Dos años antes

1985 Words
El segundo año de universidad concluyó y Nara no podía estar más feliz. Entre exámenes finales y calificaciones cuasi perfectas, su estrés amenazó con quebrarla. Anteriormente sentía que su voluntad era de hierro, pero ahora se daba cuenta de que era incluso más fuerte, casi como el diamante. No cualquiera lograba subir su promedio a 9.3 en segundo año, tenía vida social y familiar, iba a clases de dibujo y cuidaba a una abuela. Tal vez se sobrevaloraba un poco, pero se sentía tan satisfecha consigo misma que no le importó. Incluso estaba casi al mismo nivel que el idiota de Juan y eso que él sí se volvía intenso a la hora de estudiar. Ella era un poco menos intensa, pero sólo un poco. El primer día de las vacaciones durmió hasta pasado el mediodía, disfrutó cada segundo de sueño e incluso quiso seguir acostada, aunque su cuerpo pedía a gritos levantarse de una buena vez. – Nara –Ángela llegó a molestarla –. Ya despierta, es muy tarde y estoy aburrida. – ¿Y por eso me despiertas? – Sí –respondió su hermana –. Quiero ir a pasear. Pero ella no quería. Sólo deseaba quedarse encerrada, hablar por chat con Isela, ver películas en Netflix y comer cualquier alimento dulce que contuviera tantos carbohidratos que su cuerpo se viera en la necesidad de comenzar la síntesis de triglicéridos y ácidos grasos. – Yo no quiero –Nara aventó su almohada hacia Ángela –. Sal con Armando, seguro quiere verte. Armando resultó ser novio de Ángela. Después de Navidad ella no volvió a mencionar al tal Armando hasta que su hermana, un día soleado, llegó a decir que un compañero de su escuela se había convertido en su novio. Su madre no estaba del todo contenta, pero no podía castigarla por tener novio, así que dejó su relación en paz. Pero esa niña se volvía tonta cuando del tipo ese se trataba y muchas veces hacía enojar a su madre. – Mamá no me dejará –el tono de voz alegre se volvió sombrío de improviso –. Aparte, se fue una semana de vacaciones. No negaría que el novio de su hermana era muy tonto, pero había demostrado ser fiel y quererla, así que no lo odiaba. El problema radicaba en que Ángela parecía, por momentos, ser un tanto dependiente de él. Sí, era una adolescente que actuaba impulsivamente, pero existían límites…y su hermana había traspasado casi todos. Su mamá se enojaba cada que Ángela cometía tonterías, las cuales eran demasiadas. Esa era la principal razón por la que no dejaba que ambos chicos salieran solos. Si Nara no los acompañaba, no se verían. Fin de la historia. Su padre era menos exigente, pero la última palabra siempre la tenía mamá, así que tenían que llevar chaperona a todas sus citas. – Así que esa es la razón de que no estés pegada a tu teléfono, tu novio se fue y no tienes con quien hablar. – No es cierto, yo siempre quiero salir contigo, pero dices que estás muy ocupada. Punto para su hermana. La pesada carga de trabajo generalmente la dejaba agotada y con ganas de no hacer más que respirar. Así que era verdad, casi no salía con Ángela ni con Isela ni con nadie. Por lo menos no en los últimos seis meses. Desde Año Nuevo todo había cambiado y no necesariamente para bien. Se estaba volviendo una obsesiva de las buenas calificaciones y del conocimiento. Siempre quería estudiar y aprender, leer sobre los temas y encerrarse en su mundo. Se estaba convirtiendo en el reflejo de los compañeros mataditos que ella tanto detestaba y odiaba cuando los tenía de frente. Estaba pareciéndose cada día más a Juan. – ¿Sabes qué? –se levantó de un salto –. Vamos a pasear, ir al cine nunca le ha hecho mal a nadie. Se bañó a la velocidad de la luz y se vistió con lo primero que encontró: una blusa holgada amarilla y pantalones de mezclilla oscuros. Desayunaron juntas y salieron a la plaza después de pedir permiso a su madre. Sí, tenía 21 años y seguía pidiendo permiso y haciendo tratos con su madre para poder salir. Lo peor es que ni era a una fiesta o al antro, era a una estúpida plaza. No lograba entender cómo era que la mayoría de sus compañeros sólo avisaban que iban a salir y con eso bastaba. Si es que avisaban, algunos