medicina, al menos no directamente. Hasta donde sabía, estaba en la universidad por voluntad propia y aun así no sabía si había tomado la decisión correcta. El dilema recaía en que no se veía estudiando otra cosa ni estando en otro lugar. Aparte, ya iba en segundo año, no iba a claudicar en ese momento. Contaba con un promedio decente y mucho conocimiento. Si seguía adelante podría tener un futuro prometedor. Sólo esperaba que en clínica las cosas fueran más interesantes y menos agotadoras…sabía perfectamente que sólo se pondría peor. – No pienso cambiarme, no voy tan mal y aunque fuera mal, no sé a dónde más irme. – Eres joven, amiga –Isela la abrazó –. Tienes el mundo frente a ti, no tienes que cerrarte a un solo ámbito. – No sé…mis padres me matarían y yo también me mataría. Su mejor amiga puso los ojos en blanco y soltó un gruñido de exasperación. Seguramente se estaba conteniendo de golpearla. – ¡A tus padres déjalos fuera de esto! –su voz se tornaba un poco chillona cuando se enojaba –. Haz lo que quieras, no lo que ellos dicen. Por dios, tu madre te tiene bien amarrada y controlada. – No es verdad, sólo es un poco exagerada y sobre protectora. – ¿Un poco? –Isela tomó un largo trago de lo que fuera que estuviera tomando, hacía rato que habían abierto una botella que encontraron en su baúl –. Te tiene encarcelada y eres demasiado ciega para verlo por ti misma. No iba a discutir eso con su amiga, era pasar un mal rato y se suponía que ese día sería para olvidarse un poco de su estrés y pasarla bien; divertirse. Así que cambió de tema y dejó que el ambiente se destensara. Al final ya no hubo incomodidad ni palabras que molestaran, sólo una amistad que había perdurado a lo largo de muchos años. Al otro día llegó a casa por la mañana. Habría querido quedarse hasta la tarde en casa de Isela, pero la tarea y el estudio estaban amarrados a ella y no podía deslindarse de sus responsabilidades, si lo hiciera, tendría un dilema consigo misma sobre prioridades y cosas parecidas. No quería lidiar con su otro yo, el que se encargaba de hacerla responsable. Su madre se portó bastante bien con ella, los fines de semana le tocaba cuidar de la abuela, pues Nara y Ángela eran quienes se encargaban de lunes a viernes, así que a veces se ponía de malas. Su concepto de cuidar se reducía a no permitir que la abuela hiciera esfuerzos y que se quedara sentada o acostada todo el día; Nara no entendía por qué eso la ponía de malas. Aquel sábado recibieron una llamada de su padre quien estaba de viaje, últimamente lo veían escasas veces, según esto el motivo de sus viajes era el trabajo, pero era exagerado. Ciertamente lo habían ascendido de puesto hacía varios meses, Nara no sabía mucho de la vida godín, pero no había escuchado que viajaran tanto. Para ella era sospechoso, pero para su hermana y su madre era indiferente; lo extrañaban, pero no creían que algo extraño estuviera ocurriendo. La abuela prefería callar, cada vez que el tema salía, ella guardaba silencio y decía que su opinión no tenía por qué importarles. Ángela fue quien habló primero con él. Su hermana le tenía un cariño impresionante a su padre, no sabía si se debía a que lo veía cómo a un héroe o algo así, pero solía ser irritante. Se preguntó si el novio de su hermana sería como su padre, generalmente la gente buscaba a otra gente que compartiera características para emparejarse, su hermana tal vez hiciera eso cuando buscara un novio. – Hola papá –fue lo primero que dijo –. ¿Cómo te va? – Hola, Nara –la voz de su padre sonaba muy ronca –. Tuve mucho trabajo y fue pesado, pero ahora ya ando descansando. Un timbre sonó de fondo, Nara pensó que podría ser el tono de un teléfono móvil o quizá un timbre de verdad. – Volveré mañana en la tarde, ya quiero verlas a las tres. Nara no pasó por alto que excluyó a la abuela. Siempre se habían tratado con respeto e incluso llegó a pensar que se tenían cariño mutuo, bromeaban y se llevaban bien. La recibió con los brazos abiertos cuando llegó a vivir a su casa, no