—¡Fylgja! ¡Fylgja!— los vecinos me miraban como si estuviese invocando al demonio.— Lo siento, mi perra se ha escapado.— no caía muy bien por allí así que nadie se ofreció a ayudarme. Por suerte Fylgja era un animal de costumbres, así que supuse que habría seguido el camino por donde la llevaba a pasear. Estaba realmente preocupada por la hora, decidí mandar un mensaje a mi madre para tranquilizarla. «Me voy a pasear a Fylgja». No iba a contarle la verdad si podía evitarlo, ella siempre me acusaba de ser irresponsable, esto solo le daría la razón. Por fin pude ver su enorme silueta peluda entre los árboles. —¡Fylgja!— en lugar de acudir, se adentró corriendo en las profundidades del bosque. No solía desobedecer, quizá me guardase rencor o no quisiera recibir el castigo que la esperab

