Gracias a los cielos, aquella noche le tocó lavar a su hermana. Nara no detestaba lavar trastes ni recoger la cocina, pero en ese momento en específico quería acostarse, mirar el techo y dejar vagar sus pensamientos. Por supuesto no lo hizo, más bien tendió su uniforme: pantalón, zapatos y bata blanca. Terminó una estúpida tarea de bioquímica y se dispuso a perder el tiempo en Twitter.
Fue una pésima idea. Lucino había twitteado dos veces, la primera fue para decir que sus primeros días en el país habían sido increíbles, que la gente era muy amigable y que, en general, la ciudad en la que estaban hospedados era muy bonita. Ella no la describiría como bonita, pero no era fea, por supuesto. Tal vez si no estuvieran a hora y media de la costa, todo se vería más bonito. El segundo tweet estaba dedicado a todas y todos sus fans, les agradecían el apoyo y les mandaban un abrazo.
Nara gritó internamente de emoción. Sí, podría parecer una adolescente, pero no le importaba. Su emoción era genuina y nada podría arruinar el aprecio que les tenía...nada.
El lunes por la mañana, llegó a la universidad somnolienta. Levantarse temprano nunca le agradó, prefería mil veces ir a clases en el horario vespertino. Tristemente, el horario que le asignaron fue matutino, tendría que soportar las clases de las siete de la mañana por un año entero. Llevaba apenas tres meses desde el inicio del ciclo, tal vez para el cuarto mes se acostumbraría.
Eso esperaba.
Al principio creyó que no había nada peor que tener Anatomía a primera hora, pero sí que había algo peor y era tener que subir hasta sexto piso para llegar al aula asignada. Ciento treinta y dos escalones eran los que recorría, lo detestaba. Generalmente eso era lo que ocasionaba su impuntualidad; al menos le tomaba cinco minutos llegar hasta arriba.
Lo primero que vio fue el rostro de Juanito. Parecía tan feliz y alegre de estar allí, las mejillas sonrosadas y el cabello castaño despeinado fueron signo de la despreocupación total. Cómo si el 20% de la calificación lo tuvieran asegurado. Casi deseó darle un golpe en la cabeza a ver si se le acomodaban las ideas.
— Hola, buenos días.
Intentó contener toda la ira que cargaba desde el viernes pues estaban en un lugar público.
— Hola, Nara —Juanito le sonrió con toda naturalidad —. Hoy el doctor te ganó en impuntualidad.
Ese hoyuelo bajo el labio inferior de Juanito amenazó con quebrar su autocontrol. Claro, como el chico era un ser intelectualmente superior, una mala calificación le traía sin cuidado; después de todo, sus notas eran perfectas hasta el momento.
Quiso reclamarle, había ensayado las palabras que le diría, lo hizo frente al espejo y sin tartamudear. Pero ahora sólo podía pensar en que esa sonrisa de comercial y el par de ojos castaños de cachorrito no merecían reclamo alguno. Jamás le había pasado algo semejante, apenas podía hablar.
— Diego me habló el viernes y dijo que el caso clínico no...
— No hay de qué preocuparse —interrumpió su compañero —. Lo arreglé todo, el único que se quedó sin calificación fui yo.
Nara apenas pudo parpadear, no creyó que todo se resolviera tan fácil.
— Bueno...gracias.
No supo qué más agregar, así que dejó al chico y fue a tomar asiento en el lugar más cercano a la ventana.
El doctor llegó casi media hora tarde, vaya que le ganó en impuntualidad. Llegó sin bata y algo despeinado, Nara estaba impactada dado que el doctor siempre lucía impecable. ¿Le habría ocurrido algo malo? Se disculpó por la tardanza y preparó el cañón para dar la clase.
— ¡Ah! —dijo de improviso —. Casi olvido entregarles los exámenes.
Ojalá no los entregara nunca. No estudió para ello lo suficiente, prefirió quedarse pegada en las r************* para acosar a sus ídolos quienes apenas subieron historias o mensajes. Ese pobre examen pagó las consecuencias de su descuido. Estaba por ver qué tan caro fue el precio.
Cuando su nombre fue pronunciado por el doctor, Nara se levantó sin hacer sonido alguno y tomó, cuidadosamente, el pedazo de papel. Lo dobló sin atreverse a ver la calificación y volvió a su asiento. No estaba lista para ver qué tan malo era el asunto.
La clase transcurrió lenta y aburrida, Anatomía nunca fue su materia predilecta, pero al menos era mucho mejor que otras materias que ella misma consideraba "de relleno". Cuando las dos horas pasaron y pudo salir, su amigo Diego quien fue el primero en hablarle debido a una colisión en la entrada del salón y el tonto de Juanito llegaron a molestarla.
— ¿Cómo te fue en el examen? –preguntó Diego –. Apuesto a que me ganaste, pero no a Juanito, ya sabes que es muy inteligente.
Lo malo de tener compañeros cerebritos era el vivir en un ambiente competitivo, todo se reducía a ganar, a ser el mejor y demostrárselo a los demás. Nara no era así, en su personalidad no existía el estresarse porque algún estudioso compañero pudiera ganarle en calificaciones; se estresaba por ella, no por ganarle a los demás. Con pesadumbre, sacó el examen de la mochila y observó su calificación.
Dos redondos círculos se encimaron el uno sobre el otro, 8.1. Pudo haber sido peor, aunque dudaba estar a la altura de los mejores de su grupo.
— ¡Te fue bien! —Diego le dio una palmada en el hombro —. Yo saqué siete punto seis y Juanito sacó nueve punto seis. Nos ganó a todos.
Le daba igual. Simplemente se alegró de no tener una calificación tan baja. El promedio no era el reflejo de su conocimiento ni capacidad, pero era crucial al momento de elegir hospital; los mejores siempre elegían primero.
— Ya sabemos que Juan tiene inteligencia sobre humana, nosotros los mortales debemos conformarnos con esto —dijo señalando su examen —. En la otra vida pediré un cerebro como el suyo.
En el camino a la siguiente clase, se les unieron dos chicas repetidoras de año, a Nara no le parecían muy interesantes, pero se ayudaban y de vez en cuando la hacían reír. Sinceramente, a quien prefería sobre todos era a Diego.
Juntos terminaron el día entre risas, bromas y quejas.
Al llegar a su casa, por la tarde, se puso a pensar. Tal vez no supiera si estudiar esa licenciatura era lo que verdaderamente quería, no sabía si estaba dispuesta a sacrificar tanto para seguir adelante; pero lo que tenía por seguro, era que sus amigos le hacían los días menos densos y más agradables.
Tal vez la medicina no fuera lo suyo, tal vez eligió mal, pero poco a poco se compensaba. De no haber sido así, jamás habría conocido a las cuatro personas con las que se divertía un poco cada día, cuatro personas a las que les comenzaba a tomar cariño.
Tal vez, si no estuviera en medicina, no habría desarrollado tanta admiración hacia Lucino.