Un año antes

2372 Words
No podía creer que su madre la dejara salir de fiesta. Era verdad que, desde el divorcio y desde que las cosas entre la familia se hubieses arreglado un poco, se encontraba más alivianada; pero dejarla ir a una fiesta sin poner excusas y preguntar por el alcohol, era un logro que nunca pensó llegar a presenciar. Estaba por terminar el tercer año de medicina y sus compañeros organizaron una fiesta para celebrar que serían un poco libres por algo de tiempo. Ese año no había convivido con sus compañeros de primer año, en realidad casi no hablaban. Diego estaba con Juan de nuevo, pero ambos siempre estaban ocupados; ella también. Caro había desaparecido del mapa y nadie sabía de ella, así que sólo quedaban ellos tres. La fiesta era para cualquiera de la universidad que estuviera por terminar el tercer año. Recibió un mensaje de Diego y la convenció de ir. Sabía que no la dejarían, así que le dio el avión a su compañero. Lo que la tomó por sorpresa fue la afirmativa de su madre. Ahora que tenía permiso de ir, se estaba emocionando. Invitó a Isela porque hacía mucho tiempo que no hablaban ni se veían, al menos podrían pasar la noche juntas. Se vieron en casa de su mejor amiga y de ahí se fueron en taxi hacia el lugar de la fiesta. No quedaba tan lejos. Llegaron muy temprano, pues había sólo seis personas dentro y Nara no conocía a ninguno. Al menos llevaban su propio alcohol; una botella de tequila de 500 ml. Tomaron asiento en un rincón y se pusieron a platicar entre ellas, más bien empezaron a juzgar a quien quiera que estuviera ahí. – Ese de ahí no está tan mal –dijo Isela discretamente –. Deberías hablarle. El chico en cuestión medía metro y medio y usaba lentes enormes. – ¿Es broma? –dijo Nara entre risas –. Es el peor de todos los presentes. – Se ve que es listo, yo sí me lo daría. Isela se daría a todos, todo mundo entraba en su parámetro. Tristemente no había compañeros que le llamaran mucho la atención, en su grupo, la mayoría eran comunes y corrientes, nadie que sobresaliera. Esperaba que cuando llegara al internado todo cambiara y se topara con alguien que le atrajera lo suficiente como para querer algo con él. – Me debes cien –dijo alguien a su espalda –. Te dije que sí vendría. Diego la abrazó cómo si no la viera desde hace varios meses…bueno, hace varios meses no se veían. – Nara, qué guapa –Juan le dio un beso en la mejilla –. Me has fallado, perdí cien pesos por tu culpa. Por más que trató, no pudo evitar sentir el cosquilleo que los labios de Juan dejaron en su mejilla. – Si dije que vendría, es porque lo haría –vil mentira, no pensaba ir –. Qué gusto me da verlos. Les presentó a su amiga y se pusieron a tomar cómo si no lo hubiesen hecho en varios meses, (ella, por lo menos, llevaba más de un año sin probar una gota de alcohol). Fue divertido, empezaron a hablar de las rotaciones y de la clínica que les había tocado, la de Nara era buena, pero le quedaba muy lejos de casa. Diego y Juan estaban satisfechos, habían tenido suerte. En algún momento, la habitación en la que estaban se llenó de gente. Apenas podían moverse. Diego fue en busca de quién sabe quién e Isela argumentó que necesitaba ir al baño, Nara estaba por ofrecerse a acompañarla, pero fue muy lenta, su amiga desapareció en el mar de gente. Se quedó sola con Juanito. Después de dos años juntos, nada era incómodo entre ellos, pero un año habían dejado de frecuentarse y en parte lo extrañaba; era bueno tener alguien con quien estudiar y con quien quejarse de lo pesada que era la carrera. Ahora estaba sola… y por momentos quería volver a primer o segundo año dónde todo era más fácil y tenía a alguien de confianza a su lado. – ¿Te gusta la clínica? – Lo prefiero a los exámenes que llevábamos en primer y segundo año. – Yo igual, aunque los doctores luego te bajan horrible la autoestima. Sí, había doctores que sólo decían que eran una bola de inútiles, que podían dar más, que no merecían estar ahí y quién sabe cuántas cosas más. Era algo normal. Al principio Nara se sentía mal por todo lo que le decían, pero había gente en el hospital que la animaba; así cómo había doctores perros, también había doctores buenos. La diversidad abundaba en el ambiente. Platicaron de sus notas y lo que esperaban del cuarto año, hablaron de cosas triviales y se rieron de tonterías. La realidad es