—¿Cree…? —murmuró ella, con la voz entrecortada. —Sí —dije con firmeza—. Ella cree que usted es la mejor opción. Y yo también. Ella tragó saliva. Su piel parecía más sensible, como si pudiera sentir mi presencia sin necesidad de rozarla. Sus pupilas estaban dilatadas. Su pecho subía y bajaba con más fuerza. Y mis ojos… los míos se perdieron en los suyos. Uno azul. El otro verde. ¿Era posible que esos ojos se hubieran clavado en mi mente desde el primer segundo en que los vi? —Lo pensaré… —susurró con un hilo de voz—. Pero… —Pero… —repetí, inclinándome aún más, hasta que nuestras frentes casi se rozaban—. ¿Qué le impide quedarse? ¿Miedo? Ella no respondió. El silencio se volvió una cuerda tensa. Estábamos peligrosamente cerca. Mi respiración golpeaba contra la suya. No necesitaba to

