Momentos después Jhon y aquel extraño hombre se encontraban en el despacho de Maxwell.
—Día difícil ¿Cierto?— dijo burlón el desconocido observando el desastre en el lugar.
—¿Me explicarás quién eres?— preguntó intrigado el señor.
—Un hombre directo y claro, me agradas, por eso viene a ayudarte.—habló con gran calma sentándose en el sillón posado frente al escritorio de madera.
—¿Quién eres? Yo no llamé a nadie para salvarme.—dijo Jhon ya sumamente nervioso por su presencia.
El hombre solo esperaba que le dijera que era el ángel que lo iba a salvar. Que Dios lo había mandado y que todo estaría bien.
–Oh Jhon claro que lo hiciste. Te seré sincero y claro como tú lo eres. Me interesan las almas cómo tú... Tristes, acabadas y sobre todo, deseosas de algo.
—¿A dónde pretendes llegar, solo vienes a burlarte de mí?
—Shh, shh... Vengo a ayudar a tu familia a salir del maldito hoyo en el que están, los regresaré a su gloria._ contestó viendo prometedoramente al horizonte.
—No... No entiendo cómo podrías hacer eso.— preguntó dudoso Jhon.
—Maxwell no eres idiota, eres un hombre de negocios y sabrás que vine a ofrecerte algo... Un trato, algo
claro a cambio de algo.
—No, no tengo nada que ofrecerte, ni siquiera una hija. Nada de mí puede interesarte.
—Te ofrezco mi ayuda porqué tengo el poder necesario, puedes verme como un Ángel piadoso que solo quiere ayudar.— el hombre sonrió con sus propias palabras como si estuviera mofándose
Jhon ahí empezó a comprender todo, la actitud del hombre, su frialdad y su interés en querer ayudarlo...
No estaba convencido pero una extraña sensación emanaba de aquel ser. Tenía algo que lo delataba, algo le decía que no pertenecía a este mundo...
Estaba bebido, tal vez estaba completamente loco pero ante él, ante sus ojos estaba el mismo Lucifer, tenía al demonio encarnado.
—No... no podría aceptarlo, no podría pagar las consecuencias.— contestó horrorizado, un inmenso miedo corrió por sus venas y solo se pudo soltar a llorar como un bebé.
Todos sus valores católicos de época estaban poniéndose a prueba.
En un movimiento casi inhumano Lucifer se posó detrás del desdichado hombre susurrando en su oído.
—El precio es mínimo, para ti diría que insignificante.— habló aquel hombre tan malévolo.
—¿Qué podría tener yo que te interese a ti?
—Tienes que extender tu vista hacia el futuro, piensa en grande.
El casi anciano siguió sin comprender Lucifer sólo rodó los ojos por su estupidez humana.
—Solo quiero a la tercera tataranieta mujer que tengas.—soltó sin más.
—Yo... Yo no tengo tataranietas.—dijo Jhon confundido por su requerimiento.
Lucifer soltó una sonora carcajada aún detrás del hombre.
—Serás idiota, ya lo sé, cobraré el pago más adelante, ni si quiera conocerás a la chiquilla.— añadió restando importancia al asunto.
Jhon pensó, su temor era grande pero la avaricia y ganas de poder eran aún mayores.
Sin dejar pasar un segundo más dio la vuelta para estrechar su mano y aceptar el trato con el demonio.
Minutos más tarde Maxwell estaba escribiendo con su puño y letra el contrato, en el cual se especificaba claramente que a la edad de 20 años Lucifer podría reclamar a su futura mujer.
Cuando ambos firmaron, Samael mordió su dedo con fuerza y el del otro hombre para sellar el pacto con sangre.
De pronto todo el resinto empezó a temblar y empujó al señor contra la pared haciéndolo casi desmayar aquel demonio desapareció entre una nube de polvo y humo n***o.
Jhon estaba estático.
No pasaron más de cinco segundos cuando sólo se escuchó una voz grave como jamás la había escuchado, parecía que con cada palabra que decía el suelo iba a ser arrancado.
—¡EL TRATO ESTÁ HECHO NO HABRÁ PODER DIVINO O TERRENAL QUE LO ROMPA, EN CASÓ DE INCUMPLIR TU PARTE... ¡TODA TU FAMILIA SE PUDRIRA EN EL INFIERNO CONMIGO!
Jhon horrorizado se tiró al suelo llorando cual niño temeroso, no había vuelta atrás, el lo había hecho.
Él... él hizo un pacto con Lucifer.