Capitulo Veintiocho Los gemidos copaban la habitación. La pelirroja estaba sujeta de manos con cuerdas que envolvían su abdomen y separaban sus pechos, ajustándolos con tanta fuerza que se podía ver el rojo de su piel. Con el cuello encadenado al suelo, sus glúteos en lo alto, sus rodillas amarradas junto a las cadenas que sujetaban su cabeza y él, Santino Rivas hundiéndose salvajemente en la chica. Una, dos, tres envestidas y los gritos no dejan de atormentarla Siete, ocho, nueve envestidas más y podía jurar que le acalambraban las piernas esa posición y que la bestialidad con la que se introducía en ella podría estar desgarrándola por dentro. Abrazado a su cabeza, con sus dedos dentro de la boca de ella, estirando sus labios, su polla erecta entra y se hunde en esa hendija, al