que ya estaba tan ebria, que no recordaba cómo es que terminó besando a Juan con tanta impaciencia. Nara parecía desesperada, pero al joven no le importó, él sólo se dejó hacer. Algo dentro de ella quemaba, estaba ardiendo y la única persona que podía calmar el incendio dentro de ella, estaba ardiendo también. Acarició su cabello y su cuello, Juan le respondió con un gruñido. Supo que llegarían más lejos cuando las manos de su acompañante se aventuraron por debajo de su blusa y pantalón. Nara tembló ante el toque de su compañero de licenciatura, estaba disfrutando como nunca lo había hecho. Sólo esperaba que el alcohol no fuera el causante de ello. Si su madre se enteraba de que su hija estaba metida en el cuarto de quien sabe quién haciendo el amor con un chico que ella conocía, seguramente la mataría y odiaría a Juan de por vida. Perdió la noción del tiempo, sólo pensaba en que Juan sabía lo que estaba haciendo, no le importaba en dónde o con quien había adquirido práctica, pero sí que sabía cómo complacerla. Se preguntó por qué carajo había tardado tanto en darse cuenta de que quería estar con Juanito. Eso era lo que le incomodaba de él, que no estaba con ella. Le irritaba verlo si ella no estaba con él. Mierda. Tal vez se estaba encariñando de más. – ¿Te gusto? – Sí, desde hace tiempo. – ¿Entonces por qué no somos nada? Pues porque él nunca se lo planteó y ella tampoco lo pensó. – No lo sé. – ¿Quieres intentarlo? Oh, mierda. Eso ya había ido muy lejos. Le gustaba Juanito, pero no estaba lista para tener una relación con él. Era arriesgarse demasiado y aparte ya estaban por salir de vacaciones, todo era diferente en vacaciones. – No sé –respondió Nara –. No quiero responder ahora. Se acomodó la blusa, buscó el pantalón y se arregló lo mejor que pudo. En ese momento sólo quería escapar de ahí lo más rápido posible. El efecto del alcohol se le estaba pasando y ahora pensaba más claramente. Quería a Juan, pero no quería pensar mucho todavía, necesitaba darse un respiro y verificar consigo misma qué es lo que quería. – Espera, Nara –Juan casi tropezó –. ¿A dónde vas? – Hablamos mañana, tengo que irme. Encontró a Isela hablando con dos chicas que parecían ebrias y alegres, al menos su amiga estaba sobria. Isela la vio y le echó una mirada capaz de matarla, al parecer la estaba buscando y no logró encontrarla. – ¿Dónde estabas hija de tu…? – Tenemos que irnos, te cuento en el camino. Tomó de la mano a su amiga y la arrastró junto con ella hasta la acera. Casi empujó a varias personas en su huida. – ¿Qué chingados te pasó que andas tan apurada? Nara estaba pidiendo el Uber con su teléfono, así que no prestó atención a lo que Isela decía. Lo primordial era salir de ahí lo más rápido posible. No estaba preparada para enfrentar a Juan aún. – ¡Nara! –Isela se soltó con un brusco jalón –. Te estoy hablando. – Listo –Nara sonrió –. El Uber llegará en dos minutos. Isela sólo la veía con furia. – De acuerdo, mira –Nara se encogió de hombros –. Me fui con Juan, me lo cogí y ahora quiere que tengamos una relación. – ¿Y eso está mal? Harían bonita pareja, son inteligentes y se llevan bien. Yo lo apruebo, hasta tu madre lo aprobará. Lo podría aprobar el mismo presidente y eso no cambiaría nada. Lo importante era que ella lo aprobara…y lo hacía, pero debía pensar con claridad, no con alcohol de por medio. El transporte llegó antes de que Juan pudiera alcanzarla, pudo verlo por el espejo retrovisor; salió corriendo de la casa y se quedó parado al ver que no había alguien afuera. Nara sintió remordimiento por dejarlo plantado en medio del calor y la oscuridad, pero el pánico la invadió y no supo qué hacer. – Promete que hablarás con el pobre matadito mañana –Isela también lo vio –. Si no fuera tuyo, yo me lo habría ligado. Nara le lanzó una mirada molesta. – No te hagas la mensa, vi cómo le brillaban los ojos cada que te veía, está muy colado por ti. Sólo por eso no utilicé mis encantos con él. Claro que no era verdad aquella afirmación. Juan no era para nada el tipo de Isela, los chicos bien no eran los que solían llamar su atención, su mejor amiga prefería a los tipos que lo único que sabían hacer era esperar al viernes para salir de fiesta y gastar a chorros el dinero. Recibió varios mensajes y llamadas del chico en cuestión durante los días posteriores a la fiesta. Nara ignoró cada