ni siquiera eso; simplemente no llegaban a sus casas. Nara imaginó lo que sería vivir así, ¿se iría de fiesta cada que pudiera? ¿El alcohol sería su fiel compañero? La razón por la que casi no salía era porque le daba miedo y desmotivación pedirle permiso a su madre, las negativas solían acabar en discusiones y rencores, era mejor evitarlo. Pero si no tuviera que pedir permisos, ¿sería una chica fiestera de esas que abundaban en la universidad? No tenía respuesta para ello y probablemente nunca la tendría. Su madre no se volvería menos controladora de un día para otro. Llegaron a la plaza y Ángela ya había visto horarios de la película romántica que tanto ansiaba ver. El defecto que más le molestaba de su hermana era su ingenuidad excesiva e inocencia irritable. Pensaba que la vida era una película romántica en dónde el hombre era todo un caballero sin defectos, que siempre antepondría a su pareja y que jamás le fallaría. Todo eso era un cuento c***o y provocaba ilusiones idiotas en la cabeza de las adolescentes como su hermana. Cuando la vida les diera un golpe duro y de frente, dolería mucho y ella sería la encargada de sacar adelante a su hermana y enseñarle a devolverle el golpe a la vida. Nara nunca se había enamorado. Había tenido algunos gustos perdidos y uno que otro encuentro s****l que llevaba un minúsculo sentimiento de por medio, pero jamás había sentido el amor de pareja y sinceramente no estaba muy interesada. Isela era experta en esos temas del amor, dado su historial de novios y rupturas, ella era la indicada para hablar en momentos de crisis. Pero ella no. – ¿No sabes estacionarte? – Claro que sé –Nara estaba teniendo problemas para meter el coche en el espacio entre dos automóviles –. Es que el lugar es muy reducido. – ¡Está normal! –Ángela se impacientaba porque la película estaba por comenzar –. No es tan difícil, papá lo hace muy rápido. Comenzaron a discutir por el estúpido coche y tardaron cerca de cinco minutos en poder estacionar el automóvil. Hacía unos meses aprendió a manejar, pero la estacionada siempre le fue difícil. Era lo único que debía practicar para ser una conductora competente. Bajaron casi corriendo para llegar a tiempo al cine. Ángela se adelantó, era una chica atlética que podía caminar rápido sin cansarse, Nara, en cambio, había subido de peso en el último año; se rezagó y decidió tomárselo con más calma. Cuando llegó al piso superior, se topó de frente con un enorme anuncio de un concierto próximo. Era grande y lo tenía frente a su rostro. La sonrisa carismática de Christian Sosa le dio la bienvenida, a su lado, Rodrigo García le guiñaba un ojo. Ismael, Pedro y Julio apenas llamaron su atención, se quedó embobada viendo al que alguna vez fue el hombre del que podría enamorarse. Lo vislumbró incluso más guapo. El cartel anunciaba a Lucino en concierto el 23 de junio del año en curso y debido a que los boletos se habían agotado, se abría otra fecha para el 17 de junio y como esa fecha también se agotó, se abría una tercera para el 21 de junio. Desde el fatídico día del primer concierto en la ciudad, había dejado de seguir a Lucino en r************* . No se interesó nunca más por conciertos ni por lo que los cinco idiotas hacían de su vida. Su éxito había incrementado considerablemente desde hace dos años, se podría decir que era de los grupos favoritos y seguramente seguían en ascenso. No tenía idea de las canciones nuevas ni de colaboraciones con otros artistas. Literalmente borró a Lucino de su vida. Había escuchado y visto esporádicamente anuncios de giras en años pasados y boletos de regalo en algunas estaciones de radio, pero no prestaba atención. Y ahora tenía a los cinco integrantes frente a ella y se había quedado embobada, sin embargo, no sintió nada. Ya no había rencor ni odio, tampoco emoción y alegría; lo que abundaba en su interior era una fría y al mismo tiempo cálida indiferencia. No deseó que agotaran su tercera fecha, pero tampoco les deseó fracaso. Dos años habían transcurrido, ya estaba por entrar a la segunda fase de su preparación cómo médico, había madurado. Se encontró