Sofía No lo pensé dos veces. Cuando golpeé a Romeo en la nariz, me dije a mi misma que se merecía eso y mucho más. No estaba dispuesta a permitir faltas de respeto de nadie, mucho menos de un mocoso al que todavía le quedaban demasiados años por vivir. –Que nunca se te ocurra volver a hablarme así. Mucho menos intentes tocarme, porque no habrá una siguiente vez. Tuvo que retroceder para cogerse la nariz y hacer presión, evitando que el fluido de sangre continuara. –Espero que te quede bien claro, que de ahora en adelante no voy a permitir que me veas la cara de tonta. –Qué perra… –lo escuché insultar bajito y reaccioné de lo más orgullosa. –¡Claro que lo soy! Todavía no me conoces, soy una perra con quienes me desagradan. Y tú ya eres uno de ellos… Pronunció algo inaudible mien