zumbido del teléfono, con las vacaciones a la vuelta de la esquina, difícilmente vería a sus compañeros (de por sí apenas los veía), Juan incluido. Un hormigueo dentro de ella nacía cada vez que el nombre de Juan iluminaba su pantalla, pero una voz interna la convencía de que hablar con él sería mala idea. – ¿Por qué estás tan extraña, Nara? La abuela y Ángela eran las únicas que notaban el cambio en Nara desde aquella noche. Ángela trató de sacarle la sopa, pero Nara la evadió en todo momento e incluso amenazó con enojarse si seguía insistiendo. Así que se liberó de su hermana, pero la abuela era un caso distinto. – No, abuela –Nara sonrió –. Es sólo que estoy algo cansada. – Vamos, mi niña, tengo 76 años de vida, sé reconocer los dilemas amorosos en cuánto los veo. La abuela era una persona de confianza, o al menos eso creía Nara, pero hablar de eso con ella le incomodaba mucho. Nunca había sufrido de dilemas de amor, eso estaba en otro plano para ella. – Es sólo que no sé si aceptar a alguien en mi vida sea buena idea –Nara sólo podía ver al suelo –. Es que creo que sí me atrae, pero no estoy segura. La abuela suspiró, sonó como una melodía nostálgica. – Mi niña, uno de los misterios más grandes del mundo es el enigma del amor, nunca sabes cuándo ni cómo, pero cuando te das cuenta, la flecha de cupido está clavada en lo más profundo de tu alma. ¿Amor? ¿Eso es lo que sentía? No podía ser, tal vez el hormigueo fuera un síntoma, pero el tener un síntoma no significaba padecer la enfermedad. No decía que el amor fuera una enfermedad, pero era la mejor comparación que se le ocurrió. – Pero, ¿y si no lo es? – No puedes saberlo si no lo intentas, si no arriesgas, no ganas, Nara –la abuela acarició su cabello –. El amor de tu vida puede llegar a la primera o simplemente no llegar, pero no podrás saberlo si no abres las puertas de tu corazón. Así que decidió aceptar a Juan…si es que él la seguía queriendo, había dejado de mandar mensajes y las llamadas cesaron, posiblemente el interés se había perdido para siempre. El último día de clase llegó, las rotaciones en hospitales terminaron y sólo tendría que ir a la facultad una vez más antes de poder descansar antes de un año pesado y un tanto interesante. Se topó de frente con su amiga Caro, a quien dejó de ver mucho tiempo atrás. Platicaron unos pocos minutos, fue breve, pues tenía una última clase optativa a la que asistir. Fue bueno intercambiar palabras con una conocida, pero ya nada era lo mismo, la poca confianza que existía entre ellas, desapareció. Y difícilmente podrían forjar un lazo de nuevo, al menos Nara no estaba interesada en ello. La clase transcurrió lenta y aburrida, lo único que deseaba era firmar su calificación final y poder regresar a casa (tenía una partida de Continental pendiente con la abuela y su hermana). Quien perdiera lavaría los trastes por una semana entera; algo le decía que ella sería la perdedora. Firmó a regañadientes el horrible 9.2 de la optativa. Quiso reclamar, pero seguramente merecía tal calificación, después de todo, nunca estudió ni entregó trabajos como debiera. Todo lo hizo de mala gana y no dio lo mejor de sí. Terminó el feo garabato que se inventó el día que fue a sacar su identificación oficial y se alejó de la doctora y del salón para siempre…bueno, tal vez no para siempre. – ¿Por qué me has evitado? Oh, mierda. No hoy por favor, ni mañana, ni nunca. Ya se había resignado a no agradarle a Juan nunca más, pero también deseaba tener otra oportunidad para arreglar las cosas, sin embargo, ahora sólo quería que la tierra la tragara. – No te evito. – No contestas mis llamadas, ni mis mensajes –Juan parecía entre divertido y enojado –. Si eso no es evitar, ¿qué es? El joven que conoció hacia tres años estaba frente a ella, lucía cómo un hombre intelectual. Incluso sin las gafas cuadradas, parecía una persona muy inteligente. Un fuego ardiente nació en su estómago. Apenas pudo sonreír. – Bueno, tal vez te evité un poco… Juan arqueó una ceja, se veía muy atractivo. – ¿Fue por lo del otro día? Ya no podía escapar de nuevo, quería otra oportunidad y la tenía. Ahora sólo habría de saber aprovecharla. – Lo siento por eso –dijo Nara –. Entré en pánico y no supe qué decir. Es sólo que nunca había sentido algo por alguien y me pareció que escapar era lo más sencillo. – ¿Sientes algo por