con Ángela en la taquilla, compraron dos boletos y entraron medio minuto antes de que la película comenzara. De no ser por el amor que le profesaba a su hermana, habría salido de la sala desde los primeros diez minutos. Amor y besos, cursilerías y cosas que no pasaban en la vida real. El drama no se quedaba atrás, a cada minuto el dramatismo aumentaba. Pero admitía que la película no era del todo mala, tenía historia detrás de la fachada romántica. Una chica que no sabe lo que es amor y por ello confunde amor verdadero con una relación enfermiza en la cual ambas partes son tóxicas, pero no tienen el valor suficiente para estar solos y por ello siguen juntos. El tema era bueno, de la vida real, esas cosas solían ser comunes en la sociedad contemporánea; podía servir de moraleja. Por supuesto que su hermana estaba encantada y por supuesto que lloró cómo si ella fuera la protagonista cuando, al final de la película, cada quien se va por su lado a seguir con su vida y a buscar una nueva relación que fuera sana y constructiva. A favor de su hermana, no fue la única chica que soltó lágrimas, la sala se llenó de sollozos durante el final y unas se veían casi de su edad. Pasados los veinte años ya se es un adulto, joven, pero adulto después de todo. – Tendría que haber esperado a Armando para verla –dijo Ángela en cuanto salieron –. Me habría abrazado cuando lloré. Tú sólo estabas sentada ahí con cara de asco. – No tenía cara de asco –respondió Nara en su defensa –. Pero la película fue una tontería, tal vez no toda, pero las niñas chillonas como tú no me dejaron disfrutar del final. Debatieron sobre la diferencia entre el amor verdadero y la dependencia disfrazada de cariño. La terca de su hermana sostenía qué, si te decían cosas bonitas y esperaban dos horas bajo la lluvia por ti, entonces ya era amor. Nara pensaba distinto, el amor era un trabajo de dos, apoyo mutuo, ayudar al otro a alcanzar sus metas y sueños, ver tanto por su bien como el bien propio. Salir adelante de situaciones difíciles juntos y respetarse. Eso era el amor, no estupideces como regalar osos de peluche gigantes y chocolates que te sacan granos en la cara y aumentan de volumen al tejido adiposo hasta convertirte en alguien con sobrepeso. Amor era seguir con tu pareja a pesar de que fuera muy controladora y quisiera tener siempre la razón. Amor era dejar de lado tu obsesión con tener todo en orden y en control y apoyar a tu pareja en sus viajes de negocios, aunque eso te ponga en modo legendario de estrés. No estaba segura de que su ejemplo de amor fueran sus padres; ella no quería una relación como la de ellos, pero le parecía increíble que a pesar de todo siguieran juntos. Tal vez eso fuera amor verdadero. Tal vez. Tenía tres meses de vacaciones, a pesar de querer pasar todo ese tiempo acostada sin hacer más que respirar, su voluntad dio muestras de existir y se puso a hacer ejercicio. Había subido de peso y aunque no se obsesionaba por ser flaca y tener silueta de modelo, sabía que no era saludable tener sobre peso. Así que sus días de verano se resumían en descanso, ir al gimnasio y salir algunas veces con la familia o con Isela. Una vez sus amigos de medicina quisieron reunirse para salir a beber, ella se entusiasmó al principio, pero después se arrepintió. A esas personas las veía todos los días y una parte de ella se hartaba. A Juanito ya lo soñaba, dos años con él y aunque seguía teniéndole cariño, no sabía si aguantaría otro año más a su lado; tenía algo que le incomodaba. Al final ni siquiera salieron, todo mundo puso excusas y la realidad es que nadie pareció muy interesado en organizar algo que saliera bien. Cuando volvieran a clase podrían verse todo lo que quisieran y saldrían los viernes (si la carga de trabajo lo permitía) para desestresarse. No había prisa alguna por volverse a ver. Ángela fue su compañera fiel del verano, ambas se hacían mutua compañía porque su madre trabajaba y su padre viajaba. Se tenían la una a la otra. La abuela se fue a casa de la tía Mary por esos meses, no querían que se fuera, pero la insistencia había sido mucha y tuvieron