entendía qué pasaba. Se había perdido de algo importante en las últimas dos semanas y moría por saber qué era. – Sí papá –dijo como autómata, necesitaba volver a su tarea –. Te veo mañana. – Descansa, te quiero. La última en hablar con él fue su madre. Cómo siempre, comenzó a decirle de cosas y a querer controlar su vida también, más que su esposa, parecía su madre. Bueno, cada quien estaba con quien se le pegaba la gana; ella, por ejemplo, no estaba con alguien. Con ella misma le bastaba. Escuchó un te amo y te extraño y al fin silencio. Al menos lo amaba, lo controlaba, pero lo amaba. En un principio su madre no estaba de acuerdo con los viajes de su padre, le ponía excusas y se enojaba por todo, pero al final tuvo que aceptar que no podía obligarlo a nada, después de todo, era parte del trabajo. Se preguntó cómo actuaría su madre si le decía que tenía que irse de viaje lejos de ella, que estaría fuera por un mes y que la distancia no le permitiría controlar cada uno de sus movimientos. Lo pensó por unos momentos y desechó la idea, se desataría el infierno mismo. Ni de broma lo haría. El domingo fueron al aeropuerto a buscar a su padre. Por alguna extraña razón, el vuelo se retrasó en el aterrizaje y tuvieron que esperar cerca de una hora para ver a su progenitor. Cabe mencionar que la abuela las había acompañado y que lucía muy sombría, no se atrevió a preguntarle la razón de ello. Al parecer ni su madre ni su hermana se daban cuenta. – La abuela está muy rara, ¿no? – ¿Abuelita? –Ángela echó un vistazo sobre su hombro –. Yo la veo normal, tal vez sea la espera, ya sabes, cómo ya está grande se cansa rápido. – Pero no es eso. – No sé, para mí está bien. Tal vez anoche no descansaste, te dormiste muy tarde. No dijo nada más, no tenía caso discutir con su hermana. Si Nara era ciega, su hermana lo era aún más. Algún día reuniría el valor de preguntarle a la abuela qué ocurría entre ella y su padre, el porqué de sus recientes malos tratos. Divisaron a su padre, era inconfundible; alto, de cabello rizado oscuro y una piel dorada, al parecer disfrutó de la playa. Al menos alguien de la familia disfrutaba mientras trabajaba. Esperaba que cuando ella dejara de ser estudiante, la diversión estuviera incluida en el trabajo. No sobreviviría en un trabajo con base en el estrés y la fatiga. – Hola, qué gusto me da verlas. Su padre dejó las maletas de lado y demostró amor a su madre con un casto beso en los labios, casi parecía querer pasar desapercibido. Su mamá no le tomó importancia, generalmente no era muy cariñosa, solía ser una persona reservada en demostrar su cariño. Ángela, lo contrario a su madre, abrazó muy fuerte a su progenitor y no lo soltó hasta pasado un minuto entero, fue bastante gracioso ver el rostro de incomodidad de su padre, casi parecía faltarle el aire. Nara fue paciente y espero su turno mientras se acercaba. Lo abrazó porque le pareció que era lo que debía hacer, no porque verdaderamente le naciera. Trató por todos los medios de convencerse a sí misma de que el olor extraño en la camisa de su padre era producto de su imaginación y no un aroma real. Trató de olfatear de nuevo para asegurarse, ya no percibió más que el olor de la típica loción varonil típica de su padre. Seguramente ya estaba imaginando cosas. Todas sus sospechas que recaían sobre la extraña relación entre su abuela y su padre, fueron reafirmadas en cuanto sus miradas se cruzaron. Durante una milésima de segundo, Nara casi palpó la tensión que había entre los dos. Efectivamente, algo estaba ocurriendo. El momento desapareció y fue sustituido por cortesía gélida y saludos semi formales. Apostaba a que ni su madre ni su hermana notaron lo que ella sí. Por dios, había sido tan obvio, pero cuando las volteó a ver, sólo sonreían y platicaban entre ellas. ¿Estaban ciegas o era Nara quien se imaginaba cosas? Daba igual, mientras no tuviera el valor de preguntar, de nada le serviría percibir señales de que algo andaba mal. Los días pasaron y la vida volvió a su rutina