mí? ¿Qué? Bueno sí, aunque no planeaba decirlo así nada más. Siempre creyó que confesar sentimientos por alguien sería muy especial y fuegos artificiales brillarían mientras la luna sonreía en el cielo. Supuso que los estúpidos cuentos de hada por algo eran cuentos; todo era ficción. – Yo…sí, bueno, quiero decir que es algo que estoy sintiendo cómo extraño –estaba diciendo pura tontería y no podía parar –. Digo, nunca sentí algo por nadie y es nuevo, me da cómo no sé. Entonces ocurrió algo que jamás imaginó. Juan comenzó a reír a carcajadas, se estaba riendo de ella. No supo si enojarse o reír también, así que sólo frunció el ceño y esperó a que la risa parara; dos chicas vestidas de blanco pasaron a su lado y les lanzaron miradas extrañas, Nara sólo sonrió y esperó a que se fueran. – No me burlé de ti ni nada – Juan intentó acariciar su mejilla, pero retrocedió –. Pero eres muy… ¿linda? Es que, en este momento soy muy feliz, me gustas desde finales de primer año y por vez primera estoy seguro de que el sentimiento es recíproco. ¿Desde primero? Pero si de eso hacía mucho tiempo. Nunca se dio cuenta. ¿O es que estaba muy ciega? Aparte, él nunca le dijo ni le dio señales, era imposible que ella se diera cuenta. – Te lo diré de nuevo –Juan se hincó frente a ella –. Esta vez espero hacerlo bien. El joven tardó un par de segundo en volver a hablar, Nara vio cómo un chico de primero los veía desde una banca lejana. – ¿Quieres ser mi novia? – Sí. No esperaba hallar al amor de su vida en Juan, pero tampoco pensaba que no pudiera llegar a convertirse en ello. Era estudiante de medicina, algún día sería médico y ella igual, se harían mutua compañía y se entenderían muy bien. Se apoyarían sin condición porque ambos tenían un objetivo en común. La primera en enterarse de su nueva relación fue Ángela. Cuando Nara llegó a casa con una sonrisa estúpida pintada en la cara, su hermana no paró hasta sacarle la sopa. La expresión de sorpresa de su hermana le dio mucha gracia. Le comenzó a dar consejos para no parecer muy interesada, pero tampoco demostrar que el chico le traía sin cuidado. Le dijo que los hombres buscaban desde el principio el “tesorito” de las mujeres y que había que mantenerlos a la expectativa. Nara casi suelta la carcajada, por un instante creyó que su hermana hablaba en broma, pero su mirada seria indicaba lo contrario. Se preguntó qué diría su hermana si le decía que antes de andar con Juan había follado con él. Ángela sabía que Nara no era virgen, ambas se contaban cosas de tal calibre, pero siempre que lo hacía era sin fines románticos y no es cómo que tuviera demasiada experiencia. Por su lado, Ángela aún era virgen. No había tenido novio desde aquel idiota y Nara no había escuchado sobre algún nuevo chico que pudiera se interés de ella. Esperaba que siguiera así por mucho tiempo, su hermana había demostrado volverse dependiente de los chicos. Durante poco más de un mes, todo fue muy bonito. Mensajes de buenos días y buenas noches, un par de salidas al cine o a comer y palabras capaces de hacerla temblar, también la acompañó a una cita de su abuela en el seguro. Su madre se enteró también de su relación y estaba encantada. Juan siempre fue de su agrado, aunque lo había visto escasas veces. Pero al menos lo conocía. Lo recibió en su casa de buena gana y siempre trataba de hacerlo sentir cómodo. Gracias a él, ocurrió el milagro de que su madre la soltara un poco. Ya no preguntaba a dónde iba, sólo con quién y si Juan era la persona que la acompañaría, esa sería la única pregunta. Ya no había preguntas incómodas sobre lo que tomaría en las fiestas, ni sobre por qué quería asistir a una. Ya ni siquiera recibía llamadas cada cierto tiempo para comprobar que estuviera bien. Aquel hombre había llegado a cambiar su vida y para bien. No podía estar más agradecida. Isela parecía tan feliz como su madre, se la pasaba dándole consejos, le decía que tenía mucha suerte de encontrar a un joven tan bueno como él; con futuro prometedor, de buen corazón y un poco atractivo. – Cuando encuentre a alguien como Juan, prometo sentar cabeza y dejar de ser tan sociable. Nara sólo reía. Isela tenía una mentalidad muy abierta, si alguna vez decidía ser mujer de un solo hombre, ese hombre habría de ser muy especial. Una fatídica noche, volvió a casa después de una cita con Juan. Le pareció