que dejarla ir. En cuánto el verano terminara, regresaría. El novio de su hermana no daba señales de aparecer. Según esto se iba sólo una semana y ya había pasado un mes y no se reportaba. Ángela quería parecer despreocupada y no daba señales de entrar en pánico, pero Nara la conocía perfectamente y sabía que todo eso se lo guardaba. Una vez, por la noche, escuchó sollozos en la habitación. Quiso entrar a ver qué ocurría, pero oyó voces y supo que su hermana hablaba con alguien, una amiga seguramente. – No me manda mensajes ni me ha hablado –decía entre sollozos –. Tengo miedo, ¿qué tal si le pasó algo? Prefirió no interrumpir y siguió su camino, no tenía palabras para consolar a su hermana, pues ella no tenía idea sobre el paradero de Armando y no sabía nada de él. Tal vez algo malo le ocurrió o tal vez sólo había alargado sus vacaciones, cualquiera de las dos opciones o intermedios era posible; tanto lo bueno como lo malo. Por el bien psicológico de su hermana y por el suyo propio, esperaba que no estuviera muerto, desaparecido o secuestrado. Al mes y medio todo se jodió. Armando no estaba secuestrado, ni muerto, estaba disfrutando de la vida costera en la playa más popular del país. Su familia tenía dinero y no le dolía el codo cuando de pasarla bien se trataba. Sin embargo, el joven no sólo se había ido mes y medio al mar, si no que durante el tiempo allá, se consiguió una chica para pasar el rato. O sea, coger. Más tarde se enteró de que su hermana no le había entregado su tesorito a Armando y que el chico estaba impaciente por hacer algo más que tomarse de la manita. Cómo no lo consiguió de Ángela, lo buscó en una guapa chica rubia costeña de 18 años con cara de diosa. Ángela se enteró porque en sus investigaciones por r************* , encontró una fotografía del tipo ese con la chica rubia. Resultó que no estaba incomunicado, simplemente decidió bloquear a su hermana de todas las redes para que no supiera que tenía un juguete mientras se encontraba lejos. Si de Nara dependiera, le arrancaría los testículos. Por suerte para él, su hermana dejaba de lado la agresividad y prefería tirarse a las lágrimas, a comer helado como en películas cliché y a lamentarse por no ser rubia, por no tener cuerpo de diosa y por no ser costeña. El día en que se enteró de ello fue terrible. Todo se resumió a gritos y lágrimas, la niña no quería salir de su habitación y gritaba que la dejaran sola. Su madre también estaba enojada y no sólo con él, sino con ella, pues su hermana mandaba mensajes y rogaba a Armando aún después del engaño. Por lo que supo, él no se disculpó. Simplemente le dijo que ya no la quería y que el probar cosas nuevas era parte de crecer. No supo qué fue lo que le dolió más a su hermana, si el engaño o el hecho de que la habían dejado. Muy en su interior tuvo el presentimiento de que, si el chico hubiese pedido disculpas, su hermana lo habría aceptado de regreso; eso sí habría ocasionado un problema de los buenos. Su madre, la abuela y tal vez su tía se le habrían echado encima, Nara también, pero habría tratado el tema de forma no tan agresiva. – Armando es un imbécil –le dijo Nara cuando pasó una semana del suceso –. No vale tus lágrimas, deja que se vaya a chingar a su madre. – ¡No! –Ángela era tan dramática –. Es que lo amo, jamás podré ser feliz de nuevo. No podía creer que en tan sólo seis meses se pudiera amar a alguien, pero no era momento de discutirlo, primero debía convertir a la bola de mocos en una mujer segura de sí misma que no necesitaba a un hombre en su vida. Era una misión imposible, ni Tom Cruise lo lograría. Su hermana tardó en reponerse, fue su padre quien logró sacarla del hoyo en el que estaba metida. Debido a sus viajes, no había podido estar presente cuando el fatídico acontecimiento ocurrió, así que tuvieron que explicarle todo cuando llegó. Él se mostró enojado, pero no tanto como Nara hubiese imaginado, incluso pensó que sentía empatía por Armando. ¿Sería eso posible? No, su padre jamás haría eso. – No llores por él, hija –dijo en tono grave –. Ese chico no era para ti, algún día conseguirás a