diaria. Escuela, tarea, estudio, comer y dormir. En eso se resumía su día a día. La abuela casi siempre les daba la bienvenida con una deliciosa comida caliente y palabras de ánimo. Ángela llegaba agotada de la preparatoria, o eso es lo que decía, esa niña siempre se caracterizó por exorbitar las responsabilidades. – La escuela es muy pesada –solía quejarse frente a la abuela –. Los profesores sólo quieren que suframos. – Tranquila, mi niña –respondía la abuela, calmada –. Tú puedes soportar eso y más, las mujeres de la familia somos fuertes. Tenemos voluntad de hierro. Si de ver quien sufría más se trataba, Nara les ganaba a todos. La carga de trabajo que se acumulaba era tanta que muchas veces sentía que no podría seguir adelante, el estrés por ser tan buena como Juanito la aplastaba tanto que corría el riesgo de no soportarlo por mucho más tiempo. Algunas veces terminaba gritando a la pared para desahogarse, otras veces mejor se hacía un ovillo y se sentía derrotada, o a veces se sentía en paz y realizada. Va a mejorar, solía pensar para animarse. Conforme avance el tiempo todo será menos desesperante. Las vacaciones de invierno tocaron a su puerta y ella las recibió con cariño y una sonrisa en el rostro. No eran vacaciones totalmente reales, pues su ciclo era anual y no semestral, pero un descanso era bien recibido, siempre. En la época final del año los ánimos o incrementaban o decrecían, las experiencias fueran buenas o malas o ambas, siempre se recordaban en el último mes del año y por ello era su época favorita. Cantos, alegrías, tristezas, penas, tiempo para estar con la gente que se quiere…eso es lo que necesitaba. – Abuelita –oyó decir un día a Ángela –. ¿Es cierto que la tía Mary vendrá por Navidad? – No lo sé –respondió la abuela nostálgica –. Pero si viene seré muy feliz. Claro que sería muy feliz. Las dos hijas de su abuela habían tenido una fuerte discusión diez años atrás, ni Nara ni Ángela supieron la causa de su pelea, pero tenían una teoría no tan descabellada. A la tía Mary la dejó su marido. A pesar de que el señor dejó en claro que no quería saber nada más de ella ni de sus hijos, la tía andaba de rogona con su ex marido. Y eso su madre no lo permitiría. Así que seguramente pelearon cuando le dijo que dejara de arrastrarse. Dejaron de hablar y jamás volvieron a saber de sus primos ni de su tía. Tenía vagos recuerdos del tiempo con sus primos, se llevaban bien. Lastimosamente, eran pequeños todos y no pudieron hacer más que aceptar la separación de sus madres y romper el lazo familiar que los unía. La realidad es que con el tiempo le dejó de importar, tenía una vida por delante y problemas mayores que el no ver a sus primos. – Oí que mamá hablaba por teléfono con alguien a quien llamaba hermana y le dijo algo sobre la familia y el perdón –Ángela siguió informando –. Creo que al fin están dejando sus problemas de lado. – Le preguntaré cuando la vea –respondió la abuela –. Sacaré el tema y veré que puedo averiguar. Así que se volvió una investigación. La abuela se tomaba muy en serio el papel de detective, pues Nara escuchaba como sacaba el tema de la cena de navidad y trataba “disimuladamente” de conseguir información. Ella y Ángela se reían mucho cada vez que la escuchaban. La cena de Navidad pareció ser tan común y corriente cómo todas las demás, al menos al principio. Nadie pudo sacarle información a su madre y la realidad es que no habían presionado mucho; al parecer no estaba en sus genes dedicarse a la investigación. Todo mundo supuso que las teorías de Ángela estaban erradas y que la tía y su madre no arreglaron sus diferencias. La decepción de la abuela les rompió el corazón a las dos hermanas, no querían que estuviera tan triste en una época que debiera ser alegre. Justo cuando la cena estaba por terminar de calentarse, el timbre chillón de la puerta hizo eco por toda la casa. Todos y cada uno de los presentes (excepto, tal vez, su madre), se quedaron estáticos, casi nadie los visitaba sin avisar antes y menos en una noche como