extraño ver sólo una luz prendida en la parte superior de la casa. Era de la habitación de su madre. Tocó el timbre más que nada por flojera a sacar la llave del interior de su bolsa, nadie le abrió después del tercer toque, así que presintió que algo raro estaba ocurriendo. Entró a la casa sin hacer demasiado ruido, si algo estaba pasando, prefería pasar desapercibida. El piso de abajo estaba a oscuras, así que no se detuvo a inspeccionar, subió lentamente los escalones que conducían al piso superior. Ahí fue cuando escuchó los susurros enfadados. – ¿Cómo pudiste ocultar algo así? –reconoció la voz de su madre –. Eso es muy delicado. – No quería preocuparlos, aparte, yo estaba bien. Llegó al piso superior y se encontró a Ángela hincada en el suelo, estaba frente a la puerta cerrada de la habitación de su madre. Parecía muy concentrada en escuchar lo que se discutía en el interior, pero aun así le hizo señas para que se acercara. Nara no dudó y se hincó también. – Tal vez esto se pudo evitar, pero preferiste guardártelo. – Perdóname, hija, pero asustarlos no les iba a servir de nada. Los susurros bajaron de volumen a tal punto que ninguna de ellas pudo escuchar lo que seguía. – ¿Qué pasa? – Mamá y abuelita se metieron a discutir hace quince minutos o más, no creí que fuera nada, pero empecé a oír gritos y vine a escuchar. No sé bien por qué pelean, pero no te has perdido de mucho. Se quedaron con la oreja pegada a la puerta durante un par de minutos más, pero ya no escuchaban nada, así que decidieron claudicar de la misión y esperar a que salieran y contaran lo sucedido. Pero entonces escucharon una exclamación. – ¡Es cáncer de páncreas! –Nara y Ángela ahogaron un grito –. No es cualquier cosa. Ahora resulta que necesitas quimioterapia y me entero hoy. Ese maldito de mi ex marido sabía y no me dijo hasta apenas. Resultó que la abuela sufría de cáncer y que pensó que con el tratamiento todo saldría bien, pero no estaba funcionando y ahora necesitaba quimioterapia. Ángela lloró cuando escucharon a hurtadillas la noticia y también cuando su madre se los comunicó. Nara sólo lloró cuando la abuela en persona se lo dijo. Las dudas de Nara al fin fueron disipadas. El ambiente hostil en el que vivían su padre y abuela era provocado por la noticia del cáncer, bueno no tal cual. Al parecer, antes de que la abuela llegara a vivir a casa de su hija, se sometió a una cirugía para extirpar un pequeño tumor en la mama, fue un proceso tranquilo, sin inconvenientes y la abuela tuvo a bien guardarlo en secreto. Tiempo después se enteró que el tumor era cancerígeno y se sometió a un tratamiento que no fuera quimioterapia. Y todo fue bien, mantuvo su enfermedad bajo llave hasta que su padre, de alguna forma desconocida, se enteró de ello. Le hizo jurar no decir una sola palabra y mantener la información entre ellos dos. Así lo hizo aunque le pareciera poco ético, esa fue la razón por la que ya no se llevaban tan bien como antes. Después de todo habían sido imaginaciones suyas, verdaderamente algo escondían y no era el engaño…fue demasiado ciega, otra vez. Ahora, la abuela sufrió metástasis y el cáncer estaba en el páncreas. Cómo las cosas se complicaron, tuvo que pedir apoyo a la familia. Y todos estaban sumamente consternados. Nara quería golpearse a sí misma, la acompañó tantas veces a las citas en el seguro y jamás imaginó que algo malo pasara. Nunca entró a consulta porque la abuela se negaba, pero jamás creyó que fuera por culpa del cáncer. Durante más de un año había logrado guardar el secreto porque la cosa no era grave, pero se complicó y tuvo que revelar tan terrible noticia. ¿Cómo es que nadie se dio cuenta? En esa jodida casa todos guardaban secretos y los demás eran tan ciegos para no sospechar. El engaño, el cáncer, ¿qué seguía? Sólo esperaba que no fuera un jodido narcotraficante. Juan le decía que todo saldría bien, Isela insistía en que un milagro ocurriría y su hermana se lamentaba al igual que su madre. Nara sabía que nada iría bien, las palabras de consuelo sólo eran un intento de hacerla sentir mejor, pero no servía. Todo se iba a ir a la mierda y Nara aún no estaba preparada mentalmente para afrontar lo que se venía. Estaba por recibir un golpe muy duro, sólo esperaba tener la fortaleza suficiente para resistirlo.
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