alguien que te merezca y te valore. Ustedes simplemente ya no eran compatibles. Y con esas estúpidas palabras Ángela dejó de llorar. Dejó de lamentarse y por fin pudo levantarse por las mañanas sin tener los ojos hinchados y enrojecidos. Conforme los días pasaban, su hermana se convertía en la chica alegre y extraña de antaño, ya no mandaba mensajes a su ex pidiéndole que regresaran ni se metía a su muro en f*******: para ver sus fotos. Al fin lo estaba superando y todos en la casa podían estar más tranquilos. Su padre tuvo que salir de viaje de nuevo, nadie quería que se fuera, pero no le quedaba de otra. Aparte, este viaje sería en una ciudad a cuatro horas de distancia, estaría más cerca. Para calmarlas, les dijo que sólo serían tres días, que volvería en cuanto resolviera el asunto que tenía. Fueron a la estación de autobuses a despedirlo, la abuela aún no regresaba de casa de la tía Mary, así que no las acompañó. Nara no supo decir si su padre parecía ansioso por partir o de nuevo su imaginación le jugaba malas pasadas. Decidió dejar sus conjeturas de lado, no le servían de nada a nadie. Cuando llegaron a casa por la noche, su madre les contó el plan que tenía en mente. – Le caeré de sorpresa a su padre –les dijo emocionada –. Compré un boleto de camión para llegar con él mañana a medio día. Apuesto a que le gustará, hace mucho que no estamos los dos solos. Podría enojarse porque revisé su itinerario, pero valdrá la pena. Ángela se emocionó, le pareció muy romántico. Ella, en cambio, ayudó a su madre a empacar y le dio consejos para que su marido no sospechara que iba en camino hacia allá. Ambas fueron a dejarla a la estación en el automóvil. Se despidieron de ella y esperaron a que su camión partiera. La realidad es que no esperaban que regresara el mismo día que se fue, pero tampoco esperaban enterarse de que su padre tenía una relación de un año con otra señora. Se dieron cuenta de que algo andaba mal porque en la tarde recibieron una llamada extraña de su padre. – Hola papá, ¿cómo estás? – Nara, ¿está tu hermana ahí? – Sí, ¿por qué? – No pasa nada, no te preocupes, sólo prométeme que cuando llegue hablaremos. En ese momento no entendió de lo que su padre hablaba. – ¿Por qué? ¿Pasa algo? – Sólo esperen a que llegue, tenemos que hablar. Y eso fue todo. Cortó la llamada y las dejó en suspenso. No volvieron a saber nada de su padre hasta que recibieron otra llamada, esta vez de la abuela. – Abuelita –Ángela estaba muy preocupada –. ¿Sabes qué pasa? Mi papá está muy extraño, ¿le pasó algo a mamá? – Está bien de salud, mi niña –respondió gentilmente la abuela –. Les explicaremos todo en cuanto lleguemos, vamos para allá. No salgan de la casa. Con muy poco tacto, su madre les contó la triste experiencia vivida. Había llegado temprano al hotel en dónde su padre se hospedaba, así que ella creyó que estaría en junta o algo parecido, por lo que pidió en la recepción una llave para entrar a la habitación. Dado que su objetivo era pasar desapercibida, entró en silencio y sin tocar la puerta. Estaba lista para darle una buena sorpresa a su marido. El asunto fue, que la sorpresa la recibió ella. Abrió la puerta y entró sin sospechar que dentro estaba su esposo y una señora diez años menor con él. Su horror la dejó paralizada por un momento, lo único en lo que pudo pensar fue en que había sido traicionada y que fue demasiado ciega como para darse cuenta. Así que no todo eran imaginaciones suyas, verdaderamente algo raro estaba ocurriendo y ella lo descubrió cuando fue demasiado tarde. Jamás confesaría que ella sospechaba algo, pero nunca supo qué y nunca tuvo el valor de preguntar. La verdadera cuestión era: ¿La abuela lo presentía? ¿O a qué se debía la hostilidad hacia el marido de su hija? Ángela se puso a llorar en conjunto con su mamá, la abuela consolaba a las dos con palabras y la tía Mary vigilaba la entrada a la casa por si su padre se atrevía a volver. Dada la llamada de su padre, supuso que en cualquier momento lo vería acercarse por la calle. Durante media hora se posó junto a la ventana, esperaba ver algo más que la solitaria calle. Estaba por ir de nuevo a consolar a su madre, cuando vio las luces de un taxi. Se acercaba lentamente hacia su casa. ¿Sería él? Sí, era su padre. Vestía de traje y parecía muy profesional, bajó del taxi con porte rígido. El conductor lo ayudó a bajar sus dos maletas. No tardó en escuchar los gritos de la tía Mary, sonaban enojados y chillones. – ¡Esas son pendejadas! –vociferó la tía con ira –. Pocos huevos, cobarde. Ojalá se te pudra la polla. Bueno, no supo cómo sentirse por las palabras dichas, ¿habría de enojarse? ¿Debería desearle el mal a su papá? Algo dentro de ella estaba entumido, no podía sentir más que un hormigueo recorrer sus extremidades. Ni ira, ni enojo, ni sorpresa…parecía irreal, como si lo estuviera viviendo desde fuera. Oyó la puerta de entrada abrirse y bajó corriendo, no podía dejar que las cosas fueran mucho más lejos. – ¡Maldito cabrón! –los gritos de su madre podrían oírse hasta la siguiente esquina –. ¿Cómo osas regresar? ¡Vete con tu puta! Aquí ya no hay lugar para ti. Ángela lloraba más, casi parecía haber vuelto a ser una niña de 12 años. La abuela la acariciaba, pero su hermana no dejaba de sollozar y decir cosas inentendibles. Nara pensó salir, pero no quiso arriesgarse, ¿qué tal si su padre le decía que fuera con él? No sentía la ira explosiva que debiera sentir, pero tampoco estaba feliz y con ganas de abrazarlo. La discusión se alargó por una hora, su padre le echaba la culpa del engaño a su madre, su mamá decía que no había justificación, que eso era traición. La tía apoyaba en todo a su madre y su papá seguía gritando cosas sin sentido. Que ya nada era como antes, que sólo seguía ahí por sus hijas, que si alguien habría de culparse debía ser ella por ser tan obsesiva y quién sabe cuántas cosas más. Al final su madre entró con su tía a la casa y se fueron a encerrar a lo que alguna vez fue la habitación de sus padres. La abuela se quedó dormida junto a Ángela, su pobre hermana no quería estar sola. Nara la comprendió, debía ser decepcionante e hiriente el saber que lo que te hizo tu novio, tu padre lo hizo a tu madre. Era como si tu héroe te decepcionara, tomara tu afecto y cariño y lo tirara a la basura; ahora sólo habría rencor dentro de Ángela. Después de todo, su hermana sí se consiguió un novio parecido a su padre. Nara estaba por quedarse dormida cuando recibió una llamada de su padre. Contestó al quinto timbrazo. – ¿Bueno? – ¡Hija! –su padre respiraba entrecortadamente –. ¿Cómo estás? – De la mierda –respondió enfadada –. Nos traicionaste, nos engañaste a todas. – No, Nara, debes entender –un suspiro –. Estar con tu madre era un suplicio, es tan controladora y obsesiva…tú misma me dijiste que cómo era posible que la soportara, que me tenía amarrado… – ¡Pero no te dije que la engañaras! –al fin sentía ira –. Quería que te dieras a respetar y si no estabas a gusto podías pedir el divorcio, no engañar a todas. Dejaron de hablar con su padre durante dos meses, fue hasta el décimo octavo cumpleaños de Ángela cuando volvieron a dirigirse la palabra. Nara había salido tarde de la escuela, así que no se enteró de lo que había ocurrido. La abuela le contó que su padre había llegado a la casa con flores y un regalo, su madre ya no estaba tan enfadada con él, por lo que Ángela tampoco, así que le permitieron felicitar a su hija. Estuvo poco tiempo, pues aún era un poco incómodo estar todos en la misma habitación. La abuela no le dirigió la palabra, dijo que no quería verlo nunca más. Nara suspiró y se armó de valor, tenía que preguntar lo que durante meses le estaba molestando. – Abuelita, ¿tú sabías que mi papá engañaba a mamá? – ¿Por qué dices eso? –la abuela se mostró horrorizada –. De haberlo sabido, lo habría enfrentado. – Pero…ustedes se trataban con hostilidad…yo creí… – Tal vez había una razón para ello, pero no era el engaño, la verdad eso me tomó por sorpresa. Y le creyó. Los ojos de la gente no mentían y lo único que vio en la mirada de la abuela fue sinceridad. ¿Entonces qué es lo que escondían? Ya no estaba tan segura de querer saber.
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