aquella. – ¿Por qué se quedan ahí parados? –su madre los reprendió desde la cocina –. Vayan a abrir. Literalmente, Ángela y la abuela salieron disparadas hacia la puerta. Nara rio al ver lo rápido que podían correr, la abuela sacó todas las fuerzas que tenía. El padre de Nara se quedó arreglando la mesa del comedor, tenía una mirada confusa; no lo culpaba, ella tampoco tenía idea de lo que pasaba. Un par de gritos emocionados y voces chillonas típicas de los reencuentros marcaron el inicio de lágrimas, sollozos y disculpas. Fue muy emotivo, tuvo que admitirlo, ella incluso quiso llorar al ver la genuina felicidad de la abuela quien lloraba a mares y repetía que era muy bonito tenerlas de nuevo juntas; como una familia. Sus primos habían crecido demasiado, la última vez que los vio eran unos mocosos al igual que ella. Eran dos, un hombre y una mujer, el chico; Carlos, las saludó con un abrazo y dijo que se alegraba de verlas. Clara, la chica, apenas les dirigió una mirada y las saludó cómo si fueran cualquier persona. Apenas rozó sus mejillas y fue a sentarse lejos para meterse de lleno en su muy interesante teléfono. Nara puso los ojos en blanco, que niña tan más odiosa; tendría un año menos que Ángela y su hermana no era tan insoportable como ella. – Supongo que nos hemos perdido de mucho estos años –Carlos sonreía demasiado –. La última vez que nos vimos jugábamos a la cocinita. Sí, a eso y las escondidas. Eran sus juegos favoritos. – Hemos cambiado bastante, estoy por cumplir veintiuno –Nara comenzó a platicar –. Estudio medicina, segundo año. Y voy a taller de dibujo creativo, no soy muy buena, pero hago el intento. – Yo tengo diecisiete –dijo Ángela –. Voy en quinto de preparatoria y lo único que sé es que ni de broma me meto a medicina. Cenaron a gusto, todos felices y sonrientes. La abuela insistió en tomarse miles de fotos; en el árbol, en la mesa, con los regalos y hasta posando. Fue muy extraño, pero al mismo tiempo cómodo. De alguna forma se sintió que no habían pasado diez años, si no unos pocos meses. Carlos resultó tener 19 y estudiar ingeniería civil, iba en primer semestre. Clara dejó el teléfono en algún momento de la velada y aceptó hablar con ellos, efectivamente, tenía 16 y era algo así como la abeja reina de su escuela preparatoria. La siguiente en ir a enajenarse con su teléfono fue Ángela, últimamente se la pasaba pegada a su teléfono cada que podía. Nara se asomó sobre su hombro para echar un vistazo. El contacto decía: “Armando – ¿Armando? Ángela pegó un brinco. – No seas chismosa –casi le gritó –. Yo no veo tus conversaciones. – Pero yo no me la paso pegada al teléfono –Nara se encogió de hombros –. ¿Ya me dirás quién es Armando? Lo único que le logró sacar, fue que Armando era un amigo muy cercano a quien quería mucho. Nara lo tradujo cómo un novio que aún no presentaba a la familia… ¿sería como su padre? Ella recibió dos llamadas de buenos deseos. Isela fue uno, por supuesto. Estuvo cerca de diez minutos hablando con ella, le dijo cuánto la quería y lo mucho que extrañaba salir con ella. Prometieron verse en la semana y se despidieron. La otra llamada fue inesperada. – ¿Bueno? – ¡Nara! –la voz de Juanito sonaba extraña, supo que estaba ebrio –. Quería desearte una feliz navidad y quería decirte que eres muy inteligente. Me alegra haberte conocido. Por un momento no supo qué decir, por suerte, sus neuronas sí supieron que hacer y la hicieron reaccionar rápidamente. – Gracias, esto es muy inesperado. Te deseo mucho éxito y un abrazo. Te veo en enero. Eso sí que la impactó. Se llevaba bien con Juan, eran buenos compañeros y se apoyaban en clases, pero no creyó que fuera a recibir una llamada como esa. El cosquilleo en el estómago la acompañó durante toda la cena. No le dijo a nadie de aquella llamada. Era algo especial y no quería compartirlo. Aquella noche en general había sido especial, ojalá todo fuera bien de ahora en adelante, ojalá las cosas no se complicaran nunca.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD